El
Magisterio pontificio
La Virgen del Pilar con San Gregorio Magno y San Pedro
(Francisco Bayeu)
La
devoción mariana y la fidelidad al sucesor de Pedro han
caracterizado siempre al catolicismo español.
Por
otra parte los Sumos Pontífices han desarrollado y
alentado la mariología y la devoción mariana
intrínsicas en la religiosidad española.
De
forma especial lo ha hecho el Papa Juan Pablo II,
felizmente reinante, que ha proyectado su mirada hacia el
Pilar de Zaragoza en solemnes ocasiones con continudidad.
La
primera de ellas fue desde Roma, cuando, con ocasión del
VIII Congreso Mariológico y XV Mariano Internacionales,
celebrados en la ciudad del Ebro, envió un mensaje
radiotelevisado el 12 de octubre de 1979.
Naturalmente
en esa ocasión el tono general del discurso se acomoda
al tema de los Congresos, uno en relación con el culto a
la Santísima Virgen (siglo XVI) y otro, el Mariano, en
torno a María y a la misión de la Iglesia.
Ello
no obstante, el Papa no puede menos de evocar la figura
de la Virgen del Pilar como centro de la devoción
mariana de España:
«Es para mí motivo de gran satisfacción asociarme,
como en una única demostración de gratitud y afecto
filial hacia la Madre de Dios, con todos cuantos os
habéis reunido estos días en Zaragoza, en torno a la
Virgen del Pilar.... un saludo especial y entrañable
quiero dirigir hoy a todos los hijos de la noble nación
española, cuya distinguida piedad mariana y cuyo fervor
por cuanto significa honor para la Madre de Dios tienen
pulsación propia, desde época inmemorial... En efecto,
desde los primeros siglos del Cristianismo aparece en
España el culto a la Virgen, como consta por algunos
monumentos de la antigüedad de los que se conservan
preciosos testimonios...
Esta devoción mariana no ha decaído a lo largo de los
siglos en España, que se reconoce corno "tierra de
María". Los numerosos santuarios diseminados como
hitos de luz por todas las regiones españolas, cuyo
símbolo es en estos momentos la basílica del Pilar, son
todavía testigos de la fe viva y de la devoción del
pueblo español a la Virgen María, así como su
expresión de vida cristiana que yo, como Supremo Pastor
y Sucesor de San Pedro, quiero bendecir y alentar ... »

Su
Santidad Juan Pablo II orando ante la Santísima Virgen
del Pilar
Una
segunda oportunidad fue mucho más entrañable y
significativa. El Santo Padre, con motivo de su visita
pastoral a España, en otoño de 1982, vino personalmente
a Zaragoza, para postrarse ante la Virgen del Pilar (6 de
noviembre). La importancia que el Papa otorgaba a la
devoción pilarista se subraya por tres rasgos
singulares. En primer lugar, él mismo destaca que viene
como primer Papa peregrino al Pilar, reservando para ese
día su mensaje mariano nacional, del que más adelante
recogeremos algunos párrafos; en segundo lugar,
aprovecha la circunstancia de coincidir su peregrinación
al Pilar en sábado para rezar, arrodillado en la plaza
de la basílica, el Santo Rosario; finalmente, después
de postrarse y orar devotamente ante la imagen misma, que
se venera en la Santa Capilla, como gesto de su profunda
esclavitud mariana, depositó a los pies de la Señora su
blanco solideo y entregó como ofrenda y recuerdo un
bellísimo rosario. En página miniada del libro de oro
de la basílica dejó estampada su firma.
He aquí las frases del mensaje mariano que hacen
relación más expresa al Pilar:
«Los caminos marianos me traen esta tarde a Zaragoza. En
su viaje apostólico por tierras españolas, el Papa se
hace hoy peregrino a las riberas del Ebro. A la ciudad
mariana de España. Al santuario de Nuestra Señora del
Pilar.
Veo así cumplirse un anhelo, que ya antes deseaba poder
realizar, de postrarme como hijo devoto de María ante el
Pilar sagrado, para rendir a esta buena Madre mi homenaje
de filial devoción y para rendírselo unido al Pastor de
esta diócesis, a los otros Obispos y a vosotros,
queridos aragoneses, riojanos, sorianos y españoles
todos, en este acto mariano nacional.
Peregrino hasta este santuario, como en mis precedentes
viajes apostólicos ...
De estos santuarios y de todos los otros no menos
venerables, donde os unís con frecuencia en el amor a la
única Madre de Jesús y nuestra, es hoy un símbolo que
nos congrega en Aquélla a quien, desde cualquier rincón
de España, todos llamáis con el mismo nombre: Madre y
Señora nuestra.
