| BERDÚN-LEYRE DISTANCIA:30 KMS. |
Nos adentramos en la provincia de Zaragoza, avistamos enseguida el embalse de Yesa, conocido como Mar del Pirineo. En una eminencia sobre su orilla derecha se alza Esco, pueblo abandonado que tuvo un castillo de gran valor estratégico en el s. XIII. El Camino pasaba por Tiermas, otro pueblo medieval con restos de fortificaciones y hoy enterrado en el embalse. El Códex menciona esta localidad: "donde hay baños reales, cuyas aguas están siempre calientes". Estas termas romanas, a igual que la calzada de peregrinos están bajo las aguas.
Enseguida entramos en territorio navarro, concretamente nos dirigimos a la abadía de S.Salvador de Leyre, después de ir trepando tres kilómetros y medio por zona boscosa, en las faldas del monte Arangoiti.
Antiguo cenobio benedictino. Cuando fue visitada por S.Eulogio en el s. IX, la abadía era de creación reciente. En el siglo siguiente, sobre todo después de la destrucción de Pamplona por Abderramán III en 924, sirvió de refugio a los obispos de esta ciudad. Más tarde, tras la restauración de la sede episcopal de Pamplona, los obispos continuaron, por espacio de algún tiempo, siendo elegidos entre los monjes de Leyre. Además, los reyes de Navarra dispensaron una protección especial al monasterio, en el que solían residir con frecuencia, aparte de que generalmente lo escogían como lugar de su sepultura. A fines del reinado de Sancho el Grande fue introducido en él la reforma cluniacense.
En el s. XI, se reconstruyó la iglesia monástica, que fue objeto de dos consagraciones solemnes, en 1.057 y en 1.098. La primera parece haber sido efectuada en la parte oriental del edificio, que comprende una espaciosa cripta y el presbiterio de una iglesia superior de tres naves con bóvedas de medio cañón, reforzadas con fajones y ábside semicirculares en la cabecera. Posee una torre cuadrada con ventanales de triple vano. Nos hallamos en presencia de un arte tosco y recio que conmueve por su grandiosa simplicidad y asombra por la elección de capiteles monumentales, dispuestos sobre fragmentos de columnas, para soportar las bóvedas de la cripta. En cuanto a la escultura de estos capiteles y de los modillones de la cornisa abdisal, es elemental. Ignora a un tiempo el arte mozárabe y los movimientos innovadores del románico. La ornamentación se reduce a ranuras, báculos, espirales y margaritas toscamente ejecutadas. Por lo que respecta a la figura humana, que aparece a veces en los ábacos y en los modillones, está representada, asimismo, de forma primitiva.
Sabemos por la consagración de 1.098 que la construcción de la iglesia se había prolongado hasta la mitad del s. XI. Es posible que fuera interrumpida cuando la anexión de Navarra a Aragón en 1.076, y reanudada a fines del siglo. El edificio carecía aún de portada monumental, que sólo data del s. XII, de la escuela del Maestro Esteban. En ésta brilla, la influencia del arte románico. Las figuras dispuestas sobre el tímpano y el borde de las archivoltas se inspiran en modelos del Pórtico de los Orfebres, al igual que los animales fantásticos que decoran los capiteles. El desorden observado en la distribución de los motivos proviene acaso en parte de los trastornos sobrevenidos en el curso de las obras posteriores que trasformaron las tres naves de la iglesia en una nave única con bóvedas de ojivas.
Otra interesante portada románica es la que accede a la capilla de S.Benito, de estilo jaqués, en la fachada meridional
La cabecera del coro es otro de los elementos destacables por su antigüedad, y de hecho está considerada como la primera edificación española de grandes dimensiones típicamente románica. En la iglesia se conserva una interesante talla de Santa María de Leyre.
Esta abadía fue incendiada en el año 1.835, a raíz de la Desamortización, fue restaurada por la Diputación Foral de Navarra después de la guerra civil y restituido a los monjes benedictinos en 1.954. Desde la explanada en la que se encuentra la abadía, se puede verse una hermosa panorámica del Pirineo, embalse del Yesa y del Somosanto
En este monasterio
se sitúa la conmovedora leyenda del abad S.Virila, a quien se recuerda
en una fuente próxima, según
la cual este santo varón pasó trescientos años en
éxtasis oyendo el canto de un pajarillo, como una lección
del Señor por haber puesto en duda el misterio de la eternidad:
"Mira hijo, es infinitamente mejor ver a Dios cara a cara que recrearse
con una avecilla y escuchar su canto".
