La biblioteca

 

I

El domingo a la hora de la siesta Efrén Vicinguerra arribó a Colonia Escondida. Frentes de ladrillo y desiertas calles de tierra componían una estática escena. Estacionó en una calle lateral, bajó sin prisa y se encaminó hacia los suburbios. Lo molestaron el calor y las moscas de movimientos pegajosos; desde el suelo, algún perro distraído le ladró sin furor.
     Más allá de un almacén en ruinas, luego de las últimas casas, unos terrenos cubiertos de olivillos marcaban la transición hacia el campo llano. Al pasar frente a un potrero suburbano divisó a una bandada de tordos alineada asimétricamente sobre los cinco hilos del alambrado; semejando las fusas, negras y corcheas de un fantástico pentagrama, ocupaban con precisión geométrica sus posiciones. Algunos, agrupados, dibujaban extraños acordes, trinos, arpegios, al estilo de Haendel o tal vez de Mozart; Efrén descifró con esmero la enigmática música, clave para decidir su próximo itinerario.
En el cruce del algarrobo grande se encaminó, según los signos, por la calle que se abría a la derecha. El camino vecinal fue mutando hacia un sendero angosto, flanqueado por altos eucaliptus que tejían una cúpula arbórea, apartando a Efrén del sol y del mundo. Giró a la derecha, y luego en una bifurcación optó por la izquierda. Espesos tamariscos amurallaban el camino, por lo que se limitó a seguir la huella eligiendo ahora un rumbo a la ventura en cada ramificación. Pasó junto a un algarrobo idéntico al que dejara atrás hace minutos, o quizás fuera el mismo. Un pajarraco graznó: Efrén lo interpretó como una risa sarcástica. En la laberíntica senda deploró la falta del hilo de Ariadna para orientarse en el regreso. Por fin acudieron en su ayuda algunos caldenes que, como estatuas de viejos paisanos, con sus brazos extendidos le indicaban el camino.
    Perdida la noción de tiempo y espacio, tal vez alucinando, tras un claro se encontró con el rancho.
    Temió haberse equivocado. El resultado de sus cálculos lo había llevado a este sitio preciso, pero lo que veía no podía catalogarse como edificio monumental.
    Pequeño, de adobe, con techo de pajas, carecía de todo cuidado en su exterior; Efrén reparó en los yuyos que avanzaban la galería, las grietas en las paredes y las profusas telarañas semejantes a finísimas cortinas de voile colgando del angosto alero.
    No atenuó su desilusión cuando estudió al guardián.
    Afuera, sentado sobre una cabeza de vaca, el viejo cebaba mate. Armonizando con la vivienda, sus bombachas camperas aparecían malamente zurcidas, y las alpargatas desflecadas dejaban asomar la punta de unos dedos pringosos. Ignorando al recién llegado, revolvió despacio la yerba, vertió el agua desde una pava de latón renegrida por el humo, y lentamente se llevó la bombilla a los labios. Efrén desvió la vista cuando lanzó un verde escupitajo a un costado. Curiosa síntesis de Viejo Vizcacha y Mefistófeles, resolvió.
    -Buenas. ¿Es usted don Zenón?
    -¿Pa´ parar las tormentas? - le replicó el viejo, sin mirarlo.
    Desconcertado, Efrén hurgó en sus archivos mentales.
    -Se traza una cruz en la tierra con un cuchillo de cocina, y se lo clava en el medio, rociando todo con sal gruesa.
    -¿Pa´ curar las verrugas?
    -Con la panza de un sapo o con leche de higos- contestó Vicinguerra, ya pisando terreno firme.
    El viejo se paró y lo miró fijo a los ojos.
    -Dígame usted visitante
    si no tiene el alma fría
    qué sombras son las que guardan
    del gaucho la librería.

    Antes de responder, Efrén Vicinguerra comprendió, con ilusión, con vertiginoso alivio, que al fin había arribado al arrabal de la ciudad de Cacodelphia, la sucursal criolla del infierno.
    -La entrada está custodiada
    pa´ quien hasta ella se llega
    por el cuchillo de Fierro
    y la guitarra de Vega

    El viejo le tendió la mano.
    -Bienvenido a la Biblioteca.

