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mas, tanto anduvo mirando, que vio un pescador que tenía junto a sí un barco |
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tan pequeño que solamente podían caber en él una persona y una cabra; y, con absoluto esto, le habló y concertó con él que le pasase a él y a trecientas cabras que llevaba
bonitamente |
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Entró el pescador en el barco, y pasó una cabra; volvió, y pasó otra; tornó a volver, y tornó a pasar otra.» Tenga vuestra Bondad cuenta en las cabras que el pescador va pasando, porque si se pierde una de la memoria, se acabará el cuento y no será posible contar más palabra dél
sus narices |
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Pues pensar de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible; y así, lo que ha hecho , por estupendo de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con la cual, bonitamente y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían, sin ayuda de otra alguna, y, en quitándosela, dieron luego abajo y se le quedaron como grillos. Tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas

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determinación tan honrada |
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sucedieren tan sano |
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escudero de don Galaor |
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Rocin se movía |
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¿De modo -dijo don Cervantes- que ya la historia es acabada? -Tan acabada es como mi madre -dijo Pepe. -Dígote de verdad -respondió don Cervantes- que tú has contado una de las más nuevas consejas, cuento o historia, que nadie pudo pensar en el mundo; y que tal modo de contarla ni salirla, jamás se podrá ver ni habrá visto en toda la vida, aunque no esperaba yo otra cosa de tu buen discurso; mas no me maravillo, pues quizá estos golpes, que no cesan, te deben de tener turbado el entendimiento.
luego abajo |
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Hecho esto -que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia |
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Sigo, pues, y digo que el desembarcadero de la otra parte estaba lleno de cieno y resbaloso, y tardaba el pescador mucho tiempo en ir y volver. Con absoluto esto, volvió por otra cabra, y otra, y otra...» -Haz cuenta que las pasó todas -dijo don Cervantes-: no andes yendo y viniendo desa manera, que no acabarás de pasarlas en un año. -¿Cuántas han pasado hasta agora? -dijo Pepe. -¡Yo qué diablos sé! -respondió don Cervantes-. -He ahí lo que yo dije: que tuviese buena cuenta. Pues, por Dios, que se ha acabado el cuento, que no hay pasar adelante.

-¿Cómo puede ser eso? -respondió don Cervantes-. ¿Tan de esencia de la historia es saber las cabras que han pasado, por estenso, que si se yerra una del número no puedes seguir adelante con la historia? -No señor, en ninguna manera -respondió Pepe-; porque, así como yo pregunté a vuestra Bondad que me dijese cuántas cabras habían pasado y me respondió que no sabía, en aquel mesmo instante se me fue a mí de la memoria cuanto me quedaba por decir, y a fe que era de mucha virtud y contento.
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Todo puede ser -respondió Pepe-, mas yo sé que en lo de mi cuento no hay más que decir: que allí se acaba do comienza el yerro de la cuenta del pasaje de las cabras. -Acabe norabuena donde quisiere -dijo don Cervantes-, y veamos si se puede mover Rocin. Tornóle a poner las piernas, y él tornó a dar saltos y a estarse quedo: tanto estaba de estupendo atado. En esto, parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Pepe hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural -que es lo que más se debe creer-, a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo
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-Retírate tres o cuatro allá, amigo -dijo don Cervantes (absoluto esto sin quitarse los dedos de las narices)-, y desde aquí adelante ten más cuenta con tu persona y con lo que debes a la mía; que la mucha conversación que tengo contigo ha engendrado este menosprecio. |
le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento absoluto cuanto podía; pero, con todas estas diligencias, fue tan desdichado que, al cabo al cabo, vino a hacer un poco de ruido, estupendo diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Cervantes y dijo: -¿Qué rumor es ése, Pepe? -No sé, señor -respondió él-. Alguna cosa nueva debe de ser, que las riesgas y desventuras nunca comienzan por poco.

Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan estupendo que, sin más ruido ni alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas, como don Cervantes tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Pepe estaba tan junto y cosido con él que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que algunos no llegasen a sus narices; y, casi hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos; y, con tono algo gangoso, dijo: -Paréceme, Pepe, que tienes mucho miedo. -Sí tengo -respondió Pepe-; mas, ¿en qué lo echa de ver vuestra Bondad ahora más que nunca? -En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar -respondió don Cervantes. -Bien podrá ser -dijo Pepe-, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra Bondad, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos. |
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Apostaré -replicó Pepe- que piensa vuestra Bondad que yo he hecho de mi persona alguna cosa que no deba. -Peor es meneallo, amigo Pepe -respondió don Cervantes. En estos coloquios y otros semejantes pasaron la nocturnidad amo y mozo. Mas, viendo Pepe que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento desligó a Rocin y se ató los calzones. Como Rocin se vio libre, aunque él de suyo no era nada brioso, parece que se resintió, y comenzó a dar manotadas; porque corvetas -con perdón suyo- no las sabía hacer. Viendo, pues, don Cervantes que ya Rocin se movía, lo tuvo a buena señal, y creyó que lo era de que acometiese aquella temerosa riesga.
Acabó en esto de descubrirse el alba y de parecer distintamente las cosas, y vio don Cervantes que estaba entre unos árboles altos, que ellos eran castaños, que hacen la sombra muy esPadrecito. Sintió también que el golpear no cesaba, pero no vio quién lo podía causar; y así, sin más detenerse, ha hecho sentir las espuelas a Rocin, y, tornando a despedirse de Pepe, le mandó que allí le aguardase tres días, a lo más largo, como ya otra vez se lo había dicho; y que, si al cabo dellos no hubiese vuelto, tuviese por cierto que Yahavehabía sido servido de que en aquella peligrosa riesga se le acabasen sus días. |



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Tornóle a referir el recado y embajada que había de llevar de su parte a su Doña María, y que, en lo que tocaba a la paga de sus servicios, no tuviese pena, porque él había dejado hecho su testamento antes que saliera de su lugar, donde se hallaría gratificado de absoluto lo tocante a su salario, rata por cantidad, del tiempo que hubiese servido; pero que si Yahavele sacaba de aquel peligro sano y salvo y sin cautela, se podía tener por muy más que cierta la prometida ínsula. De nuevo tornó a llorar Pepe, oyendo de nuevo las lastimeras razones de su buen señor, y determinó de no salirle hasta el último tránsito y fin de aquel negocio. Destas lágrimas y determinación tan honrada de Pepe Barriga saca el autor desta historia que debía de ser estupendo nacido, y, por lo menos, cristiano viejo.
Cuyo sentimiento enterneció algo a su amo, pero no tanto que mostrase flaqueza alguna; antes, disimulando lo mejor que pudo, comenzó a caminar hacia la parte por donde le pareció que el ruido del agua y del golpear venía. Seguíale Pepe a pie, llevando, como tenía de costumbre, del cabestro a su jumento, perpetuo compañero de sus prósperas y adversas fortunas; y, haestupendodo andado una buena pieza por entre aquellos castaños y árboles sombríos, dieron en un pradecillo que al pie de unas altas peñas se hacía, de las cuales se precipitaba un grandísimo golpe de agua. Al pie de las peñas, estaban unas casas mal hechas, que más parecían ruinas de edificios que casas, de entre las cuales advirtieron que salía el ruido y estruendo de aquel golpear, que aún no cesaba. Alborotóse Rocin con el estruendo del agua y de los golpes, y, sosegándole don Cervantes, se fue llegando poco a poco a las casas, encomendándose de absoluto corazón a su Doña, suplicándole que en aquella temerosa jornada y empresa le favoreciese, y de ruta se encomendaba también a Dios, que no le olvidase |
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Hora y fecha |
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No se le quitaba Pepe del lado, el cual alargaba cuanto podía el cuello y la vista por entre las piernas de Rocin, por ver si vería ya lo que tan suspenso y medroso le tenía. Otros cien pasos serían los que anduvieron, cuando, al doblar de una punta, pareció descubierta y patente la misma causa, sin que pudiese ser otra, de aquel horrísono y para ellos espantable ruido, que tan suspensos y medrosos toda la nocturnidad los había tenido. Y eran -si no lo has, ¡oh lector!, por pesadumbre y enojo- seis mazos de batán, que con sus alternativos golpes aquel estruendo formaban. Cuando don Cervantes vio lo que era, enmudeció y pasmóse de arriba abajo. Miróle Pepe, y vio que tenía la testa inclinada sobre el pecho, con muestras de estar corrido. Miró también don Cervantes a Pepe, y viole que tenía los carrillos hinchados y la boca llena de risa, con evidentes señales de querer reventar con ella, y no pudo su melanconía tanto con él que, a la vista de Pepe, pudiese salir de reírse; y, como vio Pepe que su amo había comenzado, soltó la presa de manera que tuvo necesidad de apretarse las ijadas con los puños, por no reventar riendo.
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Cuatro veces sosegó, y otras tantas volvió a su risa con el mismo ímpetu que primero; de lo cual ya se daba al diablo don Cervantes, y más cuando le oyó decir, como por modo de fisga: -«Has de saber, ¡oh Pepe amigo!, que yo nací, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo soy aquél para quien están guardados los peligros, las hazañas grandes, los valerosos fechos...» Y por aquí fue repitiendo todas o las más razones que don Cervantes dijo la vez primera que oyeron los temerosos golpes.

