TRES AVATARES DE MANUEL PAYNO¨
La historia oficial del México
decimonónico fue desmentida y cuestionada por varios ideólogos del momento,
entre los que destaca –sin duda alguna- Manuel Payno (1810-1894), quien, al ser
un hombre de acción y partidario del ala liberal moderada, observaba cómo la
sociedad mexicana se derrumbaba y se dividía por la pugna de intereses
económicos y la polarización de las clases sociales. Este hombre de letras,
autor de Los bandidos de Río Frío, consideraba al mundo como un
carnaval, a la vida como una puesta en escena y al hombre como una máscara
cambiante. En este sentido, el mexicano debía ser atrevido, astuto, apasionado,
pero, ante todo, tenía que reflexionar y moderar sus deseos mediante la
reflexión en torno a los aspectos más significativos de la cultura. Lo anterior
no implicaba la hipocresía, sino la sinceridad, la tolerancia hacia lo
distinto, la manifestación de un signo de civilización y hermandad; en pocas
palabras, el rechazo al personalismo. Payno, como bien se puede notar, era un
romántico por carácter y un moderno por convicción: sus ideales de soberanía y
su búsqueda por una expresión propia no excluían la acentuada religiosidad. Su
fidelidad ideológica lo condujo, en la esfera política, a la ruina, al desdén,
aunque también lo llevó al triunfo en el periodismo y en la literatura.
Las diversas facetas de este hombre nos muestran la
historia de una vida compleja, dada su extensa obra política, económica y
social, así como también su sensibilidad, su vitalidad y energía cotidianas. Ya
decía Pedro Calderón de la Barca que el mundo es tan sólo el escenario de
grandes comedias y tragedias, de farsas, entremeses, misterios y
representaciones de todo tipo, donde los personajes no son actores únicos y estáticos,
sino dinámicos, plurivalentes y polifacéticos. Manuel Payno, al igual que los
hombres de acción política de su tiempo, no deslindaba su responsabilidad
social de la labor periodística, histórica y literaria, razón por la que no
sólo ocupaba un cargo público en el Ministerio de Hacienda, sino que al mismo
tiempo hacía de las letras un instrumento de renovación social. Todas sus
acciones, aunque unidas por las obsesiones y preocupaciones de su autor, nos
muestran una faceta distinta, una transformación personal cuya esencia crítica
e ilustrada permanece.
MANUEL PAYNO O LOS
INFORTUNIOS DE LA MODERACIÓN
Una de las épocas más versátiles en la historia de México
es la segunda mitad del siglo XIX, cuando se gestó un conflicto de identidad
nacional, expresado fundamentalmente en la división ideológica entre liberales
y conservadores. El partido liberal, como su nombre lo indica, propugnaba por
los valores derivados de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y
fraternidad, valores que influyeron fuertemente en el pensamiento de los
hombres europeos y americanos decimonónicos. El liberalismo surgió como reacción al absolutismo político
en el siglo XVIII y fue la bandera de la burguesía francesa durante esta época.
Con el paso del tiempo, la ideología liberal se transformó y se adaptó a las
circunstancias de cada uno de los países que la adoptaba, de aquellas naciones
que habían sido víctimas del monarquismo, de la esclavitud o de la rigidez
social. En realidad, el liberalismo francés sólo fungió como modelo, como punto
de partida de una postura originalmente antidogmática y como germen de los
diversos matices del pensamiento liberal, matices que comparten la idea de que
la sociedad debe ser un reflejo del espíritu libre del ser humano. Por esta
razón, reducir el significado del liberalismo a lo anticonservador resulta
simplista y maniqueo, pues entre dos polos suele haber una multitud de matices,
entre los que destaca el liberalismo moderado o el catolicismo liberal.
El antagonismo entre una política absolutista, vinculada a
una estricta ortodoxia religiosa, y la liberal, con influencias volterianas,
generó diversas controversias sobre todo en los países eminentemente católicos.
En México, la pugna entre liberales y conservadores no dividía a los católicos
de los ateos, pero sí señalaba la ruptura social en términos económicos: los de
mayores recursos querían mantener sus privilegios, mientras los más pobres
buscaban una igualdad y una mejoría en su calidad de vida. Asimismo, el que
muchos liberales fueran católicos y de clase media le confería al partido
político mexicano una diversidad tal, que muchas veces se dificultaba la toma
de decisiones. Manuel Payno no era un liberal radical pues no podía discernir
los límites entre el poder estatal y el religioso, y dudaba sobre la
proclamación de un laicismo estatal; sin embargo, estaba conciente de la
necesidad de reformar poco a poco la estructura social heredada de la Colonia.
Aunque separaba la religiosidad de la institución eclesiástica, Payno no estaba
convencido de que la Reforma fuera pertinente en un país huérfano de padre,
carente de una noción precisa de Estado, pero guiado –en gran medida- por la
protección materna de la Iglesia católica.
