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Mecánica cuántica y ficción especulativa
La compleja teoría cuántica permite deslumbrantes conjeturas. Una de ellas es la
que postula que al producirse una observación a nivel de partículas subatómicas,
el universo entero se escinde en realidades disímiles; habiendo dos
alternativas posibles, ambas se concretan, generando cosmos diferentes. Esa
proposición le ha conferido jerarquía científica a una de las más antiguas
quimeras humanas: la concepción de mundos paralelos. El conocimiento
de la estructura fundamental de la materia ha progresado manifiestamente –como
todas las ramas de la ciencia- en los últimos cien años. El
modelo atómico evolucionó desde la primitiva idea de Demócrito que
imaginaba unidades minúsculas e indivisibles de sustancia, pasando por el diseño
ordenado de un sistema solar en miniatura, con electrones girando en prolijas órbitas
alrededor de su núcleo. Estas escolares configuraciones fueron cediendo espacio
a construcciones cada vez más abstractas, hoy virtualmente fuera de la
comprensión de quienes no han cursado estudios especializados. La teoría de
los quanta o cuantos trató de describir las propiedades atómicas en forma
matemática; su desarrollo ha originado notables paradojas y hecho tambalear el
venerable axioma filosófico de la causalidad.
En esa línea Niels
Bohr, Nobel de Física en 1922, formuló la llamada “interpretación de
Copenhague”; señaló que el observador interactúa con el sistema observado,
que el solo hecho de medir un objeto lo modifica. En el
caso de una partícula, es como si no tuviera propiedades definidas hasta
que se efectúa la medición y entonces, por puro azar, adquiere determinadas
características. Nada se puede afirmar de lo que acontece cuando no hay un
sujeto ni tampoco por qué el resultado es uno u otro. La paradoja que se
plantea fue expuesta con claridad por Erwin Schrödinger, Nobel de Física en
1933, con un conocido ejemplo. En un experimento hipotético, se encierra un
gato en una caja opaca; en la misma hay una sustancia radiactiva con un 50% de
probabilidades de emitir un electrón en un concreto intervalo temporal. Si eso
sucede, es registrado por un detector –un contador Geiger- que a su vez
dispara un mecanismo –se rompe un recipiente de vidrio con cianuro- que mata
al gato. Como es obvio, si la desintegración radiactiva no se produce, el gato
no morirá. Schrödinger destaca la desconcertante conclusión que resulta de la
interpretación de Copenhague, según la cual hasta que alguien mire dentro de
la caja, la disociación atómica no habrá sucedido ni dejado de suceder, el
gato no estará ni vivo ni muerto. Todo el sistema tiene una función de onda
–expresión matemática que describe una partícula o un sistema de partículas
y sus cambios- que sólo da posibilidades, y que es reducida a valores
definidos, concretos, por el acto de medición. No es que el observador se
entere de lo que ocurrió al atisbar en el interior; es su acción la que
inclina el sistema en uno u otro sentido. Hasta ese momento, las alternativas
coexisten, latentes. Este es uno de los
fundamentos de la mecánica cuántica: un fenómeno pasa a ser tal sólo cuando
es un fenómeno observado. La coincidencia con
la filosofía de Berkeley no es
pura casualidad. Esta tesis reflota la vieja idea de que el ser es el ser
percibido (esse est percipi). Con lo que aquel idealismo
que no convencía ni a su propulsor (como que recurrió a la omnisciencia
de Dios para mantener sólido y permanente al mundo) pasó a ser un supuesto de
la ciencia. Para superar esta
incomprensible situación de que un acontecimiento no sea ni deje de ser hasta
la intervención de un examinador consciente, se propuso la fantástica hipótesis
de las realidades múltiples. El gato está vivo en una y está muerto en otra.