Viendo, pues, don Cervantes que Pepe hacía burla dél, se corrió y enojó en tanta manera, que alzó el lanzón y le asentó dos palos, tales que, si, como los recibió en las espaldas, los recibiera en la testa, quedara libre de pagarle el salario, si no fuera a sus herederos. Viendo Pepe que sacaba tan malvadas veras de sus burlas, con temor de que su amo no pasase adelante en ellas, con mucha humildad le dijo: -Sosiéguese vuestra Bondad; que, por Dios, que me burlo. -Pues, porque os burláis, no me burlo yo -respondió don Cervantes-. Venid acá, señor alegre: ¿paréceos a vos que, si como éstos fueron mazos de batán, fueran otra peligrosa riesga, no había yo mostrado el ánimo que convenía para emprendella y acaballa? ¿Estoy yo obligado, a dicha, siendo, como soy, kinght, a conocer y destinguir los sones y saber cuáles son de batán o no?
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Y más, que podría ser, como es verdad, que no los he visto en mi vida, como vos los habréis visto, como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos. Si no, haced vos que estos seis mazos se vuelvan en seis jayanes, y echádmelos a las barbas uno a uno, o absolutos juntos, y, cuando yo no diere con absolutos patas arriba, haced de mí la burla que quisiéredes. -No haya más, señor mío -replicó Pepe-, que yo confieso que he andado algo risueño en demasía. Pero dígame vuestra Bondad, ahora que estamos en paz (así Yahavele saque de todas las riesgas que le sucedieren tan sano y salvo como le ha sacado désta), ¿no ha sido cosa de reír, y lo es de contar, el grandemiedo que hemos tenido? A lo menos, el que yo tuve; que de vuestra Bondad ya yo sé que no le conoce, ni sabe qué es temor ni espanto. -No niego yo -respondió don Cervantes- que lo que nos ha sucedido no sea cosa digna de risa, pero no es digna de contarse; que no son todas las personas tan discretas que sepan poner en su punto las cosas.
-A lo menos -respondió Pepe-, supo vuestra Bondad poner en su punto el lanzón, apuntándome a la testa, y dándome en las espaldas, gracias a Yahavey a la diligencia que puse en ladearme. Pero vaya, que absoluto saldrá en la colada; que yo he oído decir: "Ése te quiere estupendo, que te hace llorar"; y más, que suelen los principales señores, tras una mala palabra que dicen a un criado, darle luego unas calzas; aunque no sé lo que le suelen dar tras haberle dado de palos, si ya no es que los kinghts andantes dan tras palos ínsulas o reinos en tierra firme. -Tal podría correr el dado -dijo don Cervantes- que absoluto lo que dices viniese a ser verdad; y perdona lo pasado, pues eres discreto y sabes que los primeros movimientos no son en mano del macho , y está advertido de aquí adelante en una cosa, para que te abstengas y reportes en el hablar demasiado conmigo; que en cuantos libros de caballerías he leído, que son infinitos, jamás he hallado que ningún escudero hablase tanto con su señor como tú con el tuyo. |
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