
Rasgos de la Tradición
Cristiana Oriental
Jean Bies
Puesto que el apofatismo es querido de la tradición Cristiana oriental, intentemos decir lo que esta es mostrando lo que no es.
La tradición cristiana oriental no es historicista. Se mantiene voluntariamente al margen de cuestiones arqueológicas, de dataciones o localizaciones de la Historia Santa. Lo que cuenta en primer lugar para ella, es lo que enseña la Tradición. Lo que le interesa, es antes que nada, más allá de la crítica de los textos y de comentarios subjetivos, mucho más, la acepción simbólica de la vida de Cristo que del hombre Jesús, exento de toda trascendencia. Los Padres alejandrinos, en particular, guardan un silencio casi completo sobre el Cristo histórico.
Por vía de consecuencia, lo mismo que no es arianista, esta tradición no es dolorista. La imitación de la Pasión, la dramatización de los sufrimientos del Salvador le son anecdóticas. Lo que ella contempla en su humanidad es el arquetipo de la Humanidad adámica, y en la cruz, el Árbol de la Vida. No sangra con lo trágico humano, sino que irradia la alegría pascual. Ella transfigura el Camino de la Cruz, no cultiva la "noche de los sentidos", ignora los estigmas. Incluso la muerte infame y en enterramiento revisten un caracter triunfal; el Crucificado conoce no la muerte, sino un "éxtasis" que da nacimiento a la humanidad nueva; es como vencedor como desciende al Infierno el Transfigurado.
La tradición oriental no es tampoco transformista. Relativizando lo relativo, la idea de una evolución o de una complejificación de los dogmas, o de su pretendido perfeccionamiento, le es desconocida. En vez de la evolución horizontal o helicoidal de la dogmática prefiere mucho más la profundización en lo inagotable. Todo ha sido proclamado una vez y de una vez por todas por los dos Testamentos, todo ha sido precisado por los siete primeros Concilios Ecuménicos, resumido por el Símbolo de fe de Nicea-Constantinopla. Esta actitud no revela una mentalidad obtusa, sino el espíritu tradicional en el pleno sentido del término, que no tiene ningún cuidado con no coincidir con la época, con no pactar con las prioridades dominantes, sino considera que lo inmutable, la Verdad no puede progresar o variar, y que nos incumbe adaptarnos nosotros mismos a la Verdad. El único medio de actualizarla y de perpetuarla, es vivirla.
La tradición oriental no es tampoco proselitista. Ella espera a que los demás se le acerquen, mejor que ir hacia los otros. No hace nada por convencer o enrolar. No desconoce la palabra de Cristo sobre la evangelización de la gentilidad, proclama su mensaje síntesis de las otras revelaciones, dirige misiones al Extremo-Norte y Extremo-Oriente, pero reconoce implícitamente que hay, como Cristo lo ha dicho él mismo, "otros corderos que no son de este rebaño". Macario, el apóstol del Altaî y de los chamanes, estimaba que "no había pueblo en el cual el Señor no hubiera reconocido a uno de los suyos". Entre los primeros Padres, Justino, citando a Heráclito y Sócrates, había escrito ya que "todos aquellos que han vivido según el Logos son cristianos"; Máximo el Confesor, que "el Espíritu Santo está presente en todos los hombres sin excepción"; Ireneo, que "el Verbo, que siempre ayuda al género humano según diversas disposiciones, salva desde los orígenes a los hombres que aman a Dios, y a su manera, siguen su Verbo". Al comienzo del siglo III, Clemente de Alejandría había ya mencionado a Buda en sus Stromatas, y había hablado en los mejores términos de los brahamanes, de los budistas y de los gimnosofistas, que su maestro Panteno había probablemente encontrado en su país. Clemente hace alusión a las revelaciones hechas por los Ángeles encargados de la salvación de cada nación y remontando a una "revelación primitiva", que no deja de recordarnos a la Tradición primordial.
En su desafió frente al demonio dialéctico, la tradición oriental no es tampoco intelectualista. Se la podría llamar más justamente intelectiva, ya que es ante todo cuidadosa de conservar su relación con la transparencia "supramental". (Antes de ser de Shrî Aurobindo, el término figura en Gregorio Palamas). Para ella, los conceptos son más bien simulacros, imágenes falaciosas, opiniones forzosamente limitadas y relativas. Sin duda enuncia dogmas, pero los enuncia a la manera de definiciones hechas como a regañadientes; simplemente para evitar al espíritu humano, siempre sujeto al desfallecimiento, las desviaciones que conducen a las herejías. Palamas constataba que "toda palabra discute a otra palabra", -lo cual es recuerdo de la sofística griega y premonición de la dialéctica marxista. "Los conceptos (teológicos) crean ídolos de Dios", enuncia Gregorio de Nisa, que precisa: "Solo el sobrecogimiento presenta algo"; -este sobrecogimiento objetivamente subjetivo correspondiente a un estupor, a un maravillamiento amoroso como el que describe el Cantar de los Cantares, a una sensación metafísica, a un rapto divino.