II

En el siglo VII AC, Euribio de Mileto en "Del Cielo y de la Tierra" insinuó la existencia de una biblioteca en cuyos estantes reposaría un ejemplar de todas las composiciones literarias, escritas, narradas o cantadas. Años más tarde, su coterráneo Tales narró cómo Euribio comenzó a atesorar cuanto ejemplar arribaba a sus manos, sin haber logrado gran resultado al momento de su muerte. Deplorablemente para la memoria del precursor, "Del Cielo y de la Tierra" se perdió para el mundo (Werner Godfrid, en "De pérdidas irreparables", Munich 1875, dictaminó que el último ejemplar desapareció en el incendio de la Biblioteca de Alejandría) y sólo ha perdurado la indirecta mención de Plotino citando a Sócrates quien solía citar a Euribio.
    Platón intuyó que el arquetipo del Libro carecía de sentido si se lo suponía único. Debió así imaginar un arquetipo para "La Odisea", otro para "La Ilíada", y así para cada terrestre libro. De allí a concebir una biblioteca perfecta (arquetípica a su vez) que contuviera un ejemplar de todos los libros, no solo los escritos, sino de los que se escribirían en el futuro y también de los que nunca serían escritos, no hubo más que un breve trecho. Es de lamentar que también se perdiera la parte de su obra donde describía esas elucubraciones (Werner Godfrid, op.cit.)
    El historiador romano Plinio el Viejo sostuvo -en párrafos no muy recordados- que la Biblioteca de Alejandría, torpe remedo de la biblioteca platónica, perseguía el sueño de Euribio, y que incluso en los primeros tiempos le fue consagrada y llevó su nombre.
    Hacia el año 1138 -cronología cristiana-, en Bagdad, el árabe herético Al-quasim (protegido del Califa Harum el Oman ) esbozó sus propias ideas sobre el tema. Es dudoso que conociera la conjetura de Euribio, aunque seguramente sí las ideas platónicas. Fue decapitado en el año 1139 (tres días después de la muerte de Harum), no sin antes oír de sus jueces que era injurioso para la divinidad suponer que una biblioteca universal necesitara más que un libro: El Corán.
    Johannes Gutemberg (1397-1468) de Maguncia, avanzó hacia la concreción de esos sueños, aportando la posibilidad mecánica de multiplicar con facilidad cada obra literaria. La imprenta le permitió a Kurd Lasswitz, catedrático de Filosofía en la Universidad de Gotha, componer un texto que resumía las intuiciones de Euribio y sus seguidores, "La Biblioteca Universal" (1901). Volcó cálculos: dedujo que considerando tan solo los ejemplares que no tienen más que una letra (cualquiera de ellas) en alguna hoja (cualquiera de ellas), permaneciendo el resto en blanco, se cuentan 100 millones de volúmenes. Observó sin ironía que entre los incontables libros se hallarían muchos engañosos: "un volumen puede comenzar con las palabras ´Historia de la guerra de los treinta años´ y continuar ´Tras las nupcias del Príncipe Blücher con la reina de Dahomey que fueron celebradas en las Termópilas´...". El número total de los textos fantasmales, calculó, es de 10 elevado a la potencia 2.000.000, o lo que es lo mismo con dos millones de ceros. Ocupan un volumen equivalente a 1.999.940 universos como el conocido.
    George Gamow, profesor de Física Teórica en la Universidad George Washington y conocido divulgador científico, en "One, Two, Three...Infinity" trata el problema de la línea impresa, imaginando una máquina puesta a imprimir perpetuamente las distintas combinaciones de los signos alfabéticos. Rápidamente revela que además de los galimatías, se hallarían todas las páginas de Shakespeare, cada línea de prosa y poesía, "cada nota de amor, cada nota al lechero". Y también lo que habrá de escribirse en los siglos venideros. "La poesía del siglo treinta, los descubrimientos científicos del futuro, los discursos que se pronunciarán en el Congreso de los Estados Unidos durante el 500° período parlamentario, y relatos de accidentes del tránsito interplanetario del año 2344". Si cada átomo del universo, especula, fuera una prensa separada trabajando continuamente desde la creación del universo, imprimiendo a la velocidad de las vibraciones atómicas, hasta ahora sólo se habría impreso ¡el 0,03% del total de combinaciones posibles!
    En el año 1941 Jorge Luis Borges, en "La Biblioteca de Babel", describió prolijamente la arquitectura, el tamaño y la ubicación de los libros, su formato, cantidad de páginas, renglones y letras. Economizó los caracteres utilizables, tan solo 25 contra los 100 empleados por Lasswitz. Señaló que casi siempre las letras en el dorso del libro no guardan relación con el contenido. Entre su prolija enumeración está el catálogo y compendio de todos los libros. Tal vez no quiso incluir el libro imposible intuido por Bertrand Russell: el catálogo de todos los catálogos que no se contienen a si mismos.
    En "Cosmos", Carl Sagan numeró en 10 a la 80 potencia el total de partículas en nuestro universo; comprimiendo los espacios interatómicos, de 10 a la 182.
    Son magnitudes ridículamente pequeñas con respecto a las de la biblioteca total.

