TRES AVATARES DE MANUEL PAYNO¨

TRES AVATARES DE MANUEL PAYNO¨

 

 

 

La historia oficial del México decimonónico fue desmentida y cuestionada por varios ideólogos del momento, entre los que destaca –sin duda alguna- Manuel Payno (1810-1894), quien, al ser un hombre de acción y partidario del ala liberal moderada, observaba cómo la sociedad mexicana se derrumbaba y se dividía por la pugna de intereses económicos y la polarización de las clases sociales. Este hombre de letras, autor de Los bandidos de Río Frío, consideraba al mundo como un carnaval, a la vida como una puesta en escena y al hombre como una máscara cambiante. En este sentido, el mexicano debía ser atrevido, astuto, apasionado, pero, ante todo, tenía que reflexionar y moderar sus deseos mediante la reflexión en torno a los aspectos más significativos de la cultura. Lo anterior no implicaba la hipocresía, sino la sinceridad, la tolerancia hacia lo distinto, la manifestación de un signo de civilización y hermandad; en pocas palabras, el rechazo al personalismo. Payno, como bien se puede notar, era un romántico por carácter y un moderno por convicción: sus ideales de soberanía y su búsqueda por una expresión propia no excluían la acentuada religiosidad. Su fidelidad ideológica lo condujo, en la esfera política, a la ruina, al desdén, aunque también lo llevó al triunfo en el periodismo y en la literatura.

 

Las diversas facetas de este hombre nos muestran la historia de una vida compleja, dada su extensa obra política, económica y social, así como también su sensibilidad, su vitalidad y energía cotidianas. Ya decía Pedro Calderón de la Barca que el mundo es tan sólo el escenario de grandes comedias y tragedias, de farsas, entremeses, misterios y representaciones de todo tipo, donde los personajes no son actores únicos y estáticos, sino dinámicos, plurivalentes y polifacéticos. Manuel Payno, al igual que los hombres de acción política de su tiempo, no deslindaba su responsabilidad social de la labor periodística, histórica y literaria, razón por la que no sólo ocupaba un cargo público en el Ministerio de Hacienda, sino que al mismo tiempo hacía de las letras un instrumento de renovación social. Todas sus acciones, aunque unidas por las obsesiones y preocupaciones de su autor, nos muestran una faceta distinta, una transformación personal cuya esencia crítica e ilustrada permanece.

 

MANUEL PAYNO O LOS INFORTUNIOS DE LA MODERACIÓN

 

Una de las épocas más versátiles en la historia de México es la segunda mitad del siglo XIX, cuando se gestó un conflicto de identidad nacional, expresado fundamentalmente en la división ideológica entre liberales y conservadores. El partido liberal, como su nombre lo indica, propugnaba por los valores derivados de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, valores que influyeron fuertemente en el pensamiento de los hombres europeos y americanos decimonónicos. El liberalismo  surgió como reacción al absolutismo político en el siglo XVIII y fue la bandera de la burguesía francesa durante esta época. Con el paso del tiempo, la ideología liberal se transformó y se adaptó a las circunstancias de cada uno de los países que la adoptaba, de aquellas naciones que habían sido víctimas del monarquismo, de la esclavitud o de la rigidez social. En realidad, el liberalismo francés sólo fungió como modelo, como punto de partida de una postura originalmente antidogmática y como germen de los diversos matices del pensamiento liberal, matices que comparten la idea de que la sociedad debe ser un reflejo del espíritu libre del ser humano. Por esta razón, reducir el significado del liberalismo a lo anticonservador resulta simplista y maniqueo, pues entre dos polos suele haber una multitud de matices, entre los que destaca el liberalismo moderado o el catolicismo liberal.

 

El antagonismo entre una política absolutista, vinculada a una estricta ortodoxia religiosa, y la liberal, con influencias volterianas, generó diversas controversias sobre todo en los países eminentemente católicos. En México, la pugna entre liberales y conservadores no dividía a los católicos de los ateos, pero sí señalaba la ruptura social en términos económicos: los de mayores recursos querían mantener sus privilegios, mientras los más pobres buscaban una igualdad y una mejoría en su calidad de vida. Asimismo, el que muchos liberales fueran católicos y de clase media le confería al partido político mexicano una diversidad tal, que muchas veces se dificultaba la toma de decisiones. Manuel Payno no era un liberal radical pues no podía discernir los límites entre el poder estatal y el religioso, y dudaba sobre la proclamación de un laicismo estatal; sin embargo, estaba conciente de la necesidad de reformar poco a poco la estructura social heredada de la Colonia. Aunque separaba la religiosidad de la institución eclesiástica, Payno no estaba convencido de que la Reforma fuera pertinente en un país huérfano de padre, carente de una noción precisa de Estado, pero guiado –en gran medida- por la protección materna de la Iglesia católica.  Payno reconocía que la inquisición había ocasionado una serie de estragos e injusticias que habían rebasado el ámbito social para invadir el moral. De hecho, desdeñaba la utilización de la violencia en nombre de la religión o que la libertad fuera una justificación para la matanza, para la destrucción del hombre por el hombre. En este sentido, la Reforma no había sido más que un pretexto para el inútil derramamiento de sangre, para la lucha bárbara por el poder: “En una palabra, [la Reforma] –dice Payno- es el choque de cuerpos contra cuerpos, de instituciones contra instituciones, de masas contra masas”.[1] Se trataba, pues, de un proceso que lejos de conducir al avance moral, incitaba al cuestionamiento y a la destrucción de las tradiciones antiguas. Lo anterior, nos muestra cómo Payno se alejaba del modelo liberal, caracterizado por su escepticismo religioso y la denuncia mordaz contra la corrupción eclesiástica, participando así del liberalismo moderado.

