PARA ACABAR CON LA EDAD MEDIA
Régine
Pernoud. José J. De Olañeta, Editor. Palma de Mallorca, 1998. 156 pgs.
En esta
obra la historiadora Régine Pernoud, conservadora de los Archivos Nacionales de
Francia, pone en evidencia la falsedad de los múltiples estereotipos y “mitos”
que durante casi cinco siglos han etiquetado 1.000 años de nuestra historia,
los comprendidos por lo que se ha dado en llamar Edad Media. Basándose en el
empleo de documentación histórica de valor indiscutible la autora demuestra,
por ejemplo, cómo los siervos medievales gozaban de todos los derechos del
hombre libre (podían casarse, fundar una familia, tierras, sus bienes pasan a
sus herederos, ...) y que el señor no tenía sobre ellos derecho de vida y
muerte; el siervo, eso sí, tenía que pedir permiso para desplazarse fuera de
los dominios feudales o cambiar de actividad, pero esto se explica, según la
señora Pernoud, por los imperativos agrícolas y sobre todo la estabilidad necesaria
que implica el cultivo de una tierra, lo que por otro lado y a otro nivel,
afectaban igualmente al señor, pues no podía vender, enajenar ni abandonar su
tierra. Seguramente existen otras razones, de un tipo más profundo, como es la
relación simbólica, luego intrínseca, de la casta campesina (los sudras
de la tradición hindú) con la tierra, símbolo de la Substancia primordial, el
siervo es en potencia lo que el señor feudal (castrilla hindú) en acto,
y esto en un ámbito determinado por el señorío: condado, ducado, marca, reino
...
Otra idea preconcebida sobre la Edad Media que
se deshace a la luz de los datos aportados por este libro es la de una mujer
menospreciada, tratada poco menos que como esclava; el mentís lo proporcionan
hechos como la actividad y dominio desplegados por mujeres como Leonor de
Aquitania y Blanca de Castilla. La existencia de abadesas que llevaban báculo
de obispo y ejercían un poder similar al de un señor feudal, la igualdad de
voto entre la mujer y el hombre en las asambleas urbanas y rurales, el
ejercicio de las más variadas actividades profesionales sin necesidad de
presentar ninguna autorización marital... Igualmente queda claro que no fue una
“época bárbara y miserable”, tanto por su legado espiritual, científico y
literario como por la evidencia que nos ofrecen construcciones con la solidez y
majestuosidad de las catedrales góticas y todo el arte medieval.
La lista de ejemplos podría ser muy larga. Sin
embargo éstos ya son suficientemente importantes como para hacer sospechar al
lector avisado en la existencia de una intención bien definida de querer
desfigurar hasta la caricatura diez siglos de nuestra historia. Pernoud
demuestra cómo la confusión continua de fechas que atribuyen a la Edad Media
hechos ocurridos en el Renacimiento (como la caza de brujas o el retorno de la
esclavitud), las dificultades de acceso a las fuentes históricas y su confusión
con las literarias y el vacío universitario al que se ha sometido este período,
han favorecido la proliferación de ideas tales como que “hasta el siglo XV la
Iglesia no admitió que la mujer tuviera un alma”, cuando se sabe que en la
época cobra especial importancia el culto a la Virgen María, o el conceder
carta de realidad a la famosa frase, supuestamente proferida durante la matanza
de Béziers de 1209: “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”, cuando ya
en 1866 quedó demostrado que no procedía de fuente histórica alguna. Ya en 1923
explicaba Guénon que este interés por falsificar la historia tiene como
objetivo el hacer pasar por “progreso” lo que no es más que una desviación
mental, eso sí, de magnitudes enormes en el Occidente moderno, y que lleva a la
sociedad a una separación cada vez mayor de los principios que la han de regir,
y que precisamente eran los que sustentaban a la Edad Media.
Es de lamentar que la autora, que ha dedicado
su vida a exponer la realidad de este período tan importante de nuestra
historia contra la opinión unánime de su época, no recurra nunca a las
doctrinas tradicionales y se quede muchas veces, a causa de ello, en la
superficie de los hechos; así, por ejemplo, es incapaz de ver (o al menos de
explicar) que la importancia que reconoce se daba en la Edad Media al “gesto”
tiene su base en la eficacia del rito como acto cumplido conforme al orden, al Cosmos,
y no en una especie de honestidad poética, lo que sin duda también es verdad
pero no lo fundamental. Otra cosa fastidiosa de sus exposiciones es lo extraños
paralelismos que establece con nuestra sociedad moderna, lo que probablemente
hay que achacar a un optimismo innato. Demuestra sin embargo una intuición
aguda de todo lo que fue la época, sin duda porque Régine Pernoud se ha
preocupado no sólo de historiar los hechos sino también de relacionarlos con
una mentalidad a la que se ha aproximado mucho y con la que simpatiza, gracias
al estudio de su literatura y de sus doctrinas religiosas y científicas. No
podemos evitar soñar en los estudios que nos habría ofrecido si hubiera
aplicado esas doctrinas en toda su profundidad.
Alexis
Hatman, publicado en Letra y Espíritu nº 6
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