Me propongo la crónica de tu desdicha

La urdimbre del silencio

Norberto James

2000

 

 

 

 

NO AMO mi patria. ( ... )

Pero (aunque suene mal) daría la vida

por diez lugares suyos, ciertas gentes,

(...)

varias figuras de su historia,

montañas

(y tres o cuatro ríos).

José Emilio Pacheco

 

 

Sólo una cosa no hay. Es el olvido.

 Jorge Luis Borges

 

 

A scar remembers the wound.

The wound remembers the pain.

Mark Strand

 

 

 

 

1ra edición: ...............2000

 

 

 

 

 

 

 

A Beth

A Tito

 

 

 

 

 

Prioridades

 

En presurosa retirada mi memoria abandona el campo para diseñar su gran ofensiva. Sobre mi mesa reposan antiguos mapas de la ciudad. Libros, viejas cartas que exhiben el desgaste del tiempo. y de mis manos huellas. En el televisor blanco-y-negro Miles Davis chorrea partículas de labios y viento negro. En medio de los comerciales cambio el canal y Steve Wonder narra, con cierta tristeza, su dolor de no haber podido cantar con los Beatles. Prioridad de músico. Apago el televisor y se me oscurece el recuerdo. Descubro entonces que debo cambiar la cinta de mi Underwood, para escribir el poema que inicié, casi sin querer, entre otras palabras que acentúan mi prioridad de hoy.

 

 

 

Sparks Street

 

En el poema se consigna que una mañana de nieve el anciano poeta dobló por Craigie Street, tentando aceras y paredes con su cansada sombra. A pocas cuadras, montan protesta jóvenes estudiantes, mientras algunos intelectuales se mesan la barba y acarician volúmenes usados de Nietzsche y Ginsberg. Más adelante, en la penumbra de Memorial Drive, el verde y circular trillo de las ardillas, los rizos del río con sus atletas, pinos y sicomoros, la luz chata, escasamente habitual y la extensión de la tarde. Todos exigen lugar en este poema, mientras en la acera opuesta en Brattle Street, como cada día, yo doblo por Sparks Street, navego las profundidades de su silencio evocando y rumiando los versos que he de escribir.

 

 

 

Voluntad de luz

 

Me veo de niño jugando con el eco que llena el vacío de estas casas. Me veo caminar por el frío acero del tren como quien sortea su ruta por cuerda floja. De la sombra del jabillo, árbol de mis juegos, imagino el nacimiento de invisibles monstruos, tupidos bosques, parajes y paisajes no soñados, tierras lejanas y mías, muertos pidiendo sepultura o escapándose en los faroles de luciérnagas que por las noches construíamos. Ahora, nadie cabalga el oscuro y dócil potro de la noche, sólo el miedo, y nada la traspasa, a no ser mi voluntad de luz. ¡Nada puedo contra estas imágenes que me asaltan!

 

 

 

Viacrucis

 

Se diluye la claridad del día. Bella es la luz nocturna que entre pinos y abedules se filtra. Un rojo-naranja aletea el cielo de la tarde y se desliza sobre la ciudad. Bajo la bóveda mortecina las oficinas, aburridos funcionarios en Harvard Square esperan el tren de las siete. En el ancho bostezo de la noche el transeúnte beberá los aires del día siguiente, porque entonces no estará solo (será uno más entre la multitud). Camino a su escritorio, con su traje adecuadamente de negocios y sus mentidas ansias de soledad que nadie, excepto él mismo reconocerá, podrá reinstalar su autodesprecio, su ocioso temor, cuando en su despacho reinicie su viacrucis y empiece nuevamente a odiar la hora de partir.

 

 

 

 

No olvido nada

 

No olvido el rastro de tus manos las huellas de tu boca, el níveo paisaje de tus senos obstinados, desafiantes. ¿Cómo olvidar la fibra de tus dedos, si a cada paso me las sugiere esta yedra indomable que permuta su verdor por la sangre reseca de los ladrillos? Tu recuerdo sigue adherido a la memoria, como la sombra al cuerpo, como el vaivén a la ola.

 

 

 

 

Torre del deseo

 

       Líquido vertido sobre la cofia del día

rocío reciente.

