LETRAS DOMINICANAS.
Los
intelectuales dominicanos en el siglo XX
Nuestro
paradigma apostólico, Juan Pablo Duarte, cuyas prístinas reflexiones liberales
dieron fundamento al proceso de separación de Haití, se asemeja más, por su
sacrificio, a un mártir del santoral cristiano que a un luchador por la
Independencia armado de un conjunto de ideas. La verdadera fuerza del ideal
duartista es su debilidad, la conciencia necesaria que cree en la viabilidad de
la nación, sin ningún retroceso, y que la hace surgir de su propia desdicha.
Con Juan Pablo Duarte se inicia el descrédito del pensamiento en el país.
ANDRES L.
MATEO
A finales
del siglo XIX y principios del XX las propuestas de regeneración social de los
intelectuales, sus incertidumbres ideológicas y su protagonismo, estaban en
relación con la realidad histórica que, muy precariamente, sostenía las
estructuras maltrechas del Estado Nacional y dejaba flotar las dudas respecto
de la viabilidad de una identidad propia del ser dominicano.
La aventura
intelectual dominicana, y particularmente sus expresiones liberales, arribarán
al siglo XX con una pobre visión de sí misma, y con el lastre de frustraciones
infinitas en sus vínculos con el poder político.
La primera
de ella amarga por lo patética, y dibuja la línea maestra de una decepción
recurrente que desembocará en sumisión y tragedia. Nuestro paradigma
apostólico, Juan Pablo Duarte, cuyas prístinas reflexiones liberales dieron
fundamento al proceso de separación de Haití, se asemeja más, por su sacrificio,
a un mártir del santoral cristiano que a un luchador por la Independencia
armado de un conjunto de ideas. La verdadera fuerza del ideal duartista es su
debilidad, la conciencia necesaria que cree en la viabilidad de la nación, sin
ningún retroceso, y que la hace surgir de su propia desdicha.
Con Juan
Pablo Duarte se inicia el descrédito del pensamiento en el país.
En el
terreno de la cultura y la política, esta contraposición adoptó dos
denominaciones pintorescas: "Afrancesados y filorios". Los
"afrancesados" tenían sus dudas respecto de nuestras posibilidades de
cuajar en nación, y hacían burlas del pensamiento duartista llamándolo
"filorios". Ellos preferían una vía segura que garantizara el
proyecto de separación, y veían en el protectorado un camino sin tropiezos para
consolidar el plan. El muy célebre cónsul francés, André de Lavasseur, daría su
nombre al intento, y las pinceladas de su estrategia deberían ser nuestro
primer gestuario del desapego, la primera duda de nosotros mismos, en el
residuo del movimiento trágico que arrastra las circunstancias de nuestra
identidad.
Los
"afrancesados" se volcaban sobre el "buen sentido" de su
conciencia de clase, y se definían a sí mismos como pragmáticos. Para concebir
la utilidad abstracta de su oponente en el escenario de la historia, llamaban a
los duartistas "filorios", una manera galante de proclamar su
inutilidad, de arrinconarlos en una denominación que los petrificaba en las
artes, en el teatro, la literatura, la filosofía, pero que los descalificaba
para la política.
En la
pintura temática de la historia dominicana, pragmáticos contra idealistas será,
desde entonces, la disyuntiva, en ese esfuerzo inmisericorde por otorgar
corporeidad en dos adjetivos de esencia, al despiadado combate de intereses
escenificado desde el inicio de la vida republicana. Duarte sería el
"filorio" por excelencia. Su legitimación lo deja siempre congelado,
le permite esquivar lo real, remontarse en la proceridad, sin abandonar la
ilusión de que su rasgo constitutivo es la idea.
La
independencia misma es un movimiento sinuoso(Pedro Henríquez Ureña la definía
como un proceso, que incluye la figura de don José Nuñez de Cáceres y su gesta
truncada de la "Independencia Efímera", hasta el final de la
Restauración), de caídas y recaídas, que se comprende mejor si se observan esos
momentos encrespados en los cuales el liberalismo aflora, como idea, como
pensamiento, para luego volverse a hundir.
Ese será el
signo primigenio de una impotencia, que marcará por siempre al liberalismo en
su relación con la política práctica, dejando a los intelectuales del siglo XIX
prisioneros de un tema angustioso: la inviabilidad de la nación dominicana.
Incluso el
lastre teórico de la imposibilidad de una nación lo tomará el liberalismo de
signo positivista, hegemónico entre los intelectuales dominicanos a partir de
la llegada del humanista Eugenio María de Hostos, pero sobre todo, después de
1880, fecha en que el hostosianismo funda la Escuela Normal laica.