Hugh Everett, en 1957, sugirió que las opciones no se colapsen, que persistan
todas, generando distintos universos paralelos. El cosmos se bifurca
constantemente en cada medición y aun en cada transición cuántica; se
desdobla con cada posibilidad. En este plano el electrón se dispara, en el otro
nada sucede; el gato corre distintas suertes. El acto de observación divide los
mundos que a partir de entonces siguen su línea en el hiperespaciotiempo. Como cada porción de
lo que denominamos materia no es más que un vertiginoso remolino de incontables
electrones experimentando innumerables transiciones cuánticas, a cada instante
la totalidad se multiplica en miríadas de ejemplares, y así ha sido desde hace
quince o veinte mil millones de años, desde el big bang. La concepción aunque
sea fugaz de semejante pensamiento, empalidece el mareo que ocasionan los
infinitos cantorianos. Los más cercanos, los recién separados, diferirán por
uno o un puñado de átomos, serán indistinguibles del cosmos que conocemos (¿qué
diferencia puede significar otro que sólo sea disímil del nuestro por una molécula
en el cráter Clavius de la Luna?); en los más alejados no se habrá formado
siquiera el sistema solar, o las galaxias serán completamente desiguales. Resulta curioso que
mientras algunos filósofos como Bertrand Russell hayan sostenido la
inexistencia del universo (“En realidad”, dijo, “a la opinión de que no
hay mundo sólo se oponen el prejuicio y la costumbre”), la teoría comentada
prodigue generosamente orbes sin fin, como los
matemáticos helenos derrocharon puntos en la recta. Esta presunción
sobre la existencia de otras comarcas que no están ubicadas dentro del
espacio-tiempo que conocemos, sino que más bien habitan vagas regiones metafísicas,
ha estado presente en la filosofía, en la religión, en la literatura, antes de
ser recibida por la ciencia. Ya Parménides distinguía entre el mundo sensible
(reducido a meras ilusiones de nuestros sentidos) y el inteligible, único
verdadero, Platón tomó el antecedente y lo desarrolló con su diferenciación
entre el topos uranos (lugar celeste)
“pasmosa colección
de objetos inconmovibles y estáticos. “inmortales árboles.
“petrificados
tigres, “junto a triángulos
y paralelepípedos. “y también un
hombre perfecto, “formado con
cristales de eternidad.”
según la hermosa
pintura de Sábato en Abbadón; y nuestra terrena superficie, donde sólo
hallamos simples reproducciones, pobres copias defectuosas de aquellos árboles,
tigres, triángulos, paralelepípedos y hombres. Siglos después
Giordano Bruno impecablemente arguyó que si Dios es infinito, el cosmos que es
la manifestación de su esencia, también debe serlo.
“La
perfección divina se ofrece en una serie innúmera de mundos. Sería absurdo
pensar que un Dios infinito hubiese producido un efecto finito e imperfecto. ¿Por
qué privar de la existencia a los mundos posibles y alterar en su perfección
la imagen divina?”
Bruno es un
prestigioso e insospechado enlace entre Parménides –con su ser limitado- y
Everett –con su esquizofrenia cósmica-. Pagó con su vida la irreverencia de
no ceñirse a los dogmas. Mitologías y
religiones ofrecieron una nutrida exposición de niveles existenciales alternos.
Los poblaron de dioses, ángeles, genios, huríes, demonios, que ocasionalmente
venían a molestar a los humanos. Pero mientras la literatura diversificó las
claves de acceso, las religiones emplearon siempre el sencillo y eficaz
procedimiento de la muerte. Frondosa ha sido la
colección de mundos que desfilaron ante la mirada del hombre. Se facilitó así
la comprensión del esquema de Everett; no su aceptación por los científicos.
No obstante, sus universos se multiplican, al menos en las páginas de ciencia
ficción.
Ha sido abordado reiteradas veces el análisis de
realidades alternas en la literatura fantástica. Uno de los mejores ensayistas
argentinos en el área, Pablo Capanna, dedicó un interesante artículo al
asunto, La nariz de Cleopatra y el teniente Bonaparte.* Allí expuso
sobre ucronías, mundos paralelos y catacronismos. En todos los casos se trata
de concepciones hipotéticas de la evolución histórica por extrapolación a
partir de un punto de inflexión, de una variante en un acontecimiento del
pasado. El objeto de estas líneas es disímil: no intento reseñar historias
alternativas sino contemplar ejemplos literarios donde apareciera una pluralidad
cósmica, más o menos en concordancia con la tesis de los cuantos en la
comprensión de Everett. La coexistencia que examino se da en forma simultánea,
es un desdoblamiento espacial más que temporal. Aquí hago una imprescindible
referencia a la simultaneidad como postulado de trabajo, ya que la relatividad
einsteiniana derrumbó el concepto de fenómenos ‘simultáneos’; no existe
un tiempo universal respecto del cual se puedan sincronizar en forma absoluta. Sólo
hay tiempos locales. Quizás sea lícito pensar en un supertiempo para entonces
sí hablar de un paralelismo de diversas realidades. El pase al ‘otro
lado’, a una dimensión extraña, no es novedad en las letras. Ha sido usada
toda clase de llaves para abrir la puerta de comunicación. Son minoría los
ejemplos de narraciones que prodigan mundos; por lo general el tránsito ha
permitido el acceso a un solo universo alterno. *
Las referencias bibliográficas de todos los textos citados en este artículo se
encuentran al final del mismo.
