<Un principio de herejia><Los evangelios y la divinidad de Jesús>
<San Pablo, apóstol de Jesucristo><Jesucristo restaura el "pacto" de Dios con los hombres>
<La vida sobrenatural del cristiano><Aureola divina de Jesús en los catecismos>
<Necesidad de la oración para ser teólogo><La resurrección de Jesús><Hacia el siglo XXI>
Desde hace bastantes años se nota lo que podríamos llamar una reducción de la fe en Jesús como Señor, como Hijo de Dios, consustancial al Padre, que se va desplazando hacia una fe en Jesús como un hombre poco más que bendecido por Dios. Esta creencia presenta diferentes grados, como es lógico. Se trata de una mentalidad difusa sobre la persona de Jesucristo, que se ha ido infiltrando de forma inconsciente entre los cristianos, sobre todo en las viejas cristiandades de Europa. En vez de hablar de Nuestro Señor, como acostumbra decir todavía tanta gente, de Jesús el Señor, de Jesucristo en suma, se oye hablar con excesiva frecuencia de Jesús de Nazaret, del galileo o del judío, y lo que sería aún más grave, del Dios de Jesucristo, ya no de Jesucristo Dios. Corremos el peligro de pensar que si conseguimos un reportaje gráfico de Jesús, por otra parte legítimo, que nos manifieste de la mejor manera posible su vida y su pensamiento, nos será fácil creer en Jesús y que asimismo lo será para los no creyentes. En realidad, a poco que pensemos, nos daremos cuenta de que se trata de un error. Una visión gráfica de la vida de Jesús, si no andamos atentos, fácilmente nos puede ofuscar la visión teológica sobre Jesús, propia de la verdadera cristología fundada en el dogma católico. No confundamos lo que se podría llamar una cristografía, ciertamente válida, sobre la vida de Jesús, con la que podrían estar de acuerdo incluso los no creyentes, con una cristología propiamente dicha, que sólo puede ser objeto de fe. He aquí, pues,la cuestión.
Nos hallamos inmersos en un tiempo de crisis de la fe cristiana. ¿Quién osaría negarlo? Por consiguiente, los mismos teólogos (que también pueden padecerla) se esfuerzan por reducir la fe en Jesús Señor a unos mínimos, a un nivel más creíble. No vaya a ser que el agnóstico o el ateo de nuestros días se escandalicen en demasía. Presentan a Jesús como una persona histórica única, la más relevante de la historia, en quien Dios, com máximo, se habría manifestado o comprometido de una forma singular. Los teólogos de esa tendencia deben de pensar que de este modo, además de poder seguir creyendo ellos mismos, también el hombre moderno, supuestamente incrédulo (no será una entelequia hablar del hombre moderno), podrá acceder más fácilmente, más razonablemente, a la fe en Jesús, un Jesús reducido a una dimensión terrenal con alguno que otro trazo de hombre único. ¡Craso error! El hombre moderno no se interesará por Jesús, más que por Sócrates, si no le declaramos abiertamente que creemos que Él es Dios. Entonces nos escuchará. De tal modo el cristiano debería estar convencido de que Jesús es Dios que, si no fuera cierto, tendría que creer que ya no hay nada que hacer en la vida, que nada tiene sentido y que el mundo entero está abocado a un trágico y absurdo final. En realidad, se puede constatar que cuando un cristiano o, por lo menos, un bautizado que había sido fervoroso, abandonan la fe en la divinidad de Jesús, se convierten al mismo tiempo en ateos o agnósticos. ¿Por qué será que rehusar la fe en la divinidad de Jesús comporta la pérdida de la fe en Dios, cuando uno cree que Jesús no es Dios? ¿No será que se trata de lo mismo? Debemos estar convencidos de lo siguiente, si es que queremos encontrarnos a gusto dentro de la Iglesia santa de Dios: hasta que la figura de Jesús como Dios no prepondere en nuestro espíritu sobre la figura de Jesús como hombre, no estaremos aún en el recto camino. El "Dios bendito por los siglos" (Rm 9,5), como nos dirá san Pablo. Abracemos de corazón toda la teología sobre Jesús puesta por la Iglesia desde el concilio de Calcedonia, y creyamos cuanto nos dice. Poseeremos al Cristo del Pantocrátor i de las majestades románicas, poseeremos al Cristo de los Cursillos de Cristiandad, que a tantos convirtieron a una fe adulta, poseeremos por siempre jamás al Cristo verdadero que hoy necesita el mundo y, además, nos sentiremos plenamente reconfortados, pues sólo Él es capaz de llenar del todo nuestro inquieto corazón: "Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré" (Mt 11,28). ¿De quién más pueden salir estas palabras sino de Dios? I, si no son de Dios, ¿quien les hará caso?
