LOS UPANISHADS
(Del libro
"Los Upanishads", J.Mascaró y R. Crespo, Ed. Diana, México, 1973)
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Prólogo de Juan Mascaró
Los Upanishads son supremas visiones espirituales expresadas verbalmente entre
los siglos ocho y cuarto antes de Jesucristo. A los primeros Upanishads se
agregaron otros que se fueron componiendo hasta el siglo quince de nuestra era,
ampliando o explicando las visiones primeras eternas; y su número aumentó hasta
el punto que se han podido imprimir en sánscrito hasta ciento doce Upanishads.
La colección completa casi iguala a la de los textos de la Biblia. Los dos
Upanishads más extensos son el Chandogya y el Brihadarangaka, de unas cien
páginas cada uno. Son tal vez los más antiguos. El más breve es el Isa
Upanishad que sólo tiene dieciocho versículos y ocupa unas dos páginas de este
libro. No es uno de los más antiguos, tal vez del tiempo del BHAGAVAD GITA unos
cuatrocientos aiíos antes de Jesucristo, pero debido a su cósrnica grandeza
suele encabezar las colecciones de Upanishads en sánscrito en la India. En este
libro hay traducciones completas de siete Upanishads, del Isa al Svetasvatara;
y de los otros hay selecciones, escogidas
por su elevación poética o espiritual. La palabra Upanishad se relaciona
con la raíz sánscrita SAD, estar sentado. En el Sermon de la Montaña podemos
imaginar a los discípulos sentados a los pies del Maestro escuchando el sublime
Upanishad.
El espíritu de los Upanishads lo encontramos en las Palabras del
Evangelio "El reino de Dios es en vosotros"; y en los versos de San
Juan de la Cruz cuando el alma, en una noche oscura,
Sin otra luz y guía
Sino la que en el corazón ardía
va a unirse con su Dios.
Anteriores a los primeros Upanishads tenemos en la India la creación de
los Vedas, visiones poéticas y espirituales en las que la imaginación humana ve
primero a los dioses y los expresa en creación poética, y después va avanzando
hacia unidades más intensamente poéticas y espirituales hasta llegar al Brahmán
único de los Upanishads, unidad suprema como la del Dios uno de Moisés, del
Cristianismo y de la religión islámica.
Así como San Francisco de Asís se dirige en canto sublime al Dios de la
naturaleza y habla del "hermano sol, hermano viento, hermana agua y hermano
fuego"
los ve todos expresando la gloria de un Dios del universo, y por tanto,
Dios del sol del viento, del agua y del fuego, en los Vedas hay la visión de un
dios del sol, un dios del viento, un dios del agua y un dios del fuego, y la
gloriosa poesía de estos y otros dioses. En los Upanishads la visión espiritual
y poética va desde una diversidad hacia una unidad, y de los dioses a Brahmán,
el Dios de todos los dioses, suprema unidad del Universo que reune y supera su
inmensa variedad.
Los creadores de los Upanishads fueron pensadores y poetas; y el poeta
bien sabe que si la poesía nos aleja de lo que se llama realidad es sólo para
elevarnos hacia una Realidad más alta donde, lejos de las limitaciones de un
estar, encontramos la infinita alegría de un Ser.
Estas creaciones están tan por encima de la curiosidad arqueológica de
algunos eruditos como lo está la luz del sol por encima de sus definiciones.
Necesitamos de la erudición para ir a buscar los frutos de sabiduría de los
tiempos antiguos; pero es sólo una elevación espiritual que nos permite gozar
de esos frutos y transformarlos en vida.
El Brahmán del universo, el Dios trascendente de tiempo y de espacio,
pero inmanente en el tiempo y en el espacio es, según los Upanishads, el mismo
Ser nuestro y el Ser de todas las cosas. El Brahman trascendente cuando es
inmanente en nosotros se llama Atman. Son dos nombres para un mismo Ser: el
Infinito se llama Brahmán, y el Infinito manifestado en lo finito y limitado se
llama entonces Atman. En su eterna clarividencia los maestros supremos vieron
un Infinito de unidad trascendente y al mismo tiempo un Infinito de variedad
inmanente. Es el Dios expresado como el "Todo en el todo" de
poetas, místicos y videntes, y después explicado, y a veces complicado, en teologías
que son a la experiencia de algo eterno, lo que la gramática es a la poesía: un
estudio y análisis intelectual, y no experiencia vital, Realidad de vida, una
abstracción de pensamiento como son los números, ideas indispensables para
cálculos, pero no cosas que podamos tocar con las manos exteriormente, aunque
mucho menos impalpables ilusiones. Como nos dice y sugiere el Kena Upanishad,
Brahmán o Atman, no es algo que se pueda ver, oír, gustar o tocar con los
sentidos, no es algo que se pueda comprender, imaginar, o concebir con el
pensamiento. Está más allá ,de los sentidos y de todo pensamiento. Es un Amor
hacia un más allá. Un Amor a quien se va por el camino del amor, y cuanto más
puro y más intenso es el amor tanto más se ve y comprende y se siente y se vive
el Amor infinito que es la causa de nuestro finito amor. Brahmán no se puede
pensar con la mente; es: "Aquello que hace posible que la mente pueda
pensar".