Con frecuencia se ha
acudido a los espejos para transportar al protagonista fuera de su contexto
espaciotemporal. El país especular puede generar toda clase de reflejos, no sólo
la conocida simetría izquierda-derecha o la marcha del tiempo. Se ha sugerido
sorprendentemente que “los
goces de este mundo serían los tormentos el infierno, vistos al revés, en un
espejo” (León Bloy, Le vieux de la montagne) Alicia a través
del espejo deleita con sus curiosas inversiones, llevando a la Reina con su
lógica a vendarse el dedo y chillar de dolor antes de lastimarse con un
alfiler. Ocasionalmente se han
hecho proliferar estas regiones; en el cuento de Fritz Leiber Medianoche en
el mundo de los espejos, imágenes enfrentadas semejaban “los globos de cristal de la astronomía
ptolemaica, que representaban las estrellas y planetas multiplicándose hasta el
infinito”. encerrando un mundo cada una. Leiber es un perspicaz
creador en el campo de la ciencia ficción y la fantasía, pero otros autores
del género no han desdeñado el espejo, como Algernon Blackwood en El caso
Pikestaffe.
Entre nosotros ha despertado el interés de los escritores y es conocida
la atención que les prestara Borges: “Infinitos los veo, elementales “Ejecutores de un antiguo pacto “Multiplicar el mundo...” “Dios ha creado las noches que se arman “De sueños y las formas del espejo “Para que el hombre sienta que es reflejo “Y vanidad. Por eso nos alarman.” No sólo se
encuentran en ese poema, Los espejos, sino en muchas partes de su obra,
omnipresentes, vagamente inquietantes. Otros autores
argentinos armaron tramas dando vida propia al orbe del cristal. En un relato de
Manuel Mújica Láinez, El espejo desordenado, la imagen está
distorsionada respecto del tiempo de la acción. Dentro de la ciencia ficción
igualmente se ha recorrido la finca especular por autores como Rubén C. Tomasi
en El espejo o en la divertida miniatura de Lesly Sánchez El paso.
No es, seguramente,
la más extraña entre las innumerables ilusiones del hombre la que supone
reales a los mundos soñados. Resulta sencillo discurrir que en el acto de soñar
nos trasladamos a otra superficie existencial, así el despertar implica un
nuevo salto, el ingreso a este cosmos tan cierto (o tan incierto) como aquél. Sólo
la aparente persistencia de ciertos rasgos constantes del mundo al que arribamos
cada mañana, por oposición a la heterogeneidad
de nuestros países nocturnos, nos induce a sostener la continuidad de este
extravagante universo. Tal vez por eso los
sueños han sido utilizados como clave de paso a otras realidades en la
literatura de todas las épocas. Una clásica miniatura atribuida al remoto
Chuang Tzu (300 A.C.) condensa la belleza en pocas líneas: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al
despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era
una mariposa y estaba soñando que era Tzu.”
Sueños hay en La
Biblia que sirvieron de enlace entre ‘cielo’ y ‘tierra’. Y sueños
también en los relatos de las mil y una noches árabes. La vía onírica
introdujo a Alicia al país de las maravillas pero también al país del espejo.
Al finalizar este último recorrido se plantea la paradoja clásica: “Ahora, veamos, gatito: pensemos bien quien fue el
que ha soñado todo esto... Tuve que ser yo o tuvo que ser el Rey rojo, a la
fuerza. ¡Pues claro que él fue parte de mi sueño!... pero también es verdad
que yo fue parte del suyo...” Empapadas de sueños,
hay excelentes narraciones en la literatura argentina de fantasía. La noche
boca arriba de Julio Cortázar lleva impecable a su protagonista al mundo soñado
hasta invertir los planos de realidad. En La esquina del sueño de Inés
Malinow, el personaje se sumerge en el mar onírico para encontrarse con su
amadas. Incomparablemente, Borges impuso a la vida un simulacro de hombre, una
apariencia soñada, en Las ruinas circulares; el soñador compartió su
insustancialidad, alarmándonos con la insinuación de que también nosotros
estemos tejidos de viento e ilusión. La ciencia ficción
no ha hecho abuso del tema. Un cuento de Lafferty, Sueño, concibe uno
colectivo que modifica la estructura universal. Pero el sueño, igual
que el espejo, no es más que una aproximación a la multiplicidad de los
mundos; es una mera duplicación, una bifurcación exclusiva, lejos de la
riqueza continuamente generativa de los universos paralelos de la física cuántica.