Quizás la
imagen más esclarecedora, con respecto al destino de los intelectuales, sea la
figura del maestro Eugenio María de Hostos tomando el camino del extrañamiento,
espantado ante las atrocidades del gobierno de Ulises Heureaux, que había
surgido, contradictoriamente, del seno mismo del Partido azul. Con esa huida
hacia Chile se cierra el siglo XIX dominicano, forzando al repliegue del
normalismo positivista hostosiano, y su expresión política liberal.
El
pensamiento dominicano del siglo XX se revitaliza con la fiebre del arielismo
americano. La publicación en el 1900 del libro Ariel, de José Enrique Rodó fue
un acontecimiento particularmente significativo para el continente americano;
su impronta se difundió rápidamente en la República Dominicana, y los
intelectuales se sumaron a la algarabía proclamada de una aristocracia
espiritual, llamada a flamear como bandera espiritual. El impacto de esta
influencia fue tal que la primera edición del libro de Rodó fuera del Uruguay
la publicó en el 1901 Enrique Deschamps en la "Revista Literaria".
El
antimperialismo pánfilo, el optimismo y el elitismo melancólico del arielismo,
hallaron en el país el caldo de cultivo del nacionalismo como un credo de
redención sublime. Las condiciones no pudieron ser más favorables para que se
regara como pólvora el nuevo lenguaje de la "renovación". El
hostosianismo tomó nuevos aires con el lenguaje alado del arielismo. Las
juventudes pensantes sintieron que se alejaba la desesperanza, sobrevenida en
sucesivas guerras fratricidas, luego de la muerte del tirano Ulises Heureaux.
Todo se tiñó de ansias inaguantables de renovación, y cuando se produjo la
intervención norteamericana de 1916, nada mejor que el rechazo rodosiano a la
"nordomanía", y al paradigma norteamericano carente de refinamiento y
atravesado por la supremacía del pragmatismo. El arielismo entonces invadió las
tribunas.
Figuras
como Santiago Guzmán Espaillat, Rafael Estrella Ureña, Ercilia Pepín, Francisco
Prats-Ramírez, Joaquín Balaguer, César Tolentino, y muchos otros, se destacaron
como oradores y escritores con los signos inflamados del nacionalismo y el
antimperialismo rodosiano. Hasta el 1925 la influencia del arielismo es un
impulso estimulante; más allá, se fue revirtiendo en su propia noción de los
menos sobre el número, hasta transformarse en el discurso más instrumentalizado
por el trujillismo emergente, que aprovechó la raíz aristocrática del universo
de Rodó, para racionalizar su propia práctica.
Al surgir
el trujillismo, la herencia hostosiana era todavía predominante en la cultura y
la educación dominicanas, aunque no como un todo orgánico, ya que los
discípulos directos de Hostos tomaron banderías políticas distintas,
"orientando sin dirigir el caudillismo horacista y jimenista". Sus
discípulos continuadores de su credo filosófico se diluyeron en las luchas
nacionalistas de la "pura y simple", llegando a conformar partido
político, y terminaron divididos ante la gestión de Horacio Vásquez, para dar,
al final, "sustancia ideológica al régimen de Trujillo".
Quizás el
primer pensador dominicano que se aproxima a la conformación de un sistema
ideológico, sea el doctor Américo Lugo. Sus ideas son la expresión más
problematizada del hostosianismo viviente en el seno del trujillismo que nacía.
Se negó a construir un pasado oficial aún a riesgo de su vida, y dio un ejemplo
de verticalidad en su postura nacionalista, al asumir, frente a la intervención
norteamericana de 1916, la dirección intelectual del rechazo a las tropas de
intervención, y proclamar el no-reconocimiento de los actos jurídicos del poder
interventor.
La cultura
dominicana tenía entonces, además, otros paradigmas, como don Emiliano Tejera,
quien "pese a haber vivido en la mejor época del positivismo en la América
Hispana no fue positivista". Pero por su tradición conservadora, el
fundamento hispánico recalcitrante, y su papel de autoridad intelectual de
gobiernos en la tradición del autoritarismo (como el de Ramón Cáceres), la
incidencia de su pensamiento no era conflictivo.
Más
influyentes son, todavía, los integrantes del pequeño retablo del positivismo
hostosiano, quienes, además de Américo Lugo, contaban con pensadores cuyas
preocupaciones por la cuestión nacional, y los argumentos recurrentes
utilizados para explicar el entorno social, habían hecho fortuna entre las
élites pensantes. Entre ellos, los de mayor reconocimiento social eran José
Ramón López, activo y polémico comunicador, y el escritor, novelista y
pensador, Federico García Godoy.
López
inició en el país un estilo agresivo de análisis de la identidad del
dominicano, particularmente del campesinado, y desde la crudeza del pensamiento
positivo reprodujo entre nosotros las ideas con las cuales las élites
latinoamericanas estigmatizaron al campesinado, en nombre de la noción de
progreso. Un libro como La alimentación y las razas, es un clásico ejemplo de
ese tipo de pensamiento americano que, a partir de la década de los años
treinta, hizo de la contraposición entre la ciudad y el campo una dicotomía
trágica que marcaba a sangre y fuego el camino del desarrollo.