Payno reconocía que la inquisición había ocasionado una serie de estragos
e injusticias que habían rebasado el ámbito social para invadir el moral. De
hecho, desdeñaba la utilización de la violencia en nombre de la religión o que
la libertad fuera una justificación para la matanza, para la destrucción del
hombre por el hombre. En este sentido, la Reforma no había sido más que un
pretexto para el inútil derramamiento de sangre, para la lucha bárbara por el
poder: “En una palabra, [la Reforma] –dice Payno- es el choque de cuerpos
contra cuerpos, de instituciones contra instituciones, de masas contra masas”.[1] Se trataba, pues, de un proceso que lejos de
conducir al avance moral, incitaba al cuestionamiento y a la destrucción de las
tradiciones antiguas. Lo anterior, nos muestra cómo Payno se alejaba del modelo
liberal, caracterizado por su escepticismo religioso y la denuncia mordaz
contra la corrupción eclesiástica, participando así del liberalismo moderado.
La fractura mexicana entre liberales y conservadores no
sólo permitió que el sueño de conciliación y de identidad nacional no se
lograra del todo, sino que también favoreció las guerras civiles y las
intervenciones extranjeras, las cuales respondían a un movimiento
político-económico de tipo capitalista. México, debido a la vastedad de sus
recursos naturales, era el blanco de muchas ambiciones y, al mismo tiempo, por
su inestabilidad política, constituía la víctima perfecta del proceso
neocolonizador, que se llevaría a cabo, años después, por los Estados Unidos.
El México independiente buscaba el modelo gubernamental
ideal, por lo que permitía la inmigración extranjera pacífica. El desengaño y
los obstáculos por librar se multiplicaban cada vez más porque, frente a la
imagen de un nación incipiente, huérfana y heterogénea, algunos liberales
pretendían modificar la imagen de un México amordazado por las rígidas
estructuras sociales españolas, crear la idea de que la cultura mexicana podía
alcanzar los mismos niveles de civilización y de progreso que los países
europeos de mayor desarrollo social. Sin embargo, muchos pensadores de la talla
de Manuel Payno opinaban que lo primero que debía resolverse para progresar era
eliminar –en la medida de lo posible- la polarización económica, la injusticia
social y, sobre todo, la intolerancia, sentimiento heredado de la tradición católica
de una España decadente. Payno era conciente de la carencia de ideales, de la
pugna sin sentido entre liberales radicales y conservadores. Evidentemente, las
ideologías primigenias se habían trastocado y llevado al extremo del
personalismo. Por esta causa Payno buscaba establecer –como liberal moderado-
la concordia: quería detener esa pasión política cegadora mediante su labor
pública y la elaboración de textos sólidamente argumentados sobre los daños y
beneficios que pudieran producir tanto el sistema liberal como el conservador.
Don Manuel, como hombre ilustrado y amante de la autonomía, no atacaba
personas, sino acciones y pasiones que, como la política, perturbaban “las
funciones ordinarias del entendimiento” y hacían desaparecer del corazón humano
“aun esas dotes con que Dios ha favorecido la humanidad, en medio de su
perecedera y miserable organización”.[2]
La búsqueda de un equilibrio entre las fuerzas opuestas que devoraban al país
llevó al Payno político a la ruina, al desdén absoluto, a portar la etiqueta de
traidor a la patria, situación que le causó indignación, pero sobre todo un
gran dolor. ¿Cuál fue la razón por la que se le acusó de traidor? Por una
parte, su condición de liberal moderado, sus indagaciones respecto a las
reformas sociales profundas, su vacilación frente a la separación de las dos
instituciones más poderosas del país: la Iglesia y el Estado. Payno fue acusado
de traición porque no aprobaba la Ley
Lerdo, porque quería que la Constitución de 1857 se aplazara y porque participó
de manera indirecta en la revolución de diciembre de 1857 y enero de 1858.
Cuando Ignacio
Comonfort era presidente, Payno fungía como ministro de Hacienda y mantenía
relaciones amistosas con el caudillo, quien participó directamente con
Sebastián Lerdo de Tejada en el establecimiento de la ley de desamortización de
bienes esclesiásticos y comunales, legislación que pretendía obtener una mayor
cantidad de propiedades particulares y mejorar las recepciones fiscales. Obviamente, esta nueva ley propició que las
autoridades eclesiásticas se opusieran y que, en protesta a ella, los del
partido conservador se sublevaran. Puebla fue el primer estado en levantarse contra Comonfort. Después se
unieron otros estados al movimiento poblano, como San Luis Potosí. Payno,
frente a esta lucha, no hizo más que comentar con algunos colegas suyos su
desacuerdo e inconformidad con la Ley Lerdo, así como con el proyecto
constitucional de 1857. Lo que Manuel Payno argüía en contra de la ley de
desamortización era que al suprimir la propiedad comunal y al indicar que todas
las propiedades inactivas –como las del clero- podían ser de particulares
siempre y cuando fueran trabajadas, se producirían injusticias sociales y
problemas de distribución, pues desde ese entonces era cuestionada la legalidad
de los papeles de posesión de algunas de las tierras indígenas, expedidos
durante la colonia. Asimismo, Payno consideraba que las leyes no debían hacerse
con apremio “sino con todo el detenimiento que su gravedad requiere”.[3]
Sin embargo, jamás conspiró contra Comonfort. Todo lo contrario, le aconsejó
que antes de que sus manos se vieran manchadas de sangre que renunciara a su
cargo presidencial.