Uno de los más
explotados entre los motivos favoritos de la literatura de anticipación es el
pase a otras dimensiones. En especial la cuarta ha logrado difusión aun entre
lectores no habituales del género; quién más o quién menos la ha oído
nombrar, si bien pocos podrían ensayar una definición. Lamentablemente también
ha sido la harina para la pasta de la ficción especulativa de la peor calidad y
por eso es probable que haya deslucido su prestigio.
Mencionar la cuarta
dimensión es añadir otra, espacial a las nuestras. Esto no debe confundirse
con el tiempo como cuarta dimensión einsteiniana. La cuarta a la que me refiero
está –inconcebiblemente- en ángulo recto con las tres de nuestra vida
cotidiana; se la ha analizado, medido y desmenuzado, por supuesto que en el
nivel meramente conjetural. Se detallaron las características de sus sólidos,
específicamente del hipercubo o teseract. Una singular tela de Salvador Dalí,
Crucifixión o Hábeas Hypercubus, simboliza a Cristo sobre un hipercubo
desplegado en nuestro mundo. Edwin Abbott compuso
lo que ya es un clásico en la materia, la novela Fatland; allí refiere
los avatares de un habitante de una zona bidimensional que viaja paro Spaceland,
el universo de tres dimensiones, y por describirlo termina sus días en
presidio. Todo el relato apunta a que los lectores tridimensionales (sospecho
que no hay otros) acepten la posibilidad de existencia de otras dimensiones
superiores. Con mayor o menor
variedad de medios la ciencia ficción anglosajona clásica paseó a sus
aventureros por la oculta región tetradimensional. Muchas veces el ‘paso’
aparecía en los sitios más insólitos por su vulgaridad, como debajo de un sofá
–La niña extraviada de Richard Matheson- o dentro de un armario –El
armario temporal de Lewis Padgett-. Pero también se figuraron complejas
distorsiones de tiempo y espacio, como cuando David Bowman en 2001 Una Odisea
Espacial exclama: “¡Y
cuán ingenuo haber imaginado que las series acababan en este punto, en sólo
tres dimensiones!”
Esta no es una
materia agotada en la ficción literaria; un reciente relato de Greg Bear, Tangentes,
la delineó nuevamente con trazos seguros. Es claro que la
abundancia de historias en cuarta no excluye la aptitud –preconizada por el
humilde fatlandés- de andar por otras dimensiones. En Puerta a la cuarta
dimensión de Miles J. Breuer, luego del previsible periplo por esa región,
se expresa en el diálogo final: “¿Ahora sí cree que hay cuatro dimensiones? –
preguntó vengativamente-, Ajá. ¿Y usted? –replicó el profesor-. ¿Cuatro?.
Estoy convencido de que hay una docena, o mil!”
Para variar un poco, uno de los personajes de El profesor no lateral,
cuento de Martín Gardner, el brillante divulgador científico y de pasatiempos
matemáticos, incursionó por la quinta dimensión.
Cine, televisión y computadoras
La técnica moderna
aportó otras posibilidades casi mágicas para alternar niveles existenciales.
Desde el estático de la fotografía (Las babas del diablo, una notable
artesanía cortazariana) hasta el animado del cinematógrafo y la televisión.
Para los escritores de fantasía fue una invitación clara a corporizar esos
espectros bidimensionales que ambulaban por las pantallas. En nuestro país los
habitantes fantasmales de las películas fueron revividos por Horacio Quiroga en
narraciones como El puritano; irrumpieron tridimensionalmente en este
mundo con Bioy Casares en La invención de Morel y aún ahora nos siguen
invadiendo en cuentos como Película de cowboys de Santiago Espel. La ciencia ficción
no perdió esta oportunidad de ampliar su campo argumental. Ray Bradbury concibió
una singular manera de conectar las fantasías humanas con una pantalla en La
pradera. En Gente de cine Robert Bloch dio una vuelta de tuerca a la
idea de El puritano, con un final feliz. La realidad entera (lo que
nosotros llamamos realidad) no es más que un filme en Los mil cortes de
Ian Watson. La fusión de nuestro
cosmos con el de la televisión también fue dibujada en la ficción
especulativa. El entorno de la teleadicta se transforma en el televisivo en Lo
que importa es el argumento, otra narración de Bloch; la angustiada
protagonista termina aprisionada por los muros-pantallas en Las paredes
de Keith Laumer. Con el advenimiento y
desarrollo de la electrónica, la más reciente tecnología desplegó un nuevo
abanico para los creadores de fábulas. Las computadoras reclamaron para sí un
orbe exclusivo, de leyes matemáticas (quizás el mismo donde moraban las
figuras geométricas de los griegos) y allí fue a parar El hombre esquemático
