Publicado en la revista
Clepsidra, número 11, Buenos Aires, Diciembre de 1986.
Publicado en el fanzine "No ficción" número 2,
Las Palmas, Mayo de 1990.
LA FILOSOFÍA EN LA CIENCIA FICCIÓN
I.
Introducción
uede
extrañar al lector la mención de la filosofía vinculada a la ciencia ficción.
No parece, en principio, que exista relación alguna entre ambas; siendo
distintos los objetos de filosofía y ciencia, nada tendría que hacer la
primera en el género literario que se ocupa de proyectar hipótesis de evolución
científica. Empero profundizando el análisis pronto se destaca el hecho de que
la “ciencia ficción” no está delimitada más que difusamente de la
literatura fantástica y que desde hace tiempo se incluye en el género una
profusión argumental verdaderamente notable, por lo que la única definición
segura es la conocida: “ciencia ficción es todo lo que
publican los editores de ciencia ficción”, no muy distante de la
verdad.
Por
otra parte, tampoco existe oposición tajante entre ciencia y filosofía, en
tanto y en cuanto aquélla, a través de sus diversas disciplinas estudia
parcelas de la realidad, mientras que la filosofía en forma totalizadora
utiliza las conclusiones científicas para elaborar, a partir de ellas, las
propias. La filosofía, básicamente, es el intento de dar respuesta
a las preguntas “últimas” que se formula el hombre, tales como qué
existe, qué es el universo, si fue creado, si tiene límites espaciotemporales,
cuál es la naturaleza de la realidad, la posibilidad de acceso al conocimiento,
el sentido de la vida, el tiempo, el espacio, las leyes que rigen el
pensamiento; en estas líneas se entiende por pensamiento filosófico todo aquel
referido a las vastas inquietudes mencionadas y, por supuesto, al intento de
sondear esos temas mediante la razón, excluyendo justificaciones dogmáticas.
Como
intentará demostrarlo esta muy breve visión, la ciencia ficción se ha ocupado
de estos interrogantes metafísicos tratándolos con una amplitud, libertad e
imaginación infrecuentes en cualquier otro sector literario. La creencia
general es de que el género no va más allá de Flash Gordon o Superman y suele
apreciarse el desconocimiento total de su temática; quizás si se mejorara esta
insuficiente concepción de aquellos lectores que habitualmente no la escogen,
podría otorgarse a esta rama literaria un mayor relieve, sin que la divulgación
masiva implique la pérdida de calidad como en ocasiones ha sucedido.
II – Cosmogonías
Las más diversas hipótesis cosmogónicas han sido formuladas dentro del
campo de la ciencia ficción. Es en especial en este aspecto donde se evidencia
la absoluta carencia de preconceptos en los autores, libres de imaginar toda
forma concebible de creación del universo: las posibilidades son infinitas como
los puntos que –según conjeturaban los geómetras griegos y Georg Cantor
sistematizó- habitan en una recta.
En “La última pregunta”, cuento de Isaac Asimov, se interroga a
ordenadores cada vez más evolucionados sobre la factibilidad de revertir la
entropía (agotamiento de la energía e incremento del desorden); finalmente,
extinguidos materia, energía, espacio y tiempo, sólo queda un último “súperordenador”
que reuniendo toda la información logra la reversión y manda_“¡Hágase la
luz!”... y la luz se hace.
Una
vasta visión fue elaborada por Olaf Stapledon en su ¿novela? “Hacedor de
estrellas”, en la que conduce al lector en una recorrida por todos los tiempos
y espacios de este universo, desde mucho antes de la creación de la primera
estrella hasta mucho después de la muerte de la última. Pero no sólo abarca
este continuo desde el principio al fin, sino una miríada de sucesivas
creaciones con un deslumbrante despliegue imaginativo, como cuando figura una,
inconcebiblemente compleja, donde “cada vez que una criatura se encontraba
ante varios posibles cursos de acción, los tomaba todos, creando así muchas
dimensiones temporales distintas y muchas historias del cosmos”. Visiblemente
se trata de una concepción más amplia y rica que la que ofrecen la mayoría de
las religiones, que en su generalidad y durante siglos sustentaron la idea
localista de que este planeta era el centro y razón de ser de lo creado, y
todos los astros meras luces de adorno.