Los evangelios y la divinidad de Jesús
Los evangelios se escribieron desde esta óptica fundamental: que Jesús es Dios. El evangelista San Marcos empieza diciendo: "Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc 1,1). Los evangelistas están impresionados por una certeza que han podido contemplar: Jesús, a quien ellos habían conocido carnalmente, ¡ha resucitado y está vivo! Sólo a partir de aquí deciden escribir una vida de Jesús acerca de sus hechos y sus palabras. Los evangelios están impregnados del rocío de aquel amanecer pascual; sin embargo, los hechos que narran son ciertos. No pretenden engañar a nadie. Bultmann y sus seguidores quisieron extirpar de sus páginas todo cuanto les pareciera falso, ya fuera porque se trataba simplemente de algún hecho sobrenatural, ya fuera porque según ellos se trataba de palabras de Jesús post mortem, en absoluto dichas por el mismo Jesús, sino inventadas por la comunidad primitiva, que las habría puesto en boca de Jesús. Seguramente no creían en la resurrección de Jesús y pensaban que con su método podrían llegar a la historia real de los hechos. Ahora bien, entonces sucedió que echaron los evangelios a perder y, de paso, abortaron la vocación de miles de exseminaristas y exnovicios que ya no se reconocieron capaces de seguir tras las huellas de un Cristo que ya no parecía Dios. Hoy seguramente los encontramos a faltar, y no tan sólo los obispos sino toda una pléyade de jóvenes que han visto como la correa de transmisión que debía hacerles llegar la fe, se ha roto por falta de operarios en la viña del Señor. ¡Un auténtico drama! ¡Madres de Jerusalén, llorad! A Bultmann y sus seguidores les pasó como al simpático mapache, el osito de América Central que tiene la higiénica costumbre de lavar los alimentos. En cuanto le dan un terrón de azúcar se dirige contento hacia el río para lavarlo y cuando saca las manos se percata con sorpresa que ya no tiene el azúcar. ¿Acaso el azúcar era falso? La crítica histórica que en mala hora llegó a las facultades teológicas después del Concilio, nos quitó la dulzura divina de los evangelios. Ya sería hora que aquellos libros sirvieran para encender la estufa de algún albergue de refugiados de Centroeuropa, donde se forjó tan lamentalble teoría. Y esto a pesar de que los protestantes se caracterizan por no querer poner notas explicativas en los evangelios ni en la Biblia toda. Si tuviéramos que hacer caso de la crítica histórica, tendríamos que poner tantas citas desmitologizadoras a pie de página que la divinidad de Jesús, que los evangelios intentan traslucir, pronto quedaría diluída, así como la inspiración que todo cristiano puede hallar en las páginas de los evangelios, tal como nos han llegado, si busca en la oración el contacto con Jesús o con Dios. Los evangelios canónicos son obra del Espíritu Santo, que ha hecho de ellos un vehículo perfecto para llegar a la figura divina de Jesús. Puede que sea verdad que algunas frases de Jesús que no hechos; repitámoslo, que no hechos, pues Jesús aún hizo muchas más cosas que no están contenidas en los evangelios (Jo 21,25)- puedan tener un fuerte sabor pospascual; sin embargo, esto no importa. Sólo que habría que tener en cuenta que no se trataría de palabras añadidas de buena o mala fe por una comunidad primitiva, sino que serían palabras inspiradas por el Espíritu Santo o, si se prefiere, dichas por el mismo Jesús Resucitado, vivo y presente en espíritu en aquella Iglesia naciente, que aún contaba eso sí- con la presencia física de María, madre de Jesús. En modo alguno, tardía. El mismo Jesús lo habría advertido de forma clara antes de partir: "Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello" (Jo 16,12). ¿Qué más lógico?Algunas cosas los apóstoles sólo las podían entender a la luz del alba de aquel día tercero en que Jesús resucitó.
La crítica histórica ha sido y continúa siendo perversa, y llega a decir ciertas cosas que nadie comprende, como cuando afirma que el cristianismo no es una religión. ¡Adiós, sacramentos! La palabra religión, y esto es una novedad, significa aquel conjunto de escritos sagrados que se guardan ligados, es decir, atados, por la simple razón que antiguamente los libros consistían en unos rollos escritos, que lógicamente se tenían que atar. La palabra re-ligión se entronca con la raíz del verbo ligar, interpretado en su sentido más literal. No porque la religión sea algo que nos religue con Dios. Esto por lo que se refiere al núcleo de la palabra, esto es, -ligión, ya que la partícula precedente re-, nos remite, nos traspasa la idea de algo que se transmite de unos a otros, como en revelar. Por lo tanto, la re-ligión, desde el punto de vista etimológico, que siempre suele ser muy auténtico, evoca aquel legajo de escritos sagrados o también, si se quiere, aquel legado, de la misma raíz, que debe ser transmitido de una generación a otra, ya que un día fue revelado por Dios y ahora se intenta guardar de forma intocable tal como fue recibido. En este sentido, religión equivale a revelación. La revelación no es un cuento. Dios de verdad habló a los hombres. Lo que sí es un cuento muy triste es la teoría de la evolución, que sin duda hará sonrojar a los intelectos del siglo que vamos a inaugurar. Por otra parte, la palabra hebrea Torá significa lo mismo que religión. Unos documentos enrollados, que se guardan celosamente. Procede de la raíz tur o tor, prácticamente universal, que significa envolver o dar la vuelta a algo, presente en torre, torno, toro (por aquello de que el toro da la vuelta en torno al torero), en el francés tour, etc. No es Dios, el ser Absoluto, amigo de relativismos hoy al uso. No pueden haber revelaciones distintas o cuanto menos contradictorias. Ni podía Dios entregar a su Hijo a la muerte inútilmente, si la humanidad no había de ser salvada más que por Él. Y menos aún, si su muerte no hacía falta para salvar a los hombres ni nada parecido, como del peligro de una condenación eterna. Si alguien se arriesga a seguir por otro camino, después de haber conocido el verdadero, ¿podremos decir que no le pasará nada? Es aquel legajo de escritos, tenidos tradicionalmente por sagrados y de procedencia más que antigua, los que han puesto verdades, moral y culto. No los hombres. Son la religión y constituyen, pues, la Revelación en mayúscula, que para la Iglesia Católica habría tocado a su fin con el último de los apóstoles san Juan, y de la cual, en palabras del Concilio, "las religiones no cristianas no pocas veces traen un rayo de luz que ilumina a todos los hombres" (Declaración sobre las religiones no cristianas). Jesucristo no vino a liquidar la religión verdadera, sino a purificarla. Más aún. Viendo lo que ya pasó, se puede afirmar que Jesucristo vino a renovar de raíz la ya existente estructura religiosa del pueblo escogido, elevándola a la categoría de una Nueva Alianza, en la que Él sería el único Mediador entre Dios y la humanidad toda. A la vez que lo salvaba todo, lo renovaba todo. En el seglo II la misa ya era casi como hoy y la jerarquía eclesiástica lo mismo, y no digamos los demás sacramentos, que nadie se sacó de la manga. Ya existían antes de Jesús. La novedad radica en que ahora con el cristianismo se administran "en el nombre de Cristo", como ocurre con el bautismo, y como se puede observar textualmente con la unción de los enfermos, un rito que ya existiría en el puelbo judío, pero que el apóstol Santiago manda administrar "en el nombre del Señor" (San 5,14), cosa que, como detalla a continuación el mismo apóstol, le dará una eficacia enorme. Lo mismo se diga de la confesión individual de los pecados, ya existente en el pueblo judío, pues se nos relata que mucha gente acudía al Jordán para hacerse bautizar por Juan Bautista, "confesando sus pecados" (Mc 1,5). ¿Acaso alguien puede confesar sus pecados sin decirlos? El cristianismo no solamente renovó el judaísmo, sino que también purificó el paganismo, asumiendo no pocas de sus cosas válidas. Tanta inculturación no se explica cómo se pudo llevar a cabo, en tan poco tiempo y tan perfecta sin la ayuda, por ejemplo, de los ángeles. Da la impresión que todo obedeció a un plan superior, preestablecido por Dios, como no podía ser menos, tratándose de la religión verdadera. En aquel proceso admirable, aún pendiente de un detenido estudio, Dios no podía estar ausente, como no lo estuvo en el testimonio admirable, verdaderamente sobrehumano, que dieron los mártires al morir por Cristo.
