DECADENCIA
Y RUINA DEL IMPERIO FREUDIANO
Cuando yo era estudiante, la vida intelectual
europea y americana estaba dominada por tres grandes figuras: en Física,
Einstein; en Economía y Sociología, Karl Marx; en Psicología, por último,
Sigmund Freud.
De los tres, es Freud quien peor ha sufrido la prueba del tiempo. Más que
nociva, su doctrina parece hoy como desprovista de carácter científico,
en el sentido de que no permite establecer predicciones controlables. Así lo
han hecho ver Karl Popper y otros epistemólogos: si se determina el modo en que
una teoría es desmentida por la experiencia, es que científicamente esa teoría
nada tiene que decir. Pero aún, los métodos de tratamiento que Freud extrae de
sus ideas son considerados ahora como casi ineficaces. Entre los especialistas
su renombre ha bajado mucho, aún cuando no se pueda contestar su importancia
como profeta del “cambio social”.
El mito
del psicoanálisis
Freud pensó que el psicoanálisis encontraría
una virulenta resistencia en la opinión pública, pero no fue así. Su doctrina
fue aceptada con más facilidad que ninguna otra idea revolucionaria. En
psiquiatría su método ha tenido, incluso hoy, una importancia considerable,
sobre todo en USA. Asimismo, el psicoanálisis es el único método de psicología
conocido por escritores, periodistas, cineastas, profesores, filósofos, y hasta
el hombre de la calle. Para mucha gente, psicoanálisis es sinónimo de psicología.
Nos encontramos así con una situación curiosa, en el sentido de que el
psicoanálisis es plenamente aceptado por los profanos mientras que es rechazado
por los que en ese dominio poseen conocimientos serios.
La conclusión de tal estado de cosas es que el psicoanálisis es un mito,
es decir, un conjunto de creencias semireligiosas propagadas
por individuos a los que se debe considerar, no como investigadores, sino como
profetas o iluminados.
Falta de
rigor
Freud, por su parte, estaba más interesado por el
psicoanálisis como filosofía general que por sus descubrimientos concernientes
a la persona y la posibilidad de conocer su “inconsciente”.
Daba muy poca importancia a los aspectos curativos de su doctrina, y al final
de su vida se hizo un tanto escéptico sobre las “curaciones” que obraba. Pero
sus discípulos no están en esa vía: ellos persisten en afirmar que el
psicoanálisis es, no sólo el mejor método de tratamiento, sino el único que
garantiza una curación verdadera.
En realidad, lo único que acostumbran a hacer los psicoanalistas es dar a
conocer ejemplos aislados e individuales (por supuesto, siempre curaciones) y
tras utilizar tales ejemplos, extraen conclusiones de alcance general. Este
procedimiento es un ejemplo clásico del sofisma “post hoc, ergo propter
hoc”. El hecho de que un enfermo llamado John Doe, que sufre una fobia,
empiece a sentir mejoría después de cuatro años de tratamiento psicoanalítico,
no prueba de ningún modo que John Doe deba su mejoría al psicoanálisis, y menos
que esa fobia se cure con el tratamiento dispensado.
Si quieren probar la eficacia de sus métodos, los psicoanalistas deberían ser
más rigurosos, porque si los pacientes tratados por ellos no curan más ni en
mayor número que los tratados por otros métodos, los casos de curación no deben
considerarse. Es más, los sujetos tratados por el psicoanálisis, tardan más que
los ausentes de tratamiento. Esta conclusión se deduce de la relación entre
curaciones y sujetos tratados.
Sesenta años
de retraso
En 1952 publiqué los resultados de mis observaciones:
el psicoanálisis produce la menor curación de personas afectadas de neurosis.
Una avalancha de réplicas, críticas y refutaciones se produjo, pero ni una de
ellas mencionaba un sólo caso verificable experimentalmente que demostrara el
valor del tratamiento psicoanalítico.
Debemos volver a la paradoja evocada al principio de este artículo: si los
espíritus científicos y familiares a la psicología rechazan cada vez más la
teoría de Freud, ¿por qué son tan populares? La respuesta es simple: Freud es,
en sí, un escritor y un dramaturgo. Su doctrina tiene el aspecto de un drama
moralizante con sus héroes, sus malvados y sus monstruos. Aquí el Ego,
el Ello y el Superyo; allá el censor,
dispuesto a entablar lucha con el inconsciente. Toda la trama,
por otra parte, está centrada en la sexualidad. ¿Puede haber algo más
atractivo? Pero nada tiene que ver con la ciencia. Freud mismo
lo dijo: yo no soy por naturaleza científico.
Las teorías de Freud tienen la ventaja de que todos pueden jugar a
psicoanalizar a sus amigos. Como la prueba científica no interviene para nada,
jamás habrá error. Así se populariza el psicoanálisis y nace la paradoja. Hoy,
ya pueden los sabios fruncir el ceño o los epistemólogos señalar que las
doctrinas de Freud carecen de fundamento, porque como el hombre de la calle no
lea las publicaciones científicas o las revistas de filosofía, nada de esto
surtirá efecto alguno.
Pero otros métodos de tratamiento más rápidos y eficaces tienden hoy a
sustituir al psicoanálisis. La casa que Freud había construido ha sido
demolida; algunos ladrillos servirán sin duda a futuros arquitectos,
pero la nueva construcción no se parecerá en nada a la de Freud.
Freud ha hecho retrasar la psiquiatría más de sesenta años, al
no dar la menor importancia a la prueba científica. Abandonando a
Freud, la psiquiatría podrá ser reconocida como una disciplina verdaderamente
científica.
Hans J. Eysenck,
revista PUNTO Y COMA (diciembre-febrero, 1984).