EL PUZZLE
Todo comienza cuando los cuatro Juanes se dan cuenta de que los pequeños cofres que guardaban sus padres contenían un puzzle. Permanecían puestos en lugar evidente, al alcance de esa curiosidad que siempre impulsa a abrir, a mirar las diminutas piezas de colores y, por supuesto, a buscar el sentido de una imagen que ni remotamente te han contado.
Cada cual, por su cuenta, comenzó la labor. Juan Uno, más místico y secreto, lo hacía por las noches, cuando nadie miraba. Juan Dos, desafiante y rebelde, dejaba sus deberes del colegio y se sentaba solo en la terraza a cotejar las piezas. Juan Tres, el más proclive al orden, la razón y el sofisma, preparaba su mesa de trabajo y con sus gafas gruesas razonaba secuencias, variantes y estadísticas. Juan Cuatro, por su parte, se lo tomaba todo, según decía su madre, a la ligera. Lo hacía como un juego, aunque no siempre reía, pero sí se notaba que sus ojos brillaban cuando lograba juntar algunos bordes y esquinas.
Pasan los años, llegan las decisiones y la certeza justa de que el objetivo más alto de sus vidas era hallar el sentido de aquella imagen que se iba sugiriendo entre las piezas puestas y el misterio de que faltaban otras. Pero ¿dónde encontrarlas?
Nunca supieron si es que el mensaje llega al oído que lo quiere escuchar o es que oído escucha tan sólo lo que quiere. El caso es que Juan Uno, entre revistas viejas se quedó deslumbrado por una foto con montañas nevadas; Juan Dos por una estatua de bronce de una señora extraña que mostraba la lengua amenazante y Juan Tres por un señor de gafas, gruesas, como las suyas, que dio una conferencia en el Centro Masónico. Juan Cuatro, por su parte, se quedó sorprendido cuando vinieron todos, no al mismo tiempo, a decir que se iban en busca de respuestas. Juan Uno a los remotos parajes congelados del País de las Nieves. Juan Dos, con su primer pitillo de “maría” importada y su camisa a rallas de colores chillones dijo que se iba a India, en busca de santones y Juan Tres, con sus eternas gafas de fondo de botella, se había matriculado en la más prestigiosa universidad de Austria.
Juan Cuatro, sonriente y cordial, los despidió de uno en uno en la estación de trenes.
En las remotas tierras de allende el Himalaya, Juan Uno conoció a su mentor, el viejo Lama Gribyub versado en los secretos del tantra y los inciensos de aromas seductores, que entre mantras, rituales y largas meditaciones le iba entregando piezas muy valiosas y antiguas conservadas con celo en cofres de turquesa. ¡Qué colores! ¡Qué formas tan armónicas se iban perfilando!
Junto a un puente en el Ganges, Juan Dos se tropezó al gran Vivekaminda. Su túnica azafrán, en vuelo compasivo, le arrebató el pitillo de “maría” importada y, sin decirle nada lo conminó a mirarlo frente a frente, a la cara. Ahí quedó prendado de aquellos ojos negros, brillantes y serenos, y se marchó al ashram donde la Madre Kali custodiaba el secreto de la razón del cielo, de la vida y la muerte y también una caja, pequeña, llena de las palabras santas de la lengua sagrada.
Allá en el Aula Magna, Juan Tres se embelesaba escuchando las charlas de humanismo que daba el Señor Schopenheimer o aquellas conferencias enormes del Decano Von Froiden y se bebía los libros de los rusos Lenninski, Malkof y Rostakovish, grandes materialistas de siglos ilustrados.
Juan Cuatro, por su parte, repartía su tiempo en ser profe de un cole de niños con Alzheimer, ir a la biblioteca o sentarse en el parque a repasar su puzzle y recontar las piezas que entre libros diversos iba hallando una a una. Y formaban secuencias armónicas, tirillas de colores brillantes que aunque le diera vueltas en un orden u otro, no le encajaban nunca en su proyecto base.
Juan Uno decidió que debía ser más serio y le pidió al Gran Gribyub que le diera los votos, la túnica granate y, tal vez, algún día, le diera libre acceso a las cajas guardadas en el fondo más hondo de las criptas. Y lo ayudara a decidir el orden, la pose y la secuencia en que debía poner la imagen, ya formada, de la estupa sagrada, del negro Maha Kala, la espada con las llamas, la caracola blanca.
Juan Dos, más atrevido, había aprendido pronto a casar sus enigmas y la Gran Diosa Madre le encajaba de perlas en la esquina derecha. Y las aguas del Ganga, como decía el Maestro, veía que le afinaban con otra parte extraña que tenía su puzzle armado ya en la infancia.
