Quien no piensa en sí mismo, se lo merece todo. Me vinieron a
los labios estas palabras, espontáneamente, al plantearme un
brindis familiar el 11 de marzo de 1994, cuando don Alvaro cumplió
ochenta años. Qué lejos estaba yo de pensar que sus merecimientos
iban a ser acogidos tan pronto por la paternal providencia de Dios.
La muerte le llegó en momentos de íntima alegría, al término de
su anhelada peregrinación a Tierra Santa. En Madrid, tuvimos
noticias detalladas de su caminar y de sus celebraciones
eucarísticas en Nazaret, en el Tabor, en Jerusalén, en Belén.
Resultaba fácil acompañarle, e imaginarlo conmovido al
recorrer día tras día los paisajes que contempló Jesús en su
andar terreno. Nada hacía sospechar que, de regreso a Roma, el
Señor lo llamaría a su presencia.
Como afirmaba Mons. Javier Echevarría el 24 de marzo de 1994,
"anoche un colapso cardiocirculatorio truncó la vida de Mons.
Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei. Poco antes de las 4 de la
madrugada, me había llamado para decirme que se encontraba mal:
mientras el médico le atendía, yo mismo le administré los
últimos sacramentos, de acuerdo con un explícito deseo que había
manifestado reiteradamente".
El actual Obispo Prelado del Opus Dei, dentro del patente dolor,
confesaba su convicción de que "las circunstancias que han
acompañado su tránsito al Cielo llevan el sello de una última
caricia paterna de Dios". Porque la peregrinación a Tierra
Santa había sido "una semana de intensa oración, durante la
que pudo recorrer en íntimo recogimiento los pasos de Jesús".
Sobre todo, pensaba en el hecho de que don Alvaro había celebrado
su última Misa en Jerusalén, en la Iglesia del Cenáculo.
Regresaba feliz. Poco antes de llegar a Roma, le confiaba:
"-Estoy muy contento de haber hecho este viaje; pienso que
ha sido una caricia del Señor".
Mons. Javier Echevarría ha evocado muchas veces esta
peregrinación, bien grabada en su alma: "Contemplado a
posteriori, los Santos Lugares fueron escenario inmejorable para
la última etapa de la vida, que es un largo viaje hacia Dios".
En cuanto se supo la noticia del fallecimiento, fue incesante la
afluencia de personas a la iglesia prelaticia del Opus Dei, para
rezar ante los restos mortales de don Alvaro. Testigos presenciales
han relatado la emoción que se reflejaba en los rostros, llenos de
afecto y gratitud, junto con la persuasión de orar ante los restos
de un hombre santo, que intercedería ante Dios con la fuerza de su
corazón magnánimo.
Por su parte, los fieles de la Prelatura tenían especiales
motivos de agradecimiento, y también la seguridad de que el Opus
Dei iría adelante, siguiendo las huellas firmes trazadas por don
Alvaro en el tiempo de continuidad y fidelidad a la herencia del
Fundador que se había abierto en 1975.
Sin duda, constituyó un gran consuelo la proximidad del Romano
Pontífice y del episcopado mundial: Juan Pablo II acudió
personalmente a rezar en la capilla ardiente, acompañado del
Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado. Y antes y después de
esa excepcional visita, fueron a dar su última despedida a don
Alvaro muchos Cardenales y Prelados de la Curia Romana, así como
Superiores de instituciones eclesiásticas.
Juan Pablo II estaba especialmente conmovido también por que el
Señor le hubiera llamado al regresar de los Santos Lugares. Lo
subrayó en su audiencia a los participantes en el Congreso UNIV,
durante la Semana Santa de 1994: "En estos días, el recuerdo
de Tierra Santa para vosotros está vinculado también a la persona
de monseñor Alvaro del Portillo. En efecto, antes de llamarlo a
Sí, Dios le concedió realizar una peregrinación a los lugares
donde Jesús pasó su vida terrena. Fueron días de intensa oración
que lo unieron estrechamente a Cristo y casi lo prepararon para el
encuentro definitivo con la santísima Trinidad".