Me conjugo en las vastas parcelas de la memoria

y busco los embriagados mangles del tiempo,

el escurridizo pez de tu cuerpo.

Procuro ahogar esta robusta sed

en tus más copiosas aguas.

Sed de tu voz,

algodón neutro,

felpa,

       seda,

              terciopelo,

                     discreto ángel,

                           flor encubierta,

torre del deseo,

bóveda de mis noches.

 

 

 

 

Señal de identidad

 

Me niego a habitar mi nombre en el nombre de mi padre

       y de mi propio espíritu que en él se guarece.

 

Me niego a negar este rostro que como bandera enarbolo,

       esta voz que proyecto en el vacío de mis muertos,

       estos gestos que encarno

       inmerso en estas raíces por las que me nutro y soy.

 

Me niego a negarme desasociándome de este mortal

       que exhibe sus flaquezas.

 

Me niego a volver la mirada destruir mis tambores,

       impugnar mis dioses, ignorar mis colores.

       Si a mi memoria erigieran monumento alguno,

       que sea dolmen al amor que profesé,

       no obelisco a la desidia o al desamor.

 

 

 

 

En estas aguas

 

       Hay en estas aguas

un lugar donde saltan delfines

y vagan mansos manatíes.

Un lugar donde se confirma el valor de la vida,

las formas del delirio,

las perplejas márgenes del miedo.

Allí reposan esencias del silencio,

envejecimiento del tiempo,

urgencia de ti

de que me completes

de que termines de forjar

esta sonora diadema de luz

que mi sed irá a calmar.

 

 

 

¿Quién desvía nuestra columna de luz?

 

Perros mudos al acecho del relámpago que los puebla.

       Caracoles que en noches y sal,

       descuelgan los más refinados laúdes,

       escudos,

              apellidos,

                           linajes.

Quien tiende sábanas al sol,

       procura alejar toda impureza posible,

       todo peligro a la labrada blancura de tales banderas.

 

Nadie desciende al fondo de estos fríos laberintos,

       provoca estos perros, desentierra estos caracoles.

              ¡Oscurece!

 

 

 

Asta de vientos

 

       Al fondo de mi patio

se alza un tierno abedul,

asta de pájaros y ardillas

que se extiende entre las sedosas cortinas.

 

       Si llueve,

el abedul renueva la textura de su corteza,

(re)inventa su blancura.

 

       Al fondo de mi patio,

entre la seda de los días,

hay un bejuco que se mece,

allí octubre iza su amplia corona de hojarasca

y aves migratorias

y el invierno indiscreto y voraz se anuncia.

 

 

 

Pugna interna

 

       Las flores que de la nada nacen,

son testigo de mi indecisión.

Viejo músico de jazz,

mi capacidad de improvisación

se pone a prueba,

siempre que como una música quieta,

este camino me conduce a ella.

Casi todo me arrebata y su belleza

enorme eco sobre las aguas,

me roba la voz,

me nubla de deseos.

 

 

 

 

Extranjero

 

       Ya no navega sonámbulo por los mares interiores

buscándote, amor.

No escudriña las rayas de sus manos,

por quién sabe cuál secreto

para encontrarte.

       No le sirve ya la ciega guitarra,

el herido bandoneón,

ni el piano de derritiéndose en notas lastimeras.

¿Para qué este reloj gelatinoso?

¿Para qué paraguas si no llueve ni hace sol?

Hoy todo es diferente.

Tu silbante corazón envejece junto al mío,

ajado de distancia y espera.

Cascada de luz,

origen del asombro.

Dulce gozne de lo irreversible.

 

 

 

¿Qué tedios recubren las rendijas de tu casa?

 

¿Qué tedios recubren las rendijas de tu casa,

       vieja y polvorienta,

       de casi muertos sonidos,

       en cuyo mañanero sopor pacen

       exangües jarrones de aguerridos dragones

       muebles antiguos,

       retratos cuyo color original permuta el tiempo,

       por esta amarillez que habita tu piel

       y que de ti dice malestares que callas?

¿Qué tiempo pierdes, que de las estaciones

       no percibes su inadvertido discurrir por las islas,

       el grácil vuelo de las aves,

       las empinadas chichiguas?

