La última época que viví junto a don Alvaro fue el verano de
1993, cuando le operaron de las cataratas de sus ojos. Resumí mis
impresiones con tres frases que repitió mucho esa temporada:
"-gracias a Dios";
"-pues se ofrece y ya está";
"-qué se le va a hacer".
En buena medida, condensaban lo que había ido contemplando año
tras año, en un crescendo evidente: don Alvaro se
manifestaba cada día más humano y afectuoso, porque enfocaba los
sucesos sub specie aeternitatis, pendiente sólo de Dios y de
su gloria y, desde Él, atento también a las necesidades de todos.
Palabras y acciones vertían al exterior los afanes y sentimientos
de su alma: un completo abandono en las manos del Señor, mientras
trabajaba con ahínco en su presencia. Se cumplía lo que escribió
Mons. Escrivá de Balaguer en Surco 801: "No existe
corazón más humano que el de una criatura que rebosa sentido
sobrenatural".
Don Alvaro había aprendido del Fundador a no dejarse servir.
Pero resultaba inevitable prestarle algún servicio, aunque no fuera
propiamente personal. Y tengo grabado el recuerdo de su corazón
agradecido: me daba las gracias, aunque me hubiera limitado a
cumplir un deber insoslayable, como ayudarle a Misa, colaborar en el
trabajo, o dar una charla en el retiro mensual. Nunca dejaba de
agradecerlo: y lo hacía con el tono cálido que se emplea cuando
uno ha recibido un favor de cierta entidad.
Simultáneamente, "gracias a Dios" es la frase que le
he escuchado más veces. Salía de sus labios con naturalidad, sin
empalagos: al acabar la Misa o después de la oración, al terminar
un trabajo, tras un paseo o un rato de ejercicio, o cuando oía
relatos que mostraban la fecundidad espiritual de fieles del Opus
Dei en los más variados rincones del mundo.
Caí en la cuenta de esa capacidad de agradecimiento a Dios en
agosto de 1976, cuando le iban contando la ordenación sacerdotal
celebrada días antes en Madrid. Don Alvaro apostillaba el relato
con breves expresiones en voz alta, como "gracias a Dios",
"es nuestro Padre que actúa", "nuestro Padre está
muy activo". Sin duda, habría dicho esas palabras en ocasiones
precedentes. Pero me habían pasado inadvertidas. Desde entonces, me
impresionó la facilidad y espontaneidad con que brotaban de sus
labios las acciones de gracias.
Estaba persuadido don Alvaro de que, en el Opus Dei -como
recogía en una carta de 1977-, "todo es motivo y ocasión de
elevar el corazón a la Trinidad Beatísima, agradeciendo la
misericordia con la que siempre hace fructificar los pobres
esfuerzos nuestros". Y concluía: "sed agradecidos, hijos
míos, y seréis fieles; y recordad que servir es una de las mejores
manifestaciones de las acciones de gracias".
En junio de 1985, se explayaba al evocar los dones conseguidos
por el Fundador del Opus Dei en los diez años transcurridos desde
su marcha al Cielo: "Verdaderamente, es para que nos postremos
con la boca en tierra, abrumados ante la generosidad divina, y
pasemos nuestros días agradeciendo esos beneficios y alabando al
Dios tres veces Santo, que tanta misericordia nos ha demostrado. Gratias
tibi, Deus, gratias tibi!"
También con un cántico agradecido comenzó la homilía en su
última Misa solemne a la que asistí, en Torreciudad, el año 1993:
"¡Gracias, Señor, por la fe que nos has concedido y por la
infinita generosidad de todos tus beneficios! ¡Gracias por tu
presencia constante entre nosotros, y porque nos impulsas a seguirte
de cerca y a identificarnos contigo! ¡Gracias por la gran
bendición que hoy derramas sobre la Iglesia con la ordenación de
estos nuevos sacerdotes!"
