la diosa artemisa

Leyendas de la Diosa Artemisa

ANÁLISIS DE LA DIOSA ARTEMISA

                En la antigüedad se conocían diversas Artemisas. Así en Táuride, se adoraba a una Artemisa, diosa cruel que montaba un carro uncido a dos toros; llevaba una antorcha en la mano y sobre su frente tenía una luna creciente. Se le sacrificaban los extranjeros, una salvaje costumbre de la que, dicen, se pudo salvar Orestes.

                La Artemisa de Éfeso era diferente de la diosa tradicional; en vez de negarse al amor, se ofrecía a él sin ataduras, y alimentaba, gracias a sus múltiples senos llenos de leche, a los hombres y a la Tierra.

                Sin embargo, a pesar de todas estas confusiones, la Artemisa griega sigue siendo cazadora y casta, figurando con estos rasgos y atributos en la mayoría de las leyendas.

 

ARTEMISA, LA DIOSA DE LA CAZA

                Artemisa se caracterizaba por tener los mismos rasgos y atributos que su hermano. Al igual que él, iba armada con un arco y flechas, con las que mataba sin piedad a aquellos que de una manera u otra osaban insultar a su divina persona o bien a su madre; también tiene el poder de enviar pestes o muertes repentinas a los mortales,  como el de curarles. Se la considera la protectora de los niños pequeños y de todos los animales mamantones, pero sobre todo es la diosa virginal de la caza. Recorre los bosques con su arco siempre a punto, y en compañía de un cortejo de ninfas-espíritus de las aguas dulces.

                Al contrario que su hermano, Artemisa decidió conservarse virgen, al igual que Atenea y Hestia. Su  pudor llegaba a tal extremo que,  un día que estaba bañándose en un arroyo, Acteón, un joven tebano que se había convertido, gracias a los  consejos de Quirón en uno de los mejores cazadores del país, acertó a pasar en ese mismo momento, sorprendiéndola desnuda. Muy molesta por su insolencia, le convirtió primero en ciervo y después incitó a los cincuenta perros de su propia jauría a devorarlo. Según algunos mitógrafos, los perros representan los cincuenta días durante los cuales la vegetación, de la que Acteón es uno de sus símbolos, deja vivir.

                Artemisa exigía de sus compañeras la misma castidad perfecta. En una ocasión, se dio cuenta de que Calisto, una de sus ninfas, estaba encinta de su padre Zeus. La convirtió en oso, luego llamó a su jauría, y los perros la hubieran perseguido hasta matarla si Zeus, quién más tarde puso su imagen entre las estrellas, no la hubiese  atrapado, alzándola hasta los cielos. Árcade, el hijo de ambos, pudo salvarse, convirtiéndose en rey de los arcadios.

                Artemisa, diosa bella, casta y virgen, arisca, orgullosa y cruel, era la hija predilecta de Zeus. Fue nombrada por las Parcas patrona de los partos, puesto que su madre Leto la había parido sin dolores. Como diosa de la caza, habita en los bosques, por lo que también se considera la diosa de la Naturaleza en estado puro.

                El templo de Artemisa en Éfeso es considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo, gracias a su increíble belleza y a sus magníficas y colosales dimensiones. En la misma costa del Asia Menor, el santuario de la diosa de la caza era cuatro veces más grande que el Partenón de Atenas y en él se fundían misteriosamente, según Jacob Burokhardt, y con incomparable belleza, el oriente y el occidente.

DIANA, DIOSA DE LA LUNA

                Esta antigua divinidad romana fue rápidamente identificada con la diosa griega Artemisa, que según algunos autores fue introducida en Roma por el legendario rey Sergio Tulio. Por esta razón la mayor parte de las leyendas de la diosa  romana proceden de los mitos griegos.

                Cuentan que Orestes, hijo de Agamenón, llevó a Italia, concretamente a la ciudad de Nemi, la Artemisa de Táuride. El caso es que, en efecto, cerca de esta ciudad se halla un templo dedicado a la diosa Diana, junto a un lago y un bosque sagrado. Se sabe que en dicho templo se realizaban sacrificios humanos. Además cada sacerdote debía asesinar a su predecesor para poder sucederle.

                También se cuenta que Hipólito, hijo de Teseo, y que fue resucitado por Asclepio, había sido raptado por Artemisa y transportado a Italia, donde finalmente adoptó el nombre de Virbius, a fin de consagrarse por entero al culto de su divina raptora.