 

 

 

Mano derecha

 

       La mano que a tu puerta toca,

no es aquella del agua de los espejos en que te mirabas,

que saltó muros,

       rasgó cortinas,

para desfallecer luego entre tus pechos.

No es esta que en lento vuelo,

llena de oscuras palabras páginas

que astutamente me irá a copiar otro poeta.

Esta escampa sin llover,

hace descansar indescriptibles colores al pie de tus balcones,

desatando nudos que supones irremediables.

Esta que de izquierda a derecha

rasga, discurre,

procrea, seduce, anhela.

Esta que cae vencida,

a la altura de tus azules,

es mi siempre fiel mi bien amada mano derecha,

que toma apuntes y dispone, con celo,

las palabras en que me ahogo.

 

 

 

Apuntes para el poema

 

       Hice apuntes

para escribir un poema a la primavera,

y de tanto (re)escribirlo,

sólo quedó de las flores,

el recuerdo de su aroma,

y mi asombro ante tanto verdor.

 

 

 

 

Árbol

 

                                    La caída del árbol le distingue.

                                                                José Lezama Lima

 

       Yerta raíz de ausente savia,

tu detenido rumbo

y la oscuridad que paces

en precaria verticalidad,

se alimentaron antes

del fulgor que ahora de tu piel rebota.

Seguirás inadvertido,

aunque en la mar del viento giren tus ramas,

       tristes aspas desheredadas,

en medio del fértil bullicio de la noche.

 

 

 

Beechwood Road

 

       Del furtivo amor que entre vencidas hojas yace,

oyes pasos bajo la invisible losa de saudade.

 

Bajo el mismo ubicuo azul plomizo del cielo.

Bajo el mismo sol que en obediencia a Josué, se detuvo

en medio de la batalla,

se repiten hoy tus sueños

en todas sus formas posibles.

 

       Como luminosa mañana de la isla,

aroma de cundeamor,

       guarapo,

y desbocados ruidos,

recreas y acoges la tarde en medio del tapón.

 

En los deliciosos zaguanes

de Ciudad Nueva o del Vedado,

se perciben restos de diálogos a medias,

conversaciones truncas o por elaborar,

risas no acontecidas,

planes por establecer,

citas incumplidas.

 

       Sientes el atardecer

que asoma su húmedo y frío hocico,

con pronóstico de nieve,

              “algunos chubascos dispersos a ratos tornándose hielo

              que hará peligroso el tránsito en las grandes autopistas”

Wellesley, Massachusetts

por las breves aceras de Beechwood Road divagas,

desandando en el pensamiento los restos de la tarde.

 

 

 

Pensar la rosa

 

       En la mesa de trabajo

con todo el instrumental necesario,

planeo la rosa,

capto al vuelo sus formas,

a vuelo de pluma,

a vuelo de mano,

a mano libre,

a vistazo leve.

 

 

 

Retrato

 

       Sin perro ni residencia fija,

en el débil rumor de los días,

sobrevivo al peso de mí mismo,

anclado en ese otro que me empuja a ramonear

el árbol del tiempo.

 

 

 

Esbozos de tu tristeza

 

       Trepidación, monotonía,

sombra de luz que no alumbra.

Tu orilla está repleta de invisibles puentes.

Como diminuto y opaco sol,

la soledad brilla en el horizonte,

la tristeza es eclipsada por la alegría de la multitud,

el ruido, la música.

Ocurre que estás sola.

Ocurre que tu alrededor es de soledad,

tumulto, follaje, paz y fiera guerra.

Torres y estiradas sombras,

que a la vez se disputan el poco espacio

y reconstruyen el paisaje,

              edades,

ecos que se anulan,

triunfos que relegan la importancia

de ciertas alturas, sin importar

la presencia de flores o pájaros y, pese a todo

siguen importando los callejones,

el maíz tierno, un buen trago,

un paseo por Juan Dolio.

 

 

 

Simple recuerdo

 

Más temprano que tarde,

       en tu memoria,

       yo he de asumir la forma pura

       de un soberano temblor.