Siguiendo a tantos millones de fieles que me han
precedido, vengo como primer Papa peregrino al Pilar,
como signo de la Iglesia peregrina de todo el mundo, a
ponerme bajo la protección de nuestra Madre, a alentaras
en vuestro arraigado amor mariano, a dar gracias a Dios
por la presencia singular de María en el misterio de
Cristo y de la Iglesia en tierras españolas, y a
depositar en sus manos y en su corazón el presente y
futuro de vuestra nación y de la Iglesia en España.
El Pilar y su tradición evocan para vosotros los
primeros pasos de la evangelización de España.
Aquel templo de Nuestra Señora que, al momento de la
reconquista de Zaragoza, es indicado por su Obispo como
muy estimado por su antigua fama de santidad y dignidad;
que ya varios siglos antes recibe muestras de
veneración, halla continuidad en la actual basílica
mariana. Por ella siguen pasando muchedumbres de hijos de
la Virgen, que llegan a orar ante su imagen y a venerar
el Pilar bendito.
Esa herencia de fe mariana de tantas generaciones ha de
convertirse no sólo en recuerdo de un pasado, sino en
punto de partida hacia Dios. Las oraciones y sacrificios
ofrecidos, el latir vital de un pueblo, que expresa ante
María sus seculares gozos, tristezas y esperanzas, son
piedras nuevas que elevan la dimensión sagrada de una fe
mariana.
Porque en esa continuidad religiosa, la virtud engendra
nueva virtud. La gracia atrae gracia. Y la presencia
secular de Santa María va arraigándose a través de los
siglos, inspirando y alentando a las generaciones
sucesivas. Así se consolida el difícil ascenso de un
pueblo hacia lo alto...
El Pilar de Zaragoza ha sido siempre considerado como el
símbolo de la firmeza de fe de los españoles ... »
El discurso lo termina con una fervorosísima plegaria en
que confía a la Santísima Virgen del Pilar todas sus
preocupaciones apostólicas respecto de España y que
desde esa fecha es la oración oficial que todas las
tardes se reza ante la venerada imagen.

Su
Santidad Juan Pablo II orando ante la Santísima Virgen
del Pilar
La disposición de Juan Pablo II es reflejo de la
posición de todos los papas . Pero como sería tan
extenso vamos a centrarnos en los del último siglo.
En el siglo XX han ocupado la Cátedra de Pedro los
pontífices siguientes: San Pío X (1903-1914), Benedicto
XV (1914-1922), Pío XI (1922-1939), Pío XII
(1939-1958), Juan XXIII (1958-1963), Paulo VI (19631978),
Juan Pablo I (1978) y Juan Pablo II (1978 ... ).
Limitándonos
a estudiar los documentos de estos pontífices que hacen
explícita referencia a Nuestra Señora del Pilar.
San Pío X, el 28 de septiembre de 1904, ampliaba todas
las gracias del año jubilar de la Inmaculada
(cincuentenario de su definición) a cualquier fiel que,
al año siguiente (año 1905), en que tendría lugar la
coronación canónica de la Virgen del Pilar, acudiera en
peregrinación a su basílica. Esta concesión pontificia
fue tan extraordinaria que el propio Santo Padre pudo
decir: «No he podido conceder más.»
El 28 de abril de 1905 bendecía con toda solemnidad la
rica y artística corona que los católicos españoles
habían ofrendado a la Virgen del Pilar. Antes de
bendecir esa corona, el Papa celebró el santo sacrificio
de la misa, en el que tuvo dos gestos particularmente
destacabas: de una parte, en tan señalada ocasión
elogió a nuestra nación diciendo: «España es
verdaderamente grande en su fe y en su devoción a
María; con esta corona ha dejado pequeño a todo el
mundo católico.» De otra parte, regaló al cardenal
Soldevila, arzobispo de Zaragoza, el cáliz de oro con
que había celebrado el augusto sacrificio. En 1907
concedió indulgencias a los fieles que participaran en
la peregrinación al Pilar.
A petición de los prelados de la provincia eclesiástica
de Zaragoza, el 22 de agosto de 1908 concedió que en sus
diócesis se pudiera celebrar misa propia de la Virgen
del Pilar, mientras que en el mes de noviembre de ese
mismo año bendecía diecinueve banderas que las
repúblicas de América donaban como testimonio de amor
agradecido a la madre España para que fuesen colocadas
ante la Virgen del Pilar en su santuario de Zaragoza. Con
tal ocasión, y en respuesta a las palabras de monseñor
Jara, San Pío X pronunció un discurso en que elogió
tanto a España como a Hispanoamérica por su ferviente
amor a la Virgen del Pilar.
