La Novela Mexicana
del Siglo XIX y su
Adaptación Fílmica en el Cine de los Años 30
Una Visión Retrospectivaª
Silvia Casillas
Ledesma
Universidad Intercontinental
cchavez@spin.com.mx
Entre la historia de nuestra novela
y la de nuestro cine existe un paralelismo en sus procesos de
construcción, pues ambas surgen en periodos de crisis y apuntan
a consolidarse por medio de un esfuerzo local y nacionalista.
Es común concebir los inicios de
estos dos artes en México como periodos de aprendizaje poco
valiosos estéticamente, sin embargo, es curioso constatar el éxito
que tuvieron en su momento y la singular resonancia que han
dejado en la historia interminable entre la literatura y el cine.
Si bien las novelas decimonónicas
no se caracterizan por sus cualidades artísticas, ni por sus
innovaciones narrativas, sí lo hacen por el intento de
consolidar un lenguaje literario propio. De igual forma sucede en
el cine mexicano, pues recorre un camino similar al de la novela
pero de forma versátil y vertiginosa, ya que se construye
cimentado en gran medida en la pintura, la novela y el teatro que
lo precedieron. En su comienzo, parecía que el cine no podría
superar la etapa de ser un mero entretenimiento capaz de
reproducir la vida en movimiento, pero fueron precisamente los
escritores de fin de siglo, quienes impresionados por el nuevo
invento apreciaron sus futuras cualidades, y vieron en sus
carencias la posibilidad de la creación. Luis Urbina señaló
con la visión de un artista: "A este aparato... le falta
color; quizá con el tiempo adquiera sonido. En su mano está
adquirirlo. Puede trabar amistad con el fonógrafo y pedirle
auxilio." (1)
Las adaptaciones de novelas decimonónicas
no pueden considerase una mayoría en la producción cinematográfica
de los años 30's, pero son trascendentes en la medida en que
revelan los intereses y el gusto del público de su tiempo, el
cual cansado un tanto de los documentales sobre la revolución,
seguía leyendo con avidez a los autores que presentaban la vida
social de un México cotidiano, cuyas batallas tenían un acento
romántico y elocuente. En contraste, la crudeza
posrevolucionaria y la crisis sociopolítica por la que
atravesaba el país, tuvo como uno de sus resultados censurar la
novela de la revolución, y el público debía conformarse con
filmes que no abordaban directamente las repercusiones, sino que
presentaban visiones un tanto parciales, aunque algunas de ellas
con un agudo sentido crítico, como El compadre Mendoza de
Fernando de Fuentes, basada en un guión de Mauricio Magdaleno.
Así, las novelas decimonónicas y
su adaptación ofrecían al público la oportunidad de
reencontrarse con un México propio, aunque añorado en ese
tiempo, un público deseoso de ver lo suyo y escucharse con sus
propias palabras. Por su parte, el cine, encontró la fórmula de
llenar las salas de proyección con la opción del melodrama. El
melodrama de dichas adaptaciones fue un proceso intertextual
entre la novela de folletín y la romántica y realista, pues
satisfacía la demanda latente del público. Asimismo, en las
adaptaciones fílmicas de novelas como Santa, Clemencia y La
Calandria, el melodrama se convierte en el puente entre dos
tiempos y dos espacios. Es la transición del campo a la ciudad,
del siglo XIX al siglo XX. Es también, la conquista de un
mercado mayoritario, el femenino, que hasta nuestros días sigue
fielmente la tradición de la novela de folletín y del melodrama
cinematográfico en las socorridas telenovelas de la pantalla
chica.
La Novela del Siglo XIX va al
Cine
El presente trabajo es una reflexión
sobre la importancia del uso de la lengua española en un momento
decisivo del cine mexicano, el de los años 30. Esta visión
retrospectiva pretende rescatar las obras cinematográficas de
esa década que tuvieron su origen en la adaptación de algunas
novelas decimonónicas, entre ellas Santa (1931), La
Calandria (1933), Clemencia (1934), Martín
Garatuza (1935), Monja, casada, virgen y mártir, (1935)
Los bandidos de Río Frío (1938) y La parcela (1939),
entre otras. Dichas novelas corresponden a autores cuya
participación en la literatura mexicana ha sido no sólo
destacada sino fundamental para comprender la construcción de
una nación desde la perspectiva intelectual, pues Ignacio M.