La Prelatura recibió, en los cinco continentes, una prueba
unánime de comunión, de solidaridad eclesial. Fueron incontables
los Pastores de Iglesias locales que quisieron presidir en su
diócesis las Misas en sufragio por don Alvaro. Mons. Tomás
Gutiérrez, Vicario Regional del Opus Dei en España, lo mencionaba
agradecido en una entrevista publicada por aquellos días: "Me
han conmovido, desde las primeras horas del 23 de marzo, las
manifestaciones de afecto hacia el que fuera Obispo Prelado del Opus
Dei por parte de tantos y tantos Arzobispos y Obispos
españoles".
En esas circunstancias -en la iglesia prelaticia como en tantas
catedrales y templos del mundo-, quedó patente la universalidad del
afecto que profesaban a don Alvaro miles y miles de personas
variadísimas. Entre la infinidad de anécdotas que se sucedieron,
he elegido la que incluía Rachel E. Khan al comienzo de un
artículo, en Business World (Manila, 30-III-94): "El
sábado pasado acompañé a una amiga mía a un funeral en la
catedral de Manila. Íbamos en un taxi, y no conseguía reprimir sus
sollozos. Como me estaba poniendo un poco nerviosa, acabé diciendo
al taxista que el padre de mi amiga había muerto: era un modo de
justificarla pensando en que el conductor estaría sorprendido. Pero
fui yo quien acabó asombrada por lo que pasó entonces.
"'-¿Su padre ha muerto en Manila?', preguntó en tagalo.
'-No -respondió mi amiga-, murió en Roma'
"'Entonces, su padre debe de ser Monseñor Alvaro del
Portillo', dijo el taxista, y añadió: 'Es también mi
padre'".
Un corresponsal de prensa preguntó a don Javier Echevarría qué
pensaba y le recomendaba don Alvaro ante la eventualidad de su
propia muerte. Don Javier reconoció que no le daba ningún consejo
especial, y añadió:
"-Sí hablaba de la muerte, porque en el Opus Dei estamos
acostumbrados a considerar que la muerte es Vida. No tememos a la
muerte, la esperamos como a nuestra amada hermana la muerte. Estaba
persuadido de que llegaría ese momento cuando, como y donde el
Señor quisiera, y que sería bienvenida. En suma, estaba muy bien
preparado. Puedo decir que se refería a la muerte como una realidad
en cierto modo familiar, como un retorno del hijo a la casa paterna,
donde el Señor le esperaba para estrecharlo con un abrazo
eterno".
Ciertamente era así. Al cabo del tiempo, evocando tantos ratos
vividos junto a don Alvaro, me resultan paradójicamente llamativas
la sencillez de su fidelidad, y la naturalidad con que trataba de
pasar inadvertido evitando protagonismos innecesarios. Le ayudaba a
crecer en rectitud la responsabilidad que sentía ante la llamada
que había recibido de Dios en 1935. Y su humildad le llevaba a
implorar en los aniversarios de su nacimiento o de los principales
jalones de su camino:
"-Señor: ¡gracias, perdón, ayúdame más!"
Su vida entera, hasta en las circunstancias más ordinarias
giraba en el círculo de Dios. En Solavieya, el 6 de agosto de 1977,
separó un ejemplar de la primera edición de un Misal Popular
Iberoamericano, para entregárselo a Justo Sabadell, al que había
invitado a almorzar. Lo recordó cuando ya se iba y, sobre la mesa
grande del vestíbulo, de pie, le escribió unas palabras a modo de
dedicatoria -"Faciem tuam, Domine, requiram semper et in
omnibus!"-, con referencia a la fiesta -la Transfiguración
del Señor- y a la fecha del día:
"-Ese es el programa -añadió al darle el misal- que
tenemos que cumplir cada día: buscar el rostro de Jesús en todas
las circunstancias de nuestra vida".
En otro momento de la jornada, comentaría que eso era lo que
había enseñado el Fundador: cómo buscar siempre y en todas las
cosas a Jesucristo en medio del mundo.