San Pablo, apóstol de Jesucristo
Se habla muy a menudo del Evangelio, y bien está, pero ¡se oye hablar tan poco de san Pablo! ¡Con el legajo de cartas que nos ha dejado! San Pablo, que no vio ni conoció al Jesús histórico, sabía lo que era creer en el Señor Jesús. Se le había aparecido, ya resucitado, por el camino de Damasco. Nos lo relata tres veces por escrito y, aun así, Hans Küng tuvo la desfachatez de negar la historicidad del hecho, sólo porque le olía a milagro, en su Ser cristiano, de triste memoria, pues en su momento parecía el maná caído del cielo y ahora ya nadie se acuerda de él, después del daño infligido a tanto seminarista desorientado. El último de los apóstoles era, sin duda, un hombre de plegaria intensa y prolongada. De noche y de día, en sus largos viajes y en sus cautividades ¡cuántas horas habría rezado¡ Y eso, sin contar el celo con que pedía a los demás que rezaran por él. ¡Qué apóstol de Cristo¡ Si solamente hubiera creído en un Jesús de Nazaret hombre, poco o nada habría hecho. Como era un hombre de oración, la fe de san Pablo en el Señor Jesús iba en aumento y se consolidaba con nuevas experiencias místicas que él mismo creyó necesario declarar, muy a pesar suyo, para hacer frente a los contrarios de la fe, que hacían ostentación de petendidas revelaciones de Jesús y sembraban la confusión en el rebaño de Pablo: "¿Que hay que gloriarse? aunque no trae ninguna utilidad-; pues vendré a las visiones y revelaciones del Señor..." (2C 12,1). San Pablo, enamorado de Jesús el Cristo, como tantos futuros santos, dará su vida por El, con el trabajo diario y finalmente con el martirio. ¿Lo habría hecho solamente por la memoria de un Jesús histórico, aunque por entonces todavía reciente? En otro lugar de sus cartas escribe algo que precisamente toca de lleno a nuestro principio de herejía. Se trata de unas palabras tan claras que alguien podría objetar que no demuestran nada por aquello de que demuestran demasiado. A san Pablo le interesa el conocimiento sobrenatural de Cristo, el que da la fe, y nos dice: "Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne (una visión natural de Jesús, por ejemplo). Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así" (2C 5,16). Si ya llevamos tiempo que la doctrina de san Pablo sobre el Cuerpo Místico de Cristo no nos dice nada, querrá decir que nuestra fe en Jesús se guía más bien por criterios historicistas, que ya no suponen a penas la fe, que por parámetros teológicos que implican de veras un acto de fe. Si no reaccionamos a tiempo con repetidas profesiones de fe al uso de los primeros tiempos, corremos el peligro inminente de perderla. Nuestro Jesús ya no sería el del Catecismo de la Iglesia Católica, que parte del Nuevo Testamento: el Hjo de Dios, nacido de la Virgen María, salvador y redentor del linaje humano. ¡Qué pena, tanto estudiar y total para nada!