de Pohl. Es previsible que los menudos y veloces habitantes de los video juegos
irrumpan entre nosotros, al menos desde los libros de fantasía; el monstruo de Usurpación
de derechos de autor escapó de su prisión para completar sus secuencias de
este lado de la realidad. El descubrimiento de
las antipartículas (cuyas magnitudes son de signo contrario a las de las partículas)
sugirió la presencia de antigalaxias e incluso de antiuniversos. No faltó
quien conjeturara que los ‘agujeros negros’ fueran el pasadizo secreto para
acceder a estos antimundos, idea que en Argentina parece haber inspirado a Norma
Dangla y Marcela Fuentes para componer Flor amarilla llamando. Por otra parte las
propias letras son una fábrica continua de universos. En rigor, cada ámbito
literario es cerrado. No parece admisible que Tarzán, Martín Fierro, Don
Quijote, pertenezcan al mismo plano existencial. A veces el cosmos figurado por
el escritor amenaza con contaminar de irrealidad al lector, como sugiere el
borgeano Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Un individuo puede evadirse de las
páginas de una novela, corporizarse y así ingresar asombrosamente a esta
tercera dimensión, como en ese otro hallazgo de Cortázar Continuidad en los
parques. Otras veces se modelan extraños ambientes: en El último mundo
del señor Goddard J. G. Ballard encierra un microcosmos en un cofre
guardado por uno de sus moradores. Adán Buenosayres encuentra en la
oscura ciudad de Cacodelphia un reflejo subterráneo “Una contrafigura del Buenos Aires visible” Todo es posible. El
universo entero puede estar contenido en una bola de cristal en un comercio -Tienda
de chatarra de John Brosnan-; en la mente de un semi-muerto –UBIK-
o en los delirios de la droga como en los infinitos regresos que se plantean en Los
tres estigmas de Palmer Eldricht – ambos de Dick. Sin acudir a feudos
herméticos como el espejo, los sueños, las otras dimensiones o las películas,
la narrativa de ficción ha transitado con frecuencia por un cosmos paralelo o
alterno. Se menciona una realidad disímil a la nuestra, pero el autor se
abstiene de ramificarla. La trama del relato se justifica y se agota con ese
solo duplicado. Como aproximación a
la teoría de Everett interesan más las narraciones que al crear otra realidad
no eliminan a ésta, de modo que coexisten de alguna enigmática forma.
Distintos son los casos analizados por Capanna, un continuo sustituido por otro
–ucronías-. El cambio de un elemento en un momento determinado provoca una
evolución divergente en el curso de la historia. Tal es el caso de Pavana.
Puede, simplemente,
describirse toda una progresión histórica en un contexto similar, sin precisar
si es sustitutivo o coexisten con éste, al estilo de Historia de la fragua
(para la escuela media) del enmascarado Fernando Segovia. Otras composiciones
admiten al menos dos lecturas, como sucede con El ruido del trueno de Ray
Bradbury. La más lineal, quizás la única que tuvo en miras el narrador,
supone la permuta de un orbe por otro como consecuencia de una mutilación en un
componente remoto (en un safari al pasado alguien mata una mariposa, lo que
acarrea una serie de resonancias divergentes transformando el planeta); la más
hermosa puede concebirse desde la óptica cuántica e implica un regreso por la
línea temporal hasta el instante mismo de la bifurcación y el retorno de los
viajeros por el continuo en el que la mariposa murió, pero dejando subsistente
en algún lugar del hiperespacio y conjuntamente con otros infinitos mundos aquél
donde la crisálida siguió viviendo tranquila, ignorando su importancia
decisiva en la división del espacio tiempo. siguió
viviendo tranquila, ignorando su importancia decisiva en la división del
espacio-tiempo No ofrece dudas
hermenéuticas, en cambio, el cuento de H. Beam Piper Fue a echar una ojeada
a los caballos. Hay un territorio vagamente similar y la posibilidad de
atravesar por arte de birlibirloque el pasillo entre ambos mundos. Un diplomático
desaparece, en 1809, en una posada, y no se le vuelve a ver “por lo menos en la presente relación de
continuidad espacio tiempo”. El relato narra sus
infortunios en una Europa donde persiste la monarquía francesa, Napoleón es un
desconocido y en general todos los personajes de la época caminan destinos
individuales distintos de los que conocemos. Robert Sheckley,
conectando dos contextos desiguales en El mundo petrificado, insinuó la
multiplicidad cuántica: “Suponga que haya muchos mundos y muchas
realidades, en vez de luna sola... Suponga que ésta no sea sino una existencia
