Su nombre, Julia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Literatura Dominicana En Línea

René Rodríguez Soriano

SU NOMBRE, JULIA.

 

 

 


 

 

 

 



Te quedas fijamente mirando a esa niña que tiene sus
mismos ojos, la misma boca, y acaba de decirte que la
esperes, que ella te recibirá en unos minutos, que
tiene varios días indispuesta y ahí, en ese instante,
mirando su foto en la pared, es cuando compruebas el
parecido entre las dos y piensas que tal vez esa pueda
ser la razón por la que no la ves desde aquella tarde
en que venías por la avenida Charles de Gaulle y,
debajo de un almendro, encuentras a esta muchacha
delgada, alta, ojos de un negro casi tirando a café,
boca pronunciada con una sonrisa entre mordaz y
triste. Detienes el auto y te ofreces a llevarla. Ella
se monta, te sonríe y te dice que su nombre es Julia y
tú la miras, piensas que has visto ese rostro otras
veces, algo muy hondo te remueve esa mujer y su
perfume. Desandas de un tirón lejanos momentos de tu
vida, tratando de encontrarla y encontrarte junto a
ella en algún lugar de tu pasado. Su voz te suena
familiar y ese mohín que te arroba, los dos hoyuelos
en los pómulos canela de esa Julia que acaba de
llenarte el auto y los sentidos con su mágica
presencia, cautivándote. Reduces un poco la velocidad,
das paso a ese grupo de niños que salen del colegio.
Arrancas de nuevo, miras a esa mujer que ha invadido
de forma brutal y tan tranquila, como si nada pasara,
el auto y todo tu ser y es entonces cuando se te
ocurre la idea de prolongar el momento, de estar más
tiempo junto a ella y acudes a ensayar tu mejor
sonrisa. La tosecita afirma y busca dar seguridad a la
suave y delicada proposición de invitarla a dar una
vuelta, a conversar un rato y ella que accede y te
sonríe y sus ojos cortan la tarde y el mohín y el
aroma y tú, torpe, atolondrado que no sabes hacia
dónde dirigir la marcha, detenido ante el semáforo y
la luz verde y el camionero maldiciendo atrás y tú,
comprándole flores a la niña de los bucles doradísimos
y descuidada y Julia, agradecida, que te desarma con
su sonrisa austral, sin transparencias. Ahora ruedan
lentamente por el malecón de Villa Duarte, el mar luce
la misma calma que los ojos de Julia, y Julia, parca,
como ida, orlada de un angélico misterio y tú, que te
aguzas, pones el tema del calor, la maravilla del
encuentro, la necesidad de seguir conversando y las
cervezas y ella que, bueno, ni niega ni afirma, que se
transmuta, se ilumina, sonríe y, otra vez, sientes el
raro pálpito, la sensación de haber visto otra vez,
muchas veces la misma sonrisa. Quieres poseerla,
hacerla tuya, ahí mismo y para siempre. Pero ella
propone -quilla el sonido con su voz de contralto,
dulcísima, afinada- visitar las ruinas del Hospital
San Nicolás de Bari y tú, conocedor, arrobado, la
complaces y, mientras cruzan el puentecito de Villa
Duarte, le haces creer que miras las chimeneas de El
Timbeque para, sin mucho disimulo, meterte entre sus
ojos, escrutar el horizonte desde allí y soñar, volar
por entre el brillo que se expande. Te vas y el
tráfico que te pita y repita, por haber doblado hacia
la izquierda en la Vicente Noble, pero ya es tarde.
Logras burlarlo y ya están en la Ciudad Colonial y
luego a la derecha, Hostos y el muchacho que se ofrece
a cuidarte el carro y las palomas, las palomas que se
quedan mansas y tiernas a su paso, se le posan sobre
el hombro y ella, busca miguitas en el bolso y llegan
más y más palomas, tantas que casi te pierdes en un
árbol de plumas que se mueve junto a ti. Te arriesgas
un poco más. Entras a ese terreno peligroso.
Preguntas. Insinúas. Atacas. Retrocedes y
contraatacas: que te hable de Julia, de dónde viene,
qué hace y, ya no aguantas más, la has visto antes,
estás seguro, se conocían, que la memoria te está
jugando una trastada, que si fue en la universidad, en
el bachillerato, en algún campamento, dónde trabaja,
si estudia y ella te mira, sonríe otra vez y salen, en