Otros
intentos sólo han pretendido constituir una sátira liviana, como “Creación”
de Gene Wolfe. En el terreno se mueven cómodamente algunos conocidos humoristas
del género, Lafferty y Sheckley, este último con más de un cuento (“Planeta
según presupuesto”, “El hombre afectado” –capítulos de “Dimensión
de milagros”-).
Quizás
este desprejuicio provoque rechazo a quienes piensan que debiera emprenderse con
solemnidad el tratamiento de la materia, se la aborde con enfoque científico o
religioso; lo cierto es que mientras no se conozca la explicación final a la
fundamental cuestión de la formación del universo, todas las respuestas que se
intenten tienen el mismo valor de simples proposiciones. La ciencia ficción está
habilitada, por la amplitud de sus fronteras, para formular un abanico de hipótesis
que coadyuven a expandir la concepción del universo que poseen sus lectores.
III
– El conocimiento
La filosofía incluye entre
sus geografías uno de los territorios más apasionantes, el del conocimiento.
Tanto como la metafísica, ha preocupado a la humanidad lo referido a la forma
de percepción de la realidad y a su posibilidad misma –y, más aún, a su
esencia: ¿qué es, en definitiva, la realidad?-.
Distintos
aspectos de esta cuestión, sistematizados en los estudios gnoseológicos, han
sido aplicados por los escritores de ficción produciendo algunos resultados
excepcionales. Una de las especulaciones de más alto vuelo -en su concepción,
ya que no lo es tanto en su ejecución- fue elaborada por Richard Mc Kenna en el
relato “El Dorado”. Un grupo de náufragos a la deriva en el Océano Indico
propone el carácter alucinatorio del mundo, postulando que su existencia es el
resultado de una suerte de idealismo colectivo. Dice el protagonista: “Este
mundo, este Océano Indico es también una alucinación. Toda la raza humana
estuvo desarrollándolo un millón de años, adiestrándose para ver y creer,
creando un mundo fuerte, capaz de soportar cualquier conmoción”; y más
adelante: “La gente mantiene encendida la máquina del mundo”. En esa línea
de razonamiento afirma que allí el “campo de la realidad” es débil, por la
baja densidad de población en un área muy grande, y factible de ser modificado
por lo que ellos colectivamente piensen. La idea es maravillosa, se proponen
creer en una realidad mejor que ese océano casi infinito y, en efecto, lo
logran, obteniendo tierra firme (¡).
El
explorador terrestre que en pleno desierto marciano (“Cuando soplan los
vientos del cambio”, de Fritz Leiber) se encuentra con la catedral de Chartres,
trata de resguardar su cordura con teorías que expliquen su percepción; se
pregunta si no existen las posibilidades no concretadas “¿de algún modo, en
algún lugar (¿la quinta dimensión? ¿la imaginación de Dios?), como un sueño
dentro de otro sueño?”.
Con
menor profundidad, otras narraciones describen la imposibilidad psicológica del
protagonista para aprehender el medio ambiente; es excelente el relato de Rog
Phillips “La píldora amarilla” y hay una buena muestra de Bradbury en
“Una noche o una mañana cualquiera”. El mismo Mc Kenna describió la
introducción de elementos pseudoreales para mejorar una triste cotidianeidad;
sus personajes crean un gorila de sólida apariencia en “Los agonistas de
Casey”.
Philip
K. Dick impregnó sus letras de reflejos engañosos, de señuelos y trucos que
en definitiva llevan a sospechar de la consistencia real del entorno.
