YELIDA LETRAS DOMINICANAS: YELIDA  

 

YELIDA

Tomás Hernández Franco

(1904-1952)

 

 

Un antes

Erick el muchacho noruego que tenía

alma de fiord y corazón de niebla

apenas sospechaba en su larga vagancia de horizontes

la boreal estirpe de la sangre que le cantaba caminos en las sienes

En el más largo mes del año había nacido

en la pesquera choza de brea y redes salpicada casi por las olas

parido estaba entre el milagro del mar y el sol de medianoche

de padre ausente naufragado

nadador ya de algas profundas y arenas sorprendidas

de escamas y de agallas y de aletas

Era el quinto hijo para el mar nacido

Erick creció en su idioma de anzuelo y de corriente

fuerza de remo y sencillez de espuma

como todos los muchachos de la playa

mitad Tritón y mitad Angel

Pero Erick no sabía nada de eso

—pulso de viento y terquedad de proa—

aprendió los nombres de los peces de las puntas y cabos

la oración del canal y la bahía

a los quince años conocía mil golfos

y sin contar el ya remoto y salobre seno de la madre

ni un solo pensamiento de noruega

le había caminado entre las cejas rubias

En un anual calafateo de lanchas

llamas estopa y brea

Erick tenía veinte años y era virgen dentro de sus botas de hule

y creía que los niños nacen así como los peces

en la noche quieta de los reposos del mar

pero el tío piloto contaba entre dientes largas historis de islas

con puertos bruñidos y azules

donde centenares de mujeres desnudas subían carbón al barco

donde había pájaros verdes hirviendo de palabras obscenas

y donde en la noche florecía el burdel con hondo aliento de tam-tam

El tío mascullaba una lejana canción de sol y cocoteros

en lengua que no podía ser noruega y que ponía

en el pulso de viento de Erick pequeños remolinos

A los veintidos años Erick tenía la mirada gris azul

densa de su alma puesta en dique

y una voluntad de timón y de quilla

por llegar a las islas de las montañas de azúcar

donde —decía el tío— las noches olían a cedro como las barricas de ron

Erick sabía que los marinos noruegos siempre desertaban en las islas

pero cuando estaban bien borrachos los capitanes los metían a patadas

en las bodegas sucias y entonces volvían a Noruega

flacos y callados y tristes

Con todo y las patadas el marino Erick ya estaba en ruta

 

Otro antes

Esta no es la historia de Erick al fin y al cabo

que a los treinta años ya no era marinero

y vendía arenques noruegos en su tienda de Fort Liberté

mientras la esposa de Erick madam Suquí

rezaba a Legbá y a Ogún por su hombre blanco

rezaba en la catedral por su hombre rubio

Madam Suquí había sido antes mamuasel Suquiete

virgen suelta por el muelle del pueblo

hecha de medianoche a toda hora

con hielo y filo de menguante turbio

grumete hembra del burdel anclado

calcinada cerámica con alma de fuente

himen preservado por el amuleto de mamaluá Clarise

eficaz por años a la sombra del ombligo profundo

Erick amó a Suquiete entre accesos de fiebre

escalofríos y palideces y tomaba quinina en grandes tragos de tafiá

para sacarse de la carne a la muchacha negra

para huyentarla de su cabeza rubia

para que de los brazos y el cuerpo se le fuera

aquel pulido y agrio olor de bronce vivo y de jungla borracha

para poder pensar en su playa noruega con las barcas volteadas

como ballenas muertas

Pero Suquiete lo amaba demasiado porque era blanco y rubio

y cambió el amuleto de mamaluá Clarise

por el corazón de una gallina negra

que Erick bebió en viernes bajo la luna llena con su tafiá y su quinina

y muy pronto los casó el obispo francés

mientras en la montaña el papaluá Luipié

cantaba el canto de la Guinea y bebía la sangre de un chivato blanco

En la noche sudada de fiebres y marismas

Erick sin sueño marinero varado sobre la carne fría y nocturna de Suquí

fue dejando su estirpe sucia de hematozoarios y nostalgias

en el vientre de humus fértil de su esposa de tierra

y Erick murió un buen día entre Jesucristo y Damballá-Oueddó

apagado el pulso de viento del velero perdido en el sargazo

su alma sin brújula voló para Noruega

donde todavía le quedaba el recuerdo

de un pié de mujer blanca que hacía frágiles huellas en la arena mojada

 