La gratitud era signo de su temple contemplativo. Muchas veces,
se extasiaba al evocar el rostro humano y divino de Jesucristo, y
animaba a plantearse esta pregunta concreta, que había escuchado
frecuentemente al Beato Josemaría: "-¿Cómo sería la mirada
de Jesús?" Encontraba respuesta en el Evangelio, donde Cristo
ofrece ejemplo constante de cómo ver a Dios en todo:
"-En las criaturas: mirad los lirios del campo..., cómo los
viste Dios (cfr. San Mateo VI, 29-30); en las situaciones
más diversas, también en el dolor (cfr. San Juan IX, 1) y
en la enfermedad o en la muerte de las personas queridas (cfr. San
Juan XI, 4, 15 ss)".
Esa mirada del Señor "es siempre de amor a las almas",
añadía don Alvaro, antes de introducir otra gran pregunta, esta
vez dirigida al Salvador: "-Señor, ¿cómo mirarías Tú a las
personas y al ambiente que me rodea, en el trabajo, en la familia,
en la calle? Pídele ver siempre con sus ojos; que su visión
penetre por medio de los tuyos".
A su lado -no exagero-, se entreveía el eco del diálogo con el
Señor; y también rápidos instantes de lejanía, como si las
pupilas de don Alvaro se dirigiesen hacia arriba, en busca de
perspectiva. Se le veía pendiente de los demás y, a la vez,
embebido en Dios y en las cosas de Dios. Estaba de veras, con
palabras del Fundador del Opus Dei, "en el cielo y en la
tierra": era la suya vida contemplativa en medio de las
actividades humanas.
Y todo, con la normalidad de la acción del Espíritu Santo en
las almas, que el propio don Alvaro describía en 1986, sintetizando
ejemplos tomados de la Sagrada Escritura: "Es como el rocío
que empapa la tierra y la torna fecunda, como la brisa que refresca
el rostro, como la lumbre que irradia su calor en la casa, como el
aire que respiramos casi sin darnos cuenta".
Sin embargo, no abandonaba las industrias humanas para
mantener o reforzar su presencia de Dios. Por ejemplo, un día, don
Javier Echevarría gastó una broma a don Florencio Sánchez Bella
sobre su arcaico reloj de pulsera; en ese contexto, don Alvaro
aludió a la esfera del que usaba entonces: mostraba no sólo la
fecha, sino el día de la semana; le servía como recordatorio de
las devociones tradicionales de cada día:
"-Hoy jueves -explicó-, la Eucaristía..."
Otorgaba una importancia grande a los más pequeños detalles de
piedad, incluida la pausa y atención en las oraciones vocales.
Alguna vez confesó en público que en esa época llevaba su
examen particular justamente sobre la oración vocal, para rezarla
bien, siguiendo el ejemplo del Fundador.
Pienso que fue a partir de 1978 cuando empezó a recomendar
vivamente a los miembros de la Obra un modo de aumentar su espíritu
contemplativo -sin ponerlo como una obligación, con toda libertad-,
que había aprendido del Fundador: elegir cada día una jaculatoria
al modo del santo y seña castrense. Así, en febrero de ese
año, explicaba que, pocas jornadas antes, su santo y seña era
"la consideración tempus breve est! -el tiempo para
amar es corto-, a la que respondía: ecce adsum!, aquí me
tienes, Señor. Porque eso es el santo y seña: frases que se
utilizan en la milicia, a las que responden los centinelas cuando
reconocen la contraseña". Y añadía:
"-Para nosotros, el santo puede ser la mirada llena
de amor que dirigimos a una imagen de la Virgen; y la seña,
la respuesta, una jaculatoria, un piropo encendido a Nuestra Madre,
en el que manifestamos nuestro cariño, nuestra entrega... Lo que
queráis. El caso es que pongáis empeño en aumentar la presencia
de la Santísima Virgen en todas vuestras actividades".
Todo le llevaba y lo llevaba a Dios. Sin rarezas ni
manifestaciones llamativas, pero con palpable sentido sobrenatural,
como quien contempla las realidades humanas con un punto de mira
divino. Me impresionó un comentario ante la muerte de un miembro
del Opus Dei en Irlanda el 1º de agosto de 1980. Ocurrió en un
accidente ferroviario, justo la fecha en que don Alvaro llegó a
Dublín. Le contaron que John, antes de salir de viaje, había
servido el desayuno a su mujer, que guardaba cama, convaleciente
aún de su último alumbramiento, y preparó luego algunos
documentos para trabajar en el tren.