 

La fractura mexicana entre liberales y conservadores no sólo permitió que el sueño de conciliación y de identidad nacional no se lograra del todo, sino que también favoreció las guerras civiles y las intervenciones extranjeras, las cuales respondían a un movimiento político-económico de tipo capitalista. México, debido a la vastedad de sus recursos naturales, era el blanco de muchas ambiciones y, al mismo tiempo, por su inestabilidad política, constituía la víctima perfecta del proceso neocolonizador, que se llevaría a cabo, años después, por los Estados Unidos.

 

El México independiente buscaba el modelo gubernamental ideal, por lo que permitía la inmigración extranjera pacífica. El desengaño y los obstáculos por librar se multiplicaban cada vez más porque, frente a la imagen de un nación incipiente, huérfana y heterogénea, algunos liberales pretendían modificar la imagen de un México amordazado por las rígidas estructuras sociales españolas, crear la idea de que la cultura mexicana podía alcanzar los mismos niveles de civilización y de progreso que los países europeos de mayor desarrollo social. Sin embargo, muchos pensadores de la talla de Manuel Payno opinaban que lo primero que debía resolverse para progresar era eliminar –en la medida de lo posible- la polarización económica, la injusticia social y, sobre todo, la intolerancia, sentimiento heredado de la tradición católica de una España decadente. Payno era conciente de la carencia de ideales, de la pugna sin sentido entre liberales radicales y conservadores. Evidentemente, las ideologías primigenias se habían trastocado y llevado al extremo del personalismo. Por esta causa Payno buscaba establecer –como liberal moderado- la concordia: quería detener esa pasión política cegadora mediante su labor pública y la elaboración de textos sólidamente argumentados sobre los daños y beneficios que pudieran producir tanto el sistema liberal como el conservador. Don Manuel, como hombre ilustrado y amante de la autonomía, no atacaba personas, sino acciones y pasiones que, como la política, perturbaban “las funciones ordinarias del entendimiento” y hacían desaparecer del corazón humano “aun esas dotes con que Dios ha favorecido la humanidad, en medio de su perecedera y miserable organización”.[2] La búsqueda de un equilibrio entre las fuerzas opuestas que devoraban al país llevó al Payno político a la ruina, al desdén absoluto, a portar la etiqueta de traidor a la patria, situación que le causó indignación, pero sobre todo un gran dolor. ¿Cuál fue la razón por la que se le acusó de traidor? Por una parte, su condición de liberal moderado, sus indagaciones respecto a las reformas sociales profundas, su vacilación frente a la separación de las dos instituciones más poderosas del país: la Iglesia y el Estado. Payno fue acusado de  traición porque no aprobaba la Ley Lerdo, porque quería que la Constitución de 1857 se aplazara y porque participó de manera indirecta en la revolución de diciembre de 1857 y enero de 1858.

 

Cuando Ignacio Comonfort era presidente, Payno fungía como ministro de Hacienda y mantenía relaciones amistosas con el caudillo, quien participó directamente con Sebastián Lerdo de Tejada en el establecimiento de la ley de desamortización de bienes esclesiásticos y comunales, legislación que pretendía obtener una mayor cantidad de propiedades particulares y mejorar las recepciones fiscales.  Obviamente, esta nueva ley propició que las autoridades eclesiásticas se opusieran y que, en protesta a ella, los del partido conservador se sublevaran. Puebla fue el primer estado en  levantarse contra Comonfort. Después se unieron otros estados al movimiento poblano, como San Luis Potosí. Payno, frente a esta lucha, no hizo más que comentar con algunos colegas suyos su desacuerdo e inconformidad con la Ley Lerdo, así como con el proyecto constitucional de 1857. Lo que Manuel Payno argüía en contra de la ley de desamortización era que al suprimir la propiedad comunal y al indicar que todas las propiedades inactivas –como las del clero- podían ser de particulares siempre y cuando fueran trabajadas, se producirían injusticias sociales y problemas de distribución, pues desde ese entonces era cuestionada la legalidad de los papeles de posesión de algunas de las tierras indígenas, expedidos durante la colonia. Asimismo, Payno consideraba que las leyes no debían hacerse con apremio “sino con todo el detenimiento que su gravedad requiere”.[3] Sin embargo, jamás conspiró contra Comonfort. Todo lo contrario, le aconsejó que antes de que sus manos se vieran manchadas de sangre que renunciara a su cargo presidencial.