En su “Memoria sobre
la revolución de diciembre de 1857 y de enero de 1858”, Payno confiesa que su
supuesta participación en el golpe fue producto de una serie de malentendidos y
calumnias que se iniciaron cuando coincidió su renuncia del Ministerio de
Hacienda con la ruptura de las relaciones entre Juan José Baz y Comonfort, y
este hecho a su vez coincidió con el descubrimiento de una carta dirigida a
Edvard Emil Langberg a favor del pronunciamiento, atribuida injustamente al
Ministro de Hacienda, pues habían falsificado su firma.
En
diciembre de 1857, Comonfort juró respetar la constitución liberal, promulgada
en febrero de ese mismo año y realizada por el Congreso Constituyente de1856,
en el que participaron Francisco Zarco, Ignacio Ramírez, José María Mata,
Ponciano Arriaga, Santos Degollado, Melchor Ocampo, Sebastián Lerdo de Tejada y
Benito Juárez, entre otros. No obstante, la tensión en que vivía el país y el
repudio de los conservadores hacia esta Constitución, Comonfort decidió cambiar
de táctica política, tratando de conciliar los intereses de liberales y
conservadores, pero no se obtuvo la paz deseada. El plan que el presidente
llevó a cabo y que fue presenciado en su totalidad por Payno fue el
siguiente: Comonfort se puso en contacto
con Félix Zuloaga (conservador) para que éste lanzara el “Plan de Tacubaya”,
intriga que atacaba la constitución, con el fin de aplazar la promulgación de
la carta magna. Sin embargo, el plan tomó otro carácter cuando algunos estados
de la República con ideas políticas opuestas no sólo luchaban entre sí, sino
que también empezaban a emitir de manera independiente su papel moneda y sus
leyes fiscales. Esta lucha entre los
estados significaba algo más que una guerra, ya que insinuaba la fragmentación
total del país. La llamada “Guerra de tres años” fue uno de los enfrentamientos más sangrientos y peligrosos de la
historia de México.
Ante tales desatinos políticos, el gabinete
de Comonfort se redujo. Benito Juárez, quien era vicepresidente en esta época,
reprobó contundentemente las decisiones del presidente, al igual que la mayoría
de los ministros. No obstante, Manuel Payno siempre fue fiel a Comonfort y en
su citada “Memoria...” nos muestra otra visión de lo que fue el “Plan de
Tacubaya” y la “Guerra de tres años”; nos narra la historia extra oficial para
explicar los sucesos y justificarse a sí mismo. ¿Fue Payno en realidad un traidor a la patria?
Las
acciones de un hombre, desde el exterior de una ideología, pueden parecer
despreciables o adecuadas. Todo depende – como dice el proverbio popular- del
color del cristal con que se mire, de
esa perspectiva que, la mayoría de las veces, requiere de la distancia y
de la objetividad del crítico, pues
“para juzgar sin pasión a los hombres de esta época [...] es necesario
–señala Payno-, aunque parezca atrevida o absurda la idea, olvidar la vida
presente y juzgar cómo juzgaría la posteridad”.[4]
Don Manuel propugna por la racionalidad, por el autoconocimiento que se logra
desde la mirada externa del desdoblamiento. Dicha postura presenta una serie de
dificultades que no son fáciles de resolver, sobre todo cuando el tiempo
transforma los conceptos y las nociones de realidad gestadas en una cultura
determinada. Actualmente, los valores de libertad y de religión no tienen el
mismo significado que tuvieron en la época de Payno, por lo que evaluar o
juzgar un comportamiento del pasado con nuestro código axiológico actual sería
partir de la ignorancia y, por lo tanto, falsear las actitudes y las reacciones
de un pueblo que, aunque hoy se llame igual que en el siglo XIX, es otro. Ahora
bien, si consideramos que la traición es el hecho de defraudar la confianza de
alguien, cabría cuestionarse si Payno traicionó al partido liberal al apoyar a
Comonfort en su desconcertante cambio de política, cuando nunca estuvo
totalmente de acuerdo con las leyes de Reforma. ¿Acaso disentir es una forma de
traición?
