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MITO WAOMBÉ Los dioses trajeron palabra para todos y diferente voz a cada uno. Trajeron el sonido que saca los renuevos, el que despierta en flor la primavera; la sílaba paciente que llama los frutos. Trajeron la palabra del canto de las aves y el habla de las bestias, que enseñaron a nuestro Gran Abuelo. También trajeron las voces del silencio que conversa con todo, pero esas, las hemos olvidado. |
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MITO MOGUÉ Muchas eran las tribus de esta tierra cuando llegó El-que-Cabalga-en-Soles. Como roca imponente apareció, de pie, ente la puerta de su carro. Dicen que la sonrisa le era clara y que una luz perenne habitaba en su rostro. Como encontró los seres divididos y que en las manos del hombre anidaban las primeras penumbras, hizo una rogativa al cielo. Luego ordenó las rondas y los cantos; ejecutó el rito que destruye las lanzas y los dardos y, entre alegrías, dio de beber a todos el agua de su flor. |
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MITO OGUENDÁ Mucho hablaron los dioses que la luz traída desde el cielo debía quedarse con nosotros, pero los antepasados no entendieron. Mucho dijeron que entre el cielo y la tierra sólo difiere el tiempo, en la distancia siempre están unidos y su fruto es el sol, pero los antepasados no entendieron. Entonces, conociendo los dioses el viejo rito de la vida, se llegaron hasta nuestras mujeres y, como el que vuelve a andar sobre sí mismo, les dieron de su ser y las amaron: porque la unión del cielo y de la tierra no mancilla cuando la luz es pura. |
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MITO NGAYOLA Omboyoro era el pie ligero que alcanzaba el gamo en pleno salto, el brazo que aplacaba la furia del leopardo. Por eso, el día que cayó enfermo; como si el rayo lo hubiese tocado por el pecho, comenzó el hambre entre los Ngayola. También por eso fue que Ganya, la más vieja, mandó a su hija al Monte de los Truenos, donde bajan los dioses en sus alas de luz. De allá trajo a un dios con la piedra-que-alumbra-por-dentro e hizo que Omboyoro la tragara. Así el dios pudo ver el espíritu oculto en el pecho de Omboyoro y sacarlo de un grito. |
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MITO DOGÓN Se fueron Los-de-Rostro-Luminoso y nos dejaron solos. Luna tras luna se borraron las lluvias, la tierra se hizo dura y fue amargo su fruto. El espíritu blanco del desierto perdió el miedo y nos sopló su arena, llevándose las aves a otros cielos, espantando las bestias. Y cuando la soledad y el hambre nos miraron con sus ojos vacíos, le crecieron las puntas a las flechas y las lanzas volvieron su pedernal contra nosotros. Pero los hijos del cielo no volvieron. |
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