Altamirano, Manuel Payno, Vicente Riva Palacio, Rafael Delgado,
Federico Gamboa y José López Portillo y Rojas, fueron
personajes que participaron activamente en la política, la
educación y la cultura de una nación en formación Su ejercicio
literario, carente quizás de la creatividad estética de las
novelas extranjeras, configuró en gran medida el proceso de
identidad nacional que dominó en la centuria pasada y se
convirtió en un compromiso con la patria.
Revaloramos también aquí la
inevitable relación entre el cine y la novela que se conforma en
lo que comúnmente conocemos como adaptación, y a la que Vicente
Leñero ha llamado acertadamente recreación. La relación entre
estas dos artes va más allá de la mera adaptación, pues hay
que tener claras las diferencias de su naturaleza, de sus
posibilidades, incluso de sus recursos; sin embargo, hay que
tomar en cuenta la calidad expresiva de ambas, puesto que
comparten hasta cierto punto, la misma materia prima: las dos
trabajan con las palabras y las imágenes. De modos distintos ,sí,
distintos en sus procedimientos, pero similares en sus
posibilidades de crear, de descubrir, de significar, de revelar
como en un juego de espejos la realidad en el arte. Lo cierto es
que en ambas, la creación se prolonga en el espíritu del que
lee y el que ve, del que permite que las imágenes, tanto
visuales como poéticas, y las palabras lo inviten a experimentar
sensaciones, percepciones, ilusiones y sentimientos que se
adentren en él y dejen su huella.
Si bien la lengua en su postura de
herramienta creativa pertenece por naturaleza a la literatura, en
la conjunción con el cine se enriquece en la medida en que las
imágenes son producto de una narración. Es por ello que la
adaptación cinematográfica de las novelas decimonónicas tiene
eminentemente una función social, en la que el habla funge como
espejo de la sociedad, la cultura y el hombre. Los escritores del
siglo pasado fueron sumamente sensibles a la llegada del cinematógrafo
de los hermanos Lumiére a nuestro país en 1856, pues
precisamente tres de ellos. Luis G. Urbina, José Juan Tablada y
Amado Nervo, hicieron las primeras reseñas cinematográficas y
previeron el alcance artístico que podía ofrecer el nuevo medio,
así como su inevitable relación con la novela.
La historia del cine mexicano es en
parte, la historia de la cultura de nuestro país, la búsqueda
de la identidad, la construcción y reconstrucción nacional, la
difusión interna y externa, el deseo de tener un lugar propio y
sobre todo autonomía.
Hacia 1930, el cine mexicano que
había vivido la corriente nacionalista posrevolucionaria
experimentó la búsqueda de un cine propio que se veía
ensombrecido por la vasta producción de Hollywood. La década de
los 30's ha sido considerada por los estudiosos como el inicio
del cine sonoro en México, y es en este periodo, en el que se
repite la historia que tres cuartos de siglo antes había
ensayado la novela de nuestro país: la de hacer coincidir en un
mismo esfuerzo la cultura nacional y la cultura contemporánea.
Es en ese tiempo en que se realizaron las adaptaciones fílmicas
de las novelas decimonónicas que representan en gran medida, el
cambio cultural iniciado por Altamirano en su programa
nacionalista, cuya coherencia fue un impulso decisivo para la
madurez intelectual de México. Así como a mediados del siglo
pasado la literatura fue concebida como parte de la existencia
nacional, en 1930, el cine sonoro jugó un papel fundamental en
la integración de las manifestaciones culturales y artísticas
de nuestro país.
Según Alejandro Galindo, los mexicanos de aquel tiempo se vieron "acicateados por el deseo de oír su voz y ver su rostro -quizás en un deseo de encontrarse al mirarse en la pantalla- empezó a decidir una industria cinematográfica en 1930 (...) y nada como el cine para hacer de la población de México un pueblo con características nacionales y culturales unitarias. Esto es: hacer del cine el instrumento de creación y participación de valores en común que es, en último término, lo que integra o constituye una nación. En una palabra: la cultura; que es la que afirma y dignifica al hombre." (2)
El nacionalismo cinematográfico
coincidió con el nacionalismo de los liberales del siglo XIX,
puesto que ambos creían que el arte debía inspirarse en la
historia, las costumbres, los tipos y el paisaje mexicano. El
cine ofrecía a nuestro país la posibilidad de proyectar la
imagen de los mexicanos en el extranjero, desvirtuada por la
revolución y los argumentos de las películas de Estados Unidos.