III

En la pieza trasera del rancho colgaba una tosca tela floreada a modo de cortina o de puerta. El viejo la descorrió y en silencio comenzó a descender en la oscuridad por unos desparejos escalones. Efrén lo siguió, tanteando como ciego las irregulares paredes de tierra. Luego de algunos giros y contragiros que le hicieron perder la orientación, Zenón apartó otra cortina y entraron a la biblioteca.
    Lo primero que pensó Efrén fue que, a diferencia de las de Lasswitz y Borges que eran imaginarias, ésta era real. Don Zenón le confirmó la existencia de un pasaje subterráneo -en un lugar que por ahora debe excusarme de informarle-, que llevaba a la oscura ciudad de Cacodelphia por senderos que rozaban los muros del infierno.
    Sobre el piso de tierra se extendían vastas hileras de anaqueles en aparente desorden. Se perdían hacia los dieciséis rumbos sin que se advirtiera un final; con una sensación de mareo Efrén observó que en cualquier punto hacia donde él se desplazara las filas parecían converger como los rayos de una bicicleta. Recordando a Pascal, e inmediatamente a Borges, pensó que podría describir a la biblioteca como pasillos y pasillos de anaqueles que componían los radios de un círculo infinito, cuyo centro estaba en todas partes y la circunferencia en ninguna. Cada cuerpo constaba de seis estantes, con una altura total no superior a la que podía alcanzarse con la mano.
    Todo estaba impregnado de olor a humedad y a encierro. Los libros se alineaban con desprolijidad. Efrén cotejó algunos al azar; luego de sacudir el polvo y las telarañas de su cubierta, lucían impecables en su interior.
    Acá está escrita mi vida, mi pesquisa, pensó Efrén, pero también están todas mis vidas concebibles (en alguna encontraré al fin a Laura, en otra se irá para siempre; en otras seré hermafrodita o ciego; en otra más moriré atrozmente, quizás ésta sea la auténtica). Por cada brizna de verdad, kilómetros cúbicos de libros falaces, material de desecho.
    Zenón interrumpió sus cavilaciones.
    -Así como lo ve señor, acá se encuentran tuitos los libros. Los escritos, los que se van a escribir y los que nunca serán escritos. Y sus permutaciones, variaciones e interpolaciones. Como usted sabe, siempre encontrará argumentos pal´lao de los tomates: Ana Karenina será una viejita feliz junto al Vronsky, o sin él, o lo engañará con el hijuna gran siete de Karenin; Ulises reinará en Troya o cabalgará junto a Fierro; Romeo y Julieta vivirán, pero serán recíprocamente infieles con Isolda y Tristán; las andanzas de cada figurón de esos de la literatura se sucederán como vacas camino a la aguada. Y ni le hablo de la historia, las ucronías y discronías. Hallará las colecciones completas de cada diario y cada revista desde su número uno; la desgrabación de las audiciones radiales de tuitos los tiempos y países, traducidas al español. La información bancaria, los expedientes judiciales. La biografía de cada ser humano que haya existido y que existirá, y miles de biografías falsas pa´ cada uno de ellos. Pero también, pa´ mitigar la arrogancia de los hombres, la vida minuto a minuto de cada hormiga, de cada mosca, y sus variantes apócrifas. Cada vez que un escritor cree estar creando una novela, señor, está plagiando un ejemplar de esta biblioteca.
    -Disculpe si le ofende la pregunta -Efrén empleó la habitual retórica gaucha- pero ¿cómo puede usted, un simple paisano, conocer tanto de literatura?
    Por pudor, calló la sorpresa de oír también de boca del hombre un vocabulario erudito.
    -Güeno, no se confunda -contestó el viejo con chispas de malicia en los ojos-, mi nombre no tiene origen gaucho. Hará unos dos mil quinientos años que así me nombraron, en Elea. Yo fui quien demostré acabadamente que el mundo es ilusorio, mera apariencia. Quizás haya oído comentarios de una carrera imposible entre un corredor griego y una tortuga. Ahora, con los siglos, me he adaptado a las costumbres y al habla de este lugar.
