ANTE EL REICHSTAG
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Discurso de Wilson
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CONGRESO DEL FRENTE ALEMAN DEL TRABAJO EN BERLIN. | EN LA CANCILLERIA DEL REICH  

ANTE EL REICHSTAG



(17 de mayo de 1933)




Señores diputados:

En nombre del Gobierno del Reich he solicitado del Señor Presidente del Reichstag la convocatoria del mismo al objeto de poder pronunciarme ante esa asamblea sobre los problemas que hoy preocupan, no sólo a nuestro pueblo, sino al mundo entero.

Estos problemas, que los señores Diputados conocen, son de tan gran importancia que de su feliz solución depende la pacifi­cación política y la salvación económica del mundo.

Al expresar a este respecto, en nombre del Gobierno alemán, el deseo de que el tratamiento de esos problemas quede sustraido a todo género de apasionamiento, surge este deseo en primer término de un convericimiento que a todos domina, a sa­ber, que el origen profundo de la crisis actual reside precisa­mente en las pasiones que, desatadas después de la guerre, han oscurecido la clara visión y el juicio de los pueblos.

Porque es en los defectos del Tratado de Paz donde hay que buscar la causa de los problemas de nuestros días, en ese Trata­do que no supo en su día encontrar para el porvenir una solu­ci6n elevada, clara y razonable de los problemas entonces plan­teados. El Tratado no resolvió en forma permanente, capaz de resistir a una crítica razonable, ninguno de los problemas, o de las reclamaciones formuladas por los pueblos en el terreno na­cional, económico o jurídico. Es comprensible, por lo tanto, que la idea de revisión, además de afirmarse constantemente al margen del Tratado y en vista de los efectos de su aplicación, apareciera ya como necesaria a los autores del mismo y quedara jurídicamente prevista en el texto del documento.

Al referirme ahora brevemente a los problemas que dicho Tratado hubiese debido resolver, me inspiro en la consideración de que el fracaso sufrido en este punto forzosamente tenía que dar lugar a situaciones perjudiciales para la vida polí­tica y económica de los pueblos como las posteriormente surgidas.

Los problemas políticos son los siguientes: Durante muchos siglos respondieron los estados europeos y sus fronteras a con­cepciones de carácter exclusivamente político. La marcha victo­riosa de la idea nacional y del principio de las nacionalidades en el curso del pasado siglo y la indiferencia hacia esas nuevas ideas y nuevos ideales por parte de Estado que respondían a otros principios, fueron la semilla de numerosos conflictos. Ninguna misión más elevada hubiese podido corresponder, llegado el término de la guerra mundial, a una verdadera conferencia de paz que la de establecer un nuevo ajustamiento y un nuevo orden de los estados europeos basados hasta el límite máximo de lo posible en el reconocimiento de este hecho y de este principio. Cuanto más se hubiesen ajustado dentro de este orden nuevo, las fronteras de los estados a las de los pueblos, tanto mejor se hubiese contribuido con ello a eliminar un gran número de posibilidades de conflicto para el porvenir. Más aún, esta reorganización territorial de Europa sobre la base de las ver­daderas fronteras de los pueblos, hubiese podido ser la solucián histórica, dictada por la visión del porvenir, y susceptible de representar para vencedores y vencidos una a modo de compen­sación por los sangrientos sacrificios de la guerra, ya que con ella se hubiesen echado los cimientos de una verdadera paz mundial.

Pero en lugar de ello, en parte por desconocimiento y en par­te cediendo al dictado de la pasión y del odio, se adoptaron soluciones que por su falta de lógica y de equidad llevaban en sí mismas la perpetuación del germen de nuevos conflictos.

Los problemas económicos que la Conferencia de la Paz tenía que resolver eran como sigue:

La alarmante situación económica de Europa se ve caracterizada por el exceso de población en el oeste europeo y la es­casez en esta región de ciertas primeras materias, que precisa­mente son indispensables en las regiones que, por razón de su alta cultura, gozan de un nivel de vida elevado. Si los autores del Tratado de Paz se hubiesen propuesto la verdadera pacifica­ción de Europa por un periodo humanamente previsible, en lu­gar de dejarse absorber por conceptos estériles y peligrosos co­mo los de arrepentimiento, castigo, reparación, etc. hubiesenreconocido la verdad profunda de que la falta de posibilidades de existencia ha constituido y constituirá siempre una fuente de conflictos entre los pueblos.

