TRADICIÓN E “INCONSCIENTE"
René Guénon
Tomado de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada (1)
Hemos expuesto ya en otra parte el papel del psicoanálisis
en la obra de subversión que, sucediendo a la "solidificación"
materialista del mundo, constituye la segunda fase de la acción
anti-tradicional característica de la época moderna en su totalidad. (2) Es
preciso que volvamos aún sobre este asunto, pues desde hace algún tiempo
notamos que la ofensiva psicoanalista va cada vez mas lejos, en el sentido de
que, dirigiéndose directamente a la Tradición so pretexto de explicarla, tiende
ahora a deformar su noción misma del modo más peligroso. A éste respecto, cabe
hacer una distinción entre variedades desigualmente "avanzadas" del
psicoanálisis: éste, que había sido concebido primeramente por Freud, se
encontraba todavía limitado hasta cierto punto por la actitud materialista que
él se proponía siempre mantener; por supuesto, el psicoanálisis no por eso
dejaba de tener ya un carácter netamente "satánico", pero por lo
menos ello le vedaba todo intento de penetrar en ciertos dominios, o, aun si a
pesar de todo lo pretendía, no lograba de hecho sino falsificaciones harto
groseras, de donde confusiones que era aún relativamente fácil disipar. Así,
cuando Freud hablaba de "simbolismo", lo que él designaba
abusivamente así no era en realidad sino un simple producto de la imaginación
humana, variable de un individuo a otro, y sin nada de común verdaderamente con
el auténtico simbolismo tradicional. No era sino una primera etapa, y estaba
reservado a otros psicoanalistas modificar las teorías de su
"maestro" en el sentido de una falsa espiritualidad, con el fin de
poder, por una confusión mucho más sutil, aplicarlas a una interpretación del
simbolismo tradicional mismo. Fue sobre todo el caso de C.G.Jung, cuyas
primeras tentativas en este dominio datan ya de hace bastante tiempo (3); es de
notar, pues resulta muy significativo, que para esa interpretación partió de
una comparación que creyó poder establecer entre ciertos símbolos y algunos
dibujos realizados por enfermos; y ha de reconocerse que, en efecto, estos
dibujos presentan a veces, con respecto a los símbolos verdaderos, una suerte
de semejanza "paródica" que no deja de ser más bien inquietante en
cuanto a la naturaleza de lo que los inspira. Lo que agravó mucho las cosas es
que Jung, para explicar algo de lo cual los factores puramente individuales no
parecían poder dar cuenta, se vio llevado a formular la hipótesis de un
supuesto “inconsciente colectivo", existente de alguna manera en o bajo el
psiquismo de todos los individuos humanos, al cual creyó poder referir
indistintamente tanto el origen de los símbolos mismos como el de sus
caricaturas patológicas. Va de suyo que el término de "inconsciente"
es por completo impropio, y que lo designado por él, en la medida en que pueda
tener algo de realidad, pertenece a lo que los psicólogos denominan de modo más
habitual el "subconsciente", es decir, el conjunto de las
prolongaciones inferiores de la consciencia. Hemos señalado ya en otro lugar la
confusión que se ha cometido de continuo entre el "subconsciente" y
el "supraconsciente"; como éste escapa completamente, por su
naturaleza misma, al dominio sobre el cual recaen las investigaciones de los
psicólogos, éstos no dejan jamás, cuando tienen oportunidad de tomar
conocimiento de algunas de sus manifestaciones, de atribuirlas al
"subconsciente".
Precisamente esta confusión es la que encontramos también aquí: que las
producciones de los enfermos observados por los psiquiatras proceden del
"subconsciente", ciertamente no es dudoso; pero, en cambio, todo lo
que es de orden tradicional, y especialmente el simbolismo, no puede ser
referido sino al "supraconsciente", es decir, a aquello por lo cual
se establece una comunicación con lo suprahumano, mientras que el
"subconsciente" tiende, inversamente, hacia lo infrahumano. Hay pues,
en ello, una verdadera inversión que es enteramente característica del género
de explicación de que se trata; y lo que le da una apariencia de justificación
es el hecho de que, en casos como el que hemos citado, ocurre que el
"subconsciente", gracias a su contacto con influjos psíquicos del orden
más inferior, imita efectivamente al "supraconsciente"; esto, para
quienes se dejan engañar por tales falsificaciones y son incapaces de discernir
su verdadera naturaleza, da lugar a la ilusión que desemboca en lo que hemos
llamado una "espiritualidad al revés".
Por medio de la teoría del "inconsciente colectivo", se cree poder
explicar que el símbolo sea "anterior al pensamiento individual” y lo
trascienda; el verdadero problema, que ni siquiera parece plantearse, sería el
de saber en qué dirección ocurre ese trascender: si es por lo bajo, como
parecería indicarlo esa referencia al pretendido "inconsciente", o
por lo alto, como lo afirman expresamente, al contrario, todas las doctrinas
tradicionales. Hemos encontrado en un artículo reciente una frase donde esa
confusión aparece con la mayor claridad posible: "La interpretación de los
símbolos. .. es la puerta abierta al Gran Todo, es decir, el camino que conduce
hacia la luz total a través del dédalo de los oscuros bajos fondos de nuestra
individualidad." Desgraciadamente, hay muchas probabilidades de que,
perdiéndose en esos "oscuros bajos fondos", se llegue a muy otra cosa
que a la "luz total"; notemos también el peligroso equívoco del
"Gran Todo'; que, como la "consciencia cósmica" en la cual algunos
aspiran a fundirse, no puede ser aquí ni más ni menos que el psiquismo difuso
de las regiones más inferiores del mundo sutil; y así, la interpretación
psicoanalítica de los símbolos y su interpretación tradicional conducen en
realidad a fines diametralmente opuestos.