Juan Tres, el de las gafas, se sentaba de noche a rehilvanar las frases de griegos y alemanes y recortaba bordes, que según él, sobraban y, lo más asombroso, lo que dejó atontado hasta al mismo Decano, fueron las piezas blancas que él mismo diseñara en sus largos insomnios o en las tardes doradas.
Juan Cuatro, por su parte, seguía yendo al parque a recontar sus piezas o ver si alguna magia hacía que encajaran. Cuando una tarde, absorto, escuchó que en el banco de al lado alguien dijo “tus piezas son ajenas, por eso es que no cuadran”. Y lo miró asombrado. Era el viejo Juan Cero, el que tenía la tienda de antigüedades raras en la plaza del pueblo. “¿Ajenas? ¡Hombre, claro!” le dijo. Y la sonrisa del viejo lo hizo ver las cosas de otro modo, más claras.
Hablaron de los libros, de la vida diaria y los consejos locos de un tal Majaramurti que muriera olvidado y del intento vano de encajar a la fuerza lo que ves que no encaja.
Y al final, la pregunta “¿pero dónde?” y el gesto y la sonrisa y aquella ceja alzada. Y la otra pregunta: “¿Has buscado en tu caja?”
En el pueblo, enseguida, se supo la noticia. Juan Uno regresaba de las lejanas tierras de allende el Himalaya, Juan Dos desde la India y Juan Tres, con sus gafas, daría una conferencia en el Centro Masónico que está junto a la plaza.
Juan Cuatro, por su parte, los invitó a su casa para tomar un té.
El primero en llegar fue Juan Tres, ya habituado a los usos de la puntualidad alemana. Con su traje de Armani y la enorme corbata. Luego llegó Juan Uno con sus sandalias blancas, la túnica granate, la cabeza rapada, y al final, como siempre, Juan Dos hizo su entrada con sonrisa de niño, la camisa bordada y el habitual pitillo de “maría” importada, esta vez de la India.
El saludo, el abrazo, el apretón de manos y la espera a que alguien hiciera la pregunta: “¿Y qué tal lo del puzzle?”
El primero en sacarlo fue Juan Tres, que lo había enmarcado en un formato doble estilo neo-clásico junto al diploma de pergamino, entregado en un acto solemne por el mismo Decano Von Froiden. Luego fue el de Juan Dos, que extrajo de una caja de sándalo y el tercero, Juan Uno, que lo traía enrollado en un manto de seda bordado por las santas y delicadas manos de sus monjes hermanos.
Puestos sobre la mesa. Tan dispares, tan raros, provocaron miradas furtivas, sonrisas y un poco de embarazo.
“¿Y tú qué?” Se volvieron todos hacia Juan Cuatro quien arrastró con calma una mesilla renqueante y despintada, cubierta por un paño de lienzo que al quitarlo dejó al descubierto un paisaje, sencillo, iluminado por una luz muy tenue.
Hubo un largo silencio. Juan Tres se acomodó las gafas y aflojó su corbata. Juan Uno se pasó la mano por la calva y extrajo de una bolsa un rosario lustrado por el roce de innumerables mantras. Juan Dos cogió el pitillo de “maría” importada y le dio una calada, tan larga que desprendió una llama y un olor como a incienso que invadió la estancia.
Y todos comprendieron. Aquellas hierbas tiernas en la esquina de abajo no tenían que ver con la estupa sagrada ni con el largo puente que cruzaba el Danubio ni las ondas violáceas con el agua del Ganga. Y aquellas piezas blancas de Juan Tres, diseñadas con calma en las noches de insomnio, no sonaban a nada.
Juan Cuatro se dio cuenta del estupor creado. Les pidió que sacaran sus respectivas cajas. Las que habían llevado desde sus propias casas. Y las abrió una a una y levantó una leve trampilla en el fondo que dejó al descubierto otro montón de fichas hasta ahora ignoradas.
Juan Uno detuvo el paso de las cuentas del mala pensando en el valor de sus piezas arcaicas, la belleza inefable de la estupa sagrada, el negro Maha Kala y de la espada en llamas. Juan Tres tiró de pronto de su enorme corbata y recordó al Decano, miró sus piezas blancas y sintió una gran pena por sus noches de insomnio. Juan Dos, lanzó el pitillo de “maría” importada y con un gesto osado vació su propia caja y deshizo una a una las piezas que formaban el rostro de la Madre, las palabras sagradas y la rivera enorme del incansable Ganga. Y aún, sin detenerse, mientras todos miraban, fue colocando piezas hasta que se formara un paisaje sencillo con sus hierbas, sus aguas y un árbol a trasluz en una tarde extraña.
Juan Tres miró a Juan Uno. Juan Uno miró al suelo. Juan Dos en su silla se quedó como abierto al silencio… el silencio tan largo.
Juan Cuatro, por su parte, volvió a poner el paño sobre el puzzle en la mesa renqueante y preguntó al descuido “¿Les apetece un té?”