En lugar de predicar la idea de aniquilamiento hubiesen debido elevarse hasta un nuevo orden de relaciones políticas y económicas internacionales justo en toda la medida de lo po­sible para las necesidades de existencia de cada uno de los pueblos.

No es prudente privar de los medios de vida a un pueblo, sin parar mientes en que su población no deja por ello de esta obligada a vivir en el mismo territorio. Que la ruina económica de un pueblo de 65 millones de almas pueda redundar en beneficio de otros pueblos es una idea absurda. No tardarían los pueblos que de tal modo procedieran en darse cuenta de que, por una ley natural de causa y efecto, habían de ser llevados a la misma catástrofe que ellos pretendían desencadenar. La idea de las reparaciones y su aplicacián práctica quedará un día inscrita en la historia universal como el ejemplo típico de los estragos que la pasión puede provocar en contra de la co­mún prosperidad de los pueblos.

En realidad la política de reparaciones sólo podía ser ejecu­tada por medio de la exportación alemana. Pero en tanto que Alemania fuese considerada como una empresa internacional exportadora, la exportación de los países acreedores había de resultar perjudicada. Los beneficios económicos de los pagos por reparaciones habían de estar, por lo tanto, fuera de toda proporción con los perjuicios que las mismas reparaciones tenían que determinar en la economía particular de cada país.

La tentativa de querer desviar este proceso y limitar las exportaciones alemanas por medio de créditos de compensa­ción que permitieran hacer frente a los pagos, era igualmente falta de previsión y falsa en último término. La conversión de las obligaciones políticas en obligaciones de carácter particular implicaba la creación de un servicio de intereses imposible de cumplir sin llegar a los mismos resultados que se trataba de evi­tar. Lo peor, fue, sin embargo, la perturbacián de la vida econó­mica interior de los pueblos, y su eventual estancamiento, como consecuencia de esa obligación de exportar a toda costa. La lucha en los mercados mundiales a fuerza de abaratar cada vez más los precios condujo a un exceso de racionalización de la economía.

Los millones y millones de obreros alemanes sin trabajo son el último resultado de este proceso.

Si, al contrario, se pretendía que Alemania hiciese frente a las reparaciones únicamente con prestaciones en especie, el perjuicio que por este procedimiento había de acarrearse a la producción interior de los países así favorecidos no iba tampoco a ser menor. En efecto, no es posible imaginar siquiera prestaciones de tal importancia sin poner en grave peligro la propia producción de los países a los cuales iban destinadas.

Es culpa del Tratado de Versalles haber inaugurado una era en la que la sana economía parece amenazada de muerte por las fantasías financieras.

Alemania ha cumplido obligaciones que le fueron impuestas, a pesar de la injusticia que ellas encerraban y de sus consecuen­cias fácilmente previsibles, con una fidelidad casi suicida.

La crisis económica mundial es la prueba incontrovertible de la exactitud de esta aseveración.

La necesidad de restablecer el sentido internacional del derecho con carácter general, fue un problema asimismo desconocido por el Tratado de Versalles, ya que precisamente pa­ra poder motivar el conjunto de sus estipulaciones fue preciso presentar a Alemania como culpable.

Este procedimiento inaceptable reduce a la máxima simplici­dad las causas de los conflictos humanos para el porvenir: la culpa será siempre de los vencidos, porque el vencedor tendrá siempre la posibilidad de hacerlo constar así en el preámbulo del tratado de paz.

Este acto ha tenido consecuencias terribles porque fue toma­do como base para transformar en estado jurídico permanente la relación de fuerzas existente al final de la guerra. Los conceptos de vencedores y vencidos pasaron a ser el fundamento de un nuevo derecho y de un nuevo orden social internacional.

