De una parte tenemos que el bullmastiff se caracteriza por
la más absoluta entrega hacia "su" familia, una entrega tal que se
traduce en la necesidad de estar siempre vigilante buscando la mejor manera de
tenernos siempre contentos. Agradar a los suyos es algo que lleva muy a gala y
que persigue continuamente; se desvive por quedar bien. Como contrapartida,
agradece que seamos efusivos y que le hagamos saber que nos encanta, sus ganas
de hacernos felices. Y claro, siendo como es, agradarnos en todo momento pasa
por dar su vida por nosotros, si llegara el caso, o cuanto menos hacernos ver
que lo haría, sin dudarlo, si tuviera ocasión. Pero el bullmastiff no es un
perro anodino, ni muchísimo menos; tiene su corazoncito... y le gusta
hacerlo notar.
Al bullmastiff le gusta sentirse útil también y mostrar
cuán útil puede llegar a sernos. Le priva acompañarnos al trabajo o a la
compra, o en el coche, sabiendo que, haciéndolo, irradia una especie de halo
protector a nuestro alrededor; eso es ser útil. Por ejemplo: imagínese un
despacho de abogados en el que continuamente entran y salen clientes. Unos ya
llevan años tratando con ese despacho y otros vienen por primera vez; en ese
despecho además de los abogados y su equipo, hay una pareja de bullmastiffs.
Cuando quien llama al timbre desde la calle es un conocido, ni se inmutan.
Continúan echando su siestecita a los pies de su dueño, aprovechando los
últimos minutos de sosiego (mientras la visita sube la escalera) para desfilar
luego, remolones, hacia el despacho de al lado e instalarse a los pies del
ayudante. En cambio, si viene una visita nueva, ni que decir tienen que se
levantan de un brinco, se van derechitos a la puerta, olfatean el aire como si
quisieran adivinar de qué tipo de asunto legal va a tratarse... y al abrirse la
puerta se asoman curiosos para olisquear al extraño y dar su particular visto
bueno. Eso es sentirse útil.
Y con los niños, ¿qué? Sesenta y muchos kilos de mimo y
de paciencia infinita y una tal sensibilidad que incluso desde muy cachorritos
comprenden que crecen más rápido que el bebé de la casa, y empiezan por su
propia voluntad a sentarse o a tumbarse para jugar con el crío, ¡porque ya le
rebasan con mucho en estatura, peso y volumen!