Un después

Y así vino al mundo Yelidá en un vagido de gato tierno

mientras se soltaba la leche blanca de los senos negros de Suquí

alegre de todos sus dientes y de su forma rota

por el regalo del marido rubio

y Yelidá estaba inerme entre los trapos

con su torpeza jugosa de raíz y de sueño

pero empezó a crecer con lentitud de espiga

negra un día sí y un día no

blanca los otros

nombre de vodú y apellido de kaes

lengua de zetas

corazón de iceberg

vientre de llama

hoja de alga flotando en el instinto

nórdico viento preso en el subsuelo de la noche

con fogatas y lejana llamada sorda para el rito

Los otros sólo tuvieron la sospecha de un peligro cercano

mientras Suquí descendía su alma por los caminos de noche de su entraña

y engordaba en su alegría de matriz de misterio

ternura de polen en su hija de llama

para cuyo destino no tuvieron respuesta el gallo y la lechuza

ni sabían nada el más sabio ni el más viejo

Los peces lo sabían y la noche y la selva y la luna y el tiempo de calor

y el tiempo de frío

y el alma de garra del pantano

y el dios que enmaraña las raíce sy las empuja fuera de la tierra

y el macho y hembra que en los cementerios

enciende fuegos verdes sobre el vientre helado de los muertos

y el que está en la garganta de los perros lejanos

y el del miedo con sus mil pies y su cabeza cortada

Y ésta quiere ser la historia de Yelidá al fin y al cabo

Tacto de clave

flanco sonoro al simple peso de la mirada

paladar de fiera

cuerpo de eterna juventud de serpiente nuevo para cada luna nueva

completa para siempre como el mito

hermafrodita en el principio del mundo

cuando descuartizaron a los dioses

enigma subterráneo de la resina y del ámbar

pacto roto de la costilla de oro

traición hembra del tiempo libertada

 

Un paréntesis

Los liliputienses dioses infantiles de la nieve

los viejecillos vestidos de rojo

que sacuden la niebla de sus barbas

y los que soplan sobre las letras sin rumbo de las veletas

los habitantes del rescoldo

los del viento ululante

los que dibujan las árticas auroras

los dioses de algodón y de manzana

que tienen largo el sur y corto el norte

los que sobre la tímida y verde vida del musgo verde

resbalan y juegan con las flores del hielo

los hiperbóreos duendes del trineo y del reno

supieron la noticia en lengua de disueltos huracanes lejanos

Sangre varega en la aventura de cosas de hombre

por cosas de mujer se trasplantaba

en islas de caracol y de pimienta

perdida iba a quedar para su ártico

en el flotante archipiélago encendido

perdida iba a quedar para su mansa

vegetación de pinos ordenada

perdida iba a quedar para su lucha

de olas aceite y peces

perdida iba a quedar para Noruega

en las islas de fuego condenada

Viajeros por los hondos caminos del subsuelo adornados de tumbas

donde dialoga el fósil con la raíz podrida

y el hueso suelto espera la trompeta

y se hace oscuro el secreto del agua

que lava las pupilas insomnes del mineral perdido

por la grieta y la gruta y el estrato

los dioses de leche y nube con el sexo de niño

buscaron al otro dios de los mil nombres

al dios negro del atabal y la azagaya

comedor de hombres constelado de muertes

Wangol del cementerio y del trueno

el dueño del ojo vidriado de zombí y la serpiente

Buscaron a Ayidá-Oueddó que es la que pone

a arder la lámpara roja del estupro

la que en el hondo vientre de cueva del bongó mantiene

las cien serpientes locas del dolor y la vida

la que en la noche de Legbá suelta los perros del deseo

la que está partida en dos mitades por sexo infinito

maestra de la danza sagrada para llegar hasta ella misma

domadora del grito y del espasmo.

Implorantes de llantos en sordina

Casi borrachos ya de olor de isla

los dioses de Noruega pedían salvar la última gota de la sangre de Erick

la escandinava inocencia de una gota de sangre

Buscaron a Badagris dictador de la puñalada y del veneno

espíritu suelto de los cañaverales

donde el tafiá es primero flor y luego miel

el padre del rencor y de la ira

el que enciende la choza al leve contacto de su mano negra

y viola a todas las niñas en el vientre de las madres dormidas

Buscaron a Agoué dios ventrudo del agua

mitad evaporado de sol y de brasa

y mitad prisionero del pantano

aburido de moscas y de olas

en su casa de vientos y de esponjas

Hablaron con los ojillos azules entomados

mientras la sangre se les iba haciendo de plata derretida

porque Ayidá-Oueddó bailaba en el canto del gallo

con los senos brillantes de sudor y de estrellas.

Pero aquella noche Yelidá había tenido su primer amante

estaba tendida y fresca como una hoja amarilla muy llovida

adolorida sin dolor casi despierta en la hamaca de un sueño tibio

le vivía tan sólo un golpe amado de tambor en las sienes

y en el vientre se le dormía la música y la danza

Por los caminos de la lombriz y de la hormiga

rota toda esperanza regresaron.

 

Otro después

 

Con alma de araña para el macho cómplice del espasmo

Yelidá por el propio camino de su vientre

asesina del viento perdido entre los dientes de la gruta

ahí se estaba vegetal y ardiente

en húmeda humedad de hongo y de liquen

caliente como todo lo caliente

cosa de hoja podrida fermentada en penumbra tiempo y luna

hecha de filtro y de palabra rara

en el agua del charco con su verde y su larva

y su ala a medio nacer y su andar de meteoro

Yelidá deshojada a sí y a no

por éxtasis de blanco y frenesí de negro

profunda hacia la tierra y alta hacia el cielo

en secreto de surcos y en místico de llamas

 

Final

Será difícil escribir la historia de Yelidá un día cualquiera.

 

 

 

cielonaranjalmixmail.com

 

 

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