 

Todos los fragmentos de mi ser,

       que durante tiempo innombrado te buscan,

       se recomponen en un pasado en que habitas,

       las agotadas provincias de la memoria.

 

Más temprano que tarde,

       lo palpable que soy

       se tornará memoria,

       mentida espuma en vaivén,

       simple recuerdo.

 

 

 

Sin título

 

Nadie se mira

en unos ojos,

dos veces,

con igual deseo.

 

 

 

Estatuas

 

Las estatuas,

mueren también,

si nadie las mira.

 

 

 

Piedra de la noche

 

Piedra de la noche.

Luz compartida.

 

¿Dónde los azúcares de tu esfuerzo,

       la dulce dentellada de tu voz a mis silencios?

 

¿Dónde, oscura, espesa bóveda ,

       estarán los ecos soñados de tus aguas,

       los tibios manotazos de la pasajera lluvia de la isla,

       los arrogantes limos,

       las caracolas,

       los guijarros del río,

       su resbaladiza vestimenta,

       su discreto monólogo por las aguas?

 

¿Dónde, sino sobre el pecho del día, podría descansar

       la fija ternura de mis manos?

Interrogo sin ilusión este vacío que te nombra

       y espero.

 

 

 

Genealogía

 

              A mis abuelos ¿yorubas, congos, mandingas?

 

                     I

       Desde el principio todo fue foráneo,

ajeno.

Signo ajeno, ajena música.

Ajenas la omnipotencia y bondad de los dioses.

Poca la tierra que habitamos,

       ergástula,

sepulcro de guerreros

y carimbados hombres y mujeres.

 

       Junto a la vacada cohabitamos

los boscosos llanos del norte,

permutamos signos y tambores.

Hermanados en la anochecida niebla del Bois Caimán,

invocamos a nuestros dioses,

sin rayas ni pirámides que nos separaran.

 

                     II

       Donde paren ríos y arroyos sus líquidos puros,

en las más encumbradas cimas de la isla,

aprenden las aves melodías de su canto,

y ensayan los aires invisibles piruetas,

nos refugiamos.

 

       Lejos de las estampidas y las llamas,

bajo yagua y palma,

bajo el salobre y tibio azul del tiempo,

guarecimos

sueños y añoranzas del Dahomey.

 

 

 

 

                     III

       Desde el principio ayunamos,

donde la luz de los días,

en casi monótona repetición

inaugura la entrada de cada jornada,

ata a la corona de la mañana su resuelta fosforescencia,

y enciende lo que de los días queda,

en sus densos habitáculos.

 

 

 

 

Árbol de mis juegos

 

       El árbol de mis juegos

se sacude la luz del día,

sobre las cúpulas de la mañana.

 

       No da frutos

que satisfagan a los golosos.

Percute sus frágiles y acompasadas castañuelas,

en la fragante bruma del mediodía de febrero.

 

       No viste de yodo y salitre,

como el vociferante y sediento mangle o la dócil uva playera.

Exhibe la aguda parsimonia de sus espinas,

anuncia, arrogante, la robustez de sus sombras.

(No le conciernen pesadillas de mobiliario alguno).

 

       La penumbra es también fruto suyo,

sombra dulce que adormece y disuelve sopores,

desata follajes que iluminan las noches del trópico

y domeñan la fogosa voracidad del día.

 

       No duerme el árbol de mis juegos.

En su prudencia se establece un faro vegetal,

que en la oscuridad vigila.

 

 

 

Ejercicio de jardinería

 

Sin dirección ni sombra posibles,

       avanzan las raíces,

       por los callados vericuetos de la tierra.

 

Ríe a solas el poeta,

       recordando el sermón que por la internet

       le enviara su amigo el arquitecto.

 

Manotazo invisible.

       Descuelga el recuerdo un antiguo refrán:

       “Yerba mala nunca muere.”

 

Descansa y advierte

       que, lo que hace es eco visible de anteriores esfuerzos,

       y que pese al estival abrazo del día

       no es ese su espacio definitivo,

       tierra que puede amorosamente nombrar

       suya, sin embargo, cuida su jardín,

       corta el césped.