De otra parte, sentía de veras -sin falsa humildad- la
responsabilidad delante del Señor de haber pasado tanto tiempo
junto al Beato Josemaría. Lo expresaba con claridad meridiana,
dentro de un tono afable, sonriente, confiado:
"-Me pedirá cuenta estrecha de estos años -manifestaba en
voz alta el día de su cumpleaños en 1977-. ¡Encomendadme! Gracias
a Dios, le he sido siempre leal; pero el Padre me habrá debido
perdonar muchas veces por mi falta de entrega, por mi poco trabajo,
¡por tantas cosas!"
Y se aplicaba la escena evangélica de la pecadora que lavó los
pies de Jesús, para concluir:
"-Pues, como nuestro Padre ha tenido que perdonarme a mí
más que a vosotros, debo quererle más, y por eso me mirará -como
dicen en Italia- con un occhio di riguardo: cerrará un ojo
ante mis debilidades y me ayudará más, especialmente en un día
como hoy".
Pasó en Molinoviejo el 15 de septiembre de 1982, séptimo
aniversario de su elección para suceder a Mons. Escrivá de
Balaguer. Al terminar la acción de gracias de la Misa, cuando le
felicitamos, comentó con naturalidad que se cumplían siete años
-número de perfección, de plenitud- y Dios podía llamarle; por
tanto, era para él un día de mucho examen de conciencia:
-"Ya he empezado a hacerlo", agregó.
Pero tampoco cara a la muerte pensaba en sí mismo don Alvaro.
Cuando cumplió setenta años en 1984, rogó:
"-Rezad por mí para que cuando me presente al Señor
-cuando Él quiera: hoy mismo o dentro de veinte años- pueda
ofrecerle las perlas, los brillantes, las esmeraldas, las amatistas:
la fidelidad de mis hijas y de mis hijos que yo, con la gracia
divina, habré ayudado a conservar. Que me seáis fieles: no dejéis
que me presente al Señor con las manos vacías".
Poco antes había escrito: "Siguiendo los pasos de nuestro
Padre, también yo deseo cumplir sólo siete años, ser
siempre pequeño -cada día más-, y de este modo encontrar un buen
sitio en los brazos de María y en los brazos de José, bien cerca
de nuestro Jesús". Porque, al cabo, lo único que le importaba
era llegar y ayudar a los demás a llegar al Cielo: "es la meta
de todos nuestros anhelos, la dirección de todas nuestras pisadas,
la luz que debe iluminar siempre nuestro caminar terreno".
Espontánea surgió su respuesta cuando una mujer, que trabajaba
en la Universidad Nacional Autónoma de México, le planteó en 1983
que le hablase del Amor de Dios y del premio que tiene para los que
perseveran en su Amor:
"-Me pides que te hable del Cielo, pero no soy capaz. Si San
Pablo, que fue arrebatado allí en una visión, afirma que no hay
palabras humanas para explicarlo, ¿qué te voy a decir yo? Ni
ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre alguno por el pensamiento
lo que Dios tiene preparado para los que le aman. Cuando demos
el gran salto, Dios nos esperará para darnos un abrazo bien fuerte,
para que contemplemos su Rostro para siempre, para siempre, para
siempre. Y como nuestro Dios es infinitamente grande, estaremos
descubriendo maravillas nuevas por toda la eternidad. Nos saciará
sin saciarnos, no nos empalagará jamás su dulzura infinita".
Entre esas maravillas, mencionó a la Virgen, que también nos
espera en el Cielo, y concluyó:
"-¡Qué alegría luchar, para llegar a esa felicidad sin
fin! ¡Vale la pena, hijos míos! ¡Vale la pena!"
El 25 de junio 1993, alguien aludió al jubileo sacerdotal de don
Alvaro, que se cumpliría justo un año después:
"-Todavía falta un año, en el que pueden ocurrir muchas
cosas. Pido al Señor que me ayude a ser fiel minuto a minuto, día
a día. Así me preparo para mi jubileo sacerdotal, si
llega..."