La descalificación de un gran pueblo en nación de segundo grado y de segunda clase fue proclamada en el momento mismo en que había de surgir a la vida una Sociedad de Naciones.

Este tratamiento impuesto a Alemania no podía conducir a la pacificación del mundo. Se estimó entonces que era nece­sario desarmar a los vencidos y privarles de medios de defensa. Este procedimiento -sin precedentes en la historia de las naciones europeas- es además ineficaz para suprimir los peligros y posibilidades de conflicto. Al contrario, dió lugar a una serie de amenazas, exigencias y sanciones que provocando, a su vez, una inseguridad e intranquilidad incesantes, amenazaban con ser causa de la ruina económica mundial. Cuando en la vida de los pueblos cesa la reflexión sobre los riesgos que ciertas acciones pueden llevar consigo, nada tiene de extraño que la sinrazón triunfe fácilmente sobre la razón. La Sociedad de Naciones no ha conseguido, hasta ahora por lo menos, prestar, en tales oca­siones, ninguna ayuda real a los que, precisamente por débiles y desarmados, más podían necesitarla. Los tratados destinados a establecer la paz en la vida de los pueblos carecen de verdadero contenido si no se basan en un reconocimiento leal y sincero de la igualdad de derechos entre todas las partes.

En esto reside precisamente la causa principal de la agita­ción que desde hace años domina en el mundo.

Por otra parte, la solución razonable y definitiva de los problemas hoy planteados interesa a todos por igual. Ninguna nueva guerra europea podría dar lugar a que las actuales circuns­tancias, poco satisfactorias, fuesen substituidas por otras mejores.

¡Al contrario! Ni política, ni económicamente, podría la aplicación de la fuerza crear en Europa una situación menos ma­la que la actual. Aun en el caso de que.un éxito decisivo permi­tiera establecer un nuevo orden europeo basado en la violencia, el resultado final no podría ser otro que una mayor perturba­ción del equilibrio y el germen para que, de un modo o de otro, surgieran más tarde nuevas rivalidades y complicaciones. Nuevas guerras, nueva inseguridad y una nueva crisis económica serían la consecuencia. La explosión de esta locura sin fin habría de llevar consigo la ruina del presente orden político y social. Europa se hundiría en el caos comunista y quedaría abierta una crisis de incalculables dimensiones y de duración imposible de prever.

El Gobierno nacional de Alemania siente el profundo deseo de colaborar sincera y activamente a la obra de impedir que tal catástrofe pueda producirse.

En éste, además, el verdadero sentido de la revolución que ha tenido lugar en Alemania y cuyos tres puntos de vista principa­les en modo alguno contradicen con los intereses del resto del mundo:

Primero: Impedir la revolución comunista amenazante, creando un Estado nacional, inspirado en la idea de la recon­ciliación de clases y manteniendo el principio de la propiedad privada como base de nuestra cultura.

Segundo: Resolver el más delicado de los problemas sociales, el del paro forzoso, reintegrando a la producción el ejército la­mentable de millones de obreros parados.

Tercero: Restablecer la estabilidad y la autoridad en la dirección del Estado al objeto de que este gran pueblo, contando con un Gobierno apoyado en la confianza y en la voluntad de la nación, pueda de nuevo volver a concertar tratados con el resto del mundo.

Al hablar en este momento como alemán nacionalsocialista consciente de sí mismo, quiero declarar en nombre del Gobier­no y de todo el movimiento nacionalista que precisamente la joven Alemania y nosotros sus representantes, estamos anima­dos de la mejor voluntad para comprender idénticos senti­mientos y aspiraciones. La joven generación alemana que hasta ahora sólo ha conocido en la vida las miserias, privaciones y penalidades de su propio pueblo, ha sufrido demasiado, bajo la locura imperante para poder abrigar la intención de causar a los demás pueblos análogos sufrimientos.

Ligados a nuestro propio pueblo por un amor y una fideli­dad sin límites, respetamos al mismo tiempo, y como fruto de nuestra convicción, los derechos nacionales de los demás pue­blos y, desde lo más profundo de nuestro corazón, deseamos vivir en paz y amistad con ellos.