                Aunque la diosa romana es representada como una bella joven con un vestido de caza y armada con arco y una aljaba llena de flechas, es considerada, además de divina cazadora, como la hermana de Apolo, es decir, la diosa de la luz, de la Luna. Y entonces porta una media luna en su ecuánime cabeza.

                Los romanos creían que la bella diosa, al caer la tarde, tan pronto como el Sol acababa su trayectoria, subía a su carreta lunar, conduciendo sus blancos corceles a través de los cielos, saludando a su paso a las brillantes estrellas, a las que Diana amaba y cuidaba. De cuando en cuando, Diana se agachaba a contemplar la tierra, pues si le parecía bella la Naturaleza durante el día, durante la noche le parecía aún más encantadora y embriagador su perfume.

He aquí dos leyendas sobre una misma diosa; ambas nos muestran las dos caras de esta deidad. La primera nos presenta a Artemisa, diosa de la caza, cruel y vengadora, y la segunda a Diana, su homóloga romana, diosa de la Luna, una diosa virgen pero enamorada.

 

LEYENDAS DE ARTEMISA

La leyenda de Niobe

 

        Niobe, hija de Tántalo y esposa de Anfión, se jactaba ante todos de su fecundidad y de la belleza de sus catorce hijos: siete varones y siete hembras. Además se burló de Leto, o Latona para los romanos, pues solo habían tenido dos: Apolo y Artemisa. Ambos, indignados por la presunción de Niobe, mataron uno a uno a sus hijos. Apolo disparó sus envenenadas flechas a los siete hijos y después Artemisa las suyas a las hijas. Tan solo una hija escapó a la masacre, pero, aterrorizada, conservó durante el resto de su vida una tez de una palidez mortal, adoptando el nombre de Cloris, “Pálida”.

        Niobe al oír los despearemos gritos de sus hijos salió de su palacio y vio horrorizada cuanto había sucedido. Se quedó tan petrificada que, para huir del horrible espectáculo de los cuerpos agonizantes de sus hijos, miró hacia el cielo mientras brotaban lágrimas de sus ojos y pidió clemencia a los dioses. Júpiter se apiadó de ella transformándola en roca, pero sus lágrimas continúan saliendo, pues tan profundo era su dolor, formando una fuente. Esta roca se encuentra en el monte Sipilo.

        Esta alegoría explica como Niobe, la madre que representa el invierno duro, frío y orgulloso, ve como Apolo, los rayos de Sol, da muerte a sus hijos, los meses de invierno. Sus lágrimas son el emblema del deshielo natural que llega con la primavera cuando el orgullo del invierno se ha derretido

 

La leyenda de Endimión

        Al caer la tarde, Diana subía a su carro lunar y, conduciendo sus plateados corceles, recorría el oscuro cielo. Tras saludar a las estrellas, se solía agachar  para observar la tierra, pues durante la noche aparecía más enigmática y encantadora.

        Una noche mientras se agachaba a contemplar la Tierra, divisó a lo lejos un bello y joven pastor que yacía dormido. La diosa no pudo resistir la tentación de acercarse para contemplarlo de cerca. Admiró perpleja su belleza y en poco tiempo sintió que su corazón latía con algo más que con admiración. Se agachó entonces y besó  los suaves labios del pastor, quien al sentir una suave brisa entreabrió sus ojos y contempló admirado la belleza de su visitante. Aunque la rapidez de la diosa hizo que Endimión creyera haber visto un sueño, pues tan solo estaba la Luna ante él, se encendió una llama en su corazón.

        A la siguiente noche, sucedió lo mismo y el amor entre ambos fue creciendo. Pero la diosa Diana había rogado a su padre, Júpiter, que la concediera el permiso de permanecer soltera y virgen. Así que Diana decidió que, para disfrutar de la presencia de su amado eternamente sin faltar a su palabra, debía inducir a Endimión a un sueño eterno. Y así lo hizo, transportándolo a una cueva sagrada en el monte Latmo. Y allí iba todas las noches la diosa para contemplar embelesada el amado semblante y sellar con un beso sus labios inconscientes.

        Esta es la historia de Diana, la diosa Luna, y Endimión, el bello pastor, ha inspirado a poetas de todas las épocas.

 

 

 

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