Aunque se pudo oír una protesta filial de don Javier
Echevarría, continuó:
"-Y si no, lo viviré en el Paraíso. Donde Dios quiera. Es
más cómodo irse, demasiado cómodo. Yo quiero lo que quiera el
Señor".
Y prosiguió hablando de cumplir fielmente el deber de cada
instante, de vivir generosamente el age quod agis que
aconsejaba el Fundador.
Ya a punto de cumplir ochenta años, se consideraba delante de
Dios "como un pobrecito con las manos vacías", según
escribía el 1 de febrero de 1994 a los Centros de la Prelatura,
para rogar a sus hijas y a sus hijos: "¡os suplico que no me
falte la caridad de vuestra oración diaria por mí y por mis
intenciones!".
Al mismo tiempo, para su octogésimo aniversario, como ante sus
bodas de oro sacerdotales en junio siguiente, esperaba de los fieles
de la Prelatura un expresivo regalo: el rejuvenecimiento de sus
deseos de santidad personal y de vibración apostólica.
Y, en marzo, se dirigía a ellas y a ellos con palabras sentidas:
"Os suplico que, en vuestra oración por mí, roguéis al
Señor que me conceda, cada día con más abundancia, esa sabiduría
del corazón y de la mente en la que consiste el verdadero afán de
santidad: que los deseos de agradarle que albergo en mi corazón, y
que por la gracia divina procuro renovar muchas veces cada jornada,
sean chispas encendidas en el Amor suyo, que quemen todas mis
miserias, que me purifiquen y me enciendan más y más en el anhelo
de unirme plenamente a mi Dios y de darlo a conocer a todas las
criaturas".
Cuando llegó el cumpleaños, el 11 de marzo de 1994, celebró la
Santa Misa en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz.
Asistieron esta vez sólo hijas suyas, y les dirigió una breve
homilía, que fue como un resumen de su vida:
"Hijas mías, sólo unas palabras para que me ayudéis a dar
gracias a Dios.
"Desde hace tiempo me vengo disponiendo para esta fecha.
Como siempre, he procurado seguir las huellas de nuestro Padre.
Necesito unirme siempre más a nuestro santo Fundador, pues
contemplo cada vez con mayor profundidad su amable figura, su
entrega a sus hijas y a sus hijos de todos los tiempos, y deseo
corresponder a las muchas luces que de su vida he recibido. Sé que,
queriendo a nuestro Padre, uniéndome a sus intenciones, me meto
más en la Trinidad Beatísima. Os aconsejo que hagáis otro tanto.
"Recuerdo como si fuera ahora cómo se preparó nuestro
Padre para cumplir los setenta años. Desde varios meses antes,
además de dar muchas gracias a Dios, pedía al Señor que le
hiciera más pequeño, por dentro, para refugiarse en el regazo de
Santa María, junto a Jesús. El Señor le escuchó con creces.
Nosotros hemos sido testigos de cómo progresó más y más en el
camino de la infancia espiritual, con particular fuerza en los
últimos lustros de su vida. Con ocasión de aquel 9 de enero de
1972, con un buen humor que celaba la intimidad de su trato con
Dios, afirmaba que cumplía sólo siete años: había mandado
el cero a paseo -así nos lo explicaba- y se quedaba sólo con el
siete. No deseaba pasar de esa edad, porque luego los niños
comienzan a perder la sencillez, y nuestro Padre ansiaba ser siempre
muy pequeño delante de Dios.
"Por la bondad del Señor, hoy cumplo yo ochenta años. Son
innumerables las maravillas que he contemplado a lo largo de este
tiempo. He recibido incontables regalos de Dios, muchísimas
caricias de mi Madre la Virgen. Es lógico que hoy, de modo
particular, mi corazón rebose de agradecimiento, y que a todas mis
hijas, a todos mis hijos, les pida que me acompañen en esta acción
de gracias.