arbitraria entre una infinidad de existencias”. La correspondencia ha
sido otra herramienta para acceder a mundos contiguos. En Sobremesa Cortázar
tejió hábilmente un carteo cruzado, con un desfasaje temporal. Pero también
puede interpretarse suponiendo el intercambio postal entre dos universos, uno
donde se reúnen los amigos y se producen las desagradables revelaciones, otro
donde ese encuentro no tiene lugar. En la ciencia ficción
argentina moderna la vinculación entre dos planos existenciales aparece también
con el cuento El rescate de Lesly Sánchez. La cantera argumental
que brinda este tema es rica y has sido bien aprovechada, pero no ofrece la gama
multicolor de las series infinitas. Everett no otorga la
única posibilidad de propagar mundos. La añeja teoría del eterno retorno se
ha visto refrescada por algunas recientes concepciones cosmogónicas que suponen
una especie de fenomenales latidos cíclicos, con una explosión inicial, una
etapa de expansión, otra de contracción y de nuevo a empezar desde una
singularidad. No es correcto pensarlos marchando en sucesión temporal, ya que
en rigor cada uno crea su propio espacio tiempo a partir del big bang; sí es
atinado hablar de un proceso de formación de universos sin fin. Es el tipo de
infinitud anticipado por Stapledon en Hacedor de Estrellas. El número de las
creaciones también puede ser acrecentado al imaginar que cada partícula subatómica
es un cosmos completo (con sus planetas, sus estrellas, sus galaxias, quizás
sus lirios y sus luciérnagas) y que el que conocemos es sólo un átomo o un
quark de una dimensión colosal. La ficción se ha servido de esa figura; en El
matemático chiflado R. Underwood relata: “... el universo de los libros de astronomía se
encontraba probablemente en una minúscula parte de uno de los llamados átomos,
situado bajo una de las uñas de quien sabe si el pie izquierdo del
profesor...” Por supuesto que la
infinitud es mucho más profunda. Al fin y al cabo si cada uno de los átomos de
este cosmos constituyera uno menor, su número si bien enorme no sería
ilimitado. Sí lo es cuando se advierte que en cada uno de ellos cada una de sus
partículas es, en realidad, otro mundo cuyos átomos a su vez... Si bien suponen el
infinito, estas variedades sólo son aproximaciones a la visión cuántica de la
multiplicidad.
Multiplicación cuántica de universos Arribo así al
contacto específico entre ficción especulativa y mecánica cuántica. La
representación de innumerables universos que coexisten sin ser –paradójicamente-
contemporáneos, por cuanto no hay un tiempo común que los incluya. Es
ineludible la mención liminar a una gema de la literatura fantástica argentina,
La trama celeste de A. Bioy Casares. La narración, además de las
peripecias del protagonista, suministra información sobre el tema de los cosmos
contiguos. No se trata solamente de un mundo alterno, como parece considerar
Capanna en su artículo, sino de múltiples semejantes. “En varios mundos casi iguales, varios capitanes
Morris salieron un día (aquí el 23 de junio) a probar aeroplanos”. Para llegar a éste
donde escribo este comentario –aunque quizás infinitos sosías escriben
infinitos artículos similares en infinitas Tierras- salió de una Argentina,
pasó por otra donde perdurara la cultura cartaginesa, estuvo en ‘nuestro’
Buenos Aires y volvió a salir quién sabe a qué realidad. El relato cita a
Blanqui que describe minuciosamente: “Habrá infinitos mundos idénticos, infinitos
mundos ligeramente variados, infinitos mundos diferentes”. Acude a Cicerón
recordando a Demócrito como impulsor de pensamientos similares. Finaliza
discurriendo con hondas proyecciones: “... tal vez estos mundos sean como haces de
espacio y de tiempo paralelos”. Borges, que ministró
variadas formas de evasión, anudó una trama de incontables series temporales
que se cruzan pero también se ignoran, en El jardín de los senderos que se
bifurcan. Ha sido aludido por sus críticos como aplicación de las ideas cuánticas.
El
Universo de locos de Fredric Brown, citado asimismo por Capanna, es sólo “... uno de los infinitos mundos posibles”. Particular es la
interpretación de Alfred Bester en Los hombres que asesinaron a Mahoma:
cada individuo tiene su propio continuo. Estos no se mezclan sino que coexisten
como fideos en un plato, pero el sujeto sólo puede recorrer su propio fideo. Es
una especie de plurisolipsismo, si me es permitida la contradicción en el término.
El mahomicida, en una explicación pseudotécnica, delira sobre los principios físicos:
“Es una forma de transferencia cuántica de energía.