 

En su “Memoria sobre la revolución de diciembre de 1857 y de enero de 1858”, Payno confiesa que su supuesta participación en el golpe fue producto de una serie de malentendidos y calumnias que se iniciaron cuando coincidió su renuncia del Ministerio de Hacienda con la ruptura de las relaciones entre Juan José Baz y Comonfort, y este hecho a su vez coincidió con el descubrimiento de una carta dirigida a Edvard Emil Langberg a favor del pronunciamiento, atribuida injustamente al Ministro de Hacienda, pues habían falsificado su firma.

 

En diciembre de 1857, Comonfort juró respetar la constitución liberal, promulgada en febrero de ese mismo año y realizada por el Congreso Constituyente de1856, en el que participaron Francisco Zarco, Ignacio Ramírez, José María Mata, Ponciano Arriaga, Santos Degollado, Melchor Ocampo, Sebastián Lerdo de Tejada y Benito Juárez, entre otros. No obstante, la tensión en que vivía el país y el repudio de los conservadores hacia esta Constitución, Comonfort decidió cambiar de táctica política, tratando de conciliar los intereses de liberales y conservadores, pero no se obtuvo la paz deseada. El plan que el presidente llevó a cabo y que fue presenciado en su totalidad por Payno fue el siguiente:  Comonfort se puso en contacto con Félix Zuloaga (conservador) para que éste lanzara el “Plan de Tacubaya”, intriga que atacaba la constitución, con el fin de aplazar la promulgación de la carta magna. Sin embargo, el plan tomó otro carácter cuando algunos estados de la República con ideas políticas opuestas no sólo luchaban entre sí, sino que también empezaban a emitir de manera independiente su papel moneda y sus leyes fiscales.  Esta lucha entre los estados significaba algo más que una guerra, ya que insinuaba la fragmentación total del país. La llamada “Guerra de tres años”  fue uno de los enfrentamientos más sangrientos y peligrosos de la historia de México.

 

 Ante tales desatinos políticos, el gabinete de Comonfort se redujo. Benito Juárez, quien era vicepresidente en esta época, reprobó contundentemente las decisiones del presidente, al igual que la mayoría de los ministros. No obstante, Manuel Payno siempre fue fiel a Comonfort y en su citada “Memoria...” nos muestra otra visión de lo que fue el “Plan de Tacubaya” y la “Guerra de tres años”; nos narra la historia extra oficial para explicar los sucesos y justificarse a sí mismo.  ¿Fue Payno en realidad un traidor a la patria?

 

Las acciones de un hombre, desde el exterior de una ideología, pueden parecer despreciables o adecuadas. Todo depende – como dice el proverbio popular- del color del cristal con que se mire, de  esa perspectiva que, la mayoría de las veces, requiere de la distancia y de la objetividad del crítico, pues  “para juzgar sin pasión a los hombres de esta época [...] es necesario –señala Payno-, aunque parezca atrevida o absurda la idea, olvidar la vida presente y juzgar cómo juzgaría la posteridad”.[4] Don Manuel propugna por la racionalidad, por el autoconocimiento que se logra desde la mirada externa del desdoblamiento. Dicha postura presenta una serie de dificultades que no son fáciles de resolver, sobre todo cuando el tiempo transforma los conceptos y las nociones de realidad gestadas en una cultura determinada. Actualmente, los valores de libertad y de religión no tienen el mismo significado que tuvieron en la época de Payno, por lo que evaluar o juzgar un comportamiento del pasado con nuestro código axiológico actual sería partir de la ignorancia y, por lo tanto, falsear las actitudes y las reacciones de un pueblo que, aunque hoy se llame igual que en el siglo XIX, es otro. Ahora bien, si consideramos que la traición es el hecho de defraudar la confianza de alguien, cabría cuestionarse si Payno traicionó al partido liberal al apoyar a Comonfort en su desconcertante cambio de política, cuando nunca estuvo totalmente de acuerdo con las leyes de Reforma. ¿Acaso disentir es una forma de traición?

 

Si bien es cierto que hoy la postura de Payno frente a la Reforma  nos puede parecer cuestionable, también lo es el hecho de que este hombre de letras poseía, además de su acentuado catolicismo, una gran cualidad, que muchos liberales radicales no tenían debido a la pasión política que los cegaba: la perspectiva histórica. A Payno no se le olvidaba que algunos acontecimientos históricos habían sido manipulados por la vida política, siempre movida por intereses personales. Además, dadas las circunstancias históricas de nuestro país, Payno sabía que era imposible establecer una estructura gubernamental extranjera, sólo porque en otros países había tenido éxito. En la visión payniana del mundo, la política y la historia son complementarias. Dicha visión le ocasionó muchos problemas. El escritor no se cansó de afirmar que su ruina fue ser independiente, participar de un partido poco influyente y no institucionalizado. En efecto, los errores políticos de don Manuel se debieron al miedo, al desprecio de la violencia y a sus bases ideológicas urbanas, derivadas de la situación social estable de la clase media. Empero, Payno no dejó de ser liberal ni un momento. Él propugnaba por la igualdad -de ahí que rechazara la ley Lerdo que a su parecer ocasionaría desigualdad entre los mismos ciudadanos-, por la fraternidad y por la libertad expresadas y resumidas en una actitud comprometida. Para los liberales no podía existir libertad sin responsabilidad. Los individuos debían ser responsables de sus actos, deben considerar las repercusiones de cada pensamiento, de cada palabra y de cada acción, pues, al vivir en una sociedad, cualquier decisión afecta los derechos y las garantías individuales de los demás. Por ello no nos parece extraño que Payno en defensa de las calumnias recibidas, acepte su responsabilidad en los actos de la revolución de 1857, mas no el calificativo de traidor:

“yo he aceptado –dice Payno- desde un principio [...] toda responsabilidad, no del acontecimiento, que fue motivado por otros antecedentes y bien distante de mi influjo y voluntad, sino de la parte que en él tuve; pero nunca aceptaré el cargo de traición.”[5]

 

Quizá para muchas personas, el que un individuo asuma su responsabilidad en un suceso nefando no lo exime de culpa –sino todo lo contrario-, pero en un terreno político como el mexicano, donde el fin justifica los medios y los intereses personales cosifican a la sociedad, el hecho de admitir un error incluye un gran valor humano, el arrepentimiento de un político fracasado y la honestidad de un ciudadano desencantado por las guerras, por la fragmentación de su patria. En este sentido, Manuel Payno se sabe humano antes que funcionario público, al reconocer que en tiempos de crisis la confusión penetra en todas los espacios políticos. Finalmente, ¿quién no ha fallado en la elección partidista? No es gratuito que entre los proverbios populares más frecuentes de 1864 podamos encontrar cuestionamientos plagados de escepticismo frente a los ideales liberales. Payno debió de considerar que al pueblo no le bastan las palabras, y seguramente asumió que

“Las borrascas de la vida

todos afrontad debemos,

y con la cabeza erguida

     bien es que las esperemos”.

 

PAYNO Y LA HISTORIA

 

Cuando nos enfrentamos a los hechos de la vida cotidiana, sabemos que no todo lo que vivimos día con día permanecerá en la memoria de una nación. Asimismo, al leer en el periódico las noticias de actualidad y de mayor relevancia desconocemos –hasta cierto punto- las dimensiones de sus consecuencias. Por lo general, si pensamos en los acontecimientos históricos podemos recordar personajes casi míticos, héroes y antihéroes, guerras, conflictos, crisis... La historia oficial –la que nos enseñan en la educación básica- comúnmente sólo nos muestra una parte de los hechos, nos oculta datos y juicios contradictorios, nos recrea un relato lineal, uniforme y coherente en sí mismo, a pesar de que la vida está conformada por paradojas. En ocasiones, las obras literarias representan de mejor manera la plurivalencia y la ambigüedad de los pensamientos, de las acciones y de los sentimientos de seres que –aunque ficticios- son más verosímiles que la realidad misma.

 

En el caso de México, el relato del devenir nacional cumple con diversas funciones sociales: el control ideológico, la homogeneización de una visión retrospectiva y la producción de prejuicios contra culturas distintas. Se trata de proporcionar una historia cuyos personajes fluctúen entre el bien y el mal, que unos funjan como víctimas y otros como victimarios, y que aquellos que no sostengan una postura determinada sean calificados de traidores, porque los héroes deben simbolizar siempre los valores positivos de una sociedad y los antihéroes deben mostrar lo escatológico, los aspectos más inhumanos y rastreros de los hombres; en pocas palabras, los vicios más repudiables. Contra esta visión maniquea, heredada del romanticismo, encontramos una faceta moderna de Manuel Payno: la del historiador, la del hombre que no sólo interpreta y critica los eventos de actualidad con sus amigos y sus colegas o en sus textos de índole periodística, sino que también impulsa a la acción, a la realización de actividades trascendentes. Basta recordar su labor como político para darnos cuenta de que Payno era más que un historiador, que su existencia misma ya había alcanzado dimensiones históricas mientras vivió. Además, su labor literaria cumple con las tareas del historiador, lo cual no resulta extraño si valoramos la Historia como una disciplina auxiliar de la literatura –especialmente de la realista y costumbrista- o si creemos que la Historia es la secuencia de acontecimientos, re-estructurada y compilada por hombres con capacidad selectiva e interpretativa que, al igual que el artista, buscan una coherencia en sus relatos.

 

Manuel Payno, como hombre de su época, aspiraba con sus relatos de costumbres y de viaje a elaborar una especie de historia de la vida cotidiana, que impulsara la reflexión y la crítica, y que permitiera dar cuenta de los rasgos culturales de mayor permanencia en el México decimonónico. El oficio de escritor, de periodista, se hallaba muy vinculado al quehacer del historiador. Al respecto, el crítico Juan Antonio Rosado nos recuerda cómo –después de la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi- se creía que la creación de epopeyas nacionales implicaba “la conformación, la dolorosa y paulatina definición y el perfil de un país, con sus héroes y antihéroes, con sus luchas de valores e intereses opuestos”.[6] Y ¿qué es la historia sino la epopeya nacional que le da unidad a una nación por medio de la memoria colectiva?

 

Las letras, entonces, pueden ser una manera de historiar el mundo en tanto que le otorgan un orden a los hechos. Sin embargo, el concepto de ‘literatura’ no es sinónimo del de ‘Historia’. Ambas disciplinas comparten tantas similitudes como diferencias.