Nos es extraña, por lo tanto, toda idea de "germanización". El supuesto corrientemente admitido en el pasado siglo de que era posible convertir polacos o franceses en alemanes lo recha­zamos en absoluto.

Pero con idéntica energía estamos dispuestos a oponernos a toda tentativa en sentido contrario. Admitimos las naciones europeas que nos rodean como un hecho natural. Franceses, polacos etc. son nuestros vecinos y sabemos que no hay hecho histórico imaginable capaz de modificar esta realidad.

Ojalá que en el Tratado de Versalles hubiesen sido tenidas en cuenta esas realidades en cuanto a Alemania se refiere. El objetivo de una paz duradera no puede consistir en abrir nuevas heridas o en mantener abiertas las existentes, sino en cerrarlas y curarlas. De haber sido estos problemas tratados en su día con la debida reflexión, no hubiese sido difícil encontrar en la frontera oriental alemana una solución igualmente equitativa para las exisgencias comprensibles de Polonia y para los derechos naturales de Alemania. En el Tratado de Versalles no se ha encontrado esta solución. A pesar de ello ningún Gobierno alemán tratará de romper por su sola iniciativa un convenio que no es posible suprimir si no se le reemplaza con otro me­jor.

Pero al admitir el carácter jurídico del Tratado, debe enten­derse que este reconocimiento tiene un sentido general. No solamente los vencedores, sino también los vencidos pueden exi­gir los derechos que del Tratado se derivan. El derecho a recIamar la revisión de un tratado está reconocido en el tratado mis­mo. Como motivo y medida para esta reclamación desea el Gobierno alemán aducir únicamente los resultados de las experien­cias hasta la fecha acumuladas, así como las consideraciones que se imponen a todo razonamiento crítico y lógico. En lo po­lítico y en lo económico las experiencias recogidas en el curso de 14 años son igualmente claras. La miseria de los pueblos, en lugar de disminuir, ha aumentado. La raíz profunda de esta mi­seria reside en la división del mundo entre vencedores y venci­dos como base escogida para todos los tratados y para el nuevo orden de cosas. La consecuencia más lamentable de este punto de vista la encontramos en la indefensión impuesta a ciertas naciones frente a los armamentos crecientes de otras. Alemania reclama desde hace años el desarme general y ello por lo siguien­tes motivos:

Primero: La demanda de igualdad de derechos formulada por Alemania es conforme a la moral, al derecho y a la razón. Su legitimidad está reconocida en el mismo tratado de paz y su cum­plimiento va indisolublemente unido a la obligación de desarmar impuesta a Alemania como prólogo del desarme mundial.

Segundo: La descalificación de un gran pueblo no puede, de otra parte, ser históricamente mantenida por tiempo indefinido. Un día u otro tiene que terminar.. ¿O hay quien cree que puede hacerse víctima a una gran nación de tal injusticia perpetuamente? ¿Que representan las ventajas de un momento frente a la marcha continua de los siglos? El pueblo alemán subsistirá, lo mismo que el francés o el polaco. Tal es la enseñanza de la histo­ria.

¿Qué valor tiene el éxito de una opresión pasajera, manteni­da sobre un pueblo de 65 millones de habitantes, frente a la fuerza de este hecho inconmovible? Ningún estado está en mejores condiciones para comprender los nuevos estados naciona­les europeos que la Alemania de la revolución nacional, surgida al impulso de una idéntica voluntad. Nada quiere Alemania pa­ra sí que no esté dispuesta también a dárselo a los demás.

Si Alemania reclama hoy una positiva igualdad de derechos, encaminada a lograr el desarme de los demás pueblos, es en el cumplimiento de los tratados por su parte donde encuentra el derecho moral para formular dicha reclamación. Porque Alemania se ha desarmado y ello bajo la inspección del más riguroso control internacional.

Seis millones de carabinas y fusiles fueron entregados o destruidos, 130.000 ametralladoras, cantidades formidables de cañones para ametralladoras, 91.000 cañones, 38.750.000 grana­das y enormes existencias de armas y municiones de toda clase hubo que destruir o entregar el pueblo alemán.

