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Caza y pesca deportivas: Matar por diversión

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que los blancos europeos y americanos podían disparar a placer y con total impunidad contra los negros africanos. Hasta no hace mucho, en nuestro país, los maridos podían pegar a sus mujeres amparados por la ley, sin que nadie moviera un dedo por ellas. Y todavía hoy, muchas personas disfrutan su tiempo de ocio matando a seres indefensos cuando se abren las temporadas de caza y pesca. Las cosas van cambiando, afortunadamente. En la actualidad, las leyes protegen la integridad física de una pequeña parte de los seres vivos y sensibles que habitan nuestro planeta, y el asesinato y los malos tratos contra las personas están tipificados en el código penal y son castigados. Pero las cosas distan mucho aún de ser perfectas, pues la inmensa mayoría de los animales, los no humanos, ven sus derechos más fundamentales pisoteados de forma cotidiana.

Vivimos en sociedades brutalmente especistas, que observan con indiferencia, toleran, impulsan e incluso aplauden el asesinato en masa y los malos tratos infligidos de forma totalmente arbitraria a los más débiles. Como si algo tan circunstancial como nacer humanos nos dotara automáticamente de un poder absoluto sobre el resto de especies. Nuestra relación con los demás animales se basa en un abuso de poder, exactamente igual que sucede con el racismo, según el cual hay razas superiores que dominan a las otras; con el clasismo, que castiga a las clases más desfavorecidas, o con el sexismo, que supone machacar los derechos de la mitad de la población en función de su sexo. 

Porque somos especistas vemos con total normalidad que millones de animales sean condenados a vivir de forma horrible en campos de concentración para que su carne, leche y huevos den gusto a los paladares. O nos parece natural que unos cuantos millones más sean torturados en los laboratorios para probar las pinturas, cremas, pastillas o conservantes que consideramos tan necesarios... o también para asegurar que las balas matan de forma eficaz. Asistimos con una tranquilidad pasmosa a espectáculos que consisten en convertir en un guiñapo sanguinolento a un animal inofensivo cuya única culpa fue nacer toro. Así que, claro, también creemos normal que se pueda disparar y herir impunemente a millones de animales cada año, solamente por placer.  

     Matar es, entre nosotros, una alternativa de ocio más. Si las víctimas fueran humanas, hablaríamos de crímenes y las personas que disparan serían juzgadas por asesinato y castigadas duramente. Pero cuando los que mueren tiroteados son animales no humanos, el crimen se convierte, por arte de magia, en “gestión cinegética”, “deporte” o “afición”, y, dados los pingües beneficios que supone, su práctica pasa a ser algo perfectamente legal. Las muertes gratuitas y crueles de millones de seres se transforman en mercancía y se prescinde totalmente de hacer una valoración moral de los hechos. Sin embargo, la caza y la pesca deportivas son agresiones injustificadas contra seres inocentes que no nos han hecho nada. Esta es su cruda realidad, por mucho que los aficionados disfracen y reciclen los argumentos y pasen del “instinto atávico” al ecologismo más purista, pasando por el “deporte” y la “solidaridad” con los pobres agricultores y ganaderos atacados por viles animales de los que hay que defenderse.

La única cuestión relevante es que la caza y la pesca deportiva matan directamente a más de 70 millones de animales solamente en el Estado español. Además, los “daños colaterales” que originan suponen la muerte y el sufrimiento de muchos más: los envenenamientos provocados por el plomo de los cartuchos y aparejos de pesca; la indefensión en que quedan las crías huérfanas, los animales heridos o los peces arrojados nuevamente al agua en la nefasta “pesca sin muerte”; las consecuencias que tienen para las poblaciones silvestres los cotos, repoblaciones y descastes; y así, existe un largo etcétera de víctimas que apenas tienen reflejo estadístico. 

La caza y la pesca, por muy legales que sean y por mucho apoyo que reciban, son una canallada. Una vileza perpetrada y apoyada por quienes no son capaces de poner en práctica el más elemental ejercicio de empatía cuando la víctima no tiene forma humana.  

Artículo ofrecido por A.T.E.A.