La literatura parte de la realidad tangible, de los hechos de la vida cotidiana o de aquellos sucesos que marcaron a una generación, con el fin de crear un mundo distinto, para adjudicarle nuevos sentidos a lo que, en un primer instante, parecería intrascendente o superfluo. En cambio, la Historia sistematiza y ordena cronológicamente los hechos con sus antecedentes y consecuencias. Su finalidad es, a diferencia de la literatura decimonónica que buscaba educar y transmitir axiomas éticos útiles para la conformación nacional, reconstruir el pasado para poder explicar el presente y vislumbrar de alguna manera el futuro. Con lo anterior no queremos decir que el Payno cronista o el novelista se separe del historiador, sino que se complementan, pues –como ya señalamos- las relaciones y las correspondencias entre la historia y la literatura parecen ineludibles. Payno, como historiador, desempeña diversas tareas en la sociedad mexicana y su capacidad de observación crítica encarna en el hombre de letras, en el cronista, el periodista y el narrador de ficción. Para los escritores públicos mexicanos era necesario tomar conciencia de la importancia de desautomatizar los temas y preocupaciones populares del momento. De ahí,  que, incluso en la descripción de costumbres, Payno ingenie nuevas percepciones que se tornan universales y perennes, más no efímeras y vacuas, como algunos de los sermones periodísticos de carácter meramente político o administrativo desprovistos de una filosofía, de una manera particular de ver y juzgar el mundo. Por esto, no es de extrañar que Payno, en la mayoría de sus textos, utilizara la veta emotiva y cognoscitiva del lenguaje como recurso fundamental para extender esos sueños de bienestar social a un país en vías de progreso y civilización, a un proyecto de nación cuyo modelo no necesariamente debía buscarse en lo extranjero, sino en la conciliación de intereses y culturas, tan cercanas como alejadas de lo “mexicano”. De igual modo, Payno despreciaba a esos periodistas que lejos de revelar una libertad ideológica, conformaban un instrumento del partidismo político, de la manipulación gubernamental, ya que consideraba que si “los hombres tomamos nuestras ideas de los sucesos que vemos, de lo que nos rodea, de lo que nos refieren las historias orales o escritas”,[7] también los acontecimientos que nos apropiamos pueden ser manipulados y transformados con el objeto de controlar y obtener poder. La obsesión del ser humano por dominar el mundo, por demostrar su superioridad frente a los otros o, simplemente, por vivir con mayor holgura, es una de tantas razones para emprender actividades cuya remuneración exceda el tiempo y el esfuerzo invertidos. El pícaro, por ejemplo, tiene como prioridad cubrir una de las necesidades primarias: la alimentación. La legalidad y la moral en una sociedad en crisis que no satisface ni siquiera parcialmente las necesidades primarias de sus integrantes, proporcionan herramientas de dominio y justificación por parte de “los poderosos”, quienes en general piensan en función de la utilidad y de las ganancias personales, terreno en que la ética interiorizada sale sobrando, tal como sucede con Evaristo en la famosa novela de Payno, Los bandidos de Río Frío, o en sus artículos de costumbres, sus crónicas o sus textos políticos, tan ligados a la historia como a la realidad misma.

 

Otro aspecto importante que cabe destacar con respecto a la labor historiadora del autor que nos ocupa es que sostuvo una constante riña contra la historia oficial, plagada tanto de parcialidades como de sangre. Ya hemos revisado la actitud política moderada de Payno, así como su resistencia a la violencia, motores fundamentales de su acción pública, que se vincula con el periodismo y con los planteamientos que realizará en torno a la Historia. Esta obsesión por relatar “la verdad” de los hechos, de criticar mordazmente los defectos de una sociedad, relaciona a don Manuel con otros grandes pensadores del momento, como son Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano y Vicente Riva Palacio. Con este último, Payno compartió diversas actividades, entre las que destaca la elaboración de El libro Rojo, cuyo subtítulo, Hogueras, horcas, patíbulos, martirios, suicidios y sucesos lúgubres y extraños acaecidos en México durante sus guerras civiles y extranjeras 1520-1867, expresa y concluye –en cierto sentido- la necesidad de narrar lo olvidado, aquello que fue censurado por quienes encontraron en la historia un juguete para consagrarse, a sí mismos y a sus simpatizantes, como héroes. En la creación de este libro también participaron Juan A. Mateos y Rafael Martínez de la Torre. La primera edición de El libro Rojo posee un formato grande y cada uno de los relatos está acompañado por las ilustraciones de las escenas más sanguinarias y crueles de cada texto. José Ortiz Monasterio, en el “Prólogo” a su antología de Vicente Riva Palacio, señala que “El libro rojo era relativamente caro y tuvo un público restringido, a diferencia de las populares y económicas novelas históricas[8][8], por lo que se puede pensar que una forma de censura de la época  era –tal como pasa en la actualidad- el encarecimiento de las ediciones, la restricción del público lector, en un país poblado –en su mayoría- por analfabetas y miserables, por personas que si no trabajan diario padecen hambre y enfermedades brutales. La defensa de los intereses personales, de una posición determinada en la sociedad, quizá, favorece la ingobernabilidad nacional y la creación de estrategias de control económico, social, cultural y religioso. La cultura y especialmente la expresión escrita pueden ser los enemigos más voraces de la economía, de la religión y de la política. Recordemos cómo en época de Santa Anna la censura de publicaciones y el cierre de los periódicos de oposición era la práctica común, una vez aceptada la ”Ley Lares”, que prohibió, en 1853, la impresión de textos “subversivos”. De este modo, los liberales fueron víctimas del destierro y del encarcelamiento.