"Agradezco a Dios el don de la vida, y que me hiciera nacer
en el seno de una familia cristiana, en la que aprendí a amar a la
Virgen como a mi Madre y a Dios como a Padre mío. Le doy gracias
también por la formación que recibí de mis padres -piedad
verdadera, sin beatería-, que fue preparación para el encuentro
providencial con nuestro amadísimo Fundador, que encauzaría el
rumbo de mi existencia. Tenía yo entonces veintiún años. Desde
aquel día de julio de 1935, ¡cuántas muestras de la bondad de
Dios he recibido!: la vocación a la Obra, la formación de manos de
nuestro Padre; posteriormente, aquellos meses, durante la guerra
civil -años durísimos-, en los que, por un particular designio
divino, el Señor me hizo el regalo de vivir muy cerca de nuestro
Fundador, de ser testigo de su santidad, de su unión con Dios...
Luego, tanto tiempo, tanto, siempre a su lado, como la sombra que no
se separa del cuerpo. Y la ordenación sacerdotal, hace ya casi
cincuenta años...
"Son incalculables los bienes que debo a Dios, hijas mías.
Ochenta años son muchos y son pocos, porque -lo reconozco sin
humildad de garabato- me veo con las manos vacías, incapaz de pagar
a mi Señor y a mi Madre la Virgen tanta generosidad...
¿Comprendéis por qué necesito vuestra plegaria, vuestras acciones
de gracias, vuestra fidelidad, vuestra alegría?
"¡Gracias, Señor! Perdón por mi falta de correspondencia;
pero ayúdame más. Y vosotras, hijas mías, pedid que sepa rellenar
los vacíos de mi vida, a base de poner mucho amor en todo. Hoy,
además de moverme con una contrición sincera y alegre, me propongo
pronunciar con más energía que nunca ese nunc coepi!,
¡ahora comienzo!, que era el lema de la vida de nuestro Padre. Sí;
ahora mismo recomienzo, con el auxilio divino, a recorrer con garbo
nuevo -con el garbo que vuestras oraciones me alcanzan- el camino de
la santidad, la senda que conduce al Amor. ¡No me dejéis solo, que
os necesito a todos, a cada una, a cada uno de vosotros! Necesito
vuestra lealtad, vuestra fidelidad a la vocación; necesito vuestra
oración constante; necesito vuestro trabajo, bien terminado y hecho
por amor; necesito que me llenéis de hijas e hijos -¡más
vocaciones, más perseverancia!-, como fruto de vuestro apostolado
incesante.
"Termino ya. En mi corazón, gracias a Dios y a la
intercesión de nuestro Padre, arde con fuerza el fuego del amor.
Por eso me siento muy joven, y lo soy realmente. Además me siento,
con orgullo santo, muy hijo de nuestro Fundador, y así deseo que os
suceda a todas y a todos. La juventud de los años es algo meramente
fisiológico, que no tiene más trascendencia; lo que de veras
importa es la juventud interior, la que tenemos y debemos siempre
tener todas las hijas y todos los hijos de Dios en el Opus Dei. La
juventud de quien está enamorado -enamorado de Dios- y se esfuerza
por acrecentar su amor más y más.
"Ad Deum qui laetificat iuventutem meam! Para que esa
juventud de espíritu y de corazón crezca en cada jornada,
acerquémonos muy bien dispuestos al altar de Dios, a la Sagrada
Eucaristía. De la mano de la Virgen Santísima y de San José,
recurriendo también con fuerza a la intercesión de nuestro
amadísimo y santo Fundador, el Beato Josemaría, busquemos la
intimidad y la unión con ese Dios que es nuestro Bien y nuestro
Amor. Os lo sugiero con unas palabras que nuestro Padre nos dirigía
en este mismo lugar, al final de la Misa, un día de su cumpleaños:
'comulgad con hambre, todos los días, aunque no tengáis ganas,
aunque estéis helados. Decidle que queréis manifestarle vuestro
amor y vuestra fe, porque Cristo está realmente presente en la
Hostia: con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su
Divinidad'. Confiadle a Jesús, continuaba nuestro Fundador, 'que le
amamos de verdad, que le agradecemos que se haya quedado: decídselo
con vuestro corazón de gente joven, lleno de ilusión, lleno de
amor'.
"Hijas mías, que Dios os bendiga".