tropel de sus ojos, como bandadas de palomas, unos
rayos de luz que cobran sonido, diciéndote que desde
niña acostumbraba, con su abuelita, llevarle de comer
a las palomas, se pasaba horas y más horas jugando con
ellas y oyendo a la abuela contarle historias, leerle
libros y soñar, juntas. Sientes que de nuevo te has
ido, como que flotas y de repente, baja la luz, cobran
un tono gris sus ojos y hay menos decibelios en su
voz; te cuenta que había pasado mucho tiempo sin
volver a ese lugar y, al través de sus lágrimas,
intentas viajar a ese pequeño mundo que te pinta; te
agradece en el alma el momento, esa cerveza intacta
que parece, por momentos, como si flotara en el aire
poblado de palomas, y todos tus halagos y atenciones;
te hace saber que jamás había sido tan feliz como esa
tarde. Se seca las lágrimas, mohín, sonrisa y la luz
que vuelve de repente, se refleja en las plumas de las
palomas el brillo de esos ojos tan negros y perfectos
y ella, te dice que es tarde, que es hora de regresar
que has sido muy gentil, que qué bueno haberte
encontrado, no sabes la dicha que le has dado y tú, de
una sola pieza, embrujado, bobo, tratando de decir
algo que no logras coordinar, triste y feliz,
ofreciéndote a acompañarla y ella, cortés, que lo
rechaza y tú, que no es molestia, es un placer y al
fin acepta, sólo hasta la esquina. Aquí es donde me
quedo -te dice- y la ves partir, decirte adiós y tú,
que apenas aciertas a articular la ansiada pregunta
que no sabes si ella oyó o no quiso responder. Al fin
y al cabo que piensas volver mañana al mismo sitio, a
la misma hora y pasas y vuelves y pasas y ya has
vuelto tres veces y has dado infinidad de vueltas por
el sector y la esquina donde la dejaste aquel martes
13 de agosto, pero no te atreves a preguntar por
Julia. No quieres romper el encanto. Quieres, sueñas,
ansías encontrarla como aquella primera vez, de
repente, que parezca casual y ya has pensado mil cosas
que decirle, que contarle y has vuelto tantas veces
por las ruinas; pero las palomas sólo te miran y se
van, no acuden a ti como lo hacían con ella. Se quedan
indiferentes. Nada, tomas la decisión de encontrarla,
de llegar hasta donde ella está y le has regalado
cinco pesos al niño que, primero se quedó mirándote de
arriba a abajo y luego, sin decir nada, sin preguntar,
te trajo hasta aquí a esta casita humilde y bien
arregladita -como de muñecas, piensas- pintadita de
azul y rosado, techo a dos aguas, jardincito a la
entrada y esta hermosa niña, angelical y dulce que te
abre la puerta, te recibe con muy buenas maneras y la
sonrisa que ya conoces y te invita a pasar y tú, un
poco confundido, extraño y corto, le encuentras un
extraordinario parecido con ella y le dices a quien
buscas y te dice que sí que vive allí, que te sientes
y esperes y entra un momentito por un pasillo de la
casa y, miras todo, hurgas por las paredes, los
muebles el piso; contabilizas los minutos, silencios,
sonidos, todo. Hasta que aparece de nuevo la niña, con
la misma sonrisa que conoces y te dice que ella te va
a recibir, que la esperes y no puedes aguantarte más y
le preguntas su nombre y parentesco y, juguetona, se
te acerca y te dice que Luisa, que estudia ballet y
piano, que le gustaría cantar como Yuri; pero que
ahora está muy triste y apenada por las dolencias y
recaída de su abuelita Julia, esa de la foto en la
pared, la que en la última semana, precisamente desde
el martes pasado, ha dado muestras de mejoría y se
pasa las horas cantando, leyéndole historias y
hablándole de unas palomas, de unas ruinas y tú, ya
estás traspasando la puerta de la calle, oyendo la voz
de la niña que se funde con aquella voz que te ayudó a
soñar y a construir la tarde más hermosa de tus días y
miras el reloj y te das cuenta que a esta hora,
precisamente, las tres de la tarde de este martes,
debes volver por la avenida Charles de Gaulle a ver si
te encuentras de nuevo con Julia, debajo del almendro.
(Su nombre, Julia, 1991)


 

 

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