Jesucristo restaura el "pacto" de Dios con los hombres
Es preciso recuperar el discurso teológico y tradicional (qué más bello que enlazar con la Tradición de los Apóstoles?) sobre Jesucristo y proclamar sin complejos que Jesús murió por nuestros pecados. La inmensa mayoría de la gente entenderá este lenguaje, fuera de tres o cuatro intelectuales que le pondrán objeciones sofisticadas. Lo verdaderamente grave sería que tampoco lo entendieran los santos. Entonces habría que pensar en cambiarlo. A cada hora del día y de la noche se cometen en el mundo entero una barbaridad de pecados horribles. La unión (pax) que Dios ha querido pactar con los hombres se resquebraja a cada momento de forma horrible. Es el peccatum tan olvidado actualmente, evidente aglutinación del latín "pactum secatum", o sea, pacto roto. El mundo que no vemos seguramente es una cloaca pestilente, y no hablemos ya de la indiferencia general hacia Dios que reina por todas partes. ¿Cabe decir que aquí no pasa nada, que Dios es un bonachón y que todo le importa un bledo? Jesús era un hombe, sí, también era un hombre, al que le dominaba el celo por la gloria de su Padre celestial. Su máxima preocupación era que el mundo se portara bien, que por lo menos cumpliera con los Mandamientos de la Alianza del Sinaí y diera así cumplida gloria a Dios. Esta ansia la compartiría principalmente con su Madre. Pudo comprobar que sus discursos y sus milagros, a pesar del gran entusiasmo y admiración que despertaban en las multitudes, no servían para arreglar aquel estado deplorable de aquella generación perversa e indrédula. Comprendió que le era preciso ir al holocausto final, ofreciendo su preciosa vida, su persona, al Padre en sacrificio para redimir a los hombres de la multitud de sus pecados del pasado, del presente y del futuro. Su Padre celestial dio muestras sobradas de haber aceptado, como contrapartida de los pecados del mundo, el sacrificio de la vida de su propio Hijo. No compadeció al Justo y lo hizo pasar por la humillación y la muerte horribles porque la justicia de Dios requería que de algún modo se nivelara el fiel de una balanza repleta de pecados. El Espíritu Santo empezaría a actuar de lleno y la celebración de la Eucaristía renovaría el único sacrificio de Cristo a favor de todos los hombres por los siglos de los siglos. San Pablo comprendió la sabiduría de la Cruz y el valor propiciatorio de la muerte de Jesús. Lo dice claramente más de una vez en sus cartas, como aquí: "Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo" (1Tm 1,15). ¿De dónde surgió un hombre como él, capaz de proclamar un mensaje que escandalizaba a sus hermanos judíos y provocaba las risas de los paganos? Pues, ¡de su encuentro con Jesús en el camino de Damasco! De allí sacó su seguridad y firmeza ante tantas adversidades, congojas, burlas e incomprensiones y, según los buenos teólogos de antaño, allí descubrió, como de un relámpago, toda la doctrina misteriosa del Cuerpo Místico, que es la Iglesia, y que él estaba llamado a desarrollar. ¿Por qué? Pues, porque Jesús le habló de esta forma: "Saulo, Saulo, por qué me persigues?" (He 9,4), y no dijo "¿por qué les persigues?" Es decir, a ellos, a mis seguidores. Aquella expresión no fue para san Pablo una figura literaria. Comprendió en germen que se trataba de una realidad sobrenatural básica para la nueva doctrina, que se hace necesario recordar y recuperar urgentemente, como es que "entre Jesús y los suyos existe una identidad misteriosa, realísima", tal como suelen indicar las notas explicativas del Nuevo Testamento en este lugar.
La vida sobrenatural del cristiano
Por esta misma razón del Cuerpo Místico, hay que recuperar sin miedo el lenguaje teológico y ontológico sobre la gracia divina. Por la muerte de Jesús se introdujo en el mundo de las almas una vida nueva, desconocida por el mundo hasta entonces. Se derramó en la reseca naturaleza humana un torrente de aguas vivas y se le injertó un germen de divinización, máxima aspiración del ser humano: "seréis como Dios" (Ge 3,5); pero esta vez por el camino recto, comiendo del fruto incorruptible del árbol de la Cruz. No se trataba de ideas nuevas ni de exhortaciones piadosas. El cristianismo no era un movimiento ideológico ni humanitario. Era una savia nueva que por medio de los sacramentos se introducía en la naturaleza caída, al árbol borde, que de este modo era capaz de producir frutos maravillosos jamás vistos. El testimonio de los primeros Santos Padres de la Iglesia es elocuente al respecto. La humildad y la pureza, virtudes despreciadas por los paganos, florecían por todas partes. El hombre más brutal se convertía en santo, el iracundo se hacía manso, el lujurioso amaba la castidad, el rico podía abrazar la pobreza y dar sus bienes a los pobres... Y estas cosas no han cesado, porque aquella savia ya no se ha secado nunca, a pesar de los fuertes estiajes. En el pasado siglo XIX se alzó por encima de los demás un gran teólogo alemán: Mathias Joseph Scheeben, quien sorprendió al mundo eclesial con su obra titulada Los misterios del cristianismo, en la que estudiaba el efecto real y misterioso que los sacramentos producen en el alma y aun en el cuerpo por razón de la nueva vida que introducen en la naturaleza caída. Más tarde popularizó su teología en un bestseller de todos los tiempos, Las maravillas de la gracia divina. Un compatriota suyo, Heinrich Schumacher, muchos años después se retiraría a los Alpes Bávaros, con el permiso de su obispo, para estudiar detenidamente los documentos de los dos primeros siglos del cristianismo, y llegaría a las mismas conclusiones de Scheeben. El cristianismo era una restauración, regeneración y divinización de la vida del hombre en términos reales. Al final de su estudio, a la luz de aquellos documentos, ya estaba en condiciones de poder decir cuál había sido y, por consiguiente, cuál era todavía hoy la esencia del cristianismo. No era una definición corta:
"La esencia del cristianismo es: La vida nueva, concedida por la misericordia de Dios, realizada por obra de la redención divina, inaugurada por la fe, preparada por la penitencia, convertida por el bautismo en criatura nueva, regeneración y restauración, que consiste en una comunión real con Dios, con Cristo y con el Espíritu, e incluye la adopción divina como a hijo y heredero de Dios, y purifica y santifica objetivamente el cuerpo y el alma del hombre, que hay que conseguir y conservar de manera subjetiva en una lucha que tiene lugar duratne la vida del cristiano, que, cuando se pierde, se recupera por medio de la penitencia, y que, después de la resurrección, llega a su consumación final y gloriosa" (Heinrich Schumacher, El vigor de la Iglesia primitiva, Herder, Barcelona, 1957).
