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V La luna disfrazada de sol vino a la fiesta porque dicen que el rey la había invitado; pero lo del disfraz ya era una idea vieja, manoseada por muchos otros reyes destronados de angustia que perdieron los ojos en ambiciones pálidas como fantasmas de incidencia fortuita, pero exacta. Tan sólo las memorias que quedaron fueron leídas minuciosamente y sus resquicios más largos patinados con láminas de oro; y fue perfeccionado el precipicio diseñado para matar corderos de sonreír escuálido. Y la luna, la mentirosa luna doblecara con estudiadas poses vino hablando del llanto de su pobre, alquitranado amigo: el que duerme en los puentes o debajo, el que no come nunca o transparenta, maltrecho y estrujado por la mano sobredorada al son de largos vasos de vino. Y vertió algunas lágrimas y luego, con un airado gesto ya ensayado, subió de tono el tono de su voz, y discursando, expuso las premisas del ocaso sembrado prematuramente. Esto, desde luego, ella no lo notaba porque a pesar de todo y disfrazada era de vista corta o padecía del vicio del párpado cerrado y además, los oyentes, llevaban desventaja en la contienda: unos por mucho vino, otros por mal parados y otros por la desidia que produce el sopor del buey asado con castañas y oporto. En fin, resultó que el mal momento de todos devino en el mejor; el esperado por el rey quien levantando en andas a la luna y el crujiente disfraz se erigió defensor definitivo, custodio y paladín del bien para los platos platinados de ocio. Y juró no abandonar ya nunca los senderos truncados por esa torpe y sabia guillotina del tiempo, y también juró vivir por años de los años y conservarlo todo apuntalado mientras la luna, disfrazada de sol, le sonreía desde su muevo estrado. |
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VI Dos arlequines mansos tiene el rey, dos arlequines. Uno blanco y delgado como nube, otro negro y jovial como de cuero antiguo artesonado que con sus mandolinas pedigüeñas buscan llamar la lluvia en las llanuras agostadas de tiempos y rigores. Dos arlequines mansos. Que así no fueron siempre, sino que parloteaban sin concierto o desbarraban torpes. Pero el rey, siempre sabio y muy taimado, apretando clavijas lentamente les tensó bien las cuerdas, y señaló los aros. Les enseñó los trucos de la fuga, el recorrido largo hasta el mercado, y el "ojo, no se toca", con denuedo, les deletrearon claro. Ay, arlequines parcos, bien mandados, que se tiran de bruces y recitan sus himnos como alquímicos ensalmos para salvar del ocio las arcas del estado. Ay, arlequines, delfines bien nadados en pozos de petróleo del oriente que perdieron la voz en los ajustes del mosqueado verano. Ya no tienen remedio, no habrá cuerda que darles cuando agoten la suya ni habrá con qué mojarlos cuando secos se queden sus limosneros jarros. Qué pena de arlequines tan buenos y tan mansos, qué pena de camisas y sudarios obtenidos a golpe de letargo. Qué pena, porque el tiempo cuando asume la toga no perdona ni el ardid de la lira ni los versos en blanco. |
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VII Esa señora gorda que apuñala la sal en la bodega no es de lo más absurdo que se ha visto en el reino. Las hay peores: señoras que maltratan sus propias estaturas en portales sombríos: largas hileras que de pronto revientan con una algarabía singular de imprecaciones que nadie ha escrito nunca, y mesan sus cabellos con violencia de cerdo o se escupen de lejos. mientras la obscenidad desborda el paralelo permisible. Hay señoras también que nos acechan con un ojo avizor y muy temprano asomado al visillo, y saben de las idas sin regreso y del retorno bien acompañado y del secreto bulto que trashuma con mucha discreción de mano en mano. Y hay señoras que saltan de sus camas con sobresaltos apesadillados para gastar sus pies en los senderos que van desde la casa a los estuarios o a los mercados donde en ganchos dobles cuelgan los vientos, los ecos, y los gajos resecos colectados en tardes de verano. Y hay otras cosas más: hay vegetales riéndose muy quedo de la saturación de la desidia acostados al sol. Y hay vacas profanadas que acuclillan sus leves esqueletos sin rubor o perseguidas son por los mancebos nocturnos vestidos de verdugos; si no van al banquete que el señor convoca con frecuencia en las orillas de ínsulas extrañas y remotas al ojo. Hay también escarabajos mustios que circulan sin cuerda las amplias avenidas solitarias y ruedas que deambulan con cadáveres tersos por montura. Hay también un toque de silencio volando en las miradas y que el tiempo ha gastado un tanto demasiado, sin que por ello se estropearan las lindes permisibles, porque todo, y es bueno que se tenga muy en claro, a pesar del absurdo está medido en onzas, sopesado en centímetros cuadrados y mandado a acuñar; para que luego no diga el enemigo que el reino se desmanda o no es mandado como lo ordena Dios, que está sentado a la diestra de sí, no al otro lado. |