Así, a la corriente nacionalista se sumó la importancia del
lenguaje. El uso de la lengua propia empezó a considerarse como
un elemento de cohesión cinematográfica y cultural, ya que el
primer motivo que causaba conflicto del cine importado, era el
idioma.
Federico Gamboa y Alfonso Junco habían manifestado en 1929 su descontento ante el hecho de escuchar lenguas extranjeras en una sala cinematográfica en México. Asimismo, el cine empezó a verse no sólo como una industria, sino como una posibilidad de entretenimiento para un pueblo que deseaba identificarse con él. Respecto a la importancia del idioma, nos encontramos en que por aquel tiempo la crítica cinematográfica se sentía indignada por esta falta de identificación, pues señalaba que "los señores comerciantes de Hollywood(...) olvidan que nosotros hablamos en la América Latina no menos de cincuenta idiomas todos derivados del español. Nada más grotesco que ver y presenciar una disputa entro dos norteamericanos, el uno hablando mexicano y el otro argentino." (3)
Como en México, el cine mudo no
había logrado consolidarse internacionalmente, fue hasta 1930
con el cine sonoro cuando empezó a gestarse la noción de un
cine propio que tuviera la posibilidad de extenderse al
extranjero. Si no a los Estados Unidos en el que el llamado cine
hispano había impresionado en sus primeros años, y se
encontraba en crisis por el deseo ambicioso de conquistar a todos
los públicos de habla española, sí a España y América Latina,
en donde la producción cinematográfica no satisfacía la
demanda de millones de espectadores en potencia.
Por lo tanto, el uso de la lengua
española se presentaba como el vehículo idóneo para la
conquista de un público más numeroso. México deseaba y
necesitaba hacer cintas en español, y aunque ya durante el
gobierno de Portes Gil se había decretado "la pureza
castellana del lenguaje en los títulos de las películas
extranjeras", no se conformaba con un cine extranjero únicamente
traducido al español. Es éste un momento decisivo para el cine
mexicano, pues Baltazar Fernández Cue, enviado de Hollywood para
hacer un estudio sobre el caso de nuestro cine consideró que era
:
el momento oportuno para iniciar
una producción cinematográfica en México.
No hay un país más adecuado para ello. Su proximidad a
Hollywood le hace privilegiado.
Además, una importante mayoría de extranjeros en Hollywood son
mexicanos; y éstos podrían
aportar sus conocimientos y su experiencia a la producción
mexicana (4)
Es entonces, cuando se continúa
con el impulso nacionalista, y se retoman las novelas decimonónicas
citadas anteriormente. Fue un periodo de experimentación y
aprendizaje, hubo gente que por haber trabajado en cine se
aventuró a dirigir películas, tal es el caso de Leonardo
Westphal quien desarticuló la bien estructurada novela
folletinesca de Payno Los bandidos de Río Frío en 1938,
que sólo duró una semana en el cine Regis. A este sueño de
hacer cine mexicano hablado en español se sumó la llegada a
fines de 1930 de Serguéi Eisenstein, quien tenía planeado
filmar su película ¡Que viva México! Su mera presencia
alertó a los optimistas que vieron más posibilidades para
nuestro cine, el cual podía explotar la belleza plástica de sus
paisajes y la lengua popular tan característica de los mexicanos.
El intento consistió en hacer un
cine mexicano cuya bandera fuera el castellano que representara
la imagen del mexicano y de lo mexicano dentro y fuera del país.