"-Pienso -señaló un sacerdote de la Obra- que murió
trabajando".
Seamus Timoney, que escuchaba el relato, agregó:
"-O rezando... que es lo mismo".
Y don Alvaro precisó: "-O descansando. El que trabaja tiene
derecho al descanso, hijos míos. El descanso debe ser una
consecuencia y una preparación para el trabajo. Descansar es una
cosa buena y santa".
En marzo de 1988, al llegar a Toronto, se fijó en la
inscripción que llevaban las matrículas de los coches: "Ontario.
Yours to discover". La aplicó enseguida a la vida espiritual:
"-En esta ciudad hay muchas cosas que descubrir, pero muchas
más son las que podemos encontrar en Dios. El Señor tiene muchos
más motivos que esta ciudad para decirnos a cada uno: Yours to
discover.
O en abril de 1989, durante su estancia en Kenia. Aprendió un
proverbio kikuyu, que utilizó en su vida interior y también para
mover a los demás. Se lo oí en Roma unos días después:
"cuando en lo alto de la montaña hay un amigo, resulta más
fácil subir". Don Alvaro comparaba la vida -con enfermedades,
defectos, incomprensiones- a la ascensión a una cumbre:
"-En lo alto de la montaña espera Cristo, nuestro amigo,
que nos guía y nos indica el modo de llegar con más facilidad a la
cima, porque Él nos espera y nos ayuda".
O cuando en el verano de 1989, dando un paseo cerca del mar, se
cruzó un pescador, que caminaba hacia las rocas con sus cañas y
aparejos. Alejandro Cantero le preguntó si en esa zona había
lubinas.
"-Haberlas, haylas -contestó rápidamente-; lo
difícil es encontrarlas".
Mucho tiempo después, en la Nochebuena de 1992, don Alvaro
recordaba ese elemental suceso para urgir el apostolado:
"-Hay muchas almas que nos están esperando, aunque cueste
trabajo encontrarlas".
La conclusión se imponía:
"-Las tenemos que buscar".
Sobrenaturalizaba todo. Se palpaba sin querer la intensidad y
continuidad de su diálogo con el Señor, que en eso consistía su
oración personal: en "una conversación de enamorados, en la
que no puede haber lugar para la desgana o para las distracciones.
Un coloquio que se aguarda con impaciencia, al que se acude con
hambres de conocer mejor a Jesús y de tratarle. Una charla que se
desarrolla con delicadezas de alma enamorada, y que se concluye con
renovados deseos de vivir y trabajar sólo para el Señor".
Con los años, le resultaba cada vez más difícil dormir bien
por la noche, aunque pasara en la cama el tiempo establecido, de
acuerdo con los médicos. Por observaciones incidentales, sé que
aprovechaba para hacer oración durante los ratos de insomnio.
Comenzaba a rezar muy de madrugada, antes de levantarse. Y llegaba
temprano al oratorio, hasta comenzar la media hora de meditación
que precedía a la Santa Misa.
La intensidad de su búsqueda de Dios se advertía en esos
detalles externos: la antelación con que acudía al oratorio por
las mañanas; la previsión de adelantar los tiempos de oración
mental si algún viaje, salida o gestión impedía comenzarla en su
momento; el no retrasar el rosario, o la meditación de la tarde,
aunque tuviera trabajos urgentes, que necesitaba terminar a hora
fija; el modo de recoger sentidos y potencias, para concentrarse en
Dios sin distracciones; los comentarios durante el día que
denotaban preparación o fruto de la contemplación personal; la
familiaridad con la vida de Jesucristo en su predicación; en fin,
el silencio durante la noche, desde el instante mismo en que
terminaba el último rato de tertulia familiar.