El territorio de Renania fue desmilitarizado, las fortificaciones alemanas arrasadas, nuestros buques fueron entregados al enemigo, nuestros aviones destruidos, nuestro sistema de servi­cio militar cambiado y con ello imposibilitada la formación de reservas. Incluso las armas defensivas más indispensable nos fueron denegadas.

Cuando hoy, frente a estos hechos impresionantes e indiscutibles, se pretende con excusas y subterfugios verdaderamente lamentables que Alemania ha eludido de algún modo el cumpli­miento del tratado o llegado incluso a rearmarse, me siento obli­gado a rechazar desde este lugar semejante pretensión como desleal y contraria a la verdad.

No menos inexacta es la pretensión de que Alemania ha deja­do de cumplir las obligaciones impuestas por el tratado en ma­teria de efectivos. No es cierto que las secciones de asalto y es­cuadras de defensa nacionalsocialista estén en relaciones con el Ejército, de modo que vengan a constituir fuerzas o reservas militares instruídas.

La irresponsable ligereza con que tales afirmaciones son for­muladas, podrá quedar puesta de manifiesto con un sólo ejem­plo: El año pasado tuvo lugar en Brünn un proceso contra miembros del partido nacionalsocialista de Checoeslovaquia. Peritos jurados del ejército checoeslovaco declararon entonces que los acusados mantenían relaciones con el partido nacional­socialista de Alemania, se encontraban respecto a él en una si­tuación de dependencia y, aun cuando simples miembros de una sociedad deportiva, debían ser equiparados a los miembros de las secciones de asalto y escuadras de defensa nacionalsocialis­tas alemanas, fuerzas que constituían una reserva del ejército alemán organizada e instruida por éste.

En aquel tiempo, no obstante, ni las secciones de asalto ni las escuadras de defensa, lo mismo que el partido nacionalsocia­lista propiamente dicho, mantenían relación alguna con el ejér­cito; eran al contrario perseguidas como una organización ene­miga del Estado, más tarde prohibidas y finalmente disueltas. Más aún, los miembros del partido nacionalsocialista, de las sec­ciones de asalto y escuadras de defensa, no sólo eran excluídos de toda función oficial en el Estado, sino que ni siquiera podían trabajar como simples obreros en los servicios auxiliares del ejército. Pero los nacionalsocialistas de Checoeslovaquia fueron condenados, en virtud de esas falsas indicaciones, a severas pe­nas.

En realidad, las secciones de asalto y escuadras de defensa del partido nacionalsocialista han surgido sin ayuda de nadie, sin apoyo financiero del Estado y muy especialmente del Ejército, sin instrucción militar ni armamento militar de ningún género, respondiendo a necesidades y consideraciones únicamente ins­piradas en el interés del partido. Su finalidad era y sigue sien­do la eliminacián del peligro comunista. Su instrucción nada tiene que ver con la instrucción militar, orientada como está hacia la propaganda, el fomento de la cultura popular, la influencia psicológica sobre las masas y la lucha contra el terror comunista. Son, al propio tiempo, instituciones destinadas a crear un verdadero espíritu de solidaridad social que permita superar las antiguas rivalidades de clase y a remediar la crisis económica.

Los Cascos de Acero son una organización inspirada en los sentimientos de tradicián y de camaradería que prevalecían en el frente de batalla y consagrada a la defensa contra la re­volución comunista que desde noviembre de 1918 nos ame­naza. La importancia de este peligro no pueden comprenderla, es cierto, aquellos países que no han tenido, como Alemania, un partido comunista organizado de varios millones y no han sufrido bajo su influencia terrorista. La verdadera finalidad que estas organizaciones persiguen nos lo dicen el carácter real de la lucha que han sostenido y el número de sus víctimas. En pocos años han tenido que lamentar las secciones de asalto y escuadras de defensa nacionalsocialistas por sí solas, a consecuencia de actos de terror y criminales agresiones comunistas, más de 350 muertos y unos 40.000 heridos. Si ahora en Ginebra se trata de equiparar estas organizaciones constituidas únicamente para fines de política interior a las fuerzas militares, no hay motivo para no hacer lo mismo con los bomberos, las sociedades gim­násticas, los serenos, los clubs naúticos y otras sociedades de­portivas.

