Una importante partida de los romeros que peregrinaban a Santiago estaba compuesta por gente enferma, que acudía a Compostela atraída por el milagroso poder curativo del Apóstol, reconocido en todo el mundo cristiano. Muchos de ellos recuperarían la salud por el Camino, beneficiados por el simple ejercicio físico al aire libre. Pero otros, los aquejados de un mal severo, dejarían la piel y hasta los huesos en el intento, en alguno de los hospitales dispuestos a lo largo del Camino, tanto para que reposaran los sanos como para que sanaran los enfermos y, llegado el caso, descansaran en paz los que no pudieron pasar de aquella etapa. Del mismo modo, el juego de la oca, al que se le han buscado similitudes con la peregrinación jacobea, incluye casillas fatídicas donde el jugador que cae es eliminado.
También estaban los que saliendo sanos enfermaban por el Camino. Pero antaño y hogaño, la mayoría de los peregrinos se resienten de los pies. Ni el propio romero mayor, el mismo Santiago, logró librarse de las dolencias que afectan al sufrido caminante. Y, en este caso, a causa de espina vegetal. Cuentan en Lérida que una tarde que andaba el Santo predicando se le clavó una espina en el talón y, con las primeras penumbras de la noche, no lograba dar con ella para arrancársela. Tuvieron que bajar ángeles del cielo, provistos de linternas, para alumbrar con su luz el pie herido y localizar así la punta lacerante. En el lugar del suceso se levantó la iglesia de S. Jaume del Peu del Romeu, y todavía los niños leridanos recorren las calles de la ciudad provistos de farolillos al caer la tarde del 24 de Julio, víspera de la festividad del Santo.
El Camino, ha revestido siempre una forma de esperanza en la curación, desde aquellos tiempos remotos de la antigüedad en que los enfermos eran sacados a las cunetas para ver si pasaba algún viajero que reconociera los síntomas y supiera su remedio.
Rara es la ciudad importante del Camino que no contó con su lazareto, siempre apartado en las afueras, extramuros, para acoger a los leprosos bajo la tutela de S. Lázaro. Terrible fue la peste que asoló Europa en el siglo XIV.
La profesión médica tenía poca estima y muchos dolientes preferían ponerse en manos de la providencia que confiar su salud a un galeno. Había médicos laicos, que practicaban una titubeante ciencia plagada de falsas conclusiones, y monjes herbolarios que aplicaban las recetas del griego Dióscorides, médico militar al servicio de Nerón y autor del primer tratado sobre remedios naturales, entre ellos las plantas medicinales, pero que tampoco debía de atinar mucho en los diagnósticos. Así y todo, las fórmulas clásicas, griegas y romanas, y también las árabes, eran mejores que las de la escuela cristiana. Por este motivo, por mantenerse fiel al pensamiento grecorromano, heredero en las artes curativas del saber egipcio del templo de Imhotep, se hizo célebre la escuela de medicina de Salerno, uno de cuyos discípulos, un tal Robertus, ejerció en Compostela atendiendo a peregrinos.
Ante la variedad de males y la escasez de conocimientos médicos los métodos de curación debían de ser, por tanto, muy diversos e irían desde los milagros hasta la pura sanación natural, sin mayores intervenciones, pasando por el efecto que pudieran tener los fármacos y algunas plantas que crecen a la vera del Camino. Respecto a los fármacos, había recetas complejas que incorporaban más de 20 ingredientes, a cada cual de nombre más evocador, como el cinamomo, la nuez moscada y el ruibarbo, o el aloe, una especie de panacea universal. Entre los herbolarios y especieros también había superchería y abuso de los pobres peregrinos, como recuerda el Liber Sancti Iacobi:" Algunos hay que venden hierbas podridas por buenas. Otros venden especies bastardas como exquisitas". No obstante, en la Reseña histórica de la erección del Real Hospital de Santiago ya se deja muy claro que los sanitarios tenían la obligación de perfumar las enfermerías con hierbas aromáticas y que la huerta de este establecimiento debía dedicarse al cultivo de plantas medicinales.