Nada hay más parecido a la patria que sus intelectuales
Pero en su
conjunto, tal y como quedó establecido en el siglo XIX, las ideas de estos
pensadores se pueden resumir en un catálogo de deficiencias formativas que se
constituyen en taras infranqueables, a la hora de formar una nación de acuerdo
con los paradigmas occidentales. Existen matices entre uno y otro, pero hay un
factor común: la inviabilidad de la nación dominicana.
En este
periodo aparecen otros grupos, como "Paladión" y "Ultra",
vinculados a la amplia movilidad social de los años veinte. Por sus valores
extremos el caso más destacado es el de "Paladión". Creado alrededor
de 1918-1920, sus integrantes son reconocidos arielistas y ardientes
preocupados por los problemas sociales. Su prédica es abiertamente socialista y
reivindicativa, con un lenguaje que evidenciaba la lectura de carácter social
que se difundía en el mundo con motivo de la revolución bolchevique, en Rusia.
Aunque "Paladión" era un grupo literario, su actividad trascendió a
lo político, diluyéndose su algarabía en el trujillismo, y permutando en la
entrega total de sus intelectuales, las confusas ideas socialistas de la época.
Sus integrantes más renombrados fueron Francisco Prats Ramírez, Armando Oscar
Pacheco, Virgilio Díaz Ordoñez, Rafael Paíno Pichardo, Horacio Read, Julio
Alberto Cuello.
En la
República Dominicana, quizás por la apabullante hegemonía del pensamiento de
Eugenio María de Hostos, y en correspondencia con el desarrollo de la
estructura económica del país, las ideas socialistas no se difundieron con un
trabajo sistemático, ni contaron con grandes figuras intelectuales que la
asumieran. El trabajo de divulgación de Adalberto Chapuseaux, quien escribió El
porqué del bolcheviquismo, en el año 1925, y Revolución y evolución, en el
1929, no tenía organicidad, ni influyó decisivamente en el pensamiento de los
intelectuales criollo de aquellos años.
Lo cierto
es que todas las propuestas intelectuales confluyen en los años veinte, en la
especial circunstancia del surgimiento del trujillismo, dándole un matiz de
síntesis trágica a la unidad forzada que en el terreno del espíritu provocará
poco después el régimen.
¿Cuál fue
el trabajo de los intelectuales en la "Era de Trujillo"?
Sin dudas
que la legitimación del poder despótico, pero el trujillismo acumuló factores
sobredeterminantes de lo social, lo económico y político en tal nivel, que la
justificación ideológica echaba manos con mayor frecuencia de la pasta divina
del propio Trujillo, que de la racionalización expresada como producto
intelectual. Trujillo se transformó en una verdad superior, cuyo nutriente
fundamental era el mito.
A lo largo
de treinta y un años de dictadura la producción intelectual llegó a alcanzar un
volumen considerable, y siendo, como era, capital en la estructura de dominación,
se levantaba sobre un cierto fondo común, sobre una verdadera economía de
pensamiento, que salía armada de símbolos, de valores, socializados en una
palabra que identificaba la epopeya, y ocultaba al sujeto individual. Vista en
su conjunto, la producción intelectual en el trujillismo es un coro griego, el
signo de una épica, la vía de un vínculo que hace indiscernible la
individualidad de pensamiento. Todo ocurre como si la inflexión de un
pensamiento en el absolutismo agotara los mismos símbolos, las mismas
deshistoricizaciones, la misma ecuación decorativa de hipérboles. Es como si
toda habla fundara la misma felicidad de las palabras.
De esa
legión de intelectuales sólo se pueden mencionar unos pocos, entre los que
sobresalen Joaquín Balaguer, Manuel Arturo Peña Batlle, Fabio A. Mota, Ramón
Marrero Aristy, Víctor Garrido y Rafael Vidal. De entre ellos, Manuel Arturo
Peña Batlle es la figura espectacular porque, contrario a toda esa
intelectualidad degradada, él llevó al trujillismo el único pensamiento ancilar
que tenía una reflexión completa, formando una culturología de base histórica,
que había reflexionado conservadoramente la cuestión nacional antes de que
Trujillo tomara el poder.
A pesar de
la relación conflictiva del trujillismo con el pasado, son las vicisitudes y
las propias ideas del pensamiento del siglo XIX las que le sirven a los
intelectuales para legitimar el despotismo. La esencia del pensamiento
intelectual trujillista es remontarse sobre la incertidumbre del ayer,
regocijarse en el bullicio y el alarde de las conquistas logradas por Trujillo.
