No somos los primeros en haber intentado recopilar información sobre la cerveza. Mucho antes que nosotros, incluso antes de que Internet existiera, el famoso historiador Fernand Braudel escribió el libro "Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII", en cuyo tomo I "Las estructuras de lo cotidiano" Braudel nos cuenta el papel de las principales bebidas alcohólicas en la sociedad, y entre ellas, como no, la inigualable..... cerveza
La cerveza
Al
referirnos a la cerveza, si no nos remontamos demasiado a los lejanos orígenes
de tan antiguo brebaje, estamos nuevamente obligados a hablar de Europa,
con excepción de alguna cerveza de maiz de la que ya hemos tratado
incidentalmente al hablar de América, y de la cerveza de mijo que,
entre los negros de África, desempeña la función
ritual del pan y del vino entre los occidentales. La cerveza, en efecto,
se conoce, desde siempre, tanto en la antigua Babilonia como en Egipto.
Aparece ya en China a finales del segundo milenio, en la época de
los Changs. El Imperio romano, que fue poco aficionado a ella, la encontró
sobre todo lejos del Mediterráneo, como por ejemplo en Numancia,
sitiada por Escipión en 133 a. de C., y en las Galias. El emperador
juliano el Apóstata (361 –363) sólo la bebió una vez
y se burló de ella. Pero en Treveris, en el siglo IV, hay ya barriles
de cerveza, que se ha convertido en la bebida de los pobres y de los bárbaros.
Está presente en todo el vasto Imperio de Carlomagno y en sus propios
palacios, donde los cerveceros se encargaban de fabricar buena cerveza,
cervisam
bonam..., facere debeant.
Se
puede fabricar tanto a partir del trigo como de la avena, del centeno,
del mijo, de la cebada o incluso de la espelta. Nunca se utiliza un solo
cereal; hoy, los cerveceros añaden a la cebada germinada (malta),
lúpulo y arroz. Pero las recetas de antaño eran muy variadas
e incluian amapolas, champiñones, plantas aromáticas, miel,
azúcar, hojas de laurel... Los chinos echaban tambien a sus
«vinos» de mijo o de arroz ingredientes aromáticos o
incluso medicinales. La utilización del lúpulo, hoy generalizada
en Occidente (transmite a la cerveza su sabor amargo y asegura su conservación),
parece proceder de los monasterios de los siglos VII o XI (se menciona
por primera vez en el 822); se señala en Alemania en el siglo XII;
en los Países Bajos a comienzos del XIV; llega tardíamente
a Inglaterra a comienzos del XV, y, como dice un refrán que exagera
un poco (el lúpulo estuvo prohibido hasta 1556):
Hops,
Reformation, bays and beer
Came
into England all in one year.
Instalada
fuera de los dominios de la vid, la cerveza predomina sobre todo en la
amplia zona de los países del Norte, desde Inglaterra hasta los
Países Bajos, Alemania, Bohemia, Polonia y Moscovia, Se fabrica
en las ciudades y en los dominios señoriales de Europa central,
donde «los cerveceros se muestran por lo general propensos a engañar
a su señor». En los señoríos polacos, el campesino
llega a consumir diariamente hasta tres litros de cerveza. Como es natural,
el reino de la cerveza no tiene, hacia el oeste o el mediodía, límites
precisos. Progresa incluso con bastante rapidez hacia el Sur, sobre todo
en el siglo XVII, con la expansión holandesa. En Burdeos, reino
del vino donde se combate con fuerza la implantación de cervecerías,
la cerveza importada corre a chorros en las tabernas del barrio de Chartrons,
colonizado por los holandeses y otros extranjeros Más aún,
Sevilla, otra capital del vino y tambien del comercio internacional, cuenta
ya con una cervecería en 1542. Hacia el Oeste se extiende una zona
fronteriza amplia e indecisa, en la que la instalación de cervecerías
nunca revistió caracteres revolucionarios. Así en Lorena,
donde las vides son mediocres y de producción insegura. Y hasta
en París para Le Grand d'Aussy (La vie privée des Français,
1782), al ser la cerveza bebida de pobres, su consumo aumentaba en