Remedios vegetales: Entre las plantas milagrosas figura el dictamo, especie apócrifa, que tenía la virtud de hacer salir el hierro del cuerpo, necesidad lógica en aquellos tiempos de salteadores de caminos y gente armada. Los ciervos heridos por el cazador la buscaban en el bosque para comerla y librarse con sus efectos de saetas y azagayas. Y entre las plantas de existencia real, pero con efecto milagroso, se encuentra la escorzonera (Scorzonera hispánica) que, como ya advierte su nombre, se usaba para combatir las mordeduras de víboras. Sin embargo, su utilidad real es para combatir el reumatismo, la hipertensión y la arteriosclerosis. En cualquier caso, si no sanan al menos tampoco no perjudican.
Una panacea casi verdadera, es la planta llamada todosana, sanalotodo u orovale (Hypericum androsaemum), cuyos nombres vulgares hablan bien a las claras de sus múltiples aplicaciones, aunque los peregrinos sanos la usaban para tratarse daños menores y habituales en un caminante, básicamente en forma de emplasmos contra golpes y rozaduras. Para este cometido, usaban el cardo corredor, pero como amuleto. Se usaba también el beleño (hyoscyamus niger), planta ruderal y abundante que crece al pie de muros y cercas, para calmar el dolor de muelas. Aunque sin abusar, ya que quienes la consumían volaban, percibían el futuro o se acoplaban con el maligno.
Las hemorroides son otra afección molesta al caminante que los peregrinos combatían con las yemas del álamo negro (Populus nigra), cuyas resinas y esencias mezclaban con manteca de cerdo hasta formar un ungüento de fácil aplicación. También usaban las hojas de otro árbol ribereño, el aliso (Alnus glutinosa), para cansancio de pies y rozaduras, con sus hojas realizaban una especie de plantilla que colocaban dentro de los calcetines durante las horas de descanso.
Las diarreas remitían gracias a los taninos que contienen los brotes de las zarzamoras (Rubus fruticosus), tan abundante en los caminos rurales, o sus mismos frutos. El resto de los males estomacales se trataban con hierbabuena (Mentha sativa) y poleo (Mentha pulegium) y, con hinojo (Foeniculum vulgare) que facilitan la digestión, dan buen aliento, alivian los dolores de tripas y ayudan a expulsar las lombrices estomacales.
Los diviesos y furúnculos remitían con cataplasmas hechas a base de flores de malva (Malva silvestris) y, en fresco, con la raíz del lampazo menor (Arctium minus), una planta que crece cerca de las habitaciones del hombre y de sus animales, allí donde se acumula estiércol y otros restos nitrogenados.
El cansancio, otra de las consecuencias de la peregrinación, podía aliviarse de muchas maneras, entre ellas comiendo berros (Nasturtium officiale), una planta acústica rica en vitaminas que crece en charcas, fuentes y arroyuelos de aguas claras. O bebiendo zumo azucarado de uva de gato (Sedum album), una planta rupícola, frecuente en todo el país, que crece incluso en los tejados viejos. Otra planta rica en vitaminas que proliferan en pozos, y acequias es la pamplina del agua (Samolus valerandi), ingrediente de humildes ensaladas campestres. Las urticantes ortigas (Urtica dioica), una vez cocidas y rehogadas como si fueran acelgas o espinacas, constituyen un plato nutritivo y fácil de digerir, tristemente olvidado en beneficio de otras verduras con mejor prensa.
Existen otras plantas, como la siempreviva (Sempervivum tectorum) o el romero (Rosmarinus offcinalis). Esta planta arbustiva de hasta 1 mt. de altura, de la familia de las labiadas, se utilizaba y utiliza para condimentos. Los peregrinos la usaban para aliviar las picaduras de insectos o cicatrizar heridas.
Pero la planta más relacionada con el Camino, es la hierba de Santiago (Senecio jacobaea) también llamada sacapedos en alusión a sus demostradas propiedades carminativas. Esta planta se encuentra solo en los Pirineos y otros sistemas septentrionales. Los peregrinos, como los pastores del Pirineo, la usaban en tintura por sus propiedades vulnerarias, es decir para cicatrizar llagas y heridas. Con este mismo fin echaban mano también de la milenrama (Achillea millefolium), que precisamente se conoce como hierba de las heridas y, en Portugal, como erva-dos-soldados. Vive esta planta en la mitad septentrional.
La lista sería interminable. Aunque, llegado el caso, los caminantes sedientos o con el frío metido en el cuerpo tampoco le harían ascos a un vaso de vino o de orujo gallego.