Aureola divina de Jesús en los catecismos
Un Jesús sin resplandores divinos, un Jesús humano que sólo sirva para mejorar la vida de este mundo, que no sea prenda de vida eterna, no interesa ni al creyente ni al hombre moderno. Desengáñemonos. San Pablo lo tenía claro: "Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!" (1Co 15,19) y, un poco más adelante, aún añadía: "Si por motivos humanos luché en Efeso contra las bestias ¿qué provecho saqué? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos que mañana moriremos" (1Co 15,32). Sería de desear que se volviera a dibujar la figura de Jesús en los catecismos con la aureola divina, puesto que van dirigidos a creyentes y no a agnósticos. Todos los grandes artistas han pintado a Cristo con la aureola resplandeciente en torno de su cabeza. Tambíen ésta es una cuestión de ser o no ser de la figura de Jesús, de creer o no creer en su divinidad. ¡Ah, qué polvareda se levantaría probablemente si alguna conferencia episcopal ordenara representar a Jesús con el signo externo de su divinidad en los libros catequéticos! Señal sería, pues, que no se trata de una cuestión baladí; pero, bendita polvareda, si con tan poca cosa se consiguiera dar un revulsivo a la decaída fe de Occidente. Los creyentes debemos desembarazarnos tanto como podamos de la obsesión historicista de Jesús. No vale la pena que ocupe nuestro precioso tiempo. La vida es demasiado corta como para que nos expongamos tontamente a perder la preciosa gracia de la fe y acabemos siendo unos pobres desgraciados por culpa de una crisis de fe que podría eternizarse. Hay que asirse a Jesús con seguridad y dejarse llevar por sendas luminosas, que las hay. Lo que cuenta de verdad es lo que escribía, por ejemplo, el beato Escrivá de Balaguer: "Cristo vive: no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos" (Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid).
Conseguir que el hombre de hoy, como el de siempre, crea que Jesús es el Señor y, por tanto, que es Dios, según la fe de la Iglesia, es una tarea que corresponde al Espíritu Santo más que a los teólogos o cristólogos, y con más motivo si éstos ya empiezan a tener una fe descafeinada. San Pablo lo dirá bien claro, seguramente por propia experiencia y por su contacto apostólico con los demás: "Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino con el Espíritu Santo" (1Co 12,3).
Necesidad de la oración para ser teólogo
Para poder escapar de esta reducción actual de la fe en un Jesús poco más que humano, debemos elevar el índice de nuestra fe en Jesús Señor por medio de la oración diaria y fervorosa. Santa Teresa de Jesús confesaba haber pasado dieciocho años de absoluta sequedad de espíritu antes de recibir algún consuelo en la oración. A buen seguro que para la mayoría de los mortales el Espíritu Santo no se hará rogar tanto. La enseñanza de Jesús sobre "la necesidad de orar siempre y no desfallecer" (Lc 18,1) ¿qué querrá decir sino que debemos rezar cada día y cuánto más mejor? ¿No comemos quizás todos los días? Claro que esto nos resulta muy fácil, y aquello por lo visto muy difícil. Sin embargo, de esta fidelidad a la oración diaria depende, por lo menos para las personas consagradas, el dar o no dar sentido a sus vidas, estar alegres o tristes por dentro, sentirse realizados o fracasados. Ser o no ser. Por tanto, se impone un método o plan de vida que obligue al cristiano a ser fiel cada día a la oración, con pautas diarias que dieron en el pasado excelentes resultados, como el ejercicio del cristiano de la mañana y de la noche o el rosario, sin perjuicio de la lectura de los evangelios o de los salmos, combinando la oración vocal y la mental según las demandas del espíritu de cada cual. De este modo la acción oculta del Espíritu Santo va purificando nuestra alma a través de las vías purgativa e iluminativa, por cierto, tan bien estudiadas por Reginaldo Garrigou-Lagrange en su impresionante obra Las tres edades de la vida interior, que hoy, en la antesala de un siglo que se anuncia muy espiritual, seguramente vuelve con fuerza. Por la vía iluminativa, fruto de la oración y de la acción del Espíritu Santo, empiezan a invadir al alma ciertas nociones e inspiraciones, determinadas interpretaciones de la Palabra de Dios realmente luminosas, que ayudan positivamente a confesar la fe en Jesús Señor y no solamente en Jesús hombre, como pasa con el estudio puramente científico de las Escrituras si no va acompañado de la luz del Espíritu Santo, que nos llega por la oración. También es posible que para llegar a la profesión plena de fe en Jesús, como Señor del universo, sea precisa la mediación de Maria, por ser la medianera de todas las gracias. La historia sobre la experiencia de los grandes convertidos de todas las épocas parece confirmar que siempre hubo en toda conversión una intervención expresa de la Virgen María. Alguien dijo aquello de "A Jesús se va y se vuelve por María" y, puesto que estamos en unos tiempos de emergencia y de urgencia, quizás se podría remedar la frase diciendo que "a Jesús se puede ir y volver siempre por el rosario", meditación que es de la vida de Jesús en la escuela de su Madre, donde sin duda se darán unas buenas clases de cristología. La peor de las desgacias que se podía abatir sobre las personas consagradas en el posconcilio era sin duda perder la devoción a la Virgen María. Esto ha comportado el debilitamiento de la fe en Jesús Dios y seguramente constituye la frontera que separa a los que se sienten felices dentro de la Iglesia católica de aquellos que se encuentran incómodos dentro de ella. Lo único que enturbia el buen vino de Caná que saborean los primeros es sin duda el ver a sus hermanos desencantados y desanimados. Aquéllos, llegado el caso, aún se verían con fuerzas para dar la vida por Jesús, ya que para ellos Cristo continúa siendo la única garantía cierta de vida eterna. ¿Es el rosario, y perdón por la insistencia, causa o consecuencia de la integridad de la fe? Es decir, de la totalidad o catolicidad de la fe. ¿Cuánto tiempo hará falta para que el mundo eclesiástico se entere de que catholicus no significa universal, sino total, íntegro, entero, completo...? Proviene de la raíz cath-, que significa "enseñanza o doctrina", como en cathedra, y del griego olikós, que todo el mundo sabe que quiere decir "total, íntegro, completo"; por consiguiente, cath-olicus querrá decir doctrina total, entera y completa, que no le falta la totalidad. Justamente lo que es la Iglesia Católica, que además de la Biblia recoge también la Tradición, completanto a la perfección los tres elementos esenciales de la religión, a saber: dogma, moral y culto.