 

 

 

Pike

 

       Alguna vez anhelé

la vasta tranquilidad

de estos prados,

la anárquica simetría

de estos árboles,

su arrebatado verdor,

la robusta limpidez

de tus aguas.

 

 

 

Antonio Álvarez

 

       Atrapado

en el estrecho círculo de luz

de la lámpara, juegas con la proyectada sombra

de tus dedos,

mientras el pensamiento

empozado en el recuerdo,

atina sólo a reconstruir tu imagen

de hombre ante sí,

lleno de interrogantes.

¿Por cuáles calles de La Habana vieja

vagas,

rumiando versos,

o tratando de escribir

lo que crees será tu mejor poema?

 

 

 

Sello de agua

 

       Inadvertida presencia,

tu mudez embriaga la página.

Creces a lo largo de ti misma

y en tu propio reflejo

te estableces.

En breve espacio fundas

tu discreto imperio

y soberano reinas,

sobre tu propia demarcación.

Sello de agua,

inadvertida presencia.

 

 

 

Cansancio visible

 

Hay cierto cansancio visible,

       cierto hollín de modorra,

       nube que cuelga interminable,

obstruyendo luces del placer.

 

Existen olores oscuros,

       señas de identidad,

       que cuelgan de la vestimenta de los objetos,

       atareados con su propio decaimiento,

       zozobrantes de sí mismos

       (prefiero la palabra driftwood con sus bordes mellados)

en lo profundo de su abandono.

 

 

 

Jardinera

 

       Entre rocas el mar y la ciudad.

En el brevísimo borde,

donde el rumor del barrio da paso al de las olas

y las escuelas llevan nombres de tus poetas y pintores.

 

Paralelo a las intocables paredes de sal

que erige el mar ante la ciudad,

hibiscos, girasoles,

claveles, geranios y rosas,

a su cuidado se disputan las brevísimas parcelas soleadas.

 

       Nadie imaginaba sus destrezas,

el poder de sus manos rastreando

las profundidades del suelo,

entre acera y contén.

 

       Nadie pudo suponer

que florecerían sus dedos,

en los tiernos pétalos de luz

que hoy iluminan su cuadra.

 

       Existe en La Habana una cuadra

que se alumbra con la luz

que un día sembró esa dulce y callada mujer.

Su nombre no recuerdo

pero poco importa.

 

 

 

Siempre cercanas

 

Siempre cercanas,

inexplicablemente misteriosas,

mis hijas irán a jugar entre mis libros,

hasta el momento exacto en que yo

empiece a leer

y a descubrir que las subrayo,

como cada idea o palabra releída,

rebuscada, memorizada,

en los más conspicuos diccionarios.

 

Tiempo vendrá

en que no tendrán que entrar al mar,

tomadas de mi mano,

como quien se aferra al más sólido suspiro,

o como quien ata grave,

reverente,

los nudos de la driza,

con tal que su bandera dé al viento sus colores,

los mejores estallidos de su lienzo,

sobre el invisible lomo del día

y en los fríos truenos de su ondear

deje perplejos los ecos de las capillas del aire.

 

Tiempo vendrá,

en que se revertirá este inenarrable cariño,

que, más que flor, es semilla.

 

 

 

En tus cabellos

 

       En tus cabellos

anida un silencio no previsto.

Si salgo a contemplar las estrellas,

a otear con el índice

la cruz del sur...

       Si en la más densa oscuridad

navego tratando de verificar

los murientes brazos

de tu lejano y leve corazón,

el ulular de la brisa

entre los abandonados anillos de la noche,

en cenizas se anulan tus huellas,

y me pierdo en mi propia bruma.

 

 

 

 (Re)posesión

 

Son míos esta luz chata del mediodía,

esta brisa blanda, juguetona,

los callados y extensos flamboyanes,

las guajanas enhiestas y orgullosas,

la guásima diseñadora de sombras,

el jabillo tronante,

el impávido guayacán,

acuchillando unos,

frotando otros,

los invisibles bordes del día,

su bóveda impalpable,

su copioso esplendor.

 

Míos son estos pastos.

estas tierras, aquellas montañas,

su estirada y muda deposición de siglos,

arroyuelos y ríos en su anegada danza de burbujas,

y guijarros pulidos por la espera.

