El Huesped
   
 

EL HUESPED

La mano blanca va y viene mientras tira del hilo. Una tras otra las gasas se deshacen. El diseño se borra bajo el rayo de sol. Una guedeja gris de su cabello oscila mientras sigue el compás de la mano obsesiva. La luz roza la mejilla arrugada y encandila el ojo.

- Corre bien esa cortina.

La criada se enjuga una lágrima y titubea.

- Pero, señora...

Sólo una mirada furtiva; como un chispazo que sube y regresa a la sombra. La criada obedece.

- Vete.

La mano sigue yendo y viniendo, pero el oído espera.

- Déjame sola.

El sonido de las viejas sandalias se alejan lentamente.

Ella contempla el enorme tejido oculto en la penumbra de la alcoba, el creciente montón de hilo.

-¡Tanto tiempo!

Y la mano desciende sobre el regazo como un pájaro herido.

El sol penetra libremente por el ventanal. La sombra del laurel juguetea sobre las baldosas de piedra. Ella teje.

Por el corredor, iluminado a medias con antorchas, se escuchan pasos presurosos.

-¡Señora, es él! ¡Ha llegado!

Ella mira como si no entendiera, como si no pudiera creer. El tejido cae de sus manos. La criada le tira del brazo.

-¡Espera, mujer, deja que me ponga el velo!

Esta vez el corredor le parece infinito. La criada casi corre y vuelve la cabeza de cuando en cuando. Ella se detiene y, tras posar su dedo sobre el labio, espera a que la criada desaparezca tras la cortina. Se acerca sigilosa hasta la celosía.

El perro, ya gris de tantos años, mueve la cola mientras huele la sandalia polvorienta, la sólida pierna; trata de lamer la mano que lo acaricia. Ella avanza un poco más. Él levanta la cabeza y el pelo, al apartarse, revela una sonrisa blanca. Ella no puede oír. Sólo una frente medio oculta tras el cabello, las cejas como recién dibujadas, unos ojos que parecen no haber aprendido lo negro de la vida, una piel fresca y rosada.

Ella se cubre la boca con el velo. Regresa por el umbroso corredor, Justo ante la puerta de su alcoba la sorprende una imagen sobre la superficie bruñida de un escudo. Primero es una sombra, luego un rostro rodeado por un velo, unos mechones canos, unos ojos perdidos en la distancia de la vejez.

Entra a la alcoba y, con gesto preciso, corre la cortina. El último rayo de luz se desliza sobre la imagen de Afrodita.

-¿Qué has hecho con él? ¿Qué has hecho con el tiempo?

En el trípode sólo quedan las cenizas de la última ofrenda.

-¡Malditas seas mil veces!

La indiferente sonrisa de la estatua se emborrona tras un súbito golpe de cenizas.

La mano blanca va y viene mientras tira del hilo. Los faisanes silvestres van perdiendo altura. La nieve de las montañas que nunca tocaron sus pies, se deshila sin dejar terreno para la primavera. El mar se bate en retirada sobre el cielo cada vez más oculto en la penumbra. Las últimas lazadas del azul de una noche se deshacen en una cuenta regresiva.

- Señora...

Hay una breve espera.

Ella desata las dos vueltas finales, toma el hilo con ambas manos y lo tensa. Se asegura que el paisaje no renacerá ya nunca más. Lo deja caer.

-Ya está. El polvo al polvo. Los sueños a los sueños. Ahora, recibamos a nuestro huésped como es debido.

 

21-5-96

 
 
 
 Inicio
 Curriculum
 Pulso del Silencio
 El Rey Vestido
 Como Febrero
 El Maestro Panadero
 El Pan Sencillo
 El Puzzle
 El Huesped
 Una Mañana Cualquiera
 Piedras Viejas
 Mi I Ching
 Piedras Viejas II