Cabe realizar todavía otra observación importante: entre las muy diversas cosas
que se supone explicables por el "inconsciente colectivo", hay que
contar, naturalmente, el "folklore", y éste es uno de los casos en
que la teoría puede presentar alguna apariencia de verdad. Para ser más exacto,
debería hablarse de una suerte de "memoria colectiva", que es como
una imagen o un reflejo, en el dominio humano, de esa "memoria
cósmica" correspondiente a uno de los aspectos del simbolismo de la luna.
Solo que pretender concluir de la naturaleza del "folklore" al origen
mismo de la tradición, es cometer un error en todo semejante a aquel, tan
difundido en nuestros días, que hace considerar como "primitivo" lo
que no es sino el producto de una degradación. Es evidente, en efecto, que el
"folklore", constituido esencialmente por elementos pertenecientes a
tradiciones extintas, representa inevitablemente un estado de degradación con
respecto a ellas; pero, por otra parte, es el único medio por el cual algo de
ellas puede salvarse. Sería menester preguntarse también en qué condiciones la
conservación de tales elementos ha sido confiada a la "memoria
colectiva"; como hemos tenido ya oportunidad de decirlo (4), no podemos
ver en ello sino el resultado de una acción plenamente consciente de los
últimos representantes de antiguas formas tradicionales a punto de desaparecer.
Lo seguro es que la mentalidad colectiva, en la medida en que exista algo que
así pueda llamarse, se reduce propiamente a una memoria, lo que se expresa en
términos de simbolismo astrológico diciendo que es de naturaleza lunar; dicho
de otro modo, puede desempeñar cierta función conservadora, en la cual consiste
precisamente, el "folklore", pero es totalmente incapaz de producir o
de elaborar nada, ni sobre todo cosas de orden trascendente como todo dato
tradicional lo es por definición misma.
La interpretación
psicoanalítica apunta en realidad a negar esta trascendencia de la tradición,
pero de un modo nuevo, podría decirse, y diferente de los que estaban en curso
hasta ahora: no se trata ya, como con el racionalismo en todas sus formas, sea
de una negación radical, sea de una pura y simple ignorancia de la existencia
de todo elemento "no humano". Al contrario, parece admitirse que la
tradición tenga efectivamente un carácter "no humano", pero desviando
completamente la significación de este término; así, al final del artículo
antes citado, leemos lo siguiente: "Volveremos tal vez sobre estas
interpretaciones psicoanalíticas de nuestro tesoro espiritual, cuya 'constante'
a través de tiempos y civilizaciones diversos demuestra a las claras el
carácter tradicional, no humano, si se toma la palabra 'humano' en el sentido
de separativo, de individual." Aquí se muestra quizá de la mejor manera
posible cuál es, en el fondo, la verdadera intención de todo eso, intención
que, por lo demás -queremos creerlo- no es siempre consciente en quienes
escriben cosas de ese género, pues debe quedar bien claro que lo que se pone en
cuestión a este respecto no es tal o cual indivi4ualidad, así sea la de un
"jefe de escuela" como Jung, sino la "inspiración", de lo
más sospechosa, de la cual esas interpretaciones proceden. No es necesario
haber ido muy lejos en el estudio de las doctrinas tradicionales para saber
que, cuando se trata de un elemento "no humano", lo que se entiende
por ello, y que pertenece esencialmente a los estados supraindividuales del
ser, no tiene nada que ver absolutamente con un factor "colectivo",
el cual, en sí mismo, no pertenece en realidad sino al dominio individual
humano, al igual que lo que se califica de "separativo", y que,
además, por su carácter "subconsciente", no puede en todo caso abrir
una comunicación con otros estados sino en la dirección de lo infrahumano. Se
capta, pues, de manera inmediata, el procedimiento de subversión que consiste,
apoderándose de ciertas nociones tradicionales, en invertirlas en cierto modo
sustituyendo el "supraconsciente" por el "subconsciente",
lo suprahumano por lo infrahumano. ¿No es esta subversión mucho mas peligrosa
aún que una simple negación, y se creerá que exageramos al decir que contribuye
a preparar las vías a una verdadera "contratradición", destinada a
servir de vehículo a esa "espiritualidad al revés" de la cual, hacia el
fin del actual ciclo, el "reino del Anticristo" ha de señalar el
triunfo aparente y pasajero?
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(1) Publicado en E. T. julio-agosto de 1949.
(2) Ver Le Regne de la Quantite et les Signes des Temps, cap. XXXIV.
(3) Ver a este respecto A. Preau, La Fleur dòr et le Taoismo sans Tao.
(4) Véase cap. IV: "El Santo Graal".