       Todo es mío!

 

 

 

 

Algo en mí

 

A tientas desciendo del sueño.

La luz mañanera me escarba las pupilas,

y se derrama en luminosos chorros secos,

como sílabas truncas,

disimuladas entre el polvo de mis huesos.

Muere algo en mí,

como badajo sin campana,

como resplandor en lo oscuro,

cuando acrecienta su población el desasosiego,

y el vacío hace de la página su dominio.

 

 

 

Conocía el mar

 

Conocía el mar.

De sus sales conocía

los amargos acentos,

el tintineo de sus espumas

escurridizas y breves.

No conocía la melancolía hasta perderte.

 

Tu noche azul, descamisada,

se hizo tarjeta postal un buen día,

y en tus impalpables espejos me vi distante,

dolorido,

callado.

 

 

 

La urdimbre del silencio

 

Una hilera de montañas

se eleva en el traspatio,

como quien levanta la mano para despedirse.

En la casa, las cortinas caen en forma de lluvia tropical.

Los muebles, mi escritorio,

mis libros, el ordenador,

como corteza de árbol talado,

callados rememoran a los ausentes.

 

(Está sola esta casa ahora,

solos estos espacios, mas no vacíos.)

El vacío de la tarde se incrementa,

y nunca sabré con certeza

el porqué dieron nuestras vidas

estos giros bruscos.

 

En la urdimbre del silencio

que apuntala la ausencia,

apresadas las manos entre las rodillas,

permanezco junto a mi hijo.

En su voz oteo viejas interrogantes.

En el eco de sus porqués, habitan los míos,

sin respuestas posibles,

y tolerante espero.

 

 

 

Ante la puerta

 

Ves ante ti la puerta

que bien pudiera dar

al ámbito esperado,

al simple vacío o a la nada.

Ante ti está cerrada,

pero bastan tus deseos de atravesarla,

y se transforma lo que pudiera ser,

el otro lado,

los siempre ambiguos planes de la noche,

el aire, a veces, siniestro de calles y callejones,

de salas de espera.

Como turista entre alborotadas palomas,

con las manos sumergidas

en la penumbra de los bolsillos,

permaneces ante la puerta indeciso.

 

 

 

In promptu

              I

Yo soy el que a la vez me delata

y revela nuestros más íntimos deseos,

en la blanca desnudez de la página.

En mí, conmigo, se gesta un diálogo

que nos identifica.

Tú desde la densa pradera de los días,

yo desde el carcomido dintel de la espera.

II

Los discretos demonios de mis iras,

como guijarros de mis frustraciones,

lanzo contra las aguas del tiempo,

para que destrocen los líquidos ventanales

del lago de mi colérico silencio.

III

Relámpago, vino, fuego

que del mar provienen... Luz lenta.

Miel de luz vespertina...

El rumor de la Singer sin pedal,

pespunteando canciones de silencio,

que repiten los aires tibios del puerto.

IV

Para pillar al sol

en vespertino desliz,

saltan tejiendo redes,

los peces de mi búsqueda,

mientras

en el chinchorro de luz atrapadas ,

como dilatadas velas,

mis manos esparcen

las cálidas sombras de su ámbar.

 

 

 

Giraldilla

 

Para Miguel que también sabe

 

La noche despliega

sus espesas y frías sombras

sobre todas las cosas.

 

El sólido aburrimiento de las rocas,

la sigilosa pasividad del Almendares rumbo a la mar,

nada tienen que ver

con esta ciudad que nos crece en la memoria,

y se nos agranda en lo más íntimo.

Nada tienen que ver,

los laboriosos elementos que corroen

viejos muros y edificios,

los mismos contra los que revientan

las acorraladas olas,

los maléficos nortes que apalean pinares,

arrodillan los dóciles platanales,

despueblan barrios y calzadas,

y a fuerza de su herrumbre,

diluyen la desdibujada sonrisa de la Giraldilla.

Por las alfabéticas cintas de asfalto y números,

discurren nuestros amigos, sin advertir

nuestro palpable deseo de presencia.

¡Cuánto quisiéramos no anhelar esta ciudad,

sino poseerla!