las epocas difíciles; a la inversa, la prosperidad económica
transformaba a los bebedores de cerveza en bebedores de vino. Siguen algunos
ejemplos tomados del pasado, y añade: «Nosotros mismos hemos
visto cómo los desastres de la guerra de los Siete Años (1756-1763)
producían efectos semejantes. Ciudades donde hasta entonces sólo
se bebía vino, empezaron a consumir cerveza, y yo mismo sé
de casos semejantes en Champaña, donde en un solo años se
instalaron cuatro cervecerías en una misma ciudad. »
No
obstante, entre 1750 y 1780 (la contradicción sólo es aparente,
ya que a largo plazo este período es económicamente próspero),
la cerveza va a ser objeto en París de una larga crisis. El número
de cerveceros pasa de 75 a 23, la producción de 75.000 muids (un
muid = 286 litros) a 26.000, los cerveceros se veían pues forzados,
todos los años, a interesarse por la cosecha de manzanas para intentar
compensar con la sidra lo que perdían con la cerveza. Desde este
punto de vista, la situación no había mejorado en vísperas
de la Revolución, el vino continuaba siendo el gran vencedor: de
1781 a 1786, su consumo se elevó en París, a 730.000 hl,
cifra anual redondeada, frente a 54.000 de cerveza (es decir, una relación
de 1 a 13,5). Pero el dato siguiente confirma la tesis de Le Grand d'Aussy:
de 1820 a 1840, en período de dificultades económicas evidentes,
la relación, también en París, pasó a ser de
a 6,9. Se produjo un progreso relativo de la cerveza.
Pero
la cerveza no es sólo característica de la pobreza, como
la small beer inglesa de fermentación casera que acompañaba
a la cold meal y al oat cake cotidianos. Junto a una cerveza popular muy
barata, los Países Bajos conocen desde el siglo XV una cerveza de
lujo, importada de Leipzig para los ricos. En 1687, el embajador francés
en Londres envía regularmente al marqués de Seignelay ale
inglesa, de «la llamada Lambet ale», y no de «la fuerte
[cuyo] sabor no gusta nada en Francia, [que] emborracha como el vino y
cuesta igual de cara». De Brunschwig y de Bremen, a finales del siglo
XVII, se exporta una cerveza de excelente calidad a las Indias orientales.
En toda Alemania, en Bohemia, en Polonia, un fuerte auge de la cervecería
urbana, que adquiere frecuentemente proporciones industriales, relega a
un segundo plano la cerveza ligera, a menudo sin lúpulo, señorial
y campesina. Poseemos a este respecto una literatura ingente. La cerveza
es, en efecto, objeto de legislación, así como los establecimientos
donde se consume. Las ciudades vigilan su confección en Nuremberg
sólo esta permitido fabricarla desde el día de San Miguel
hasta el domingo de Ramos. Y se imprimen libros para elogiar las cualidades
de las cervezas famosas, cuyo número aumenta de año en año.
Un libro del Heinrich Knaust, aparecido en 1575, establece la lista de
los nombres y apodos de las cervezas celebres y especifica virtudes medicinales
que éstas tienen para los bebedores. Pero todas las famas están
abocadas a cambiar. En Moscovia, donde todo va con retraso, todavía
en 1655 el consumidor se procura la cerveza y el aguardiente en «la
cantina pública» al mismo tiempo que compra, para tener
una vez más las arcas de un Estado comerciante y monopolista, el
pescado salado, el caviar o las pieles teñidas de negro de los corderos
importados de Astrakan y de Persia.
Así
hay en todo el mundo millones de bebedores de cerveza. Pero los bebedores
de vino de los países vinícolas se burlan de esta bebida
del Norte. Un soldado español, que asiste a la batalla
de Nordlingen, la desprecia y ni la toca «pues me parece un orinado
un rocín que tuviera fiebre». Sin embargo, cinco años
después se arriesga a probarla. Desgraciadamente, lo que bebió
durante toda la velada fueron «potes de purga». La pasión
por la cerveza, a la que no renunció ni en su retiro de Yuste a
pesar de los consejos de su médico italiano, demuestra que Carlos
V era flamenco.