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República de Weimar | Espartaquistas
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Segundo Imperio Alemán
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INTRODUCCIÓN
Segundo Imperio Alemán, también conocido como II Reich, denominación del Estado alemán desde 1871 hasta 1918 siguiendo la numeración de la historiografía alemana, según la cual el Sacro Imperio Romano Germánico equivaldría al I Reich (800-1806) y el Estado nacionalsocialista alemán constituiría el III Reich (1933-1945).
La proclamación del II Imperio Alemán tuvo lugar en Versalles (Francia) en enero de 1871, cuando la antigua Confederación de Alemania del Norte y los cuatro estados germánicos del sur (Baviera, Baden, Hesse y Württemberg) acordaron constituirse en una unión federal permanente cediendo la mayoría de sus derechos de soberanía al nuevo Imperio. El rey de Prusia, Guillermo I, fue proclamado emperador alemán. Otto von Bismarck, primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores de Prusia y artífice de la unificación alemana, pasó a presidir la nueva organización política como canciller imperial. El motivo de que la proclamación del II Imperio Alemán tuviera lugar en suelo francés está relacionado con la victoria militar de los ejércitos de Guillermo I en la Guerra Franco-prusiana, iniciada en 1870.
Bismarck tuvo el control de la política interior y exterior de la nueva Alemania. El nuevo Imperio era una verdadera autocracia en la que el Reichstag (cámara baja del Parlamento), constituido por cuatrocientos diputados elegidos por sufragio universal masculino, votaba el presupuesto y las leyes que debían ser ratificadas en el Bundesrat o Consejo Federal con representación de todos los estados, pero dominado por Prusia. El poder real del Imperio lo ejercía la clase que tradicionalmente había gobernado en Prusia, los junkers (aristocracia terrateniente), quienes se aliaron con los industriales acaudalados para salvaguardar sus privilegios en el Imperio frente a las nuevas fuerzas socialistas y progresistas surgidas a raíz de la industrialización y la modernización de Alemania.
LA PROCLAMACIÓN DE GUILLERMO II COMO EMPERADOR ALEMÁN
Guillermo I falleció en marzo de 1888 y, tras un breve mandato de tres meses a cargo de su hijo, Federico III, su nieto, el joven y ambicioso Guillermo II, fue proclamado káiser (emperador). El nuevo soberano deseaba tener el poder real del Imperio, sin las limitaciones que imponía el anciano canciller; por este motivo, consiguió que Bismarck presentara su dimisión en 1890. Alemania era el país más industrializado de Europa en esa época, y el ritmo de su desarrollo económico se incrementó rápidamente durante la última década del siglo XIX. Guillermo compartía las aspiraciones de muchos de los miembros de su generación al pretender aprovechar la fuerza de la recién constituida Alemania para consolidar a la nación como una de las principales potencias mundiales. No obstante, su temperamento le impedía adaptarse a las tareas de gobierno: era inquieto e impaciente y no mostraba ninguna inclinación por dedicarse concienzudamente a la rutina diaria que requiere el ejercicio del poder. Tampoco los diferentes cancilleres que nombró consiguieron subsanar este vacío.
LAS DIFICULTADES INTERNAS QUE CONDUJERON A LA GUERRA
A partir de 1890 se fue agudizando en la sociedad alemana el enfrentamiento entre las clases privilegiadas y el proletariado, a cuyos representantes políticos y sindicales se les negaba cualquier forma de participación efectiva en el sistema de gobierno. El propio Ejército constituía un "estado dentro del Estado", ajeno al control del Reichstag y de los ministerios debido a una serie de decretos imperiales. Para empeorar la ya conflictiva situación del país, el almirante Alfred von Tirpitz, ministro de Marina desde 1897 hasta 1916, emprendió la construcción de una gran flota alemana que el Káiser pretendía utilizar para afianzar los intereses coloniales del Imperio. A mediados de la década de 1890, este proyecto había provocado una costosa carrera de armamento con Gran Bretaña, que veía a la Armada alemana como una amenaza potencial para su seguridad y estaba decidida a mantener su supremacía naval. Los elevados gastos del Ministerio de Marina supusieron un desembolso extremo para la economía del Imperio que repercutió negativamente en el nivel de vida de la clase trabajadora, dado que la mayor parte del caudal presupuestario provenía de impuestos indirectos. Las clases privilegiadas se oponían a cualquier intento de introducir un sistema tributario progresivo.
