Escamoteos


 "Publicado, en su versión original, en el Suplemento Caldenia del Diario La Arena, de Santa Rosa, La Pampa, el día 4 de agosto de 1991. Alegoría sobre el descreimiento creciente de los argentinos."

       -La realidad se esfuma, señor.
  
    El hombre de bigotes blancos interrogó con la vista al que hablaba. Recién abandonaban la Biblioteca Nacional, caminando sin prisa hacia el centro porteño bajo la caricia del sol pálido.
     
-Cada jornada desaparece algo -amplió Julián-. Tres días hace que no veo a Cambá, mi ovejero. Sé que no volverá. Hasta los focos que de tanto en tanto repongo en el farolito del frente de mi casa vuelan hacia la nada.
  
    El humo de un colectivo los envolvió en una burbuja maloliente de la que emergieron fantasmales.
     
-Antiguas filosofías lo auguraban. Zenón dejó suspendida una flecha en el aire para enseñar que la realidad percibida es ilusoria, que no hay formas, ni colores, ni movimiento, ni usted ni yo.
  
    -Pero eso es no es más que fantasía, una deformación profesional ¿acaso no me está viendo?

     
-Claro. Pero no le hablo desde mi cátedra. También puede apreciarlo desde su visión de matemático.   Las paradojas que aplaudimos como bonitos juegos de ingenio tal vez sean grietas del universo, movimientos fugaces del mago que permiten entrever, en los pliegues de su capa, las palomas escondidas.
     
Arribaron a la Avenida Santa Fe, sorteando pordioseros, vendedores de rifas, floristas.
     
-He comprobado que no se trata de trucos. La materia toda se diluye, el cosmos es tal como lo sugirió Platón, un triste espectro de sí mismo. ¿Le aburro?
     
-No, no, sólo que es difícil de aceptar, yo confío en la solidez del mundo. Continúe por favor, no me deje con la intriga.  -Le explico. ¿Ve aquella señorita de minifalda? Sí, esa. No la admire, mi amigo, no es más que una apariencia, es engañosa, no lo digo yo, lo dicen los filósofos y los físicos. El observador influye y determina lo observado, es probable que sea muy fea y nosotros le atribuyamos belleza. Por supuesto que ella es un fenómeno, pero sólo filosóficamente hablando.
     
-Lo sigo.
 
   -¿Sabe qué afirman los científicos atómicos? Que el universo, como lo sospechó Demócrito, es un torbellino de electrones y vacío, un poco de energía condensada; no somos, mi amigo, más que unos nuditos en la nada.

     
Una ambulancia bramó sostenida, eludiendo en mala forma a los automóviles, provocando colisiones a su paso. Nadie prestó atención.
     
-¿Exagero? Vea, de a poco va escaseando la cantidad de sustancia sólida disponible. Habrá notado que las monedas, las consistentes monedas metálicas, se evaporan, quizás gastadas en su multiplicado paso de mano en mano. También que los billetes, moneda de papel, son casi inaccesibles al tacto o a la vista. Hay quien jura no haber visto uno en años. Señor –suspiró- lo ficticio nos avanza.
 
     Gritando con desesperación, una anciana cruzó por la calle transversal, corrida por un perdulario cuchillo en mano.

 
   Los bigotes blancos del matemático asintieron.
 
   -Sé lo que quiere decir. Un famoso triángulo atlántico engulle naves aéreas y marinas.
     
-No se vaya tan lejos -apuntó Julián, el filósofo, desde sus ojos claros-. En estas tierras también las aeronaves de bandera comenzaron a desvanecerse; de pronto tambalearon, se fueron confundiendo en el aire como espejismos del campo. Igual destino de ausencia se ha deparado al petróleo, a los ferrocarriles; parece que un prestidigitador inconcebible se entretuviera en escamotearlos como a conejos.
     
Esquivaron con cuidado a un grupo de niños que, meticulosos, aspiraban un polvillo blanco sentados en el suelo.
     
-Heisemberg postuló el principio de incertidumbre para el mundo subatómico. Tenemos el privilegio, en este país, de haber trasladado esa indeterminación a la escala humana; nuestras perspectivas son tan azarosas como los vaivenes de un pobre electrón, y a veces peor. Por favor, no reduzca la cuestión a meras fantasías filosóficas; por acá algunas regiones se evaporan. Cierto archipiélago austral fue cubierto por un manto de neblina y ya lo estamos olvidando.
     
-No lo recuerdo.
     
-Precisamente.
     
Atravesaron Lavalle, engañando con maestrìa a los vehículos que intentaron darles caza.
     
-Podemos levantar el inventario de las entidades ya ausentes: las ilusiones, los afiladores, la solidaridad. Los carnavales y la alegría llegan a su fin.
     
-¿Al menos nos quedarán los recuerdos? –inquirió Bigotes Blancos.
     
-Nuestra historia también adelgaza. Nos espera, presumo, el funesto destino de los hititas, de Etruria, de Cartago. Hay quienes afirman (pero pueden ser sólo rumores) que una especie de cáncer afecta al territorio, carcomiéndolo desde el norte o desde el sur; el país, transmiten en secreto, se difumina en sus lejanías. Dentro de poco, como en las antiguas películas de terror las miasmas emanando de la tierra cubrirán árboles, caminos, ciudades. Es probable que lleguen a disiparse los últimos restos sólidos; figuraremos en futuras enciclopedias entre países de leyenda junto a Lemuria, El Dorado, la Atlántida.
     
El profesor de los bigotes blancos asintió en silencio, el rostro grave; sin anuncio osciló, comenzó a deformarse, su cuerpo se aligeró y tornó borroso hasta desaparecer en el aire de la mañana.
     
Sin inmutarse, Julián prosiguió con calma su paseo, predicando el carácter fantasmagórico del mundo, citando en su apoyo a Parménides, a los solipsitas, al obispo Berkeley. A su alrededor los colectivos se trocaron en carretas, los teléfonos en señales de humo, los edificios en chozas, las chozas en cavernas.
     
Poco más tarde, entre una niebla mesozoica, el tiranosaurio emergió de las altas malezas; permaneció inmóvil unos instantes, y se hundió en el pantano vadeándolo pesadamente. Escasos metros más allá perdió sustancia; las rocas, la hierba, los gusanos, se tornaron traslúcidos, hasta que toda materia se disolvió en la nada indiferente.  

Santa Rosa, octubre de l990/octubre de 2000 .

Todo tiempo pasado

El designio velado