Uno de los mensajes de los Upanishads, explicado después en el Bhagavad
Gita, es que sólo amando se comprende el amor, y no mediante explicaciones
o definiciones: amar y saber son, al principio, divergentes, como los lados de
un ángulo; pero a medida que se va subiendo por los dos lados, el saber
comprende más al amor hasta que al fin son uno. El amor puro transforma el
estar en un ser, y en tal sublime transformación, algo finito y temporal se ha
convertido en algo infinito y eterno, lo mortal se ha convertido en algo
inmortal. Es como el salir a la luz de dentro una cueva oscura, un despertar
después de dormir, un momento de Eternidad y alegría suprema por encima de la
ilusión de placeres que Pasan y dolores que Perduran, un ser consciente más
allá de un estar inconsciente, un momento de vida tan intensa, tan absoluta,
que permite una fe basada en experiencia, y no una creencia procedente de
palabras y libros, si bien libros y palabras pueden ayudar al alma inflamada de
anhelos; finalmente un momento de vida que permite a un San Juan de la Cruz
decir:
Que bien sé yo la fonte que mana y corre,
Aunque es de noche.
En el saber estudiamos la variedad de las cosas, las definimos y
comprendemos, y así las dominamos: es la ciencia. Pero en el amor puro
contemplamos las cosas sin deseo de posesión, sólo por el gozo de la
contemplación: es la poesía. En el saber nos separamos de las cosas, hay un
nuestro yo que estudia y la cosa estudiada; pero en el amor nos unimos con las
cosas y en la alegría de la contemplación desaparece el sentido de posesión, de
egoísmo y de destrucción. Un grandioso árbol milenario puede ser objeto de
contemplación en silencio para el poeta, de estudio y gran actividad cerebral
para el científico, un objeto de mero lucro para un comerciante que, sin
consideración a la grandeza sublime del árbol milenario, está dispuesto a comprarlo,
venderlo, y hasta quemarlo. ¡Cuando pensamos y analizamos, vemos las cosas en
su variedad; pero cuando amamos, las vemos en su unidad. El saber amplía la
vida tanto hacia el bien como hacia el mal, pero el amor puro la eleva siempre
hacia el bien. Por eso es que el Katha Upanishad dice: "Quien ve la
variedad y no la unidad muere una y otra vez".
El Mandukya Upanishad menciona un cuarto estado de conciencia: Ser puro,
OM, Airnan, Dios. En el Chandogya Upanishad, 8.I., encontramos una visión
poética de la misma idea: hay en nuestro corazón un diminuto espacio y, sin
embargo, en él moran el sol, la luna y las estrellas, existe todo el universo,
"porque todo el universo es en Él, y Él es en nuestro corazón".
Esta idea sublime, tal vez la más sublime que ha concebido el hombre
sobre la tierra, puede ser objeto de concentración, meditación, contemplación y
unión: es la idea central de los Upanishads. La concentración es una forma
intensa de atención. El pajarillo que busca un árbol para construir su nido,
empieza por la atención y concentración. Después parece que considera,
instintivamente, el lugar más seguro y protegido del árbol: es una meditación,
superada cuando el hombre de ciencia considera el mismo árbol. En estas dos
actividades intelectuales, o instintivas, hay un movimiento mental o cerebral.
El poeta o el pintor Contemplan el árbol, aunque antes hayan dedicado su
atención a su pensar. Contemplación es silencio interior. Los movimientos
cerebrales, tal vez electrónicos, mentales, olas del mar de la mente, se van
calmando los ruidos o sonidos exteriores o interiores desaparecen, y un
silencio, más o menos intenso, parece que permite la luz del alma iluminar el
objeto de la contemplación. Nos acercamos a lo infinito y a lo eterno. En un
relampaguee de luz eterna, el Poeta o el pintor ven el árbol en cántemplaci6n.