Pero si, al revés de lo que ocurre con estos hombres comple­tamente desprovistos de instrucción militar, las reservas milita­res propiamente dichas de los demás ejércitos dejan de ser tenidas en cuenta, si se ignoran las reservas armadas e instruidas de los demás países y se cuentan, en cambio, cuando se trata de Alemania, los miembros desarmados de organizaciones políticas, entonces nos encontramos ante procedimientos que merecen, por mi parte, la más enérgica protesta.

Si el mundo se propone destruir la confianza en el derecho y la justicia, esos medios no pueden ser más adecuados.

En nombre del Gobierno alemán tengo que declarar lo que sigue: Alemania se ha desarmado. Ha cumplido todas las obligaciones que le fueron impuestas por el Tratado de Versalles hasta más allá de las fronteras de la equidad y la sana razón. Su ejér­cito comprende 100.000 hombres. Los efectivos y el caracter de la policía responden a un convenio internacional.

La policía auxiliar establecida en los días de la revolución tiene carácter exclusivamente político. Su misión consistió en sustituir durante los primeros días del nuevo régimen aquella parte de la antigua policía que podía ser considerada como inse­gura. Su disolución, después del triunfo completo de la Revolu­ción, ha comenzado ya y quedará completamente terminada an­tes de fin de año.

Alemania tiene con ello moralmente derecho a exigir que las demás potencias empiecen también, por su parte, a cumplir las obligaciones que del Tratado de Versalles se derivan. El princi­pio de la igualdad de derechos reconocido a Alemania el pasado mes de diciembre no ha sido hasta ahora puesto en práctica. A la tesis de nuevo defendida por Francia según la cual la igualdad de derechos debe corresponder a su seguridad, tengo que oponer estas dos preguntas:

1.- Alemania ha contraído hasta ahora todas las obligaciones referentes a la seguridad que resultan de la firma del Tratado de Versalles, del Pacto Kellog, de los tratados de arbitraje, de la declaración de renuncia a la fuerza, etc. ¿Cuales son las garantías concretas que Alemania puede ofrecer además, fuera de sus obligaciones internacionales?

2.- Frente a esto, ¿con qué garantías cuenta Alemania? Según los datos facilitados a la Sociedad de Naciones Francia tiene 3.046 aviones en servicio, Bélgica 350, Polonia 700 y Checoslova­quia 670. A estas cifras hay que añadir un número incalculable de aviones de reserva, millares de tanques, millares de cañones de grueso calibre y todos los medios técnicos necesarios para la guerra de gases asfixiantes. ¿No tendría mucho más derecho, Alemania, desarmada y sin defensa, a reclamar seguridad que los estados armados y unidos entre sí por coaliciones?

A pesar de ello Alemania está dispuesta en todo momento a contraer nuevos compromisos internacionales de seguridad siem­pre que otras naciones estén dispuestas a hacer lo mismo en bene­ficio de Alemania. Alemania estaría, además, francamente, confor­me en prescindir de toda su organización militar y en destruir las pocas armas que le fueron dejadas, siempre que las naciones vecinas quisieran también hacer lo propio. Pero si los otros estados no se avienen a ejecutar el desarme que el Tratado de Versa­lles les impone, Alemania está entonces obligada a mantener por lo menos su demanda de igualdad de derechos.

El Gobierno alemán ve en el plan inglés una base posible para resolver esta cuestión. Pero cree, a este respecto, que debe exig¡r te no se le imponga la destrucción de su actual sistema militar concederle por lo menos una igualdad de derechos cualitati­va. Alemania debe pedir además que la transformación del actu­al ejército alemán, cuya forma actual nosotros no queríamos, pero que nos fue impuesta por el extranjero, se realice paso a paso y al compás de los progresos del desarme en los otros Estados.