Mejor que una reflexión especulativa, lo que aquí se privilegia, es la puesta en práctica, la liturgia y la oración, la experiencia interior a la luz de un justo método: la Ortodoxia es la ortopraxis.
Finalmente -y esto se deduce de aquello-, la tradición oriental no es dualista. Quien entra en una iglesia ortodoxa constata muy pronto que el iconostasio que delimita el santuario y la nave, lo eterno y lo temporal, lo divino y lo humano, religa al mismo tiempo por la interpenetración del uno en el otro, consagrada su unidad por las Puertas Reales y las aperturas laterales alternativamente abiertas y cerradas. Constata también que sacerdotes y laicos comulgan bajo las dos especies según la injunción crística, perteneciendo juntos al "Sacerdocio real" que hace que todo hombre es "sacerdote de su existencia". La oración del corazón será practicada tanto por unos como por otros, -lo que no significa que haya que considerarla como una vía fácil y rápida. Finalmente, desde la Encarnación, los cuerpos de los bautizados han devenido "templos del Espíritu Santo". Separándose aquí de Platón, los Padres rehabilitan la substancia. Es ahí, en los cuerpos santificados por los sacramentos, donde se establece el santuario de Dios. "El Reino está en vosotros".
Ampliando la cuestión más allá de la antropología, Gregorio de Nisa, y otros con él, conceden una cierta "materialidad" a lo inteligible (con relación a la cual el Principio divino permanece radicalmente trascendente), y una cierta inteligibilidad a la materia, formando el mundo una jerarquía de diversos grados de condensación , de solidificación más o menos opaca o sutil, de la substancia inteligible y luminosa. Ninguna oposición absoluta entre lo increado y lo creado, como lo testimonian la aparición de Cristo a los tres discípulos en el Thabor, revelándose en una blancura resplandeciente; o también, el descenso del Espíritu iluminador en el bosque nevado, envolviendo con su energía a San Serafín y Motovilov, y colmándoles de una dulzura, de una calor y de una alegría inefables. Aquellos que son dignos de ello, escribe Máximo el Confesor, "perciben por los sentidos tan bien como por la inteligencia lo que está por encima de todos los sentidos y de todo pensamiento".
Al margen de estos aspectos todavía exteriores, otros resurgen de los modos de formulación. Dos en partícula, poco familiares a la investigación occidental: el apofatismo, o vía negativa, el antinomismo, o vía paradójica. Dos astillas insoportables para el racionalismo, que no puede proceder más que por afirmaciones sucesivas o por oposiciones categóricas.
Mientras que la catafasis, que ha tenido preferencia en la Iglesia latina, recurre a la enumeración y a la descripción de los Nombres y Atributos divinos, la apofasis, que es, escribe Lossky, "la verdadera trama de la tradición de la Iglesia de Oriente", procede inversamente, y por toda una serie de eliminaciones, de sustracciones, de reticencias, retira a la Divinidad todo lo que la recubre de cortezas, de sobrecargas, y habla de ella intrínsecamente. "Podemos nosotros alcanzar a Dios, comenta Clemente de Alejandría, no en lo que él es, sino en lo que él no es". Todos nuestros discursos no pueden siempre aplicarse más que a aquello que se sitúa en su periferia.
Así, Dios será descrito como "sin comienzo", "sin otro Dios (que el-mismo)", "no atraíble hacia lo bajo", "no circunscrito", aquel que "ninguna palabra designa". Para Basilio de Cesarea, "Dios es invisible, incomprensible, indescriptible"; para Juan Crisostomo, "indecible, inescrutable".
Mientras que la apofasis desanima a la mente insistiendo sobre sus límites territoriales, sobre su impotencia para reinar, el antinomismo lo desanima crucificándolo entre esos ladrones que son los opuestos. Para la vía apofática, no se trataba de esto ni de aquello; para la vía paradójica, se trata de esto y lo otro. El tercero incluido, el tertium datum, siempre ha habitado este rincón holistico que se complace en tomar el pensamiento oriental, sea o no cristiano. Pero este tertium datum no puede ser alcanzado por el simple mental (dianoïa); lo es gracias al intelecto, dicho de otra manera, se sobreentiende un modo de pensamiento inverso del modo ordinario y consecutivo de una vuelta, un viraje completo (metanoïa) que restaura la inteligencia original. Mientras que el dualismo occidental que castiga sin consideración nuestra cultura desde hace quinientos años procede implícitamente de un pensamiento separador, y por eso luciferino, puesto que en efecto, el diabolos no es otro que el "divisor", fuente de incesantes desgarrones y conflictos, el no-dualismo refiere explícitamente a lo Divino, puesto que él reune, concilia y transciende los componentes de Todo, deviniendo por eso symbolos, "símbolo" realizando su coincidencia.
Así se dirá que la Divinidad es Esencia, pero "sobre-esencial", y que su conocimiento no es posible más que en el "des-conocimiento". La divina Tiniebla, que oculta al mismo tiempo que revela el Misterio, será llamada "Tiniebla más que luminosa".
* * * * * * * * * * * *