    La revelación deslumbró a Efrén. Maravillado concluyó que no podría escogerse mejor cuidador para esta biblioteca.         Por economía de tiempo no quiso enredarse en una disputa sobre las paradojas famosas.
    -Conozco esa carrera. Quién mejor que usted para guiarme por este laberinto infinito -reconoció con humildad.
    Zenón aclaró, innecesariamente, que como en las otras bibliotecas totales, tampoco en ésta había dos obras idénticas.         Efrén sintió el leve vértigo de imaginarla si así no fuera. Discurrió que en los sucios estantes reposaban las instrucciones precisas para fabricar la máquina del tiempo, el elixir de la eterna juventud y la piedra filosofal; la identidad de Jack el Destripador, la versión cabal del asesinato de John Kennedy; las causas de la extinción de los dinosaurios y del desastre de 1908 en Siberia; las negociaciones internacionales secretas y perversas; quizás el libro que vino a buscar.
    -La diferencia con otras bibliotecas inventadas por los hombres -continuó Zenón con cierto tono despectivo- es que aquí se cumplen a rajatabla dos condiciones: son tuitos legibles (nada de xlzq, o páginas enteras de abc abc abc, nada de cacofonías absurdas) aunque puedan carecer de sentido, y están escritos en castellano. Eliminamos lo demás por falta de espacio -informó socarronamente.
    Efrén lamentó la ausencia de textos en otros idiomas, deseaba consultar la traducción etrusca de Sobre héroes y tumbas y cotejar el efecto de ciertas inflexiones del sánscrito clásico en la transcripción de El jorobadito.
    -Vea usted por ejemplo el libro más leído, La Biblia. Hallará completos los antecedentes y las continuaciones imaginables. Los análisis críticos de cada frase de las Escrituras. El relato de cómo fue escrita y millares de versiones falsas. La tesis de que el original fue compuesto en dialecto cafre por Luis XIV de Francia; el hallazgo, por los cabalistas, de claves en el texto que prueban que la escribió Minos de Creta. La interpretación de los satanistas de que es obra del Maligno -el viejo se santiguó velozmente- pa´ confundir a los hombres. Verá cada gesto a lo largo de la vida de cada protagonista de los Testamentos. Pero no quiero aburrirle, señor, sólo le diré pa´ su curiosidad que atesoramos una adaptación teatral del Apocalipsis según Shakespeare y el ensayo de Sábato en el que detalla la influencia de los ciegos en los textos sagrados. Amén.
    Por cortesía, Efrén simuló no ver al murciélago que voló entre ambos. Hojeó otros libros al descuido: sin interés consultó un tratado sobre las coreografías del tango en la Baja Baviera hacia el siglo XI. No era ese el ejemplar que perseguía.
    -Como estibas de pasto en el campo acumulamos antologías de cuentos sobre la propia Biblioteca -ilustró el anfitrión-, en algunas de ellas figura el relato apócrifo de Borges, en otra la mismita narración de Lasswitz; guardamos la crónica, con forma de cuento de un ignoto Ambrosio, de esta visita suya que nos honra. También incontables ensayos discutiendo su arquitectura, su contenido, negando su existencia y rechazando su negación. Hallará además unas pocas novelas (no más de millón o millón y medio) cuyo argumento central es la Biblioteca total, digo.
    -Me recuerda las paradojas del infinito o los alephs de Cantor.
    -Ni por asomo -Zenón desnudó sus dientes ennegrecidos-, por inmensa que le parezca la biblioteca no es infinita, como no lo es el número de las posibles combinaciones de los elementos atómicos o las arenas de la mar.
    Una rata que rozó el pie izquierdo del visitante, lo trajo a la realidad. Su larga exploración llegaba a la meta, pese a que el mismo Zenón refutara, irrebatible, la posibilidad de arribar a meta alguna. Conocedor de todo el material bajo su cuidado, el curioso gaucho ilustrado le desvelaría el enigma.
    -Le revelaré el objeto de mi visita -se animó Efrén-; se ha discutido mucho en los ámbitos literarios la supuesta existencia de un libro secreto de Jorge Luis Borges. Por años se publicaron artículos a favor o en contra de la hipótesis.