Alemania está dispuesta, en principio, a aceptar para el establecimiento de su seguridad nacional un período de transición de cinco años en la espera de que transcurrido dicho período tenga lugar la equiparación real de Alemania a los demás esta­dos. Alemania está asimismo dispuesta sin reservas a renunciar a las armas ofensivas siempre que dentro de un determinado peri­odo las naciones armadas, por su parte, destruyan también las armas de esta clase y el empleo de las mismas quede prohibido por un convenio internacional. Alemania no tiene más que un deseo: mantener su independencia y poder defender sus fronte­ras.

Según las declaraciones del Ministro de Guerra francés en 1932 las tropas coloniales francesas pueden ser inmediatamen­e empleadas en el territorio de Francia. Con ello quedan estas tropas sumadas a las fuerzas militares metropolitanas.

Es justo, por consiguiente, que sean tenidas en cuenta como parte integrante del ejército francés. Pero mientras, por una par­te, esto no se hace, se quieren tener en cuenta, cuando de los efectivos militares alemanes se trata, asociaciones y organizaciones de carácter popular cuyas finalidades son exclusivamente educativas y deportivas y cuya instrucción militar en sencilla­mente nula. En los demás países, no obstante, tales organizaciones no han de ser tenidas en cuenta en relación con las fuer­zas del ejército. Este proceder es, desde luego, inaceptable. Alemania estaría dispuesta en todo momento, caso de estable­cerse un control internacional de los armamentos de carácter general, y siempre que los demás estados se hallaran dispuestos a hacer lo mismo, a someter a dicho control las organizaciones citadas, para demostrar así al mundo de un modo irrecusable que no tienen carácter militar. El Gobierno alemán no se opon­drá a ninguna prohibición de armamentos, por radical que sea, siempre que sea aplicada también a todos los demás países.

Todas estas demandas no postulan la intención de rearme. Son exclusivamente una petición de desarme para los demás estados. Saludo de nuevo con complacencia en nombre del Gobierno alemán el previsor e importante proyecto del Jefe del Gobiero italiano para establecer entre las cuatro grandes po­tencias europeas, Inglaterra, Francia, Italia y Alemania, por medio de un plan especial, una relación más estrecha de cola­boración y confianza. El Gobierno alemán hace suya con íntima convicción la concepción de Mussolini y entiende que el aplicar­la facilitaría un entendimiento permanente. El Gobierno alemán dará toda clase de facilidades en este sentido, siempre que las demás naciones se hallen dispuestas también a vencer las difi­cultades que puedan presentarse.

La propuesta del Presidente de los Estados Unidos Roosevelt, llegada a mi conocimiento esta última noche, obliga, por tanto, al Gobierno alemán a la más profunda gratitud. El Gobierno alemán acepta el método propuesto para resolver la crisis interna­cional, pues entiende que sin una solución previa de la cuestión del desarme, toda idea de reconstrucción económica sería a la larga quimérica. Estamos dispuestos a colaborar sin pensar en el propio provecho en la obra de ordenar la situación política y financiera del mundo y tenemos el convencimiento, como ya he dicho al principio, de que la única tarea a la que hoy vale la pena consagrarse es la de asegurar la paz del mundo.

Me siento en el deber de declarar que la causa de los áctuales armamentos de Francia y Polonia de ningún modo puede residir en el temor que inspire a dichas naciones una posible in­vasión alemana. Este temor sólo podría tener su fundamento en la existencia de armas ofensivas. Pero son precisamente estas ar­mas ofensivas las que Alemania no posee, ni artillería pesada, ni tanques, ni aviones de bombardeo, ni gases asfixiantes.

La única nación que, con fundamento, podría sentir el temor de una invasión es Alemania, a la cual, además de serle prohibi­das las armas ofensivas, le fueron limitadas las defensivas, impi­diéndosele incluso la construcción de fortificaciones para defen­der sus fronteras.

Alemania está en todo momento dispuesta a. renunciar a las armas ofensivas siempre que el resto del mundo haga lo propio. Alemania está dispuesta a participar en todo Pacto solemne de no agresión porque no piensa atacar a nadie y si, solamente, en su seguridad.