 

Ahora bien, otra inquietud que compartieron los periodistas decimonónicos fue la curiosidad por la historia internacional y, sobre todo, por lo acontecido en la guerra franco-prusiana, incidente que ocasionó debates al interior de la prensa mexicana.  Al respecto, Payno opinaba que la Comuna de París, producto de la guerra, era un vil remedo de la Comuna de 1793, que respondía al instinto egoísta y mercantilista del siglo. El problema era que la Comuna podía degenerar y adoptar una “dictadura demagógica”[9] Dicha postura fue rebatida por los que creían que la Comuna reestructuraría a Francia, llamada “la causa de la civilización y del adelanto del mundo”.[10] La guerra para los radicales se justificaba; en cambio, para un moderado como Payno era una barbaridad que no podía responder a la voluntad de un pueblo entero, ya que no existe quien pueda saber el parecer de una mayoría plural, con un número considerable de marginados, de “hombres masa”. Frecuentemente, los gobernantes yerran política y socialmente, al afirmar que una guerra se hacía cuando el pueblo quería y las cámaras lo decretaban, porque ¿qué persona que conozca el significado de una aniquilación violenta desea la guerra?. Evidentemente, un hombre a favor de la civilización moral, no puede avalar la guerra, aun cuando se considere indispensable, siempre mantendrá la duda –como lo hace Payno- sobre la validez de un enfrentamiento bélico que encarne conflictos políticos que no le conciernen a toda una nación, sino solamente a dos poderosos grupos pequeños, sedientos de más poder y sangre. ¿Cuándo es válida una guerra?¿Acaso cuando un país civilizado, en nombre de la religión o de la libertad del espíritu, conquista un territorio donde reina la barbarie?  Definitivamente, si se asume la colonización como un proyecto más económico que social, se puede notar la injusticia, la intolerancia y la anulación que se efectúa sobre el débil y, por consiguiente, la invalidez del proceso colonizador en términos éticos. Payno ni reniega de la tradición cultural impuesta por los españoles ni la exalta, más bien considera que la colonización con fines paternales continúa con el flujo del devenir histórico, que constituye un vaivén, una terrible, aunque necesaria oposición de fuerzas. En el caso de México, el periodo colonial condujo a la pobreza, a la opresión de los pueblos indígenas, a la intolerancia religiosa, al fanatismo, a una obediencia general y unitaria, que al terminarse con la sublevación, produciría ese caos tan difícil de ordenar en el siglo XIX. Miguel Hidalgo, pese a las consecuencias negativas que pudiera ocasionar la independencia, decidió –como señala don Manuel Payno en su “Historia paralela”- “entablar una lucha gigantesca con un monstruo de cien cabezas de las preocupaciones místicas y tradicionales de la colonia entera”[11]. Su tarea no era fácil. Hidalgo debía luchar contra el clero y la inquisición, herencia del sistema monárquico, absoluto y ortodoxo de la entonces decadente España. Para Payno, lo más valioso de una ciudad radica en las costumbres, en el territorio y en el clima, así como en el número de habitantes. Como historiador y cronista también es un géografo admirable. En este aspecto, Payno es un heredero de la escuela del Barón de Humboldt.

 

Las intervenciones extranjeras en México no dejaron de ser motivo de la reflexión payniana. La invasión a México por parte de las potencias aliadas, es decir Inglaterra, España y Francia, fue reseñada críticamente por Manuel Payno, quien señaló la trascendencia del préstamo, de poco menos de un millón de pesos, que hizo la Casa Jecker francesa al gobierno conservador de Miguel Miramón en 1859. La finalidad de dicho  préstamo era, por una parte, garantizar la derrota de Benito Juárez en la “Guerra de tres años” y, por otro lado, que, una vez obtenida la victoria conservadora, se reembolsaran a la Casa francesa quince millones de pesos. Lo anterior constituyó un pretexto para que Francia pudiera justificar su próxima intervención a México, realizada en 1862. Uno de los motivos principales de esta intervención -señalado por Payno en su reseña histórica- fue la lucha entre liberales y conservadores, la cual posibilitó la presencia de las potencias acreedoras (Inglaterra, España y Francia) y permitió la invasión de la mayor parte del país, a manos de un imperio que estaba empeñado en imponer un protectorado en México, logrando así su expansión. 

 

 A lo largo del siglo XIX, la incipiente nación mexicana fue invadida en varias ocasiones por naciones extranjeras con deseos de enriquecimiento económico. En 1829, España realiza una expedición a Veracruz y Tampico, después de la cual México y España sostienen una lucha, de la que finalmente sale bien librado el ejército mexicano. Posteriormente, en 1838, Francia invade México, por primera vez, con la pretensión de imponer un tratado comercial que le retribuyera excelentes ganancias a costa del pueblo mexicano.  Ante la negativa del gobierno de México, Francia recurre a la fuerza armada, y los representantes mexicanos prefieren negociar racionalmente el conflicto, utilizando los mismos argumentos de la potencia francesa: el derecho internacional.