La reforma litúrgico establecida por San Pío X
suprimía ciertas fiestas de precepto y con ello quedaba
suprimida la fiesta del Pilar en Aragón. Como ésta se
venía celebrando como de precepto en esa región desde
el siglo XVII, a petición nuevamente de los obispos de
la provincia eclesiástica de Zaragoza, el 12 de
septiembre de 1911 la restablecía haciendo de esta
concesión pilarista un privilegio singular.

Su
Santidad San Pío X
Benedicto XV, mediante rescripto de la Sagrada
Congregación de Sacramentos de fecha 15 de noviembre de
1915, concedía el privilegio de celebrar en la Santa
Capilla la santa misa a las doce de la noche del 1 al 2
de enero, en conmemoración de la venida de la Virgen en
carne mortal.
Pío XI concedió un privilegio singular. Las normas
litúrgicas entonces vigentes no permitían que hubiera
dos capillas de comunión dentro de un mismo templo. El
Papa, sin embargo, otorgó la gracia especialísima de
conservar el Santísimo de modo permanente en dos
capillas, aparte del altar mayor. Estas capillas eran las
de San José y la de la parroquia. Por otra parte, el 19
de noviembre de 1925, al responder al discurso de su
majestad don Alfonso XIII, se refirió a «los
privilegiados y envidiados favores y sonrisas que os ha
concedido siempre y os concede aún la Reina del Cielo en
Zaragoza y en Montserrat, y de la venerada tradición que
os une tan estrechamente en relaciones gloriosas con el
Apóstol Santiago».
El 1 de agosto de 1931, Su Santidad Pío XI, en carta
dirigida al doctor Rigoberto Doménech y Valls, arzobispo
de Zaragoza, otorgaba la bendición apostólica a cuantos
con sus oraciones, con su cooperación o con sus
limosnas, contribuyeran a la restauración de la
basílica del Pilar.
Un último rasgo pilarista de este insigne pontífice fue
el declarar patrona de la ciudad de Alajuela, en Costa
Rica, a Nuestra Señora del Pilar, mediante la epístola
apostólica Alajuenlensium Episcopus, de fecha 29 de
noviembre de 1933. Ya en el año 1926, por la epístola
apostólica Beatae Virginis, de 12 de marzo de 1926,
agraviaba la iglesia de Nuestra Señora del Pilar de
Buenos Aires con el título de basílica menor.
Pío XII, el 15 de abril de 1939, tuvo un gesto de
especial veneración hacia la Virgen del Pilar. En esa
fecha visitaron al Papa las delegaciones de la Unión
Internacional de Organizaciones Femeninas Católicas,
llevando la representante de cada nación la imagen del
santo o virgen más representativo de los respectivos
países. Al pasar ante el trono pontificio la
representación española, Su Santidad Pío XII tornó en
sus manos la imagen de Nuestra Señora del Pilar, portada
por doña María de Madariaga, la colocó sobre el trono
pontificio, la besó con toda unción, haciendo lo mismo
con la bandera de España que envolvía la imagen.
Con fecha 24 de mayo de 1939, el pontífice escribió la
carta Certiores abste al arzobispo, entonces monseñor
Rigoberto Doménech y Valls, concediendo indulgencias a
todos los que con ocasión del XIX centenario de la
venida de la Virgen Santísima en carne mortal a
Zaragoza, visitaron el templo del Pilar durante el año
1940, habiendo confesado y comulgado.
El Secretario de Estado escribía el 26 de agosto de 1940
una carta al señor arzobispo de Zaragoza con ocasión
del Congreso Mariano Nacional que habría de celebrarse
en esta ciudad en conmemoración del centenario de la
venida de la Virgen del Pilar. El propio pontífice, con
ocasión de las fiestas conmemorativas del descubrimiento
de América, envió un mensaje el 12 de octubre de 1946,
dirigido a España y a la Hispanidad, en que pone de
manifiesto la providencial coincidencia de que el
descubrimiento de América tuviera lugar el día en que
España celebra la fiesta de Nuestra Señora del Pilar.
Por otra parte, y mediante la carta apostólica Decus
ornamentumque, de 24 de junio de 1948, el Santo Padre
declaraba basílica menor el templo nacional de Nuestra
Señora del Pilar de Zaragoza. Unos años más tarde, en
1951, por carta también apostólicaest quod, de 26 de
enero, «Nossa Senhora do Pilar» fue constituida patrona
celestial de la ciudad y del municipio de Sao Joáo del
Rey, en Brasil.