El tiempo se emite en corpúsculos independientes o quantas. Podemos visitar el
quanta individual de cada uno y hacer cambios dentro de él, pero ningún cambio
de un corpúsculo afecta a otro corpúsculo.” El agudo Lafferty
concibió una imagen distinta –El agujero de la esquina- que no
responde exactamente a los postulados de Everett, sino que supone varias Tierras
ocupando el mismo espacio, con alrededor de cien planetas ‘concéntricos y
congravitacionales’. Cada persona está reproducida –con algunas diferencias
simpáticamente absurdas- en lo que el autor denomina una ‘gestalt’; eso
explica los sueños y fantasías del inconsciente –argumento gratuito para
pseudopsicólogos-. También la ciencia ficción francesa usó el concepto. El
personaje de Tres días de otoño presume “a menos que el tiempo no sea más que una ilusión,
que el pasado y el provenir no existan y que mi conciencia de este momento sea
el producto confuso de la memoria de miles de otros Cordwainer que viven en realidades
contiguas.”
Las historias de
Clifford Simak agrupadas en Ciudad plantearon la cuestión en forma
similar a la que concibieran los físicos, pero suponiendo a los cosmos desgranándose
sucesivamente, con un instante de desfasaje entre cado uno de ellos. Si bien el
esquema se insinúa anteriormente, recién se desarrolla en Esopo.
“Un mundo,
y luego otro, unidos como los eslabones de una cadena. Un mundo que le pisaba
los talones a otro. Un mundo hoy, otro mañana.
Donde debía estar el pasado, había otro mundo.
Un segundo es tiempo suficiente para separar dos mundos. Uno
viaja hacia atrás por la línea del tiempo y no encuentra el pasado, sino otro
mundo, otro paréntesis de conciencia. La tierra puede ser la misma, con los
mismos árboles, ríos y colinas; pero no es el mundo que conocemos. Como ha
tenido una vida distinta se ha desarrollado de un modo distinto.”
La idea es
recurrente en Simak. Sus novelas Flores fatídicas y
Un anillo alrededor del sol giran sobre el mismo pivote
argumental.
“... habría otro mundo un instante adelantado al nuestro, y otro un
segundo detrás, y otro a dos segundos de distancia, hasta formar una larga
cadena... Una infinita cadena de mundos...”
Si los universos paralelos han sido un nudo temático tradicional de la
ciencia ficción, eso no implica que la materia esté agotada. De hecho puede
ser un manantial interminable de narraciones. En el relato de Raúl Alzogaray Una
flor lenta se menciona un muro detrás del cual “existen todo tipo de mundos. Mundos que no sería
correcto que se mezclaran con el que habitamos, por eso el muro los contiene en
el lugar que les corresponde”.
Lesly Sánchez
–En busca de los mundos perdidos- aportó una forma original para el
transvasamiento; a diferencia del gastado procedimiento de cambiar de nivel de
existencia con la muerte (‘pasó al otro mundo’ es la expresión vulgar), Sánchez
recurre al nacimiento, que es “cuando se tocan en un punto común los dos mundos
paralelos”.
Sorpresivamente el protagonista –como sucede con el Morris de La
trama celeste- se vuelve a equivocar de destino. Un párrafo de Hacedor
de Estrellas –trascripto por Borges, Bioy Casares y S. Ocampo en la
memorable Antología de la Literatura Fantástica- es fuertemente cuántico,
y explica con precisión la espectacular proliferación mucho antes incluso de
que Everett propusiera su teoría. La visión de Stapledon es admirable: “En un cosmos inconcebiblemente complejo, cada vez
que una criatura se encontraba ante varios posibles cursos de acción, los
tomaba todos, creando así muchas dimensiones temporales distintas y muchas
historias del cosmos. Como en cada una de las secuencias evolutivas del cosmos
había numerosas criaturas, y cada una de ellas se enfrentaba constantemente con
muchos cursos de acción posibles, y las combinaciones de estos cursos eran
innumerables, de todos los momentos de todas las secuencias temporales de este
cosmos nacía una infinitud de universos distintos.”
