Lleno de fe, te marchas a tu casa y relees las notas. ¡Qué palabras tan bellas! ¡Qué cadencia tan suave! Pero de pronto sientes la persistente mordida del hambre y no sabes qué hacer. “Algo me falta”, piensas. Y te lanzas de nuevo hacia la calle en busca del Maestro Panadero, pero al llegar encuentras que ya ha muerto y en su lugar está el Venerable Aprendiz. El hambre es fuerte y le preguntas qué pasa, qué te falta.
El Venerable, abre su propio cofre, también antiguo y patinado con láminas de oro y entre sonrisas compasivas te explica los detalles.
Vuelves de nuevo a casa ya sabiendo qué hacer. Te sientas con las piernas cruzadas, las manos en reposo, cierras los ojos y visualizas con fe y certeza de que vas a saciar tu hambre: tantos gramos de harina, otros tantos de levadura, un poco de sal (tal vez a gusto) un chorrito de aceite (siempre de oliva, por supuesto) y el acto de amasar y amasar hasta que tome la consistencia adecuada. La bandeja engrasada, el horno a la temperatura adecuada y también logras visualizar lo más complejo, el tiempo de espera a que la masa crezca y se recubra de una corteza dorada y seductora.
Abres los ojos. ¡Qué paz arrobadora! Y descruzas las piernas, te levantas y, casi levitando, te vas a la cocina y encuentras una mesa vacía, un horno apagado y en tu estómago, el hambre que nunca había cesado.