 

En 1846, la nación mexicana no acababa de recuperase de los estragos y la inestabilidad causada por las continuas guerras y por la anexión de Texas a los Estados Unidos, cuando éstos le declaran la guerra. La resistencia fue sostenida fundamentalmente por el ejército en los frentes norte, oeste y centro del país. La guerra concluyó con la firma del tratado de paz por el que México perdió más de la mitad de su territorio. Finalmente, con la cesión de La Mesilla termina la reducción del territorio mexicano. 

 

Debido a las circunstancias anteriores, no es de extrañar que la última intervención extranjera –nuevamente con motivos de índole económicas- sea revalorada por Payno, quien –como ya sabemos- repudiaba la violencia y cuestionaba la lucha sangrienta por el poder político-económico. Además, parecía increíble que México hubiera soportado tantos conflictos bélicos al interior y al exterior, a pesar de su extrema división.

 

Por otro lado, las aportaciones Payno a la historia de nuestro país no descansan únicamente en el ámbito social, pues logró penetrar también en el terreno económico. La historia económica mexicana tuvo una larga, aunque desigual trayectoria antes de convertirse en una disciplina formal. Desde principios del siglo XIX,  algunas figuras  emprendedoras como Manuel Abad y Queipo, contribuyeron al conocimiento de la evolución económica del país. Una vez instaurada la República, Lucas Alamán, Manuel Payno, Guillermo Prieto, Miguel Lerdo de Tejada y Matías Romero recopilaron una gran cantidad de estadísticas económicas que siguen siendo –para los historiadores económicos actuales-  fuentes de consulta básica. De este modo, Payno, junto con su gran amigo Guillermo Prieto y otros hombres de tendencias políticas opuestas a la suya, fomentó el estudio de la historia económica, campo de gran importancia en la actualidad, dado el crecimiento del pensamiento neoliberal.

 

MANUEL PAYNO: EL PERIODISMO O LA EXPRESIÓN DE LA INTEGRIDAD

 

Tal vez, la actividad más destacada y más apreciada de los hombres de acción política del siglo XIX era el periodismo, el uso de la palabra con fines persuasivos,  la expresión de un punto de vista particular que pudiera transmitirse de boca en boca hasta conformar una voz más fuerte y poderosa, que al mismo tiempo se tradujera en acción, alejándose de la tiranía de la demagogia. Bajo este principio didáctico y de difusión ideológica se gestó el versátil periodismo mexicano. En un principio, la actividad periodística se centraba en las cuestiones político-sociales. Con el tiempo, la información incluída en los periódicos se expandió, ya no se trataba sólo de comunicar  los acontecimientos políticos más recientes a un público muy específico, sino también se perseguía la participación, la curiosidad de un grupo de lectores más amplio, por medio de la publicación de artículos de modas, de costumbres, así como de cuentos, poemas, y novelas por entregas.

 

La dificultad que entrañaba el proyecto de encontrar una expresión nacional fue el reto de los escritores decimonónicos iniciados en el periodismo. Los liberales poseían una confianza casi ciega en el progreso, en la educación, en el sistema republicano y, sobre todo, en su país. La política, la labor periodística y la creación de novelas, poemas y cuentos, estaban muy vinculadas entre sí, ya que la literatura, como expresión escrita, debía cumplir con una función social. No era fácil disociar el periodismo del arte literario, aunque sí se podía establecer una distinción formal.  Es por ello que muchos lectores con falta de perspectiva histórica no dudan hoy en descalificar, menospreciar o segregar la literatura mexicana del XIX, sin la cual no hubiera sido posible el desarrollo del modernismo literario en México.

 

Entre los periodistas de mayor renombre encontramos al gran amigo de Manuel Payno, Fidel, a quien también conocemos con el nombre de Guillermo Prieto, el narrador virtuoso de Memorias de mis tiempos. Asimismo, hallamos al enemigo político más vivo de Payno: Ignacio Manuel Altamirano, el hombre que pidió la cabeza de don Manuel cuando fue acusado de traición. Altamirano, en el ámbito literario, deseaba –al igual que Payno- que las letras fueran el medio más significativo en el fortalecimiento de nuestro nacionalismo, por lo que creó periódicos y revistas como El Correo de México y El Renacimiento. Que Altamirano haya despreciado la actitud política del supuesto traidor, no implicaba que desdeñara a don Manuel como periodista o novelista.

 

La actividad literario-periodística de Payno es múltiple: escribió cuentos y narraciones de viaje, colaboró activamente en diversos periódicos con textos sobre política, historia y finanzas, fundó con Ignacio Altamirano El Federalista y con Guillermo Prieto, El Museo Mexicano. De igual manera, en la Revista Científica y Literaria de México dio a conocer su novela El fistol del Diablo (1845-46), obra con la que se inaugura –en México- la creación de la novela por entregas, expresión por excelencia de la novela romántica, realista y costumbrista.

