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Diseño de portada: Ariel Miranda Viera |
Prólogo La primera versión del I Ching que vino a mi encuentro en el verano de 1976 en la Habana, fue la traducción, bastante extractada, que hiciera Mirko Lauer de la de James Legge. Por aquel entonces éramos un grupo de amigos, ciudadanos de un país lleno de carencias y prohibiciones, interesados en todos esos asuntos mal llamados "esotéricos" a los que los libros les llovían como por arte de magia. Aún hoy me resulta curioso recordar cómo el simple hecho de desear más información sobre un tema desatada una cadena de causas y consecuencias que terminaba con la aparición de algún volumen de "dudosa reputación" (para los extremistas del momento, por supuesto). Así circularon por nuestras ávidas manos ejemplares sobre medicina tradicional china que misteriosamente habían perdido el rumbo desde la embajada china, o tomos de los Upanishads que por los mismos motivos habían escapado de la embajada india. Eso, evidentemente, nos ponía a todos bajo el punto de mira y nos convertía en "elementos sospechosos", pero eso ya es otra historia.
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2 No obstante, el I Ching no acudió a nosotros por ningún llamado especial. De hecho, ninguno de la pandilla conocía la existencia del libro, hasta que un buen día la novia de un amigos lo encontró revuelto en un montón de ejemplares de la Biblioteca Nacional que habían sido destinados, podría mejor, condenados a terminar su existencia en la planta recicladora de papel porque, valga la aclaración, aquello de quemar literatura disidente en las plazas estaba muy pasado de moda y siempre había dado mala imagen. Recuerdo que cuando llegué a casa de mi amigo, el librillo, escuálido el maltrecho, ya había pasado de mano en mano provocando dudas y sorpresas. Yo fui el último en cogerlo y sonreír, entre escéptico y divertido, cuando se me explicó aquello de que lanzando tres monedas y sumando algunos números se podría obtener respuesta a una pregunta. Lo de los oráculos no resulta ajeno a nadie en este mundo, y menos a alguien acostumbrado a vivir entre lo que Alejo Carpentier definiera como lo real maravilloso. Además está decir que formule mi primera pregunta y obtuve mi primera respuesta que, a pesar de estar tenida por mi ignorancia y escepticismo, no dejó de sorprenderme, o lo que es peor, ponerme ante un rostro una expresión inescrutable, dulce y severo como uno imagina debe ser el rostro del maestro personal. |
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3 No sé cómo convencía a mis amigos para que me dejaran llevarme el libro a casa. Lleno de entusiasmo se lo enseñe a la que entonces era mi esposa quien, con la misma sonrisa dubitativa, quedó en silencio unos instantes cuando la conmine a que hiciera una pregunta. "Pues no se. Cualquier cosa." Dijo con total incredulidad. Fui lanzando las monedas al aire y armando el hexagrama. Respuesta: Mêng, "no soy yo quien busca al inmaduro, sino que el inmaduro me busca a mi... si me importuna no le doy información." Nuestras carcajadas ocultaron la sensación de sorpresa y embarazo. Decidí que debía conservar aquel libro y con toda mi paciencia hice una copia mecanografiada en el mejor papel que pude encontrar. Al año siguiente, y a través del mismo amigo, llegó la versión de Richard Wilhelm y la explicación de cómo consultar el libro mediante el uso de las varillas de aquilea . Aquella planta exótica (que tal vez también creciera en el trópico sin que lo supiéramos) nos era totalmente ajena, no así los fibrosos nervios de la hoja del cocotero, con los que decidí hacer mi primer juego de varillas. La "casualidad" de que la primera planta utilizada fuera fulminada por un rayo, a pesar de estar relativamente cerca de un pararrayos, en la segunda terminase despedazada por el hacha de su "dueño" y la tercera muriese lentamente de una plaga invisible, me llegó a pensar que tal vez el respeto y la veneración de los antiguos estuviese justificada por una especie de temor ante la incomprensible. |
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