Si bien es cierto
que hoy la postura de Payno frente a la Reforma nos puede parecer cuestionable, también lo es el hecho de que
este hombre de letras poseía, además de su acentuado catolicismo, una gran
cualidad, que muchos liberales radicales no tenían debido a la pasión política
que los cegaba: la perspectiva histórica. A Payno no se le olvidaba que algunos
acontecimientos históricos habían sido manipulados por la vida política,
siempre movida por intereses personales. Además, dadas las circunstancias
históricas de nuestro país, Payno sabía que era imposible establecer una
estructura gubernamental extranjera, sólo porque en otros países había tenido
éxito. En la visión payniana del mundo, la política y la historia son
complementarias. Dicha visión le ocasionó muchos problemas. El escritor no se
cansó de afirmar que su ruina fue ser independiente, participar de un partido
poco influyente y no institucionalizado. En efecto, los errores políticos de
don Manuel se debieron al miedo, al desprecio de la violencia y a sus bases
ideológicas urbanas, derivadas de la situación social estable de la clase
media. Empero, Payno no dejó de ser liberal ni un momento. Él propugnaba por la
igualdad -de ahí que rechazara la ley Lerdo que a su parecer ocasionaría
desigualdad entre los mismos ciudadanos-, por la fraternidad y por la libertad
expresadas y resumidas en una actitud comprometida. Para los liberales no podía
existir libertad sin responsabilidad. Los individuos debían ser responsables de
sus actos, deben considerar las repercusiones de cada pensamiento, de cada
palabra y de cada acción, pues, al vivir en una sociedad, cualquier decisión
afecta los derechos y las garantías individuales de los demás. Por ello no nos
parece extraño que Payno en defensa de las calumnias recibidas, acepte su
responsabilidad en los actos de la revolución de 1857, mas no el calificativo
de traidor:
“yo he aceptado –dice Payno- desde un
principio [...] toda responsabilidad, no del acontecimiento, que fue motivado
por otros antecedentes y bien distante de mi influjo y voluntad, sino de la
parte que en él tuve; pero nunca aceptaré el cargo de traición.”[5]
Quizá para muchas personas, el que un individuo asuma su
responsabilidad en un suceso nefando no lo exime de culpa –sino todo lo
contrario-, pero en un terreno político como el mexicano, donde el fin
justifica los medios y los intereses personales cosifican a la sociedad, el
hecho de admitir un error incluye un gran valor humano, el arrepentimiento de
un político fracasado y la honestidad de un ciudadano desencantado por las
guerras, por la fragmentación de su patria. En este sentido, Manuel Payno se
sabe humano antes que funcionario público, al reconocer que en tiempos de
crisis la confusión penetra en todas los espacios políticos. Finalmente, ¿quién
no ha fallado en la elección partidista? No es gratuito que entre los
proverbios populares más frecuentes de 1864 podamos encontrar cuestionamientos
plagados de escepticismo frente a los ideales liberales. Payno debió de
considerar que al pueblo no le bastan las palabras, y seguramente asumió que
“Las borrascas de la vida
todos afrontad debemos,
y con la cabeza erguida
bien
es que las esperemos”.
Cuando nos enfrentamos a los hechos de la vida cotidiana,
sabemos que no todo lo que vivimos día con día permanecerá en la memoria de una
nación. Asimismo, al leer en el periódico las noticias de actualidad y de mayor
relevancia desconocemos –hasta cierto punto- las dimensiones de sus
consecuencias. Por lo general, si pensamos en los acontecimientos históricos
podemos recordar personajes casi míticos, héroes y antihéroes, guerras,
conflictos, crisis... La historia oficial –la que nos enseñan en la educación
básica- comúnmente sólo nos muestra una parte de los hechos, nos oculta datos y
juicios contradictorios, nos recrea un relato lineal, uniforme y coherente en
sí mismo, a pesar de que la vida está conformada por paradojas. En ocasiones,
las obras literarias representan de mejor manera la plurivalencia y la
ambigüedad de los pensamientos, de las acciones y de los sentimientos de seres
que –aunque ficticios- son más verosímiles que la realidad misma.
En el caso de México, el relato del devenir nacional cumple
con diversas funciones sociales: el control ideológico, la homogeneización de
una visión retrospectiva y la producción de prejuicios contra culturas
distintas. Se trata de proporcionar una historia cuyos personajes fluctúen
entre el bien y el mal, que unos funjan como víctimas y otros como victimarios,
y que aquellos que no sostengan una postura determinada sean calificados de
traidores, porque los héroes deben simbolizar siempre los valores positivos de
una sociedad y los antihéroes deben mostrar lo escatológico, los aspectos más
inhumanos y rastreros de los hombres; en pocas palabras, los vicios más
repudiables. Contra esta visión maniquea, heredada del romanticismo,
encontramos una faceta moderna de Manuel Payno: la del historiador, la del
hombre que no sólo interpreta y critica los eventos de actualidad con sus
amigos y sus colegas o en sus textos de índole periodística, sino que también
impulsa a la acción, a la realización de actividades trascendentes. Basta
recordar su labor como político para darnos cuenta de que Payno era más que un
historiador, que su existencia misma ya había alcanzado dimensiones históricas
mientras vivió. Además, su labor literaria cumple con las tareas del
historiador, lo cual no resulta extraño si valoramos la Historia como una
disciplina auxiliar de la literatura –especialmente de la realista y
costumbrista- o si creemos que la Historia es la secuencia de acontecimientos,
re-estructurada y compilada por hombres con capacidad selectiva e
interpretativa que, al igual que el artista, buscan una coherencia en sus
relatos.
Manuel Payno, como hombre de su época, aspiraba con sus
relatos de costumbres y de viaje a elaborar una especie de historia de la vida
cotidiana, que impulsara la reflexión y la crítica, y que permitiera dar cuenta
de los rasgos culturales de mayor permanencia en el México decimonónico. El
oficio de escritor, de periodista, se hallaba muy vinculado al quehacer del
historiador. Al respecto, el crítico Juan Antonio Rosado nos recuerda cómo
–después de la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi- se creía que la
creación de epopeyas nacionales implicaba “la conformación, la dolorosa y
paulatina definición y el perfil de un país, con sus héroes y antihéroes, con sus
luchas de valores e intereses opuestos”.[6]
Y ¿qué es la historia sino la epopeya nacional que le da unidad a una nación
por medio de la memoria colectiva?
Las
letras, entonces, pueden ser una manera de historiar el mundo en tanto que le
otorgan un orden a los hechos. Sin embargo, el concepto de ‘literatura’ no es
sinónimo del de ‘Historia’. Ambas disciplinas comparten tantas similitudes como
diferencias.
