DÍA 1
En el puente del Pilar realizamos un viaje que llevaba
desde mayo maquinando. La idea era seguir el Ebro desde Reinosa hasta Miranda
de Ebro, y el resto de días seguir recorriendo Las Merindades, la zona norte de
Burgos. Por supuesto esto tenía que ser en moto, en nuestra Hornet 900.
El miércoles, sobre las 8, ya de noche, salimos de Oviedo
con rumbo a Reinosa: dos horas y media de viaje nocturno y lluvioso por autovía
y nacional en obras. Hacía bastante frío pero íbamos preparados (¡íbamos a
Burgos!). Nos instalamos en el hotel, y cenamos a base de hamburguesas caseras en
un bar cercano.
Por la mañana nos levantamos "temprano" – a las
9-, y todo el tiempo que habíamos adelantado lo perdemos desayunando.
Arrancamos rumbo río arriba a Fontibre, la fuente del Ebro, a 5km. Orbayaba y
hacía bastante frío, como hizo el resto de la jornada. Visita rápida al lugar,
y media vuelta que tenemos mucha prisa.
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Volvemos a cruzar Reinosa y cogemos la carretera de
Corconte, al poco nos desviamos a la derecha hacia Bolmir, para seguir esa
carretera hacia Arroyo. Entremedias nos paramos en Juliobriga, ciudad romana
que controlaba toda esta zona. El emplazamiento es interesante, aunque se ve
rápido (unas pocas "casas" y el foro es lo que queda). En Arroyo
torcemos hacia el sur, con problemas con los letreros. En el plano que llevaba
no salían los pueblos que se indicaban en la carretera, sino otros, y me hizo
falta tirar de gps mental para saber por dónde ir. La carretera, ya desde
Bolmir, era malísima, digna de trails. Como buscaba seguir el Ebro en lo
posible ya sabía de antemano que me iba a encontrar con estas carreteras así
que había que aguantarse.
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Conseguimos enlazar con la carretera de Polientes y
relajamos los músculos: muy buen asfalto, rápida, estupenda... ¿ein, y este
tramo con sólo 1 carril? Ah, que habíamos entrado en Palencia. Políticos. Sin
mucho que parar a ver, quitando unas grutas-iglesias al lado de la carretera,
entramos ya en la provincia de Burgos. La carretera se estrecha y el asfalto
pinta canas, pero se puede circular a buen ritmo mientras las montañas nos van
engullendo y los buitres nos observan desde su nido. Los camellos de Orbaneja
del Castillo nos saludan al pasar. Llegamos a Escalada pasando junto a su
iglesia y entramos a la plaza, donde comemos en un bar-restaurante-hotel rural,
El Medievo, bastante caro para los bocadillos que pedimos y nos
dieron. Tampoco hubo opción.
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Arrancamos sin demora y tomamos la nacional hacia el
norte, un par de km. nada más, para desviarnos hacia Pesquera de Ebro. Otra
carretera de un sólo carril pero esta vez en buen estado. El sol nos calienta
un rato mientras circulamos por lo alto del cañón que forma el río, y un águila
real nos sobrevuela a escasos 10 metros (mooola). Cruzamos Pesquera sin
demasiada dilación, teniendo cuidado de no atropellar a los numerosos caminantes
que hacen rutas por la zona. Me desvío unos km. de mi camino, hacia Dobro, y a
cambio obtengo una maravillosa vista del valle. Volvemos atrás para llegar a
Tudanca. Este pueblo me supuso una grandísima decepción, me esperaba muchísimo
más de lo que suponía por los manuales de turismo (no hay nada).
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En fin, seguimos ruta. Tenemos que separarnos del Ebro y
circular por un valle paralelo. Villanueva-Rampalay tiene un puente precioso, y
más que lo sería si no lo hubiesen abandonado de esa manera. La carretera es de
dos estrechos carriles, entre pinos, y es entretenida. Subimos un puertecillo y
lo bajamos más profundamente por la otra ladera. Volvemos a encontrarnos con el
Ebro y enlazamos con la nacional 232 que cogemos camino de Valdenoceda. Aquí
nos paramos a tomar un café. Hace friski, pero hay que ver el conjunto de torre
e iglesia. Un poco más adelante en Puentearenas nos paramos otra vez
a visitar otra iglesia y esta vez por dentro, la románica de S. Pedro de
Tejada, una de las más altas de España en ese estilo según nos dice la guía
(1.5 euros la entrada, merecen la pena por subir al campanario y las
explicaciones).
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Continuamos por la carretera de Quecedo, que si bien el
firme es firme, las boñigas son boñigas y el barro es barro, así que vamos diligentes pero con cuidadín. La carretera nacional al otro lado del
río tiene más baches y mejor paisaje según recuerdo del año anterior. Cada
pueblo del valle de Valdivieso tiene su monumento: si uno tiene una iglesia,
otro un palacio y otro una torre. Pero Tartales de los Montes en sí no tiene
nada, salvo la carretera para llegar a él. Asfalto pésimo, con unos agujeros
para jugar a las canicas con balones de baloncesto, pero una vez subes te
encuentras una postal de guía de viajes: la carretera se mete por un túnel,
mientras en paralelo sale una cascada de unos 20m. Descanso, momento zen.
Vuelta a bajar.
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Ya queda menos para el fin de la jornada, y nos damos
prisa. En Cereceda volvemos a coger la nacional, y como es temprano, las 7 de
la tarde más o menos, seguimos hasta Oña. Refrigerio, descanso y apuntar las
horas de visita del monasterio para verlo el domingo. El tramo entre Oña y
Trespaderne es de lujo RR. Curvas alegres por un angosto desfiladero hacen
cortos los 15km., pese a que ya estábamos bastante cansados de la que a la
postre resultó la jornada más dura del puente. En Trespaderne nos alojamos el
resto de días, en un hostal correcto sin más, aunque me guardaron la moto en
una cochera todos los días. La cena en el local de comida rápida de enfrente,
La Fontana (muy recomendado) a base de pizzas caseras muy ricas y lambrusco,
rematado con una pequeña charla con el dueño sobre lo mucho que le gustó
Asturias cuando vino, y con un carajillo extremadamente cargado. Qué
frío.
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