Dogmatismos, subjetivismos, idealismos, solipsismos, relativismos, enhebran en
sus páginas complejas relaciones, de las que sólo queda excluido el realismo
ingenuo.
También
Fredric Brown ha explorado las posibilidades del idealismo “a lo Berkeley”,
con ingeniosas conclusiones. En su novela “Marciano, vete a casa”, una
vulgar invasión inicial de hombrecillos verdes resulta ser sólo producto de la
psiquis del protagonista que los proyectó sobre el mundo; de todas maneras éste
tampoco existe más que en su mente. Una variante se encuentra en su relato
“Paradoja perdida”, donde teoriza que “la materia es un concepto de la
conciencia” y por extrapolación arriba a conclusiones extravagantes. ¿Extravagantes?
Es
admirable que estos temas, casi con exclusividad expuestos en forma abstracta
en ensayos filosóficos, estén volcados en vivencias concretas de personas con
nombre y apellido, aunque sea en el mundo de la literatura. Por ese motivo su
lectura despierta mayor interés, estimulando igualmente el pensamiento
profundo.
IV
– El tiempo
Sobre el tiempo, sus
ramificaciones, bifurcaciones, paralelismos, paradojas, eternidades y afines,
hay una muy extensa bibliografía, de la que cualquier lector de ciencia ficción
puede evocar varios títulos. Es común citar como precursor de los viajes
temporales a H. G. Wells en “La máquina del tiempo”; no lo es tanto
percatarse de que Jorge Luis Borges espléndidamente destacó la paradoja: el
protagonista del relato regresa del futuro con una flor “cuyos átomos ahora
ocupan otros lugares y no se combinaron aún”. Un insoluble contrasentido es
exhibido con claridad en una sola frase.
Ese ejemplo ilustra un rasgo
constante en la materia: se plantean tantas paradojas como argumentos
proporcione el escritor creativo. Más allá de que probablemente el viajar por
el tiempo sea imposible aún en teoría (haciendo la salvedad de que, en rigor,
todos lo hacemos, a razón de un día por día), los autores se han entretenido
llevando al protagonista al pasado para matar a sus propios antecesores, a
Hitler cuando era niño, o a toda una gama de individuos (como en “Los hombre
que asesinaron a Mahoma” de Alfred Bester), proponiendo soluciones más o
menos ingeniosas, de las cuales la más corriente es presumir ilimitadas líneas
temporales que se deslizan en un indefinido hiperespaciotiempo, las que fueran
anticipadas por Stapledon en “Hacedor de estrellas”. Asimov transita la idea
de un cauce de eternidad paralelo al tiempo “normal”, nuestro tiempo, en la
novela “El fin de la eternidad”.
Estas
son sólo brevísimas menciones a un concepto que, como el tiempo, admite un
sinfín de especulaciones filosófico-literarias.
Cabe
citar aún otro matiz: con antecedentes en Platón, algunos físicos (Frank R.
Sannard, Richard Feynmann, John A. Wheeler, Stephen W. Hawking, Paul Davies) han
ofrecido exposiciones de mundos cronoretrógrados (la dirección “correcta”
del flujo temporal está marcada por el aumento de la entropía). Autores de
ciencia ficción adaptaron parcialmente la noción, delineando personajes que
viajaban contra la corriente del tiempo. Fritz Leiber en “El hombre que nunca
rejuvenecía”; J.G.Ballard en “Tiempo de pasaje”; Roger Zelazny en
“Divina locura”; Philip K. Dick en “El mundo contra reloj”; José Blanco
en “Las puntas del ovillo”. No son precisamente cosmos de curso inverso: los
sujetos rejuvenecen, pero no caminan hacia atrás.
V
– El sentido de la vida
En “El idioma analítico
de John Wilkins” Jorge Luis Borges dijo –coincidiendo con Bertrand Russell-
que “cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador
que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito...”;
y en “El espejo de los enigmas”, que resulta “dudoso que el mundo tenga
sentido”.
