Firmamento

    

             Publicado en la Revista Puro Cuento número 23, Buenos Aires, Julio de 1990. Excelente revista mensual dirigida por Mempo Giardinelli, que alcanzó a tirar 48 números.
         El cuento trata de ilustrar la dificultad -que aún persiste luego de 400 años- para comprender el mundo de una forma distina a la primitiva versión geocéntrica.

 

        n mi familia se cumplen todos los preceptos de la Santa Religión. Oramos por la mañana, al acostarnos, antes de cada comida; invocamos la bendición del Señor al comenzar cada mes, cada año.  Ninguno maldice ni pronuncia en vano su Sagrado Nombre.

       Padre es muy severo, pero eso no lo cuento a mis amigos. Madre siempre nos explica que debemos quererlo y respetarlo porque trabaja mucho para darnos alimento. Eso es cierto. Todo el día, todos los días menos el domingo, brilla rojiza su cara frente al fuego de la fragua, mientras golpea y golpea sobre el yunque; veo el sudor en la frente y entre los negros pelos de su pecho. Coloca herraduras en los caballos de los señores, repara sus carruajes, compone rejas. A mi me agrada cuando viene la marquesa de Monteleone; voy corriendo a contemplarla sin acercarme demasiado. Por sus vestidos bordados, con botones de oro, y sus joyas, más parece reina que marquesa. Ella no me mira, tampoco se baja, eso queda para sus criados barrigas de sandía y botas encintadas, que pagan el servicio. Cuando la labor es tan importante que padre recibe un escudo, canta "Giorgio, al mercado", y allí voy yo contento a la plaza pública a comprar. Antes de llegar ya oigo el rumor de los regateos, huelo el pan fresco, las hortalizas; las vendedoras me conocen y a gritos me ofrecen "Giorgio, mira esta oca gorda", "No le creas, Giorgio, es un pato viejo, cómprame estos ricos pichones recién traídos del palomar". Ese día comemos bien en mi hogar y la cara de madre recuerda las manzanas silvestres que hay en el recodo del río.

       Otras veces padre regresa de la herrería con aspecto hosco, se quita la camisa y lava su cuerpo en la tinaja de la cocina; entonces sabemos que no se debe hablar ni hacer ruido. Después se sienta a la mesa, madre le alcanza longaniza, queso picante, una jarra de vino y un cucharón de sopa con ajo y cebolla, como a él le gusta; cuando termina de comer ya se pone bien, nos mira y en ocasiones hasta nos habla un poco.

       Todos los domingos, antes del alba, nos vestimos con las mejores ropas y al primer reclamo del campanario, que despierta a los remolones, salimos para la iglesia con mis siete hermanitos -éramos nueve, Giovanni se murió del tifus-. En misa rezamos con las cabezas gachas (o, en silencio, peleamos por un asiento, hasta que madre nos clava los ojos) pidiendo lo mejor para nosotros y nuestros parientes; si por mi fuera no lo haría por la abuela Francesca que se queja de todo y por cualquier motivo tira de mis orejas hasta dejarlas coloradas. No me agrada estar de rodillas; pronto un río de hormigas camina por mi sangre, pero he aprendido que es una irreverencia (¿qué querrá decir irreverencia?) rezar de sentado. Además me aburro porque no entiendo nada de lo que murmura el fraile Barberini, cara de mula vieja, orate frates, dóminus vobiscum, ni cuando da el sermón desde el púlpito. Me distraigo, miro con disimulo hacia los costados; el último domingo me rascaba la nariz y padre me propinó un fuerte pellizco, otras misas tendré que soportarlo aunque me pique muchísimo.

       Al que le tengo miedo es al Diablo. Ese sí es malo de verdad y no como otros monstruos que inventan para asustarnos como el viejo peludo o el lobo comegente. Mi tío, el hermano de madre, me enseñó un día que si me porto mal vendrá Satanás a tomarme de los pies para arrastrarme al Infierno. Desde entonces, cuando me acuesto en este jergón, siempre me cubro aunque estemos en verano, porque no quiero que el Demonio tire de mis piernas y me lleve con él.

       Otras cosas no me asustan: he peleado con algunos más grandes que yo y subido a los árboles más altos. Hasta espié por la ventana de la vivienda del señor Galilei, en las afueras del poblado. Vi unos aparatos rarísimos, luego me explicaron que uno de ellos era un telescorpio o telescopio o algo así, para mirar la luna y las estrellas. ¡Qué tontería! Si la luna y las estrellas se ven lo más bien, menos cuando está nublado, pero entonces seguro que tampoco sirve el telescorpio. Es, cuentan, un sabio loco que habla latines y que antes de volverse loco daba clases en las universidades. Nadie trata con él y, creo, no le permiten entrar a la iglesia. Yo había escuchado decir que estaba construyendo una escalera para llegar hasta el cielo; discutí con mis amigos, sentados un día en la colina de los pinos y viendo el pueblo chiquito allá abajo, que los ángeles no se lo iban a permitir. Conversamos mucho entre nosotros, imaginamos cada locura, como cuando a Antonio se le escapó la idea de que si el mundo existe porque lo hizo Dios, entonces ¿quién hizo a Dios?; esa vez me asusté, creí que el Señor bajaría a castigarnos o al menos enviaría a un ángel con una espada de fuego. Por la noche recé unos padre­nuestros y dormí tranquilo.
Esta mGalileoañana, y eso es lo que me tiene pensando, esta misma mañana, se oyó un gran ruido como si muchos vidrios -o un solo vidrio inmenso- se rompieran; la gente del pueblo salió a las calles y allá en las alturas el señor Galilei, pequeñito en la punta de una larguísima escalera, con una maza en la mano y gritando voces que por la distancia no se oían bien. Justo sobre su cabeza el cielo se veía rajado, como el único espejo de mi casa que deforma a quien se mira. Padre vino corriendo y nos ordenó entrar enseguida, furioso. Más tarde nos animamos a preguntarle qué sucedió; afirmó, serio, que no habíamos visto nada, que soñamos (qué casualidad, pensé, todos el mismo sueño), entonces me guardé de comentarle que don Galilei había repetido algo así como "el cielo está roto", a lo mejor me pareció solamente.    

 

       Cuando más vueltas le doy más me convenzo de haber soñado, como dice padre. Miren si se va a romper la Casa de Dios, porque el cielo es la Casa de Dios desde antes que inventara al mundo y a todos nosotros. Una vez, otro profesor raro que pasó por el valle enseñaba que el firmamento era creación de un tal Tolomeo, pero yo sé muy bien que lo fabricó Dios para sentarse en Su Trono con todos los ángeles y arcángeles alrededor y también las almas de los fieles difuntos. Si no hubiera Cielo ¿adónde irían los muertos buenos?  

 

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