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El Pan Sencillo Sentado en el parque recordaba y releía las notas del maestro: “Esta fórmula proviene de un linaje muy antiguo de grandes Maestros Panaderos que aprendieron del Maestro Principal, el fundador, el que todo lo supo y lo probó. Tenemos innumerables textos respetables que debemos seguir, estudiar cuidadosamente y comparar las variantes de la fórmula base. Los Maestros del norte nos hablan en términos salidos de secretos muy hondos, bien guardados y al alcance de aquellos preparados. Los maestros del sur, que sólo recibieron las instrucciones para los más ineptos, se quedaron en la superficie y no llegaron al núcleo de lo que realmente importa.” Yendo de página en página encontró referencias, comparaciones, estudios críticos, comentarios eruditos, citas textuales, versos, poemas y epopeyas, pero ningún indicio de cómo hacer el pan. Estaba seguro de saberse los nombres y apellidos de una secuencia de hombres que se perdía en los tiempos más remotos y era capaz de seguir las complicadas curvas de sofismas y razonamientos lógicos o recordar los términos en las lenguas sagradas. Cerró el libro de notas y se quedó colgado en aquella creciente sensación en el estómago. La brisa suave hizo volar algunas hojas secas que se arremolinaron a sus pies. Entre ellas, un papel diminuto y estrujado. “El Pan Sencillo” un teléfono y el nombre de una calle. Sin pensarlo dos veces, tomó el metro y llegó ante el portal de un edificio viejo en medio de Gran Vía. Subió las escaleras, tocó el timbre con un millón de dudas en la mente. El señor que abrió la puerta, realmente tenía mal aspecto. Un delantal, que alguna vez había sido blanco, colgaba de su cuello. La barba hirsuta y apenas cuatro pelos en una calva reluciente. El joven tomó aliento para hacer la pregunta, pero no tuvo tiempo. -Si. El Pan Sencillo. Y sin decir otra palabra abrió de par en par la puerta. ¡Cuanta pobreza! Pensó mientras se encaminaba hacia el sofá junto la mesa. -No. Venga, por favor. - Le dijo el viejo mientras le entregaba un delantal raído por el uso. – Es por aquí. -¡Por Dios! – Pensó mirando las paredes que no habían visto pintura nueva en muchos años. - Alcánzame la harina, por favor. – Le dijo el viejo, que lo miraba con rostro sonriente desde el otro lado de una mesa enorme. - ¿La qué? - El bote blanco que está en la estantería a tu izquierda. Las instrucciones, aunque precisas, tomaban al joven por sorpresa y lo ponían nervioso. - No lee ningún libro. No me habla de nadie. Sólo me pide que busque cosas en este laberinto. ¿Qué espera de mí? ¿Que sea su criado, su sirviente o sabe Dios qué cosa? ¿Y él no piensa hacer nada?... ¡Pero bueno… Si hasta se ha sentado junto a la mesa! Las manos le temblaban. Derramaba la harina, confundía la sal con el azúcar. Se tiró un cuarto de hora buscando aquella cosa misteriosa que el viejo llamaba levadura porque, pensando en los estudios comparativos, en el análisis de los comentarios, en el simbolismo de los textos sagrados, iba a buscar en el estante de arriba cuando el viejo había dicho en el de abajo. Luego fue lo peor. Aquella masa pegajosa y fría que se le metía entre los dedos y no cogía forma o había que deshacerla o tirarla y comenzar de nuevo tanteando el laberinto. Porque el viejo, cada vez hablaba menos y esperaba que él volviera a recordar si en la estantería derecha estaba la harina o el aceite, y aquella puñetera levadura, tan leve y misteriosa ¿en qué momento se echaba? -Ahora enciende el horno. El joven se quedó como de piedra. -¡El horno, hombre! El horno. Eso que tienes ahí, a la derecha. - ¿Y si me quemo o no logro encenderlo? ¿Por qué no viene él y me lo enciende? – Pensó. - Porque no siempre voy a estar aquí para hacerte las cosas. El calor le dio miedo y más temor aún colocar la bandeja con su pan en proyecto dentro del horno. -¿Y ahora qué? – Preguntó nervioso al presentir como una “nada” oscura en la siguiente parte del proceso. - Ahora. – Dijo el viejo. – Hemos llegado a la parte más interesante. No puedes hacer nada, aunque lo quieras. Pero si aún insistes en querer. Si el nerviosismo que sientes te impulsa a cualquier gesto a cualquier duda, emprenderás la acción equivocada. Aquí es donde has dejado de tener el control, que en realidad nunca has tenido. Sólo debes estar atento al olor, a la temperatura, al color que irá tomando el pan. Tan sólo eso.- Y ambos quedaron en silencio. El joven no supo en realidad qué había pasado mientras miraba el horno, escuchaba un leve crepitar lejano y percibía el olor, pero sí supo que se puso de pie, apagó el horno y sacó la bandeja. Luego, aquel crujido suave entre sus manos, y el sabor. ¡Ese sabor a pan, tan exquisito! | | |
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