Es la visión. Después viene la creación, el dominio y la técnica de un idioma,
o el dominio técnico del pintor, formando la base, el principio necesario para
la expresión poética o artística. En la unión, el conocedor y la cosa conocida
son uno en un momento eterno. El poeta o el pintor por un momento no ven el
árbol, son el árbol, y su intensidad de ser depende de su intensidad de amor; y
de su intensidad de visión depende la grandeza de su creación. La visión pura
es una realidad suprema; Pero, desgraciadamente, al lado de la fe creadora hay
el fanatismo destructor, al lado de la visión que eleva, hay la ilusión que
transforma sublimes verdades y visiones espirituales, en bajas ilusiones. Toda
visión real está por encima de la razón humana, pero la razón la admite y
defiende. En cambio, cuando la visión es ilusión, está por debajo de la razón,
aunque pueden cubrirla nubes negras tan oscuras que hacen difícil, sino
imposible, que la luz del alma pura y de la razón clara pueda disiparlas. Los
videntes de los Upanishads no crearon una religión. Su visión suprema es tan
elevada que está por encima de religiones, de humanismos que quieren
substituirla, o de actitudes científicas que quieren ignorarla, e infinitamente
por encima de fanatismos, ilusiones e indiferencias humanas. Su visión está
también por encima de ceremonias religiosas, teologías o filosofías; y
presupone una visión creadora de la mente del hombre de donde Proviene todo lo
espiritualmente puro, bueno y bello, y por tanto, verdadero, que haya o pueda
haber en religiones, filosofías y teologías. Si la ciencia es una, la verdad
espiritual tiene a lo menos que ser una. Afortunadamente el hombre moderno
aspira a esta unidad; y la indiferencia o repugnancia humanas contra toda forma
de fanatismo, intolerancia o superstición son, tal vez, expresiones
inconscientes de los anhelos de bondad, verdad y belleza: anhelos de amor
infinito que residen en el fondo de todo corazón humano, reflejando, como en un
espejo, la luz de un Sol de Amor. El espejo del alma que, por naturaleza, es
puro, limpio y clarísimo, puede sin embargo, encontrarse cubierto de nubes más
o menos oscuras, resultado de pasadas o presentes desarmonías egocéntricas, y
las nubes impiden un claro reflejo de la luz pura e impiden que el alma sienta
el Ser Puro, la visión Pura y la pura alegría que son el Brahman de los
Upanishads, el Dios de las religiones, el humanismo puro o razón pura
entrevistos entre las confusiones y ofuscaciones humanas. Por eso la plegaria
pura de los Ubanishads es un anhelo de luz pura, cuando suplica que de las
apariencias de la vida, de su noche oscura, y de su muerte final, el Atman
supremo nos conduzca a algo que es Realidad, Luz e Inmortalidad. En dos versos sánscritos
muy posteriores a los tiempos primeros de los Upanishads escuchamos la Plegaria
que dice: "Que el hombre malo sea bueno, y que el hombre bueno tenga
paz. Que en la paz se libere de sin lazos, y que el hombre libre dé libertad a
otros". Uno de los problemas educativos más importantes es el inducir
a los que poseen más inteligencia, energía, constancia y otras virtudes, a que
las empleen en buena voluntad para ayudar a los otros que no las poseen en tan
alto grado; y no para fines egoístas, para dominar más o menos a los otros: el
camino del hombre sobre la tierra va de lo finito a un Infinito donde no hay
más ni menos, pues hay un Todo en el todo.
Aunque el Brahman de los Upanishads no puede expresarse en palabras, nos
dejaron tres palabras que sugieren su más allá; SAT, CIT, ANANDA, Ser puro,
Conciencia pura, Alegría pura.
Según los Upanishads, el espacio y el tiempo son emanaciones de Brahman
cuyo ser es un más allá del espacio y del tiempo. ¿Por qué? Por la alegría de
creación. ¿Por qué hay el mal? Por la alegría de superarlo con el bien. ¿Por
qué hay la oscuridad? Para que la luz pueda brillar más intensa. ¿Por qué hay
el dolor? Para hacer posible la alegría de superarlo, la alegría del sacrificio
por amor. ¿Por qué la creación e infinita evolución del universo? Porque en el
fondo todo es amor, y amor puro es pura alegría.
Entre los libros sagrados de la humanidad, los Upanishads bien pueden
llamarle Himalayas del Alma. Sus apasionadas aventuras para descubrir y
encontrar el sol de un Espíritu en nosotros, de quien tenemos la luz de nuestra
conciencia y el fuego de nuestra vida; la grandeza de sus preguntas y la
sublime sencillez de sus respuestas; su irradiante alegría cuando sienten la
revelación de lo Supremo en su alma, y uno de sus poetas puede exclamar: "La
luz del sol es la luz que es mía"; sus paradojas y contradicciones
donde encontramos una verdad vital; sus sencillas narraciones donde con
ejemplos concretos se explican las más altas verdades metafísicas con palabras
claras como las de un niño; los resplandores de su visión que revelan la
grandeza infinita de nuestro mundo interior; su gran variedad, pero dentro de
una absoluta unidad en su sublime concepción de Brahman; su fe ardiente y
elevadora en el alma humana que es una con el Alma (el universo; su tolerancia
de los Vedas, pero su interpretación espiritual, y por lo tanto simbólica, de
todo ritual exterior, indicando así el verdadero camino de elevación espiritual
a todos los hombres del porvenir; sus semillas de grandes ideas psicológicas y
filosóficas; las vastas armonías que resuenan en sus palabras, su buen sentido
y sabiduría espiritual que pueden satisfacer a diferentes temperamentos en su
buscar el camino de la luz; sus imágenes y semejanzas de una gran sencillez que
encontramos repetidas por santos y poetas que nunca conocieron los Upanishads,
y así nos confirman la unidad de toda vida o visión espiritual; el esplendor de
su Imaginación romántica que convierte a su creadores en hermanos de espíritu
con los creadores de belleza de todos los tiempos y que nos enseñan como
podemos convertir nuestra vida en una obra de belleza; todo ello es como una
armonía de trompetas resonando una gloria de luz y de amor que, más allá de
dudas y de la muerte, proclama la victoria de nuestra vida inmortal.
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