La literatura parte
de la realidad tangible, de los hechos de la vida cotidiana o de aquellos sucesos
que marcaron a una generación, con el fin de crear un mundo distinto, para
adjudicarle nuevos sentidos a lo que, en un primer instante, parecería
intrascendente o superfluo. En cambio, la Historia sistematiza y ordena
cronológicamente los hechos con sus antecedentes y consecuencias. Su finalidad
es, a diferencia de la literatura decimonónica que buscaba educar y transmitir
axiomas éticos útiles para la conformación nacional, reconstruir el pasado para
poder explicar el presente y vislumbrar de alguna manera el futuro. Con lo
anterior no queremos decir que el Payno cronista o el novelista se separe del
historiador, sino que se complementan, pues –como ya señalamos- las relaciones
y las correspondencias entre la historia y la literatura parecen ineludibles.
Payno, como historiador, desempeña diversas tareas en la sociedad mexicana y su
capacidad de observación crítica encarna en el hombre de letras, en el
cronista, el periodista y el narrador de ficción. Para los escritores públicos
mexicanos era necesario tomar conciencia de la importancia de desautomatizar
los temas y preocupaciones populares del momento. De ahí, que, incluso en la descripción de
costumbres, Payno ingenie nuevas percepciones que se tornan universales y
perennes, más no efímeras y vacuas, como algunos de los sermones periodísticos
de carácter meramente político o administrativo desprovistos de una filosofía,
de una manera particular de ver y juzgar el mundo. Por esto, no es de extrañar
que Payno, en la mayoría de sus textos, utilizara la veta emotiva y
cognoscitiva del lenguaje como recurso fundamental para extender esos sueños de
bienestar social a un país en vías de progreso y civilización, a un proyecto de
nación cuyo modelo no necesariamente debía buscarse en lo extranjero, sino en
la conciliación de intereses y culturas, tan cercanas como alejadas de lo
“mexicano”. De igual modo, Payno despreciaba a esos periodistas que lejos de
revelar una libertad ideológica, conformaban un instrumento del partidismo
político, de la manipulación gubernamental, ya que consideraba que si “los
hombres tomamos nuestras ideas de los sucesos que vemos, de lo que nos rodea,
de lo que nos refieren las historias orales o escritas”,[7]
también los acontecimientos que nos apropiamos pueden ser manipulados y transformados
con el objeto de controlar y obtener poder. La obsesión del ser humano por
dominar el mundo, por demostrar su superioridad frente a los otros o,
simplemente, por vivir con mayor holgura, es una de tantas razones para
emprender actividades cuya remuneración exceda el tiempo y el esfuerzo
invertidos. El pícaro, por ejemplo, tiene como prioridad cubrir una de las
necesidades primarias: la alimentación. La legalidad y la moral en una sociedad
en crisis que no satisface ni siquiera parcialmente las necesidades primarias
de sus integrantes, proporcionan herramientas de dominio y justificación por
parte de “los poderosos”, quienes en general piensan en función de la utilidad
y de las ganancias personales, terreno en que la ética interiorizada sale sobrando,
tal como sucede con Evaristo en la famosa novela de Payno, Los bandidos de Río Frío, o en sus artículos de costumbres, sus
crónicas o sus textos políticos, tan ligados a la historia como a la realidad
misma.
Otro aspecto
importante que cabe destacar con respecto a la labor historiadora del autor que
nos ocupa es que sostuvo una constante riña contra la historia oficial, plagada
tanto de parcialidades como de sangre. Ya hemos revisado la actitud política
moderada de Payno, así como su resistencia a la violencia, motores
fundamentales de su acción pública, que se vincula con el periodismo y con los
planteamientos que realizará en torno a la Historia. Esta obsesión por relatar
“la verdad” de los hechos, de criticar mordazmente los defectos de una
sociedad, relaciona a don Manuel con otros grandes pensadores del momento, como
son Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano y Vicente Riva Palacio. Con
este último, Payno compartió diversas actividades, entre las que destaca la
elaboración de El libro Rojo, cuyo subtítulo,
Hogueras, horcas, patíbulos, martirios,
suicidios y sucesos lúgubres y extraños acaecidos en México durante sus guerras
civiles y extranjeras 1520-1867, expresa y concluye –en cierto sentido- la
necesidad de narrar lo olvidado, aquello que fue censurado por quienes
encontraron en la historia un juguete para consagrarse, a sí mismos y a sus
simpatizantes, como héroes. En la creación de este libro también participaron
Juan A. Mateos y Rafael Martínez de la Torre. La primera edición de El libro Rojo posee un formato grande y
cada uno de los relatos está acompañado por las ilustraciones de las escenas
más sanguinarias y crueles de cada texto. José Ortiz Monasterio, en el
“Prólogo” a su antología de Vicente Riva Palacio, señala que “El libro rojo era relativamente caro y
tuvo un público restringido, a diferencia de las populares y económicas novelas
históricas”[8][8], por lo que se puede
pensar que una forma de censura de la época
era –tal como pasa en la actualidad- el encarecimiento de las ediciones,
la restricción del público lector, en un país poblado –en su mayoría- por
analfabetas y miserables, por personas que si no trabajan diario padecen hambre
y enfermedades brutales. La defensa de los intereses personales, de una
posición determinada en la sociedad, quizá, favorece la ingobernabilidad
nacional y la creación de estrategias de control económico, social, cultural y
religioso. La cultura y especialmente la expresión escrita pueden ser los
enemigos más voraces de la economía, de la religión y de la política.