Para mí resultaba admirable observar su temple interior: la
visión sobrenatural le hacía trabajar con sosiego y eficacia, y
acabar las cosas puntualmente. Reflejaba la realidad de una
síntesis armoniosa y atractiva entre oración y acción. Y se
comprobaba que la vibración, en un alma contemplativa, de ningún
modo conduce a agitaciones o nerviosismos, porque, sobre el evidente
ahínco humano, prevalece el abandono en las manos de Dios -de Quien
todo se espera-, que acaba desbordándose en auténtico servicio
sacerdotal. "Cuanto más embebido en las cosas de Dios, más se
multiplicaba la amplitud de su corazón para desvivirse y querer de
veras a cada persona con la que estaba", resumió en Manila
Bulletin, 10-IV-94, Jess P. Stanislao.
La conversación de don Alvaro rebosaba, de un modo muy humano,
su diálogo constante con Dios. Por eso predicaba con fuerza lo que
aprendió del Beato Josemaría: no puede darse antagonismo entre
oración y acción, ni siquiera en ambientes en que rezar parezca
arcaico al fulgor del activismo:
"-Cuando esté pasado de moda -explicaba en México un día
de 1983- que los hijos quieran a sus padres, y les llamen papá, y
hablen con ellos con toda la ternura de que es capaz un niño
pequeño cuando trata con sus padres, entonces -y ni siquiera
entonces- se pasará de moda hablar con Nuestro Padre Dios".
Lo resumió acertadamente en el ABC de Asunción, Mons.
José Sebastián Laboa, entonces Nuncio de Su Santidad en Paraguay,
que le conoció y trató desde 1954. En un artículo, publicado poco
después de la muerte de don Alvaro, evocaba el tono con que empleó
un texto de San Pablo: "Nunca olvidaré cuando, en cierta
ocasión de grave problema, con acento único y mirada serena,
prorrumpió: ¿quién podrá apartarnos del amor de Cristo? Pues
estoy convencido de que ni muerte ni vida... ni criatura alguna
podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús,
Señor nuestro".
El 23 de marzo de 1994, un periodista preguntó a don Javier
Echevarría por las cualidades más acusadas de Mons. del Portillo:
"-La paz, la naturalidad, el sentido sobrenatural, la capacidad
de querer a los demás, la disponibilidad para servir a todos, la
enorme capacidad de trabajo y, sobre todo, la decisión de estar
siempre atento a lo que Dios le pedía, con la oración y la
mortificación: nunca rehuía la mortificación, que es otro modo de
rezar".
Además de la prontitud con que cumplía el propio deber, incluso
en días de enfermedad o agotamiento, le he visto practicar
pequeñas mortificaciones voluntarias, aunque no era fácil
advertirlo, por la elegancia y naturalidad con que actuaba, también
cuando se sentaba sin cruzar las piernas, dejaba un buen rato de
apoyarse en el respaldo del asiento, elegía el peor sitio para él,
se ocupaba de hacer la vida más grata a los demás, o retrasaba un
vaso de agua en momentos de evidente calor. A finales de agosto de
1976, almorzamos un día en San Vicente de la Barquera. Cuando me
quise dar cuenta, don Alvaro -tan aficionado al mar- se había
sentado de espaldas al Cantábrico, para que fueran otros los que
gozasen de la agradable vista sobre la ría.
Por lo demás, no sabía cómo explicar su sobriedad en las
comidas, hasta que se me ocurrió que podía utilizar sus propias
palabras, referidas al Beato Josemaría, en Entrevista sobre el
Fundador del Opus Dei. Seguía con austeridad la dieta prescrita
por los médicos, pero se preocupaba de que los demás comiésemos
lo necesario. Desde luego, "cuando tenía invitados, se las
ingeniaba para no hacer notar su frugalidad, y no desairar a los
otros comensales". Además, "procuraba añadir a cada
plato el condimento de la mortificación". Las personas que
atendían la cocina y el comedor extremaban su profesionalidad y su
afecto hasta detalles increíbles, en cuanto a la presentación de
las viandas. Pero un plato de verdura hervida, apenas sin sal y
fuera de todo aliño sabroso, pierde su aspecto apetitoso en cuanto
uno lleva el tenedor a la boca... Algo semejante sucedía con la
carne o el pescado, generalmente a la plancha, adornados por un
mínimo de guarnición. O con los postres, más o menos vistosos en
el colorido, pero falsos: sin los ingredientes que les dan
sabor; todo -en sentido amplio- descafeinado. Habitualmente
tampoco tomaba vino y, en cambio, se esforzaba por beber más agua
de la que le apetecía, de acuerdo con la indicación médica. Por
supuesto, le servían el primero; pero no empezaba a comer hasta que
nos servíamos también los demás y se había bendecido la mesa.