El Papa
Pío XII y la imagen de la Virgen del Pilar
En 1953, el Papa Pío XII, que por todo lo que venirnos
diciendo fue llamado con razón «el Papa de la
Hispanidad», tomó la alta decisión de enviar la
bandera pontificio para que escoltara continuamente a
Nuestra Señora del Pilar en su basílica de Zaragoza, en
cuyo camarín ocupa un puesto de honor.
Con motivo del Congreso Mariano Nacional celebrado el
año 1954 en Zaragoza, el entonces Jefe del Estado,
Generalísimo Franco, hizo el 12 de octubre la
consagración de España al Inmaculado Corazón de
María, precisamente ante la imagen de la Virgen del
Pilar. En esta solemnísima ocasión se escuchó como
respuesta el célebre radiomensaje de Su Santidad en el
que, entre otras cosas inolvidables, pronunció estas
emocionantes palabras referidas a nuestro tema:
«iY tú, oh Zaragoza, no serás ya insigne por tu
privilegiada posición.... lo serás por tu tradición
cristiana.... lo serás, sobre todo, por esa Columna...,
resultando así cimiento inquebrantable, inexpugnable
valladar e insuperable ornamento, no sólo de una nación
grande, sino también de una dilatada y gloriosa estirpe!
"Yo he elegido y santificado esta casa -parece decir
Ella desde su Pilar para que en ella sea invocado mi
nombre y para morar en ella por siempre"; y toda la
Hispanidad, representada ante la Capilla Angélica por
sus airosas banderas, parece que le responde: "y
nosotros te prometemos quedar de guardia aquí, para
velar por tu honra, para serte siempre fieles y para
incondicionalmente servirte"...»
En este histórico mensaje Su Santidad aprovechó la
ocasión para pedir a España que supiera corresponder
con obras al amor de privilegio que la Virgen muestra a
España en su Pilar:
« ... hijos amadísimos de toda España; prometedle
vivir una vida de piedad cada día más intensa, más
profunda y más sincera; prometedle velar por la pureza
de las costumbres, que fueron siempre honor de vuestra
gente; prometedle no abrir jamás vuestras puertas a
ideas y a principios que, por triste experiencia, bien
sabéis dónde conducen; prometedle no permitir que se
resquebraje la solidez de vuestro alcázar familiar,
puntal fundamental de toda sociedad; prometedle reprimir
el deseo de goces inmoderados, la codicia de los bienes
de este mundo, ponzoña capaz de destruir el organismo
más robusto y mejor constituído; prometedle amar a
vuestros hermanos, a todos vuestros hermanos, pero
principalmente al humilde y al menesteroso, tantas veces
ofendido por la ostentación del lujo y del placer. Y
Ella entonces seguirá siempre siendo vuestra especial
protectoras
En octubre de 1958 fallecía Pío XII. Sin embargo, en
ese mismo año el Papa había dado una proyección más
universal a la devoción secular de Nuestra Señora del
Pilar. Con motivo de la beatificación de la Madre Teresa
Jornet, celebrada en el mes de abril, en el discurso
pronunciado en tal ocasión llamó a la Virgen del Pilar
«Reina de la Hispanidad». Se trataba de una especie de
sanción solemne y reconocimiento oficial de este título
glorioso. Precisamente el mes anterior a este discurso,
Su Santidad había concedido que la misa propia de la
Virgen del Pilar, que hasta entonces sólo podía
celebrarse dentro de los límites de la provincia
eclesiástica de Zaragoza, se extendiera a todos los
países del mundo hispánico, esto es, a toda España, a
Hispanoamérica y a Filipinas.

Su
Santidad Juan XXIII
Juan
XXIII, siendo todavía sólo Cardenal, visitó la
basílica del Pilar de Zaragoza y firmó en el libro de
oro. Esta visita dejó honda huella en su espíritu, al
comprobar la multitud de fieles que invocan
fervorosamente a la Virgen del Pilar en su Santa Capilla.
En su breve pontificado no tuvo ocasión de publicar
ningún documento que afectara a Nuestra Señora del
Pilar. Pero la fuerte impresión que dejara en su alma la
visita ya mencionada, la expresó vivamente en la
audiencia que concedió el 19 de noviembre de 1958 al
arzobispo de Zaragoza, a la sazón don Casimiro Morcillo
González, acompañado de varios sacerdotes de la
diócesis. En aquella ocasión, Su Santidad recordó una
anécdota entrañable que le aconteció en la basílica
pilarista. El cardenal Roncalli, al subir al Camarín de
la Virgen, vio que le era imposible, por su robustez
personal, llegar a besar la imagen misma de la Virgen y
tuvo que limitarse a besar su manto, mientras decía:
«Madonna, non posso.»
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