Recordemos cómo en época de Santa Anna la censura de publicaciones y el cierre
de los periódicos de oposición era la práctica común, una vez aceptada la ”Ley
Lares”, que prohibió, en 1853, la impresión de textos “subversivos”. De este
modo, los liberales fueron víctimas del destierro y del encarcelamiento.
Ahora bien, otra
inquietud que compartieron los periodistas decimonónicos fue la curiosidad por
la historia internacional y, sobre todo, por lo acontecido en la guerra
franco-prusiana, incidente que ocasionó debates al interior de la prensa
mexicana. Al respecto, Payno opinaba
que la Comuna de París, producto de la guerra, era un vil remedo de la Comuna
de 1793, que respondía al instinto egoísta y mercantilista del siglo. El
problema era que la Comuna podía degenerar y adoptar una “dictadura demagógica”[9]
Dicha postura fue rebatida por los que creían que la Comuna reestructuraría a
Francia, llamada “la causa de la civilización y del adelanto del mundo”.[10]
La guerra para los radicales se justificaba; en cambio, para un moderado como
Payno era una barbaridad que no podía responder a la voluntad de un pueblo
entero, ya que no existe quien pueda saber el parecer de una mayoría plural,
con un número considerable de marginados, de “hombres masa”. Frecuentemente,
los gobernantes yerran política y socialmente, al afirmar que una guerra se
hacía cuando el pueblo quería y las cámaras lo decretaban, porque ¿qué persona
que conozca el significado de una aniquilación violenta desea la guerra?.
Evidentemente, un hombre a favor de la civilización moral, no puede avalar la
guerra, aun cuando se considere indispensable, siempre mantendrá la duda –como
lo hace Payno- sobre la validez de un enfrentamiento bélico que encarne
conflictos políticos que no le conciernen a toda una nación, sino solamente a
dos poderosos grupos pequeños, sedientos de más poder y sangre. ¿Cuándo es
válida una guerra?¿Acaso cuando un país civilizado, en nombre de la religión o
de la libertad del espíritu, conquista un territorio donde reina la
barbarie? Definitivamente, si se asume
la colonización como un proyecto más económico que social, se puede notar la
injusticia, la intolerancia y la anulación que se efectúa sobre el débil y, por
consiguiente, la invalidez del proceso colonizador en términos éticos. Payno ni
reniega de la tradición cultural impuesta por los españoles ni la exalta, más
bien considera que la colonización con fines paternales continúa con el flujo
del devenir histórico, que constituye un vaivén, una terrible, aunque necesaria
oposición de fuerzas. En el caso de México, el periodo colonial condujo a la
pobreza, a la opresión de los pueblos indígenas, a la intolerancia religiosa,
al fanatismo, a una obediencia general y unitaria, que al terminarse con la
sublevación, produciría ese caos tan difícil de ordenar en el siglo XIX. Miguel
Hidalgo, pese a las consecuencias negativas que pudiera ocasionar la
independencia, decidió –como señala don Manuel Payno en su “Historia paralela”-
“entablar una lucha gigantesca con un monstruo de cien cabezas de las
preocupaciones místicas y tradicionales de la colonia entera”[11].
Su tarea no era fácil. Hidalgo debía luchar contra el clero y la inquisición,
herencia del sistema monárquico, absoluto y ortodoxo de la entonces decadente
España. Para Payno, lo más valioso de una ciudad radica en las costumbres, en
el territorio y en el clima, así como en el número de habitantes. Como
historiador y cronista también es un géografo admirable. En este aspecto, Payno
es un heredero de la escuela del Barón de Humboldt.
Las intervenciones
extranjeras en México no dejaron de ser motivo de la reflexión payniana. La
invasión a México por parte de las potencias aliadas, es decir Inglaterra,
España y Francia, fue reseñada críticamente por Manuel Payno, quien señaló la
trascendencia del préstamo, de poco menos de un millón de pesos, que hizo la
Casa Jecker francesa al gobierno conservador de Miguel Miramón en 1859. La
finalidad de dicho préstamo era, por
una parte, garantizar la derrota de Benito Juárez en la “Guerra de tres años”
y, por otro lado, que, una vez obtenida la victoria conservadora, se
reembolsaran a la Casa francesa quince millones de pesos. Lo anterior
constituyó un pretexto para que Francia pudiera justificar su próxima
intervención a México, realizada en 1862. Uno de los motivos principales de
esta intervención -señalado por Payno en su reseña histórica- fue la lucha
entre liberales y conservadores, la cual posibilitó la presencia de las
potencias acreedoras (Inglaterra, España y Francia) y permitió la invasión de
la mayor parte del país, a manos de un imperio que estaba empeñado
en imponer un protectorado en México, logrando así su expansión.