Le he oído referirse a la mortificación en las comidas que
vivía el Beato Josemaría Escrivá, cuando arreciaba la diabetes o
sus secuelas. En Roma, comían ellos dos solos para no obligar
a los más jóvenes a seguir una dieta tan severa. Oyéndole,
parecía lo más normal del mundo. Pero suponía un serio sacrificio
por su parte ese amoldarse en todo al régimen que los médicos
habían aconsejado al Fundador.
Juan Cabellos recuerda la estancia de Mons. Escrivá y don Alvaro
en Oporto, hacia 1953. Al anunciarle la llegada, le avisaron
también el menú: sólo verduras, pero en cantidad, y muy
puntualmente, porque don Alvaro le ponía una inyección de insulina
que le despertaba enorme apetito. Todos comieron lo mismo esos
días. Don Xavier Ayala, entonces Consiliario del Opus Dei en
Portugal, sugirió a don Alvaro la posibilidad de que tomara otras
cosas. Pero "le dijo que no tenía mayor importancia y que así
el Padre no se sentía caso especial".
Una anécdota semejante relata Dorotea Calvo, del día en que
llegó a Roma, procedente de Chile, para asistir a un Congreso
General del Opus Dei. Debía de correr el año 1956. Mons. Escrivá
la llamó enseguida. Transcurrieron unos minutos, cordiales, como de
bienvenida, y le habló de la necesidad de pedir mucha luz al
Espíritu Santo. En la conversación estaba presente Encarnación
Ortega, entonces Secretaria central de la Obra. Al terminar, se
dirigió a ella:
"-Encarnita, yo estos días voy a ayunar. Di que me pongan
un vaso de leche".
Inmediatamente, don Alvaro añadió:
"-Y otro para mí".
Muchos años después, tras la muerte de don Alvaro, Encarnación
Ortega expresaría brevemente: "-Nadie conocía sus gustos
culinarios; se acomodaba siempre a los de las personas con las que
convivía, con un total desprendimiento de lo que pudiera resultarle
más grato".
Don Alvaro procuró practicar y transmitir a los fieless de la
Prelatura el amor a la Cruz vivido y enseñado por el Fundador. En
febrero de 1990, urgía a difundir ese espíritu, para alcanzar -con
reciedumbre- el gaudium cum pace, el gozo y la paz. Lo
consideraba objetivo importante de los medios de formación
espiritual, también para contrarrestar consecuencias negativas de
mentalidades contemporáneas que primaban la búsqueda del
bienestar, desde perspectivas más o menos hedonistas o, al menos,
demasiado teñidas de egoísmos personales. Esa neta fortaleza
haría a todos, además, sembradores de paz y alegría en la
convivencia ciudadana.
Difundía esa entraña de la vida cristiana, también entre
quienes se resistían a las exigencias tradicionales del espíritu
de mortificación. Al final de los años ochenta, en algunos países
occidentales se publicaron ocasionalmente reportajes superficiales
que presentaban a los fieles del Opus Dei como seres insólitos que
usaban aún cilicios y disciplinas. Así había sucedido en Canadá
no mucho antes del viaje de don Alvaro en febrero de 1988. Y, en el
auditorium de la Universidad de Montreal, al contestar a la pregunta
de una estudiante de Kenia, explicó con buen humor:
"-Hace poco, cuando llegué a Washington, era la hora del lunch.
Había muchos marines haciendo ejercicio, corriendo,
practicando el jogging. Me acordé de que en una ocasión,
hablando con el Cardenal Ratzinger, comentábamos: si la Iglesia
impusiese hacer jogging todos los días, como mortificación,
casi todo el mundo desobedecería. Dirían que la Iglesia es
sectaria y fanática. Y ya veis que muchas personas practican a
diario esos ejercicios, que son una verdadera mortificación, para
conservar la línea, para estar más ágiles..."