Individualizar
ese hipotético motivo del cosmos también ha sido objeto de la ciencia ficción.
Es usual que los hombres se pregunten cuál es el sentido de la vida; no lo es
que se enfrenten a respuestas que le informen que es inexistente o
insignificante. Eso insinúa Algys Burdys en “La guerra ha terminado”, con
una pseudohumanidad cuya exclusiva razón de ser a lo largo de las generaciones
fue transmitir un aviso irrelevante (no lo saben: el lector lo descubre al
final). La idea, cruel, sugiere que nuestra sobrevaluada existencia carece de
propósito trascendente.
El
hombre generalmente ha dado una salida religiosa al interrogante sobre lo creado
y, en particular, respecto de la especie humana. Las soluciones de otra índole
que ha encarado la ciencia ficción no le han impedido rastrear en el área de
la fe, aunque de modo distinto a los conocidos en este planeta. Poul Anderson en
“El problema del dolor” atribuye a una civilización extraterrestre la
interpretación religiosa del sentido de la vida, con acento en el sentido de la
muerte; esos seres son potenciales presas de un Dios Cazador, lo que embellece
el acto de morir que es, literalmente, ser cazado por Dios.
Ignoro
si eso puede repugnar al lector. Se que es una justificación tan válida –o
tan inconcebible- como cualquiera de las que nos proponen diariamente, infiernos
incluidos.
Sospecho que en las múltiples obras del género que comento morarán las
más dispares teorías sobre la finalidad de la existencia. Albergo la certeza
de que todas ellas no componen más que una mínima porción de las que puedan
vislumbrarse, mientras se encare la problemática con honestidad intelectual
incontaminada de prejuicios.
VI
– La lógica
El estudio de las leyes del pensamiento ha arrojado algunos memorables y tautológicos principios, aprendidos por generaciones de estudiantes: el de identidad, el de contradicción, el de razón suficiente. Nos movemos en un mundo en el que tales postulados son válidos y funcionan, si bien flaquean en las dimensiones subatómicas (la mecánica cuántica abrió una hendidura en la física y en la filosofía, al enunciar Werner Heisenberg el principio de incertidumbre, arrojando la causalidad lejos de los electrones).
A diferencia de lo apuntado
al tratar otros aspectos filosóficos, no parece ser ésta una región fértil
para la inventiva. No abundan los ejemplos, pero hay uno original: Jack Vance
describió singulares situaciones planteadas mientras la Tierra –con toda la
galaxia- se desplaza por una zona de no-causalidad. La añeja y confiable, hasta
entonces, ley de causa y efecto, pierde significado y casi toda la humanidad
perece en poco tiempo por su incapacidad total para actuar en un entorno donde
nada es predecible y el más mínimo proyecto de acción es inútil. En el
cuento, titulado “Los hombres regresan”, sólo funcionan con cabal ajuste a
las condiciones del medio y como no podía ser de otra manera, los dementes.
VII
– Conclusión
Basta con este fugaz pantallazo para desestimar el peyorativo concepto de que la ciencia ficción es una especie de subgénero literario. Constituye, sin duda, un modo de expresión de ideas que en ocasiones alcanza cimas del pensamiento, y no me refiero a sus formas sino a sus contenidos, muchas veces brillantes como se ha observado en las citas.
Desde siempre, a lo largo de los siglos, algunos hombres alzaron su vista buscando el saber. Nadie encontró respuestas de absoluta certeza. Muchos, entre los que me incluyo, sufrieron una especie de angustia cósmica ante la imposibilidad de aproximarse siquiera a una contestación a las preguntas últimas. La filosofía ha canalizado, tradicionalmente, esas inquietudes; también la ciencia ficción puede, de manera recreativa, darnos visiones para responder a nuestros fundamentales interrogantes: ¿qué es el universo? ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿adónde vamos?.
¿”Preguntas ingenuas”, Robert Sheckley?
Santa Rosa, diciembre de 1986.