 

En lo que concierne al estilo con que Payno inicia su carrera periodística, resulta preciso señalar que no es uniforme ni mucho menos unívoco. Dentro de sus crónicas de costumbres –por ejemplo- notamos una gran precisión léxica, una riqueza y plasticidad en la descripción tanto de personas prototípicas como de la naturaleza que la rodea. En sus crónicas se patentetiza una estética ligada a un proyecto de urbanización. El cronista debe ser un observador, un viajero, un amante de la cultura, un restaurador de la sociedad en crisis... Por ello Payno, en sus crónicas periodísticas, utilizará los recursos retóricos y las fórmulas lingüísticas de la vitalidad y el colorido. De ahí que denuncie el mal uso de los adjetivos, que facilitan el breve paso entre lo sublime y lo ridículo. Las correspondencias entre la sociedad que desea obtener una expresión que la distinga de las otras, y el artista que busca su estilo, está lleno de matices y caídas, de ridículos y elegancias. El periodista decimonónico debía ser un gran ilustrado y –como el cronista- necesitaba, para llevar a cabo sus objetivos didácticos, “preservar los valores históricos de la ciudad, sus monumentos, sus fastos, su identidad”.[12]

 

Debido a la politización de la sociedad mexicana del siglo XIX, casi no había persona que no hablara sobre la situación del país, del ayuntamiento, de las elecciones o de la última novedad política; tampoco había prensa alguna que no hubiera dado cuenta de los vicios y virtudes de las instituciones republicanas y federales, de manera que asiumir la dirección de un periódico no podía ser empresa fácil. Sin embargo, Manuel Payno, cuando en 1869 dirige El Siglo XIX, no se asusta ante la necesidad de reprogramar la estructura antigua del periódico, que debía responder a las circunstancias del momento y al reestablecimiento de la confianza en el progreso, en la concordia, en la paz y en la tolerancia, pues –como afirma Payno en su artículo “Nueva redacción”, que redactó al hacerse cargo de la dirección del diario- no había asunto político que no haya sido puesto en tela de juicio por el periodismo, razón por la que la fe en los ideales se iba desvaneciendo hasta convertirse en abulia y desconcierto. Su meta, entonces, se dirigía a la creación de nuevas conciencias, a la pérdida de esa condición anónima y masiva de los ciudadanos que propiciaban la corrupción y la injusticia al dejar que el poder cayera en manos de quien quisiera tomarlo. Para ello, Payno alude a la historia, a las crónicas de costumbres, a los textos políticos, al cuento, a la novela y, en general, a toda manifestación escrita que se vale de lo “real”, de lo atestiguado y de lo vivido para seducir o conmover.

 

La labor de Payno como periodista no termina en el escritor, se extiende al director, al fundador de nuevos organismos de difusión –El Federalista y El Museo Mexicano-, al ciudadano que, al igual que el “aguador”, observa y narra lo que ve, pero que, a diferencia del mismo, conoce el poder de las palabras, la eficacia de la construcción de un discurso coherente, verosímil y bien fundamentado. Cualquier hecho cotidiano funciona como pretexto para criticar a la sociedad: desde un viaje en transporte público hasta un funeral o la definición de un lugar público como el “baratillo”. Lo ideal es exhibir los contrastes en que nos movemos, en que jugamos y actuamos con las máscaras sociales. El periodista dibuja lo que ve, lo efímero, lo que la colectividad olvidará por irrelevante o, simplemente, porque carece de memoria histórica, porque lo que siente como más cercano es el presente. Para el hombre de letras, cualquier instante puede eternizarse: la interpretación de un gesto puede condenar o salvar el destino de un personaje tipificado o falsificado por la misma cultura. Payno fue víctima en carne propia de la desmitificación, cuando él, lejos de profanar lo sagrado, procuró sacralizar lo profano, incluir al marginado y al desprotegido por un gobierno pasional y productor de ilegalidad.

 

 

Regresa a Payno



¨ Marcela Solís-Quiroga, realiza sus estudios de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su correo electrónico: marsol80@yahoo.com.mx
 

 

[1][1] Manuel Payno. Obras completas VIII. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1998. p. 88.

[2][2] Manuel Payno. Ibid, p..35

[3][3] Manuel Payno. Obras Completas III. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1997. p. 175.

[4][4] Manuel Payno. Op. Cit. p.105.

[5][5] Manuel Payno. Ibid, p. 63.

[6][6] Juan Antonio Rosado. Bandidos, héroes y corruptos. México, Ediciones Coyoacán, 2001. p.13.

[7][7] Manuel Payno. “Polémica, filosofía, historia”. El siglo XIX.12 nov, 1869.

 

[8][8] José Ortiz monasterio. “Prólogo” a Vicente Riva Palacio. Antología. México, Cal y Arena, 1995. p.p. 11

 

[9][9]Manuel Payno.Obras Completas X. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1999. p.278

[10][10] Ibid, p.237.

[11][11]Manuel Payno. Ibid, p. 259

 

[12][12] Jorge Ruedas de la Serna. “Prólogo” a Manuel Payno. Obras Completas IV. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1996. p. 15