Efrén hizo unos dibujos con su pie en el suelo; recordó que para los gauchos eso era síntoma de insinceridad y entonces miró a Zenón a la cara. El viejo lo escuchaba con atención.
    -Ese libro se llamaría Divagaciones y contendría en su totalidad cuentos de ciencia ficción. Sabedor de que el género es menospreciado, el maestro prefirió mantenerlo oculto. Cuando supe de esta biblioteca decidí venir para zanjar la cuestión. Entre sus anaqueles sin fin ¿descansa ese libro?
    Con una sonrisa burlona Zenón hurgó en unos estantes, dándole la espalda para que el visitante no viera sus maniobras, y le alcanzó un volumen. Cuando lo tuvo en sus manos, Efrén supo que atesoraba la prueba definitiva de la realidad de Divagaciones. Lo leyó, absorto, durante un tiempo que no supo calcular. Lo integraban, tal como se suponía, cuentos de la más pura ciencia ficción: "Los átomos vinculados", describía un futuro donde se reconstruían los muertos hallando y combinando los átomos que los formaran en algún momento de sus vidas; "Extraños", una magistral descripción de biología extraterrestre; "Los abominables", que entretejía con habilidad los espejos y los clones; "Las arenas multiplicadas" desplegaba una vieja idea de Borges, los infinitos granos de arena del Ganges, que representan cada uno un mundo donde hay otros Ganges y otra arena; "La improbable máquina del Dr. Adolphus", un homenaje al Morel de su amigo Bioy Casares.
    La euforia del hallazgo no se prolongó más que unos minutos.
    En un relámpago de lucidez, Efrén comprendió que ninguna prueba tenía en sus manos. El libro, advirtió con amargura, necesariamente iba a estar en la biblioteca, lo hubiera escrito Borges, Cervantes o nadie. Recordó y entendió la sonrisa de Zenón. Su fatigosa búsqueda de la biblioteca total había sido en vano.
    El consuelo no demoró: intuyó que, como la idea de la predestinación, carecía de importancia saber si Borges lo había redactado o no. Todos los libros, todas las alternativas posibles, estaban allí. Apócrifos y verdaderos. Aunque la distinción se había esfumado, todos eran verdaderos o peor, todos eran apócrifos. Pensó en Giordano Bruno, en los mundos multiplicados de la mecánica cuántica, conjeturó que en realidad cada ser humano es también un ejemplar del que no sabemos si es auténtico, y mucho menos único. El mundo, recordó haber leído, es quizás tan solo un libro donde nos escriben a cada instante. El universo obedece a diagramadores secretos que van diseñando su forma y su argumento.
Mareado, confundido, Efrén optó por despedirse amablemente de Zenón. El viejo lamentó que se fuera tan pronto, le deseó que su futuro se correspondiera con la más venturosa de sus biografías yacente en los estantes y le regaló, a manera de souvenir, una versión diminuta de la Biblia según Nietzche.
    Dio unos pocos pasos, desorientado; los anaqueles se cernían, ominosos, a su alrededor. Tuvo que recurrir a la ayuda del anfitrión para hallar la salida.
    Mientras ascendía la escalera en la oscuridad, razonó que la biblioteca no era sino el reflejo de un cosmos inexplicable. Como mostrara con agudeza Zenón en su juventud, no había correlación entre apariencia y esencia. Nadie podía albergar certezas sobre la supuesta coherencia del mundo. Con alivio descorrió al fin la cortina y se introdujo en la parte trasera del rancho. No miró el desorden de la sala ni quiso volver la vista atrás. Sólo anhelaba huir del submundo gauchesco literario, respirar a borbotones la realidad.
    Abrió la puerta, ahogado, el pecho oprimido, buscando en el exterior el sendero de regreso.
    Aturdido aún, tardó en descubrir que lo esperaban la negra montaña, los pinos cubiertos de nieve, el aullido de los lobos y arriba, en el firmamento, constelaciones extrañas.

Santa Rosa, septiembre de 2001

El designio velado

En la alborada