A lo largo del siglo XIX, la incipiente
nación mexicana fue invadida en varias ocasiones por naciones extranjeras con
deseos de enriquecimiento económico. En 1829, España realiza una expedición a
Veracruz y Tampico, después de la cual México y España sostienen una lucha, de
la que finalmente sale bien librado el ejército mexicano. Posteriormente, en
1838, Francia invade México, por primera vez, con la pretensión de imponer un
tratado comercial que le retribuyera excelentes ganancias a costa del pueblo
mexicano. Ante la negativa del gobierno
de México, Francia recurre a la fuerza armada, y los representantes mexicanos
prefieren negociar racionalmente el conflicto, utilizando los mismos argumentos
de la potencia francesa: el derecho internacional.
En 1846, la nación
mexicana no acababa de recuperase de los estragos y la inestabilidad causada
por las continuas guerras y por la anexión de Texas a los Estados Unidos,
cuando éstos le declaran la guerra. La resistencia fue sostenida
fundamentalmente por el ejército en los frentes norte, oeste y centro del país.
La guerra concluyó con la firma del tratado de paz por el que México perdió más
de la mitad de su territorio. Finalmente, con la cesión de La Mesilla termina
la reducción del territorio mexicano.
Debido a las
circunstancias anteriores, no es de extrañar que la última intervención
extranjera –nuevamente con motivos de índole económicas- sea revalorada por
Payno, quien –como ya sabemos- repudiaba la violencia y cuestionaba la lucha
sangrienta por el poder político-económico. Además, parecía increíble que
México hubiera soportado tantos conflictos bélicos al interior y al exterior, a
pesar de su extrema división.
Por otro lado, las
aportaciones Payno a la historia de nuestro país no descansan únicamente en el
ámbito social, pues logró penetrar también en el terreno económico. La historia
económica mexicana tuvo una larga, aunque desigual trayectoria antes de
convertirse en una disciplina formal. Desde principios del siglo XIX, algunas figuras emprendedoras como Manuel Abad y Queipo, contribuyeron al
conocimiento de la evolución económica del país. Una vez instaurada la
República, Lucas Alamán, Manuel Payno, Guillermo Prieto, Miguel Lerdo de Tejada
y Matías Romero recopilaron una gran cantidad de estadísticas económicas que
siguen siendo –para los historiadores económicos actuales- fuentes de consulta básica. De este modo,
Payno, junto con su gran amigo Guillermo Prieto y otros hombres de tendencias
políticas opuestas a la suya, fomentó el estudio de la historia económica,
campo de gran importancia en la actualidad, dado el crecimiento del pensamiento
neoliberal.
MANUEL PAYNO: EL
PERIODISMO O LA EXPRESIÓN DE LA INTEGRIDAD
Tal
vez, la actividad más destacada y más apreciada de los hombres de acción
política del siglo XIX era el periodismo, el uso de la palabra con fines
persuasivos, la expresión de un punto
de vista particular que pudiera transmitirse de boca en boca hasta conformar
una voz más fuerte y poderosa, que al mismo tiempo se tradujera en acción,
alejándose de la tiranía de la demagogia. Bajo este principio didáctico y de
difusión ideológica se gestó el versátil periodismo mexicano. En un principio,
la actividad periodística se centraba en las cuestiones político-sociales. Con
el tiempo, la información incluída en los periódicos se expandió, ya no se
trataba sólo de comunicar los
acontecimientos políticos más recientes a un público muy específico, sino
también se perseguía la participación, la curiosidad de un grupo de lectores
más amplio, por medio de la publicación de artículos de modas, de costumbres,
así como de cuentos, poemas, y novelas por entregas.
La
dificultad que entrañaba el proyecto de encontrar una expresión nacional fue el
reto de los escritores decimonónicos iniciados en el periodismo. Los liberales
poseían una confianza casi ciega en el progreso, en la educación, en el sistema
republicano y, sobre todo, en su país. La política, la labor periodística y la
creación de novelas, poemas y cuentos, estaban muy vinculadas entre sí, ya que
la literatura, como expresión escrita, debía cumplir con una función social. No
era fácil disociar el periodismo del arte literario, aunque sí se podía
establecer una distinción formal. Es
por ello que muchos lectores con falta de perspectiva histórica no dudan hoy en
descalificar, menospreciar o segregar la literatura mexicana del XIX, sin la
cual no hubiera sido posible el desarrollo del modernismo literario en México.
Entre
los periodistas de mayor renombre encontramos al gran amigo de Manuel Payno,
Fidel, a quien también conocemos con el nombre de Guillermo Prieto, el narrador
virtuoso de Memorias de mis tiempos.
Asimismo, hallamos al enemigo político más vivo de Payno: Ignacio Manuel
Altamirano, el hombre que pidió la cabeza de don Manuel cuando fue acusado de
traición. Altamirano, en el ámbito literario, deseaba –al igual que Payno- que
las letras fueran el medio más significativo en el fortalecimiento de nuestro
nacionalismo, por lo que creó periódicos y revistas como El Correo de México y El
Renacimiento. Que Altamirano haya despreciado la actitud política del
supuesto traidor, no implicaba que desdeñara a don Manuel como periodista o
novelista.
La
actividad literario-periodística de Payno es múltiple: escribió cuentos y
narraciones de viaje, colaboró activamente en diversos periódicos con textos
sobre política, historia y finanzas, fundó con Ignacio Altamirano El Federalista y con Guillermo Prieto, El Museo Mexicano. De igual manera, en
la Revista Científica y Literaria de
México dio a conocer su novela El
fistol del Diablo (1845-46), obra con la que se inaugura –en México- la
creación de la novela por entregas, expresión por excelencia de la novela
romántica, realista y costumbrista.