Alemania se encontraba ante una grave crisis tanto interna como externa hacia 1912. Las elecciones de ese año convirtieron al Partido Socialdemócrata Alemán (creado en 1875 y que había adquirido esa denominación en 1891) en el partido mayoritario del Parlamento. La clamorosa demanda de reformas y democratización socialdemócrata atemorizó a la clase gobernante. En el extranjero, la diplomacia alemana, voluble y mal organizada, se había enemistado prácticamente con todas las potencias europeas y había dejado al país casi aislado; el único aliado fiel que conservaba Alemania era el Imperio Austro-Húngaro, que también atravesaba momentos difíciles.
LA PARTICIPACIÓN ALEMANA EN LA GUERRA
Los motivos por los que el II Imperio Alemán decidió apoyar al Austro-Húngaro en su declaración de guerra contra Serbia en julio de 1914 se han atribuido en parte a la frustración que la creciente inestabilidad interna provocó en la elite gobernante, quien pensó que la guerra y la conquista podrían reunir a las clases trabajadoras en torno al Imperio. Este objetivo se logró, ya que la intervención en la I Guerra Mundial a partir de agosto de 1914 unió temporalmente a la mayoría de los alemanes bajo el estandarte del Imperio.
EL GOBIERNO MILITAR DE LA I GUERRA MUNDIAL
La autoridad del káiser Guillermo II disminuyó durante gran parte de la guerra como resultado de la progresiva acaparación del poder por parte de los militares, especialmente a partir de 1917, año en el que el mando supremo del Ejército, representado por el mariscal de campo Paul von Hindenburg y el general Erich Ludendorff, insistió en que Alemania inaugurara la guerra submarina. Esto supuso la incorporación de Estados Unidos al bloque de los enemigos de Alemania. Ambos oficiales presionaron al Káiser para que destituyera al canciller Theobald von Bethmann Hollweg en este mismo año; desde este momento, Hindenburg y Ludendorff fueron quienes realmente gobernaron el país imprimiendo a su mandato un marcado carácter militar. Aunque Rusia se retiró de la contienda en noviembre de 1917, el fracaso de la ofensiva final de Ludendorff en el oeste, durante la primavera de 1918, permitió que los estados aliados contra los Imperios Centrales (los imperios Alemán, Austro-Húngaro y otomano, así como Bulgaria) lanzaran una contraofensiva que obligó a los ejércitos alemanes en septiembre de 1918 a replegarse sobre sus fronteras.
EL ARMISTICIO Y LA CAÍDA DEL II IMPERIO ALEMÁN
Estas derrotas y el empeoramiento constante de la situación económica, provocado en parte por el bloqueo británico, llevaron a Ludendorff a solicitar la formación inmediata de un gobierno parlamentario que se encargara de negociar un armisticio con los aliados a la mayor brevedad. El II Imperio Alemán se disolvió ante el completo fracaso militar sufrido en el campo de batalla y la revolución interna a la que se tuvo que hacer frente. Guillermo II abdicó el 9 de noviembre de 1918 y buscó refugio al día siguiente en los Países Bajos. Ese día 9 se proclamó la República en Berlín. En febrero del año siguiente se reunió en la ciudad de Weimar la nueva Asamblea Nacional Constituyente: había comenzado la llamada República de Weimar que vino a suceder al II Imperio Alemán.
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