Fantasía infantil

     

      Publicado en el Diario La Voz de Galicia, La Coruña, los días 11 de agosto y 7 de septiembre de 2000.
     El solipsismo infantil puede no ser una fantasía.

       ué distorsionada imagen del mundo me representaba de pequeño, evocó el hombre del largo capote y barba descuidada, cuyo nombre era Fernando Gómez. Disfrutaba creyendo que la gente vivía solo en mi presencia, que por donde yo iba cobraba movilidad -juguetes de tamaño natural a quienes manos invisibles daban cuerda-, y que al marcharme todo revertía a la quietud de un museo cerrado. El universo se reducía a un teatro cuyo tablado se movía conmigo; fuera de mi radio de percepción yacía la inmovilidad. Me retiraba del colegio y allí quedaba estático, el maestro Fermín tras el pupitre, aguardando mi retorno para ponerse de pie y explicarnos la partida de Cristóbal Colón o la conjugación de los verbos. Viajaba con mis padres a la ciudad de mis abuelos maternos, entrábamos en la vieja casona rodeada de profusa vegetación y los muñecos -abuelos, tíos, primos- adquirían vida, reían, nos abrazaban y conversaban de temas importantes mientras yo miraba fascinado cómo el abuelo Julián desviaba litros de vino hacia la prominente bodega de su vientre. Devorábamos el día, felices; al regreso, ya en el ómnibus, los imaginaba congelados, estáticos, esperando mi próxima visita para revivir como marionetas que el titiritero anima. Y así todo, llovía delante de mí, el viento soplaba para mí, los truenos resonaban para que yo los escuchara. 
    Fantasías,
sonrió Fernando, arrebujándose en su capote. A sus espaldas la gota de lluvia cristalizó en una gema inmóvil, suspendida en el frío aire matinal.                  
          

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