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VIII Jugaba el rey con su siervo predilecto: "Si me aplaudes te doy, si no, no te doy nada." Pero de todos modos el rey siempre ganaba y el siervo se reía a carcajadas tan altas que en palacios vecinos lo escuchaban. Y le dolía el pecho y las espaldas porque el rey sí pesaba y a horcajadas le daba de palmadas: "Arre, mi siervo, arre que te daré una vida acomodada. Arre, mi siervo, arre que empuñarás la matadora espada y te daré mil versos, mil titulares regios y un gran montón de nadas." Y se animaba el siervo y mejoraba el paso bajo el peso que llevaba. "Arre, mi siervo, arre." Coreaban suavemente detrás los cortesanos vestidos como discretas sombras necesarias. Y el juego se extendía hasta altas horas que enlazaban la tarde y la mañana; cuando el rey, ya prudente y divertido, bajaba de sus lomos; cuando nadie notaba que en los ojos del siervo dos lágrimas discretas asomaban. |
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IX El unicornio azul y mal pagado escapó y nadie sabe cómo. La prisión sutilísima y elástica lo mataba de tedio obstinándole sólo un pensamiento: el volar y volar en el libérrimo espacio de la fuga. Y el arlequín de blanco, mal pensado, dijo que se perdió. Quizás fuese una orden del señor el breve anuncio en el clasificado, quien, como siempre, busca poner paños antes que los murmullos se desboquen. Pero lo cierto es que no se puede tener un unicornio, un unicornio azul tornasolado, decorado con arras mucho tiempo porque si la tristeza no lo seca le quita el buen color el ansia de mutarse, y transformado luego, ser pez dorado, ser banco en una esquina para acunar los pobres, los ignotos amigos y navegar las plazas que el sueño y la memoria desconocen. Eso muy bien lo sabe el rugidor del trono y en sabiéndolo así al unicornio tuvo separado de toda referencia, de toda deducción no matemática; pero siempre sucede que los años resbalan como anguilas y destapan descorren, desmesuran las grietas de los pórticos. Y para un unicornio, un unicornio azul, es suficiente una mínima hendija. Un gesto lánguido del cansado guardián que está sentado en el borde del reino, custodiando las nubes o toreando la anunciada tormenta que no llega. |
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X Eleonor Rigbie...wearing a face that she keeps in a jar by the door. John Lennon. |
El rey, como Eleonor, guarda su verdadero rostro en un armario negro, inescrutable, como una golosina prohibida. Y lo salva del tiempo y las miradas; y se pone su máscara diaria; la que no guarda en una fresca jarra al lado de la puerta, sino que bien la ensaya en el mohín ligero, en la risilla falsa y en la paternalista voz alzada según la circunstancia. Porque el rey, como actor, es cosa bien lavada, destilada en serpentines largos que enmarañan su curso por repentinas aguas. Y su rostro, su rostro amaestrado es lo que mas se alaba: cuando frunce las cejas, cuando levanta suave de la nariz el ala para tomar aliento y reordenar las fichas que le faltan. ¡Qué maestría! qué suave y muy holgada le queda la palabra lanzada como velo, como sombra, como jardín de nada. Y lo ves divertirse para adentro, hecho un felino que paciente caza, pero mueve la cola en un compás que marca un peligro inminente; una garra guardada también en el armario, y que no saca, sino que entrega a otros para usarla. Y con su fría cara amaestrada dice que es el momento lo que pasa, que son ajenas iras las que alzan en vilo a los traidores y los lanzan por los despeñaderos. Y recrea su hilera de fantasmas para dormir incautos, la hipnótica salmodia de los monstruos de antaño que amenazan de nuevo devorarnos. Y los siervos respiran, baten palmas y sudan, copiosamente sudan y desmayan de un golpe la esperanza como si fuera otro senil espectro; y se tiran de bruces y le cantan los estribillos que no dicen nada, pero dicen, lo que el rey y su máscara esperaban porque piensan que nadie nunca encontrará la llave del negro armario donde con celo guarda el rostro verdadero, el que no espanta; el que daría pena si se hallara tirado ahí, con una mueca extraña de horrores reprimidos, de perdidas infancias y de sueños con alas recortadas |
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