Si Jesús no fuera Dios, no valdría la pena predicarlo. Esto tendría que estar claro. Hombres buenos y grandes pensadores los hay a manos llenas en las enciclopedias. Tomemos la resolución de abrazar la divinidad de Jesús con todas sus consecuencias y con toda ingenuidad, si es preciso. No nos va a pesar. Y, sobre todo, arrodillémonos, rebajémonos ante Dios con el cuerpo inclusive y adorémosle, aunque por lo que sea no seamos capaces aún de doblar nuestra limitada inteligencia ante el misterio del Hombre-Dios. Nuestro entendimiento se engaña con facilidad cuando quiere pasar primero delante de la fe y hace caso omiso de aquel gran principio teológico de las mejores lumbreras medievales, como san Anselmo de Canterbury y el beato Raymundo Lulio, entre otros aún más insignes que se guiaban por la misma sentencia: Credo ut intelligam, es decir, creo para que entienda. No seremos ni los primeros ni los últimos en arrodillarnos ante Jesús, a pesar de que hoy la genuflexión parezca pasada de moda, lo que indica que la fe en la divinidad de Jesús ha bajado muchos enteros. ¿Entre quienes querríamos haber estado en la escena de la Ascensión de Jesús a los cielos, entre aquellos que se postraron y le adoraron o entre aquellos pocos que dudaron? (Mt 28,17; Lc 24,52). Que nadie ose decir que se trata de un pasaje mitológico, pues se engañaría. Cada día que pasa, se demuestra más y más que los evangelios se redactaron en fechas muy tempranas. Mucho antes de lo que nos dijeron Bultmann y sus adláteres, para desgracia de tantas generaciones de seminaristas y curas del siglo XX, que les dieron crédito. Los contemporáneos de Jesús dispusieron muy pronto de los relatos evangélicos, como no podía ser de otro modo, dado el empuje de la "buena nueva". Aunque, eso sí, se los tuvieron que aprender de memoria, de carretilla. Esto tampoco podía ser de otra manera, puesto que aún no había aparecido la imprenta en esta parte del mundo ni mucho menos la fotocopiadora. Este trocito de evangelio sobre la Ascensión de Jesús también se lo tuvieron que meter de memoria en la cabeza, a partir de un texto escrito o de un relato oral, y aquellos contemporáneos del Maestro no hubieran tolerado patrañas ni engaños en este punto de la Ascención ni en ningún otro, ya que para ellos los hechos de Jesús eran muy recientes y se contaba con muchos testigos oculares, jóvenes y viejos. Toda la simplicidad del evangelio de San Marcos, tan proclamada por los escrituristas de la crítica histórica de los evangleios, se debe únicamente al hecho de que fue escrito para ser aprendido de memoria con facilidad y, por consiguiente, no vale para argumentar que, como sería el más puro y sencillo, habría sido el primero en ser redactado y que los demás evangelios serían elaboraciones doctrinales no siemrpe fiables por el simple pecado de ser más extensos.¡Cuántos caímos en la nefasta trampa bultmanniana! Ahora resultaría que el evangelio de San Marcos podría ser un resumen de los demás y por tanto el último que se redactó. Todo al revés de la teoría de Rudolf Bultmann.
Abundando en lo dicho más arriba, cabe decir que rezar es la primera necesidad del creyente y lo primero que tiene que hacer el que quiera creer y no puede. El jesuíta Joan Gabernet, muerto en olor de santidad el 1987, como fruto de su contacto con las almas, afirmaba: "El agnóstico no puede creer por más que se esfuerce intelectulamente hasta que se arrodilla. Entonces Dios le envía la luz de la fe y se convierte". Arrodillarse es la forma de rezar más elemental y más primaria, la más fácil y seguramente la más eficaz. No se precisan palabras ni es preciso hacerlo en público. El sustantivo castellano plegaria se deriva evidentemente del verbo plegar, aunque posiblemente nadie haya caído en ello. Está claro que plegar significa doblar algo, com en pliego, y de aquí podemos entender que plegaria se refiere a doblar el cuerpo y concretamente las rodillas, ya que esta posición corporal sería la más idónea y la más expresiva para acompañar la acción de rezar en los primeros tiempos, y cabría pensar que también hoy. Ningún animal lo tiene tan fácil para arrodillarse como el hombre. Probablemente obedece a que la figura del hombre fue diseñada de modo expreso para esta finalidad. Olvidémonos ya del evolucionismo, auténtica lacra cultural de nuestro tiempo, pues sus días están contados. No hay aquí espacio para refutar tanta grosería, y recordemos que antes de los tiempos hubo una criatura que dijo: "non serviam", es decir, no serviré. He aquí un verbo, servir, que con su raíz serv- nos lleva al mismo concepto de plegaria, como se puede comprobar a través de estas tres palabras que también la contienen, a saber: serpiente, cervical (de cerebro) y ciervo (en latín, cervus), dichos así porque se enrollan, se pliegan. En el último caso, los cuernos del animal. Según una antigua corriente teológica, la primera criatura más perfecta después de Dios, Lucifer, no habría querido secundar o plegarse al plan de Dios de la Encarnación. Se habría negado en rotundo a la idea de tener que doblar las rodillas delante del hijo de una mujer, que sería el Hijo de Dios, o sea, Jesús. Por tanto, la divinidad de Jesús, que nos ocupa, ya habría constituído un problema serio antes de los tiempos. Ahora bien, el hombre sólo puede y debe arrodillarse ante Dios, y esto no tendría por qué perjudicar su "autonomía de poder" (santo Tomás). Lo que nunca tendría que hacer sería arrodillarse ante otro hombre ni lógicamente ante otros dioses, como aconteció en uno y otro caso en la antigüedad.