En septiembre de ese mismo año, se refería en Zurich a que esas
penitencias se habían utilizado durante siglos por hombres y
mujeres que deseaban acercarse más a Dios. Desde luego,
puntualizaba que no son medios imprescindibles para la santidad:
"-Pienso ahora en tantas madres y en tantos padres de
familia cristianos, que jamás han empleado el cilicio ni las
disciplinas, pero que han sabido recibir con amor de Dios, con una
alegría llena de fe, todas las contrariedades de la vida".
Por ahí surge ciertamente un espíritu de sacrificio que
encamina a la santidad, sin necesidad de mortificaciones corporales.
Pero don Alvaro precisaba:
"-Tampoco son algo autolesionista, ni anacrónico, de la
Edad Media. Todavía hoy las usan muchas almas contemplativas,
hombres y mujeres del mundo".
Al margen de anécdotas o situaciones coyunturales, quería que
todos volvieran su mirada y sus corazones hacia "Cristo
crucificado, que se entrega sin condiciones por la salvación del
mundo, derramando hasta la última gota de su Sangre, exhalando
hasta el último aliento".
Me fijé en su devoción a la Santa Cruz en agosto de 1977,
durante una visita a Santo Toribio de Liébana. Recorrió la
iglesia, hizo la oración ante el lignum Crucis; y, en fin,
adoró y besó la reliquia. Al salir, recordó que Mons. Carmelo
Ballester, cuando era obispo de León, regaló al Fundador del Opus
Dei un trozo de ese lignum Crucis venerado en Liébana. El
Beato Josemaría lo llevaba sobre su pecho, y ahora, él.
Desabotonó un poco la sotana, y mostró el relicario: lo besó con
un gesto amoroso, y nos invitó a los demás a besarlo también.
Alentaba a saber abrazar la Cruz, las dificultades, las
contradicciones. Dios las permitía para confirmar que se va en el
buen camino. Recordaba una y otra vez, con alegría y
agradecimiento, esta enseñanza del Fundador: "Dios nos bendice
con la Cruz".
Recomendaba meditar la Pasión del Señor. Le oí incidentalmente
comentarios sobre la Sábana Santa de Turín. Sin prejuzgar nada -la
Iglesia no se ha pronunciado oficialmente sobre la autenticidad de
esa excepcional reliquia-, se le veía interesado por las
informaciones científicas que se publicaban sobre la Santa Síndone.
En el Año Santo de 1983, respondió a una pregunta aludiendo a que,
según esas investigaciones, Jesucristo mediría un metro ochenta:
"-Era un Hombre muy alto para aquella época; un Hombre
atlético, capaz de ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches,
y de pasar noches enteras en oración, antes de tomar decisiones
importantes, como la elección de los Apóstoles. Pues considera que
ese Hombre tan fuerte no fue capaz de llevar solo la Cruz: se la
cargaron y necesitó la ayuda del Cireneo; y, a pesar de todo, cayó
tres veces al suelo, antes de morir en la Cruz..."
Don Alvaro estaba metido en Dios, y le daba gracias
continuamente. Su alma contemplativa aceptaba con garbo las
incomodidades o zanjaba de antemano hipotéticos problemas con un
sencillo "pues se ofrece, y ya está". Y, cuando llegaban
momentos dolorosos, después de haber puesto todos los medios
posibles, abrazaba alegremente la Voluntad de Dios aun con el
corazón roto: musitaba de tarde en tarde un "qué se le va a
hacer", sin dar mayor importancia al asunto.
Reflejaba en vivo la realidad descrita por el Beato Josemaría
con una frase bien gráfica: "la alegría tiene sus raíces en
forma de Cruz". Y, como el Fundador, escribía cada año en la
primera página de su epacta -un folleto en que figuran las
celebraciones litúrgicas día a día- una jaculatoria penitente y
gozosa: in laetitia, nulla dies sine cruce! Así lo explicaba
en 1993:
"-Ut iumentum, semper in laetitia, como borriquillos,
pero siempre con alegría; aunque nos peguen palos, ¡qué más da!,
nosotros adelante, semper in laetitia".