 

 

 

 

Invierno

 

Sumergidos en su jaula de humedad,

los grises árboles

por donde el invierno

transita los hielos de su luz,

esparcen clorofila y un polvillo invisible

sobre la melena del césped.

 

Sin mucha suerte,

recorremos calles de helados rostros

y nombres ilustres,

y se me antoja que el poema recién comienza,

que los muros de los cementerios

no tendrían razón de ser,

si respetáramos a nuestros muertos.

 

 

 

Toda mano

 

“toda mano requiere ir hasta su deseo”

                                    Andrés Sánchez Robayna

 

Toda mano endurecida debería

sublevarse.

 

Toda mano sublevada debería

hacer arder las aguas de su puerto,

desencadenar los aluviones de un escalofrío inédito.

 

Toda mano de asombro sedienta,

debería diluirse entre temblores y penumbras,

(re)inventar

la sequedad de la luz domeñada, que a lomo de los días,

eclipsa los grises matutinos.

 

Si una mano solitaria

en amoroso rapto decide consignar

códigos y claves,

en la rígida transparencia de la ventana,

y los veloces y borrosos árboles ignoran

el húmedo brillo del día,

de nada sirven mensajes y códigos secretos,

al paso de estos trenes sin rumbo.

 

 

 

Aire verde

 

En el aire verde,

la sombra de cuerpo entero del recuerdo

se extienden sobre los días.

Como cantando en la ciudad,

a oscuras,

la noche orbita y desanda.

Inspecciona jardines,

cuestiona de los edificios nuevos el contorno.

 

Inadvertido desciende un oscuro rumor,

que entre las rendijas resecas,

se cuela y se establece.

 

Los pinos, en coro habitual,

rasgan la piel del silencio.

 

Los pájaros, silfos impostores,

con silbidos y canciones

que los niños tratan de imitar,

afilan sus picos mellados por el resol.

 

Junio se corona de aire verde,

y sobre cada objeto,

deja el relente de su paso.

 

 

 

Chichigua

 

Por sobre el azul húmedo

y salobre de la isla,

entre las leves sábanas del viento,

asciende por los andamios del día

nuestra chichigua cantarina.

Cuerpo de invisibles extremidades,

desanda caminos y veredas

por el aire que la sustenta,

recreando mapas que perfila el sol.

Mapas que, mucho antes,

la luz que ahoga estas islas,

había recorrido sin obstáculos,

sin sombras posibles que la

atenuaran.

 

 

 

What do I do now?

 

En el resplandor morado y ardiente

de la mañana, las aves del bosque

(re)estrenan su trinar,

y el arrollo nuevas fórmulas

del cristal de sus aguas.

Mi vecino, como héroe anónimo,

se lanza al mercado de trabajo,

mientras sentado al borde de mi cama,

debato conmigo mismo,

mis tareas del día. Desde el cuarto,

advierto el eco de mi hijo

negociando con su madre,

que hoy es un buen día

para quedarnos en casa,

imagino entonces su letanía de la jornada:

“What do I do now?”

 

 

 

Transeúnte

 

He retrasado los relojes.

A orillas del camino,

he dejado mis zapatos,

no por el sólo placer

de la tierra como agua cálida

escurriéndose entre los dedos,

o la caricia de las dóciles briznas,

o la discreta humildad de los hibiscos.

 

He querido dejar volar libres mis pies,

apresurados potros,

piafando por todo el trayecto.

 

Mi ropa, paredes ondeantes

en el aire de la noche, rozan

contra las inagotables minas de deseos

de mis manos.

 

No ignoro el poder blanqueador del sol

sobre las casas,

sobre abandonados osarios,

avanzo simplemente.

 

 

 

Si se miran los espejos

 

Yo temo ahora que el espejo encierre

El verdadero rostro de mi alma,

Lastimada de sombras y de culpas,

El que Dios ve y acaso ven los hombres.

Jorge Luis Borges

Si se miran los espejos,

se retuerce y multiplica

su mirada dócil,

súbita.

 

Si se miran los espejos,

y el sol atina acercarse

a sus orillas,

se apoderan los destellos

de todos los sonidos

que pueda emitir la luz

en su profundo goce.