El uso de un castellano representativo de nuestras costumbres,
regiones, alimentos, tipos y personalidades. Un español que
reconstruyera junto con las imágenes un México, rico, propio,
autónomo, no sólo exótico como hasta entonces se había
considerado, sino con su propia historia, capaz de lograr lo que
hasta entonces no había alcanzado, integrarse a la cultura
universal. Este intento cinematográfico pretendió rescatar
algunas novelas decimonónicas, y ambos, cine y novela del siglo
XIX, coincidieron en el esfuerzo por consolidarse como arte
propio y profundo, carente quizás de la originalidad, la
innovación y la experiencia, pero inevitablemente empeñado en
su autoconstrucción y desarrollo, provisto si no de todos los
recursos, sí del ánimo emprendedor necesario. La novela decimonónica
ofrecía al cine de los años 30's no sólo los argumentos y los
ejes temáticos, sino la posibilidad de hacer un cine mexicano
hablado en español que no sólo traducía las ideas de los
escritores, sino que pretendía convertirse en estandarte de
identidad nacional. Las novelas decimonónicas no contaban todas
ellas con un español culto y pulido, pero sí representativo de
México, lleno de su grandeza y su llaneza, de su humildad y de
su orgullo, de su historia y sus mestizajes. La novela del siglo
pasado y el cine de los 30 se integraron en el uso de la lengua
que configuraría la expresión de una cultura nacional.
Si más tarde este intento se vio
desvirtuado por el uso y abuso de tipos y costumbres mexicanos,
por ejemplo, charros, borrachos y cantarines, es importante señalar
que nuestro cine se consolidó en una industria y tuvo proyección
al extranjero. Profundizar en las causas de esta "traición",
por llamarla de algún modo, corresponde a un estudio más
profundo. Aquí sólo pretendemos establecer el inicio del cine
sonoro en México, su vínculo con las novelas mexicanas decimonónicas
que reside en gran medida, en el uso de una lengua propia por la
que estos autores se preocuparon, en sus afanes costumbristas,
realistas y nacionalistas, de resaltar y dar testimonio.
Fue en 1931 con el esfuerzo que
representó la producción de Santa, cuando dichas novelas,
aseguraban de algún modo el éxito cinematográfico, pues seguían
leyéndose con entusiasmo por los aficionados a la literatura, así
como también al decir de Xavier Villaurrutia, ofrecían al
espectador la oportunidad de sentirse identificado con el nuevo
arte:
Cansado de oír un idioma que no
comprende y de seguir tipos y costumbres que le son ajenos,
el público de México ha encontrado en los films mexicanos un
alivio, y, mientras no adquiera
conciencia bastante para preguntarse si la realidad que se le
ofrece en las películas es de veras
la realidad mexicana que busca y no una nueva y superficial ficción
de la realidad, aplaude y aplaudirá
las películas hechas en México. (5)
México pretendía en aquel tiempo
convertirse en la sede de la cinematografía en español, y después
de Santa empezaron a planearse las adaptaciones de Clemencia
y La calandria, y así cada vez más películas habladas
en un "español mexicano", que se convirtieron en un
esfuerzo continuado en la producción del país.
Es importante reconsiderar que en
las adaptaciones cinematográficas de las novelas decimonónicas
los realizadores no siempre se apegaron al lenguaje literario,
pero intentaron dar al publico, si no una expresión académica,
sí realista y reveladora. En ellas encontramos una variedad lingüística
que funciona como un mosaico social, en el cual predomina la
clase media. Tal es el caso de Santa por ejemplo, en el que aun
cuando se conservan elementos del cine mudo, como la inserción
de letreros, la introducción de las canciones de Agustín Lara
que más tarde fueron recogidas por la poesía mexicana, revelan
ya la importancia de la expresión verbal. Asimismo, el uso y
abuso de los diminutivos en la primera parte de dicha película,
es testimonio de una característica peculiar del español del
mexicano. También podríamos anotar respecto algunos personajes,
sobretodo los femeninos, el no uso de la lengua, pues el silencio
se convierte en la expresión de sumisión de la mujer mexicana
ante la autoridad moral principalmente, lo cual sucede con Santa
frente a sus hermanos, pero no dentro del prostíbulo. Este mismo
elemento lo encontramos en la película de Juan Bustillo Oro Monja,
casada, virgen y mártir, en donde la mujer es incapaz de
hablar ante la superioridad masculina, y esto sólo será vencido
cuando la injusticia de la Inquisición amenaza su vida. Asimismo,
en La Calandria, el personaje de Fernando de Fuentes no
encuentra en la expresión verbal la posibilidad de la explicación
y justificación, y opta por el suicidio.
