Piedras Viejas
   
 
Piedras Viejas
1984
 
 
 
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MITO OMBA
Un viejo día se hizo un agujero sobre el cielo. Primero fue pequeño como estrella, luego creció en rugido y resplandores. Se soltó el vendaval que sacudió la selva. Los truenos y los rayos se escaparon y hubo temor sobre la tierra.
Creyeron los abuelos que la luna se había confundido de su curso; más era el huevo dorado de los dioses que, contagiado de sol, llegó quemando la hierba en la pradera.

MITO SIWERE
Dicen que el cielo en su confín es negro, que hay soledad sin llanto, y hay silencio. La semilla de luz que lleva dentro lo vivo es como gota abandonada. Fue por eso que los dioses decidieron partir. Tocaron el segundo cielo y sólo fuego hallaron. En el tercero agua y en el cuarto el combate entre los dos. Hasta que al fin vieron paz y descendieron. El primero de ellos vino con cantos que despertaron las aves en bandadas y la música corrió como gran agua mientras las diosas bailaban el son de las mareas.
 



MITO NYORO
Y viendo a los niños tan llorosos, las Siete Madres les dieron de sus pechos la leche que hace blanca las estrellas. Y todos se alegraron porque la leche de las Siete Madres era inagotable. Y ese año hubo grandes frutos en los árboles y grandes también fueron las aguas del cielo y de los ríos. Y cuando los niños fueron hombres y partieron a fundar las ciudades de piedra, las Siete Madres subieron por los aires dejando tras de sí el rastro luminoso de sus pechos, que aún puede verse en el espacio cuando las noches son claras.
 



MITO WAOMBÉ
Los dioses trajeron palabra para todos y diferente voz a cada uno. Trajeron el sonido que saca los renuevos, el que despierta en flor la primavera; la sílaba paciente que llama los frutos. Trajeron la palabra del canto de las aves y el habla de las bestias, que enseñaron a nuestro Gran Abuelo. También trajeron las voces del silencio que conversa con todo, pero esas, las hemos olvidado.


MITO MOGUÉ
Muchas eran las tribus de esta tierra cuando llegó El-que-Cabalga-en-Soles. Como roca imponente apareció, de pie, ente la puerta de su carro. Dicen que la sonrisa le era clara y que una luz perenne habitaba en su rostro. Como encontró los seres divididos y que en las manos del hombre anidaban las primeras penumbras, hizo una rogativa al cielo. Luego ordenó las rondas y los cantos; ejecutó el rito que destruye las lanzas y los dardos y, entre alegrías, dio de beber a todos el agua de su flor.

MITO OGUENDÁ
Mucho hablaron los dioses que la luz traída desde el cielo debía quedarse con nosotros, pero los antepasados no entendieron. Mucho dijeron que entre el cielo y la tierra sólo difiere el tiempo, en la distancia siempre están unidos y su fruto es el sol, pero los antepasados no entendieron. Entonces, conociendo los dioses el viejo rito de la vida, se llegaron hasta nuestras mujeres y, como el que vuelve a andar sobre sí mismo, les dieron de su ser y las amaron: porque la unión del cielo y de la tierra no mancilla cuando la luz es pura.
 



MITO NGAYOLA
Omboyoro era el pie ligero que alcanzaba el gamo en pleno salto, el brazo que aplacaba la furia del leopardo. Por eso, el día que cayó enfermo; como si el rayo lo hubiese tocado por el pecho, comenzó el hambre entre los Ngayola. También por eso fue que Ganya, la más vieja, mandó a su hija al Monte de los Truenos, donde bajan los dioses en sus alas de luz. De allá trajo a un dios con la piedra-que-alumbra-por-dentro e hizo que Omboyoro la tragara. Así el dios pudo ver el espíritu oculto en el pecho de Omboyoro y sacarlo de un grito.

MITO DOGÓN
Se fueron Los-de-Rostro-Luminoso y nos dejaron solos. Luna tras luna se borraron las lluvias, la tierra se hizo dura y fue amargo su fruto. El espíritu blanco del desierto perdió el miedo y nos sopló su arena, llevándose las aves a otros cielos, espantando las bestias. Y cuando la soledad y el hambre nos miraron con sus ojos vacíos, le crecieron las puntas a las flechas y las lanzas volvieron su pedernal contra nosotros. Pero los hijos del cielo no volvieron.