Siempre será legítimo intentar acercarse a la vida histórica de Jesús y quere saber más cosas, con tal que el creyente lo haga desde el prisma o desde el ángulo del amor y del afecto y, por eso, el Espíritu Santo a veces ha relatado a algunas personas santas de forma privada innumerables detalles de la vida de Jesús, particularmente de su larga vida oculta, que no están en los evangelios. Tal es el caso de las obras admirables de la venerable y más que heroica cristiana Ana Catalina Emmerich que relatan día a día la vida de Jesús y, de paso, de María, de san José y de los apóstoles y que han llevado de cabeza a muchos investigadores. Es el caso también de La mística Ciudad de Dios de sor Maria de Jesús de Agreda (1605-1665), obra universal que relata la vida de la Virgen Maria y, aunque no se tenga que tomar al pie de la letra toto lo que dice, no deja de ser admirable lo que escribió aquella santa mujer sobre la vida de la Virgen María. ¿Acaso no dijo Jesús que Dios revelaba sus cosas a los humildes? Tendríamos que tener claro una cosa. El Espíritu Santo, que inspiró los evangelios y, por tanto, la figura de Jesús que traslucen, no tolera que los creyentes nos acerquemos a ellos con crítica de bisturí para destrozarlos. Nuestra fe saldrá perdiendo, pero jamás la figura de Cristo que de siglo en siglo se va agigantando. Después de que algunos exegetas pusieran en duda o negaran la resurrección de Jesús, he aquí que la Santa Sábana de Turín se convierte en una prueba material, casi escandalosa, de la pasión y resurrección de Jesús, como si de un quinto evangelio se tratara, ya que permite seguir uno por uno los sufrimientos de la pasión de Jesús y finalmente su luminosa y radiante resurrección que, como un flash dentro de una cámara, lo dejó todo impreso en el lienzo del sepulcro. Es buenísimo contemplar la humanidad de Jesús como lo hicieron san Ignacio y santa Teresa, grandes místicos que supieron realizar la perfecta conjunción entre la humanidad y la divinidad de Jesús, sin poner jamás en duda las escenas, hechos y dichos del Maestro tal como nos los cuentan los evangelios. Hemos de estar convencidos de que el cadáver de Jesús no existe. "Non est hic, surrexit enim" , dijo el ángel a María Magdalena. "No está aquí, ha resucitado" (Mt 28,6). La crítica histórica es una búsqueda despiadada del cadáver de Jesús y no lo va a encontrar nunca porque se transformó en un cuerpo glorioso y ahora está viviente y es actual por los siglos. Jesús quiere que creamos a ciegas en su resurrección y en su divinidad tal como nos lo testifica el Nuevo Testamento. Si procedemos así, tanto seglares como consagrados, no exasperaremos al Maestro, ya que podríamos hacerle acabar la paciencia. No sea que tengamos que pasar algún día por la vergüenza de oír como nos echa en cara con palabras muy duras nuestra poca fe, tal como tuvo que hacer con sus apóstoles: "Por último, estando en la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado" (Mc 16,14). La fe de millones de personas, muchas seguramente también con un nivel de unión muy grande con Jesús, confirman cada día su resurrección de entre los muertos y que sigue estando vivo. En la ciudad de Barcelona se ha editado el libro Un alma en Cristo, en tres volúmenes,donde se puede apreciar cómo Jesús habla sobre temas de hoy a un alma sencilla de una manera admirable. Su lectura está haciendo mucho bien.
Además de la oración, también los sacramentos conducen a la fe en Jesús Señor, a veces de una forma súbita porque la gracia se derrama de lleno en el alma. Ha ocurrido a veces con los catecúmenos cuando han recibido ya mayores el sacramento del bautismo, después de una buena preparación. De repente, han notado que su fe se clarificaba y se fortalecía. Ahora que nos hallamos en pleno Año jubilar, es bueno recordar que lo mismo les puede pasar a los pecadores que arrepentidos se arrodillan ante el sacerdote para confesar sus pecados. La humildad y la limpieza interior hacen penetrar en el alma una cascada de gracia capaz de transformar el corazón de toda la persona, hasta el punto de que la gracia sacramental se puede convertir en el mejor remedio para curar adicciones esclavizantes, tales como la droga, la pornografía y otras. No perdamos de vista que los sacramentos son acciones actuales de Cristo, que simbolizan la gracia sacramental específica y además la realizan. Desconocen muchos sacerdotes el tesoro que tienen entre manos, el mayor de los cuales, poner al mismo Cristo en el sagrario para remedio y consuelo de no pocos males y desventuras de los humanos. ¿O acaso no? Si así no lo creemos, ¿no será que ya tenemos un empacho de cristografía? Hemos digerido mal unas cuantas lecturas de cariz horizontalista, que no eran precisamente de cristología, que no nos enseñaban con suficiente contundencia que "Cristo, descendiente de los patriarcas, es por encima de todas las cosas Dios bendito por los siglos" (Rm 9,5), según las palabras de san Pablo, número uno en cristología. El sacerdote, empapado de una buena y teológica cristología, que poco tiene que ver con una cristografía descafeinada, está llamado en el mundo de hoy a curar las miserias humanas, sobre todo morales, como lo hacía Jesús, pero el sacerdote a través de los sacramentos porque en realidad el que actúa es Jesús. La declaración paulina que establece que Jesús, el Cristo, es Dios no puede tener marcha atrás al cabo de dos mil años, ni que nos quedásemos pocos creyéndolo, cosa que muy probablemente no ocurrirá, antes al contrario. El mismo Espíritu Santo que inspiró la divinidad de Jesús a san Pablo, se encargará de suministrar nuevas y sorprendentes pruebas en el nuevo milenio, y dichosos los ojos que lo verán. Si el pueblo judío tiene que convertirse en masa a Cristo, tal como anunció san Pablo, cosa que tal vez ya esté cerca, será debido sin duda a la evidencia de algún hecho extraordinario y sobrenatural que conmocionará al pueblo judío y de rebote a toda la humanidad. El apóstol de las gentes lo dice textualmente: "Y, si su caída ha sido una riqueza para el mundo, y su mengua, riqueza para los gentiles ¡qué no será su plenitud!... Porque si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos (o sea, una renovación del mundo y un resurgimiento moral)? (Rm 11,12.15).