En
lo que concierne al estilo con que Payno inicia su carrera periodística,
resulta preciso señalar que no es uniforme ni mucho menos unívoco. Dentro de
sus crónicas de costumbres –por ejemplo- notamos una gran precisión léxica, una
riqueza y plasticidad en la descripción tanto de personas prototípicas como de
la naturaleza que la rodea. En sus crónicas se patentetiza una estética ligada
a un proyecto de urbanización. El cronista debe ser un observador, un viajero,
un amante de la cultura, un restaurador de la sociedad en crisis... Por ello
Payno, en sus crónicas periodísticas, utilizará los recursos retóricos y las
fórmulas lingüísticas de la vitalidad y el colorido. De ahí que denuncie el mal
uso de los adjetivos, que facilitan el breve paso entre lo sublime y lo
ridículo. Las correspondencias entre la sociedad que desea obtener una
expresión que la distinga de las otras, y el artista que busca su estilo, está
lleno de matices y caídas, de ridículos y elegancias. El periodista
decimonónico debía ser un gran ilustrado y –como el cronista- necesitaba, para llevar
a cabo sus objetivos didácticos, “preservar los valores históricos de la
ciudad, sus monumentos, sus fastos, su identidad”.[12]
Debido
a la politización de la sociedad mexicana del siglo XIX, casi no había persona
que no hablara sobre la situación del país, del ayuntamiento, de las elecciones
o de la última novedad política; tampoco había prensa alguna que no hubiera
dado cuenta de los vicios y virtudes de las instituciones republicanas y
federales, de manera que asiumir la dirección de un periódico no podía ser
empresa fácil. Sin embargo, Manuel Payno, cuando en 1869 dirige El Siglo XIX, no se asusta ante la
necesidad de reprogramar la estructura antigua del periódico, que debía
responder a las circunstancias del momento y al reestablecimiento de la
confianza en el progreso, en la concordia, en la paz y en la tolerancia, pues
–como afirma Payno en su artículo “Nueva redacción”, que redactó al hacerse
cargo de la dirección del diario- no había asunto político que no haya sido
puesto en tela de juicio por el periodismo, razón por la que la fe en los
ideales se iba desvaneciendo hasta convertirse en abulia y desconcierto. Su
meta, entonces, se dirigía a la creación de nuevas conciencias, a la pérdida de
esa condición anónima y masiva de los ciudadanos que propiciaban la corrupción
y la injusticia al dejar que el poder cayera en manos de quien quisiera
tomarlo. Para ello, Payno alude a la historia, a las crónicas de costumbres, a
los textos políticos, al cuento, a la novela y, en general, a toda manifestación
escrita que se vale de lo “real”, de lo atestiguado y de lo vivido para seducir
o conmover.
La labor de Payno como periodista no
termina en el escritor, se extiende al director, al fundador de nuevos
organismos de difusión –El Federalista
y El Museo Mexicano-, al ciudadano
que, al igual que el “aguador”, observa y narra lo que ve, pero que, a
diferencia del mismo, conoce el poder de las palabras, la eficacia de la
construcción de un discurso coherente, verosímil y bien fundamentado. Cualquier
hecho cotidiano funciona como pretexto para criticar a la sociedad: desde un
viaje en transporte público hasta un funeral o la definición de un lugar
público como el “baratillo”. Lo ideal es exhibir los contrastes en que nos
movemos, en que jugamos y actuamos con las máscaras sociales. El periodista
dibuja lo que ve, lo efímero, lo que la colectividad olvidará por irrelevante
o, simplemente, porque carece de memoria histórica, porque lo que siente como
más cercano es el presente. Para el hombre de letras, cualquier instante puede
eternizarse: la interpretación de un gesto puede condenar o salvar el destino
de un personaje tipificado o falsificado por la misma cultura. Payno fue
víctima en carne propia de la desmitificación, cuando él, lejos de profanar lo
sagrado, procuró sacralizar lo profano, incluir al marginado y al desprotegido
por un gobierno pasional y productor de ilegalidad.
¨ Marcela Solís-Quiroga, realiza sus estudios de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su correo electrónico: marsol80@yahoo.com.mx
[1][1] Manuel Payno. Obras completas VIII. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1998. p. 88.
[2][2] Manuel Payno. Ibid, p..35
[3][3] Manuel Payno. Obras Completas III. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1997. p. 175.
[4][4] Manuel Payno. Op. Cit. p.105.
[5][5] Manuel Payno. Ibid, p. 63.
[6][6] Juan Antonio Rosado. Bandidos, héroes y corruptos. México, Ediciones Coyoacán, 2001. p.13.
[7][7] Manuel Payno. “Polémica, filosofía, historia”. El siglo XIX.12 nov, 1869.
[8][8] José Ortiz monasterio. “Prólogo” a Vicente Riva Palacio. Antología. México, Cal y Arena, 1995. p.p. 11
[9][9]Manuel Payno.Obras Completas X. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1999. p.278
[10][10] Ibid, p.237.
[11][11]Manuel Payno. Ibid, p. 259
[12][12] Jorge Ruedas de la Serna. “Prólogo” a Manuel Payno. Obras Completas IV. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1996. p. 15