Recordando otra película basada en
una novela del siglo pasado está Nobleza ranchera, la
cual retoma el habla de los peones de las haciendas y revalora términos
como "ansina", "mesmamente", "jondo",
que en sus inicios caracterizaron a la comedia ranchera. Esta película
permite la reconstrucción de un época del porfiriato que
explica en gran medida los acontecimientos del primer cuarto del
siglo XX.
En las adaptaciones literarias de
aquella época los realizadores integraron palabras propias, y así
complementaron el lenguaje coloquial, adaptándolo a la época,
como ejemplo podríamos citar a los personajes como Martín
Gararatuza que por pertenecer a otra clase social se permiten
expresiones tales como "achicharrar" por la Inquisición,
o "retorcer el pescuezo". Si bien, la película no
siempre guarda la proporción lingüística de la época, y los
tonos y los "vos" a veces se olvidan, sí nos
encontramos con el uso de la lengua común y comprensible para un
público medianamente culto. Esto nos lleva a pensar que el
estudio del habla coloquial es indispensable para comprender las
diferentes etapas del cine nacional, por ejemplo el uso de
canciones, albures, exclamaciones, dichos y palabras altisonantes
entre otras expresiones, que han caracterizado a nuestro cine y
que nos invitan a la reflexión, la sugestión y a las múltiples
posibilidades de interpretación.
El cine de los años 30 heredó de
la literatura parte de su lenguaje y tuvo la posibilidad de
fijarlo, de conservarlo en una voz, en las modulaciones y los
tonos, de innovar , y principalmente de llegar a más
espectadores. Por lo cual intentó escoger las palabras justas,
precisas, significativas e irremplazables que reflejaren en
cierto modo la realidad circundante. Tuvo el derecho y el deber
de aportar con innovaciones, de integrar sus propias palabras
para poder ser comprendido por su público, por un público que
desde entonces se ha sentido identificado con el lenguaje de las
canciones, con los dichos y refranes, con las expresiones que
distinguen a diferentes clases sociales, y con la poesía misma.
El cine sonoro en México se inició
estrechamente comprometido con nuestra novela, y dicho compromiso
consistió en que adoptó y adaptó la palabra literaria para
conjugarla con su propio lenguaje, y retomó las novelas para
alimentarse de forma creativa y expresiva en su proceso de
autoconstrucción. Ejercicio intenso en el que la literatura y el
cine nacional dieron a México, por medio de un castellano propio
y nutrido, la oportunidad de integrarse a la cultural universal.
AÑO |
OBRA |
AUTOR |
DIRECTOR |
1931 |
Santa |
Federico
Gamboa |
Antonio
Moreno |
| 1933 |
La Calandria |
Rafael
Delgado |
Fernando de
Fuentes |
1934 |
Clemencia |
Ignacio M.
Altamirano |
Chano Urueta |
1935 |
Martín Garatuza |
Vicente Riva
Palacio |
Gabriel Soria |
1935 |
Monja, casada, virgen y mártir |
Vicente Riva
Palacio |
Juan Bustillo
Oro |
1937 |
La llaga |
Federico
Gamboa |
Ramón Peón |
1938 |
Nobleza Ranchera |
José López
Portillo y Rojas |
Alfredo del
Diestro |
1938 |
Los bandidos de Río Frío |
Manuel Payno |
Leonardo
Westphal |
Notas al Pie:
(1) Luis G Urbina, El Universal, cita tomada dePatrick Duffey,
De la pantalla al texto, p. 13
(2) Alejandro Galindo. Una radiografía histórica del cine
mexicano. México, F.C.E. 1968, p. 15
(3) "De lo ridículo a lo grotesco", El
Universal, 10 de diciembre de 1929, en "Luis Reyes de la
Maza", El cine sonoro en México, UNAM, 1973.
(4) "Hollywood y las películas en español", El
Universal Ilustrado, 6 de agosto de 1931. Tomado de Aurelio de
los Reyes, medio siglo de cine mexicano, Trillas 1987, p. 117.
(5) Xavier Villaurrutia, Crítica cinematográfica, UNAM 1970,
p. 243
ª Publicado en: www.cem.itesm.mx