La grandeza del sacerdote es inconmensurable, pero es preciso estar muy empapado de espíritu sobrenatural para poder vislumbrarlo. Leo Trese, uno de los autores sacerdotales más carismáticos, afirmaba que con la celebración de la misa el sacerdote ya realizaba más del 90 por ciento de su tarea diaria. Y no era una invitación a la pereza, sino una consecuencia del valor inmenso de la misa como renovación incruenta del único sacrificio de Jesucristo en la Nueva Alianza, que ya dura cerca de 2000 años. El P. Alphons Gratry, en su obra La connaissance de Dieu, empezaba afirmando que no se había encontrado ninguna civilización sin altar. Podemos estar seguros que incluso en el planeta Marte se encontrará su altar, cuando dentro de poco la NASA confirme al mundo entero que se han hallado en Marte vestigios de una civilización muerta, enterrada. Marte y muerto, del latín martem y mortem respectivamente, forman un juego de palabras con una raíz etimológica común. Alguien que puso nombre al planeta en un pasado no muy lejano, ya sabía que Marte era una civilización extinguida, que seguramente ya había emigrado hacia allí procedente de la Tierra. Por tanto, ¿será posible en el futuro una civilización sin altar? En todo caso, resulta muy dudoso. Aunque el hombre moderno no parezcca entender la noción de altar ni su necesidad, es preciso tener en cuenta que nos encontramos en la vigilia de un gran cambio de mentalidad y no sabemos qué va a quedar del hombre moderno. Estamos a punto de despedir el siglo XX, que seguramente pasará a la historia como el siglo de la grandes mentiras, si más no, filosóficas. Después del invierno de las ideologías florecerá otra primavera, que nos traerá ideas nuevas. En el campo especulativo de la aparición del hombre sobre la Tierra, de la formación geológica del planeta y del conocimiento de la historia lejana de la humanidad nos esperan grandes sorpresas, que serán muy favorables a las ideas religiosas en la misma medida en que hasta ahora la ciencia les ha sido contraria, e incluso podrían apoyar la idea de un Dios que se hace hombre, la Encarnación. No nos tocará más remedio que revisar y readmitir realidades históricas como el Diluvio Universal o la existencia pasada de los gigantes sobre la Tierra, "tanto antes como después del Diluvio" (Gn 6,4), tal como nos dice la Biblia, ya que sin ellos difícilmente se explican las civilizaciones antiguas. Recientemente ha aparecido un libro que se puede convertir en uno de los paladines del nuevo viraje cultural que se nos avecina: Darwin se equivocó ¿Existió realmente la evolución?, de Hans-Joachim Zillmer. Por consiguiente, no debemos tener miedos infundados ni complejos pseudocientíficos por seguir a Jesús como Dios verdadero. San Pablo nos invita a hacer de Jesús el centro de nuestra vida por medio de la Eucaristía (misa-sacrificio de Jesús), con palabras textuales que seguramente han pasado desapercibidas a generaciones de exegetas: "y todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, celebrando la acción de gracias por su medio a Dios Padre" (Co 3,17). ¿No se referirá aquí san Pablo, cuando dice "celebrando la acción de gracias", a "celebrar la misa"? Pues, parece obvio. Se trata de la mesa-sacrificio de todos los tiempos, que consistía en colocar una ofrenda material para dar gracias a Dios tras la finalización de una obra importante, ya fuese una cosecha u otra cosa, o también para suplicar algún bien anticipadamente. De este modo, con un poco de pan y vino, con la misa cristiana (del latín mensa y del castellano mesa) se da por superado el gran inconveniente de los sacrificios antiguos con derramamiento de sangre y que son el obstáculo que impide que hoy en día Israel pueda reedificar el templo de Salomón, pues la mentalidad moderna no toleraría la inmolación de animales. Ya llegará el día, quizás en el amanecer del tercer milenio ("al tercer día"), que Israel, pueblo escogido por Dios, edificará de nuevo su templo,de piedras o no, a aquél que es "algo más que Salomón" (Mt 12,42b), cuando de acuerdo con las profecías del Antiguo Testamento Jerusalén se convierta en el centro espiritual y moral del mundo entero, donde acudirán los pueblos a buscar la sabiduría, cosa que geográficamente hablando y por alguna providencia desconocida ya lo es, por su situación estratégica en la encrucijada de los tres viejos continentes.
Este principio de herejía, pues, que consistiría en una reducción de la fe en Jesús Señor hacia el Jesús casi solamente hombre, se hace necesario combatirlo desde todos los frentes porque puede llevar a muchas otras reducciones. El culto se convierte en algo innecesario y la moral se relativiza. Nos quedamos sin los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, que son la base de la paz y del orden sociales, como dijo Juan Pablo II en el Sinaí. Y nos acecha otro peligro aún más grave. Se podría pasar de un principio de herejía a un principio de apostasía, cuya primera manifestación sería pasar a creer que todas las religiones son igual buenas. Entonces, ¡pobre país! ¡pobre España!
Jaume Clavé Cinca, escritor y bachiller en teología, autor de la La revolución de Marte. Jesucristo, al alba del nuevo milenio.
Observaciones
l. Queda autorizada la difusión de "Un principio de herejía" ad líbitum, de forma íntegra o parcial. Va dirigido principalmente a sacerdotes, religiosos/as, seminaristas... y, en cierto modo, a los señores obispos ya que ellos, si lo creen oportuno, son los más indicados para aprobarlo y, en su caso, facilitar su difusión bienhechora, ya que no persigue otra cosa que ayudar a los que tienen dificultades teóricas para tener una fe entera, es decir, "católica".