El barrilete de la imaginación vuela remontado por Stapledon. También es ortodoxo
–aunque en este caso con seguridad el escritor conocía la teoría científica
–el cuento de Robert Silverberg Viajes, donde el pasajero recorre
varias civilizaciones –o incivilizaciones- al pasar de un cosmos a otro, y lo
explica “Nuevos universos se abren con cada nueva decisión
que tomamos... cada una de tus acciones desencadena una galaxia entera de
posibilidades. Nos movemos a través de una sopa de infinitos. Existen una infinidad de mundos, Elizabeth, uno junto
al otro, mundos en los que pueden ocurrir todas las variaciones imaginables de
cada suceso... hay un mundo para cada cosa.” Un mundo para cada
cosa... Vislumbrar difusamente lo que eso significa provoca vértigo. Nos
reproducimos continuamente. Quien se levanta por las mañanas, se acuesta en
millones de mundos por las noches. El condenado a muerte se consolará sabiendo
que en otras vidas será absuelto; el amante engañado verá multiplicado hasta
el infinito su escarnio, pero también su esperanza de ser gratificado en otros
mil universos con la fidelidad de su amada. Las disyuntivas se esfuman; no habrá
decisiones equivocadas. El error en este mundo será compensado con un brillante
acierto en el otro. Caminará el paralítico, verá el ciego. Habrá continentes
de cristal, planetas como infiernos e infiernos habitados. Existirán universos
musicales, universos de colores, universos de aromas. La fascinante colección
de muestras sobre el tema resulta sin embargo, finita. Es concebible que aún
falte estallar en todo su esplendor la pirotecnia argumental inspirada en
Everett. No obstante, el lector inquieto podrá barruntar dos incoherencias en
esta hipótesis cuántico-literaria. En primer término, que se hace muy
dificultoso hallar entre la maraña de secuencias universales, el hilo preciso
que sigue el protagonista, que a cada instante se va deshojando en innumerables
reproducciones de sí mismo. Dar entre las infinitas ramificaciones con la que
confiere cohesión al relato le resta credibilidad a los otros mundos, los torna
vagamente fantasmales por contraposición con la nítida realidad del personaje.
En segundo lugar que
hay un derroche de cosmos inútiles, de niveles que carecen de toda razón de
ser. En la Biblioteca de Babel, Borges no puede encontrar entre los
libros posibles uno sólo con el mínimo significado –exceptuando, tal vez,
los títulos ‘Trueno peinado’, ‘El calambre de yeso’ y poco más-;
trasladando la idea a los mundos múltiples, resulta que en una proporción prácticamente
total carecen de explicación, deambulan por el hiperespacio arrastrando su
inutilidad y tornando altamente improbable la persistencia de alguno con
sentido, de donde se sigue que lo más verosímil es que no exista este
universo, y mucho menos yo que creo que escribo. © 1988 José De Ambrosio Las obras mencionadas corresponden a las siguientes publicaciones: Abbot, Edwin A. Fatland (Mundo Plano) Buenos
Aires: Andrómeda, 1977. Alzogaray, Raúl. Una flor lenta. En: Uribe, A.,
comp. Latinoamérica Fantástica. Barcelona: Ultramar, 1985. Ballard, J.G. El último sueño del señor Goddard.
En: Playa Terminal. Buenos Aires: Minotauro, 1971. Bear, Greg. Tangentes. En : Cuasar #15 (marzo
1988) Bester, Alfred. Los hombres que mataron a Mahoma.
En: La Fantástica Luz. Barcelona: Torema, 1984. Bioy Casares, Adolfo.
La invención de Morel. Buenos Aires: Emecé, 1983 Bioy Casares, Adolfo.
La trama celeste. En: Historias Fantásticas. Buenos Aires: Emecé,
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Ultramar, 1986. Blackwood, Algernon.
El caso Pikestaffe. En: Sánchez, J., comp.. Fénix 2. Buenos Aires: Adiax,
1980. Bloch,
Robert. Gente de cine. En: Carr, T., comp.. Nuevos Mundos de Fantasía 2. Buenos Aires: Adiax,
1979. Bloch, Robert. Lo que importa es el argumento. En:
Carr, T., comp.. Nuevos Mundos de Fantasía 3. Buenos Aires: Adiax, 1979. Bloy,
Leon. Le vieux de la montagne. En:
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Fantástica. Buenos Aires: Sudamericana, 1967. Borges,
Jorge Luis. La biblioteca de Babel.
En: Ficciones. Buenos Aires: Emecé, 1987. Borges,
Jorge Luís. El jardín de los senderos que se bifurcan.
En: Ficciones. Buenos Aires: Emecé, 1987. Borges,
Jorge Luís. Las ruinas circulares.
En: Ficciones. Buenos Aires: Emecé, 1987. Borges,
Jorge Luís. Tlon, Uqbar, Orbis Tertius. En:
Ficciones. Buenos Aires: Emecé, 1987. Bradbury, Ray. La pradera. En: El hombre ilustrado.
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En: Final de Juego. Buenos Aires: Sudamericana, 1968. Cortázar, Julio. La noche boca arriba.
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