Alemania aceptaría con satisfacción la generosa propuesta del Presidente norteamericano, encaminada a garantizar la paz de Europa con el poder de los Estados Unidos, y ve en ella un elemento tranquilizador para cuantos desean sinceramente la paz. No tenemos mayor deseo que el de contribuir a curar definitivamente las heridas de la guerra y del Tratado de Versa­lles. Para lograrlo Alemania no quiere seguir otro camino que el prescrito en los mismos tratados. El Gobierno alemán desea discutir por medios.pacíticos y legales con las demás naciones todos los graves problemas planteados. Sabemos que toda ac­ción militar en Europa, aún en el caso de un éxito completo, acarrearía sacrificios completamente fuera de proporción con los beneficios.

El Gobierno y el pueblo alemán no aceptarán, sin embargo, bajo ningún pretexto la obligación de dar su firma para nada que represente perpetuar la descalificación de Alemania. Toda tentativa de influir sobre el Gobierno o sobre el pueblo por me­dio de amenazas no tendrá la menor eficacia. Es posible imagi­nar que Alemania contra todo principio del derecho y de la moral sea de nuevo violentada, pero es inimaginable e imposi­ble que un acto de esta naturaleza obtenga la sanción legal de nuestra firma.

Cuando en artículos de periódico y en discursos que son de lamentar aparece contra Alemania la amenaza de sanciones, hemos de creer que este monstruoso procedimiento es el casti­go que quiere imponérsenos por el hecho de exigir que se cum­pía la parte de los tratados referente al desarme. Este proceder s6lo podría conducir a la definitiva inutilización moral y ma­terial de los tratados mismos. Pero Alemania no renunciaria tampoco en este caso a sus pacíficas demandas. Las consecuen­cias políticas y económicas, el caos en que Europa se encontra­ría precipitada por un proceder semejante, constituiría una inmensa responsabilidad para aquellos que tales medios emplea­ron contra un pueblo que no hace daño a nadie.

Toda tentativa semejante y, asimismo, toda tentativa para violentar la voluntad de Alemania imponiéndole por la simple fuerza de la mayoría una decisión contraria al sentido evidente de los tratados, sólo podría ser dictada por la intención de alejamos de las conferencias internacionales. El pueblo alemán po­see hoy, suficiente carácter para, en este caso, no querer impo­ner su colaboración a las demás naciones y, por muy doloroso que esto fuera, aceptar la única consecuencia posible.

Resultaría asimismo muy difícil para nosotros poder conti­nuar formando parte de la Sociedad de Naciones como pueblo constantemente repudiado y difamado.

El Gobierno y el pueblo alemán se dan cuenta de la impor­tancia de la presente crisis. Años hace que desde Alemania han salido voces de aviso sobre las consecuencias políticas y econó­micas a que habían de llevar los métodos aplicados. Si se sigue por los caminos y con los procedimientos hasta ahora emplea­dos, el final no es dudoso. Después de los éxitos aparentes logrados por tal o cual país, serán mayores todavía las catástro­fes políticas y económicas para todos. Evitarlas es nuestro deber supremo.

Para lograrlo nada se ha hecho hasta ahora decisivo. Se nos dice que el régimen que nos ha precedido había gozado en el mundo de ciertas simpatías. Los efectos de estas simpatías en y para Alemania ya hemos visto cuales eran. Millones de exis­tencias, profesiones enteras en la ruina y un imponente ejérci­to de obreros en paro forzoso, un desolador desengaño cuya profundidad y extensión quisiera hoy dar a comprender al mundo por medio de una sola cifra:

Desde el dia de la firma de ese tratado, obra de paz que había de ser la piedra angular de una nueva era de bienestar para todos los pueblos, 224.900 seres humanos se han suici­dado en Alemania casi exclusivamente por motivos económi­cos. Hombres y mujeres, ancianos y niños, testigos incorruptibles, acusadores contra el espíritu y el cumplimiento de un tratado cuya aplicación fue esperada, no solo por el resto del mundo, sino también por millones de alemanes, como una promesa de bendición y ventura.

Ojalá que las otras naciones puedan también comprender la voluntad inquebrantable de Alemania para poner fin a un período de humanos errores y encontrar el camino que con­duzca finalmente a la reconciliación de todos sobre la base de la igualdad de derechos.


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