La retórica verbal que proclama esta superación del pasado, repetida sin cesar,
fue, en rigor, el trabajo del pensamiento en la "Era".
Tras la
caída del régimen de Trujillo se abrió ante nuestros ojos, en un periodo
relativamente corto y brusco, la desmesurabilidad de una época que sacaba a la
luz contradicciones que habían ido madurando a lo largo de cientos de años. La
muerte de Trujillo significó nuestra incorporación tardía a las corrientes del pensamiento
universal que se nos había escamoteado. Al país llegaron las ideas del
pensamiento social que habían germinado en el mundo americano en los años
veinte. Marxismo, sociología, economía política, arte comprometido, y hasta una
nueva visión de la historia comenzaron a difundirse, en medio de una febril
actividad sindical y de organización de partidos políticos, estremecidos todos
por la gran movilidad social que caracteriza la época.
Por primera
vez figuras intelectuales ejercían, al mismo tiempo, el magisterio político.
Juan Bosch y Juan Isidro Jimenes Grullón perfilaron de inmediato una
correspondencia entre práctica política y pensamiento, cuya influencia
trasciende hasta nuestros días. Corpito Pérez Cabral, recién llegado al país
con una aureola de intelectual de izquierda, acaparó una corriente del
pensamiento de inspiración marxista, pese a que su libro La comunidad mulata se
convertirá, unos años después y tras la decepción de la guerra de abril de
1965, en una recuperación inexplicable de las diatribas contra la identidad del
dominicano y la tesis de la inviabilidad de la nación, del siglo XIX.
Esa
gigantesca movilidad social tuvo también una reacción jacobina contra la
interpretación de la historia, y el arte y la literatura entroncaron violentamente
con los acontecimientos a partir de una práctica escritural que aspiraba a
relacionar el espíritu con la historia en movimiento. De esas jornadas surgirán
movimientos como el de "Hacia una nueva interpretación de la
historia", poco después de la segunda mitad de la década de los años
sesenta, en el cual toda la historiografía fue sometida a profundo
cuestionamiento, a partir de los métodos diversos de las ciencias sociales que
habían entrado al país. Historiadores como Franklín Franco, Emilio Cordero
Michel, Hugo Tolentino, Roberto Cassá, y otros, influidos por el método del
materialismo histórico, comenzarán a desmontar toda la historiografía
tradicional. E intelectuales de la categoría de Frank Moya Pons iniciaron
entonces lo que es hoy ya una visión total del proceso histórico dominicano,
desde una intelección que se basa no sólo en la búsqueda de las fuentes
documentales tradicionales, sino en el cotejo de fuentes diversas, en el
testimonio de la oralidad, y en la interpretación. Así como en el registro de
la prehistoria que, en la figura señera de Marcio Veloz Maggiolo, acumula una
bibliografía contundente.
Es difícil
abarcar en un breve esbozo el numeroso grupo de intelectuales dominicanos que
cierra el siglo XX en plena producción. Bastaría citar, entre muchos otros, a
pensadores y creadores del nivel de Carlos Esteban Deive, Fernando Pérez Memén,
Enriquillo Sánchez, Manuel Núñez, Federico Henríquez Gratereaux (empecinado en
delinear una teoría sobre la dominicanidad), Pedro Delgado Malagón, Bernardo
Vega (recopilador y analista de la más basta bibliografía sobre Trujillo), José
Israel Cuello, Diógenes Céspedes, Wilfredo Lozano, Rubén Silié, José Rafael
Lantigua, Manuel Matos Moquete, Pedro Peix, Mukien Sang, Tony Raful, Juan
Daniel Balcácer, José Chez Checo, Rafael Emilio Yunén.
A partir
del conjunto de determinaciones históricas que sucintamente hemos tratado de
presentar, los intelectuales dominicanos en el siglo XX libraron su combate.
Pesimistas, en la mayoría de los casos. Atrincherados y humillados pretendiendo
dar cuenta de la posfactualidad del poder. Amanuenses, ancilares de palacio o
burdos apologistas de lo que sea. Escudriñadores silentes del devenir, o parias
rencorosos. En la aventura espiritual de la dominicanidad, nada hay más parecido
a la patria que sus intelectuales.
Quizás
el primer pensador dominicano que se aproxima a la conformación de un sistema
ideológico, sea el doctor Américo Lugo. Sus ideas son la expresión más
problematizada del hostosianismo viviente en el seno del trujillismo que nacía.
Se negó a construir un pasado oficial aún a riesgo de su vida, y dio un ejemplo
de verticalidad en su postura nacionalista, al asumir, frente a la intervención
norteamericana de 1916, la dirección intelectual del rechazo a las tropas de
intervención, y proclamar el no-reconocimiento de los actos jurídicos del poder
interventor.
El
Siglo, diciembre 1999
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