 

Cuando se miran los espejos,

tú y yo somos otros,

numerosos otros.

Otros y, a la vez, los mismos,

repetidos, empozados

en nuestra propia perplejidad.

 

Si se miran los espejos,

desnuda la sombra su trayecto,

se sumerge en lo más oculto de sí misma,

abjura de sus orígenes,

si se miran los espejos.

 

 

 

Negros espejos

 

En los negros espejos

de las pupilas de mi hijo me veo,

quisquilloso,

perfeccionista implacable.

Inquisidor impaciente,

sumiso, dulce,

ignora él la profunda ternura que lo habita,

en la que nos regodeamos

tú y yo.

 

 

 

Álbum familiar

 

Sucesión de sollozos,

el viento piel de todo,

transcurre con los años.

Yo observo viejas fotografías

que desatan aluviones de memorias .

Me veo de niño endomingado

en mi traje de “sharkskin” y zapatos blancos.

Marion Peters y su Singer sin pedales

en el patio de tierra liza, barrida con escoba dulce.

En la última foto, tímida, junto al mar,

me mira la colegiala

de risa nerviosa.

 

 

 

Paisaje

La noche desanda,

el oscuro viento del sur

cabalga el agresivo cacto del mediodía.

Bayahondas, chivos, iguanas,

engañosamente sedientos,

repiten nombres,

señalan osamentas blanqueadas

a puro sol,

descoloridas

a olvido puro.

 

 

 

 

Aire anclado

 

En su propia sal anclado.

el aire espanta los pájaros mudos

de las sombras.

Entre las nubes trazan nombres,

y en su silente lenguaje,

baten sus alas

de viejos y obtusos cuchillos.

Este aire resplandece, no canta.

No traspasa las columnas de furtiva y lejana luz

de los vastos paisajes de la espera,

en su propia sal pervive inmóvil.

 

 

 

 

Mi almohada

 

Residen dentro de mi almohada

sueños que no cesan de invadir los míos.

Suntuoso bosque de sueños

es mi almohada.

En su jaula de ramas atrapa al viento,

y lo obliga a cantar.

 

De alguna manera,

sé que ese suave aleteo que a veces escucho,

no es más que las alas desperdigadas

de difuntas aves

en su afán de (re)estrenar vuelo,

y gráciles planear en los cielos de mis sueños.

 

 

 

 

ÍNDICE

 

Prioridades /

Sparks Street /

Voluntad de luz /

Viacrucis /

No olvido nada /

Torre del deseo /

Señal de identidad /

En estas aguas /

¿Quién desvía nuestra columna de luz? /

Asta de vientos /

Pugna interna /

Extranjero /

¿Qué tedios recubren las rendijas de tu casa /

Mano derecha /

Apuntes para el poema /

Árbol /

Beechwood Road /

Pensar la rosa /

Retrato /

Esbozos de tu tristeza /

Simple recuerdo /

Sin título /

Estatuas /

Piedra de la noche /

Genealogía /

Árbol de mis juegos /

Ejercicio de jardinería /

Pike /

Antonio Álvarez /

Sello de agua /

Cansancio visible /

Jardinera /

Siempre cercanas /

En tus cabellos /

(Re) posesión /

Algo en mí /

Conocía el mar /

La urdimbre del silencio /

Ante la puerta /

In promptu /

Giraldilla /

Invierno /

Toda mano /

Aire verde /

Chichigua /

What do I do now? /

Transeúnte /

Si se miran los espejos /

Negros espejos /

Álbum familiar /

Paisaje /

Aire anclado

Mi almohada /

 

 

 

 

 

 

NORBERTO JAMES (Ingenio Consuelo, San Pedro de Macoris 1945) Ba. Universidad de La Habana, 1978; MA, Boston Universidty 1985; PhD Boston University, 1992. Libros pulicados: Sobre la marcha (1969), La provincia sublevada (1972), Vivir (1982), Hago constar (1983). Ha sido lector y profesor adjunto en varias universidades norteamericanas.

 

 

Se ruega ponerse en contacto con el autor en caso de posibles publicaciones impresas de este p©emario: npjames@earthlink.net

 

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