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UNA MAÑANA CUALQUIERA. Una mañana cualquiera que vas hacia el trabajo, te ves atravesando el campo sin más transporte que los pies, que dicen, Dios te ha dado. Y te lamentas por no tener un coche, y la distancia se te hace interminable y teorizas con los “si yo tuviera”, juegas al “ojalá” o te debates en los “maldita sea”. La luz aún es leve y el rocío, suspendido en las hojas, te va haciendo olvidar esa distancia. Hay amapolas, montones de amapolas que percibes de golpe como un rojo unitario y fulgurante; luego viene el detalle: un pétalo translúcido, otro en la sombra. El tallo que se curva grácil en una dirección. Las corolas, entreabiertas, tienen todas un gesto que crees reconocer o recordar, o simplemente sientes en un punto ignorado de tu cuerpo la oleada de una alegría absurda. “¡Son niños que despiertan!” Te dices torpemente. Seres pequeños y medio adormilados que se beben el sol en el silencio de una mañana cualquiera en la que de repente dejas de hilar los “ojalá” o de planificar “si yo tuviera” y el resto del camino se te olvidan cada uno de los “maldita sea”. Madrid 10/05/04 | | |
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