Albert Salvans Nuevos pactos en el norte de Turkana

ECOS DE MISIÓN


Nuevos pactos en el norte de Turkana

Esa mañana cubrimos los 70 km por el camino de tierra que enlaza Lokitaung y Meyen en cerca de dos horas. El lecho seco del río Meyen une la cordillera de Kancheriongor con las llanuras que hacen frontera con Etiopia, dentro del famoso Triángulo Ilemi, en el noroeste de Kenya.

Cuando preguntamos por el profeta (“Emuron”) del clan nómada, uno de los pastores de Turkana indicó con el dedo hacia un tramo denso de bosque en una de las orillas del río, dos kilómetros más abajo. Dijo que estaban allí celebrando una boda.

Condujimos hasta tan cerca del lugar como nos fue posible, y luego empezamos a caminar, mientras oíamos a lo lejos los cantos y ululatos que llegaban de más allá de los arbustos. Los ancianos se habían reunido bajo un árbol alto que proporcionaba una sombra extensa, y parecían estar sumamente concentrados. Sólo dos de nosotros nos acercamos al amplio semicírculo dibujado en el suelo con ramas de “esekon”, como quien dice a nuestros pies. Se trataba del momento crucial en el que se estaba organizando el ritual del sacrificio del toro (“emong”), y cualquier interrupción sería tratada, con toda probabilidad, de un modo brusco. Ikong, el Emuron, se levantó y nos llevó a un lado. Nos estaba esperando porque previamente nos había mandado un mensajero para decirnos que necesitaban agua de modo urgente en su región. A continuación, llamó al consejo de ancianos y nos reunimos bajo otro árbol.

Tras una breve conversación, señaló a uno de ellos, Akorot, que había terminado los estudios primarios, y le instruyó para que nos llevara al lugar que habían seleccionado para la excavación de una presa de tierra. A lo largo del camino habíamos visto docenas de pozos cavados en la arena del lecho del río Meyen, cada uno de ellos con una cola de mujeres y chicas llenando “ngatubwa” (contenedores de madera) del fondo de los agujeros y vaciándolos en los “sufurías” (cuencos), de los que miles de animales bebían con avidez. Parecía haber un ajetreo constante y la tarea tenía todo el aspecto de ser agotadora. Se trataba de un ejercicio que consumía tiempo y energía, sobre todo para las mujeres que trabajaban a pleno sol.

Al cabo de diez minutos, Akarot nos mostró el lugar escogido. Un canal natural cubierto de lodo que recorría las llanuras y formaba un meandro en un lugar estratégico, una forma ideal para una presa de tierra. Nunca hubiéramos encontrado un lugar tan idóneo por nuestra cuenta. Además, durante las lluvias, la previsible corriente de agua evitaría que se obstruyera con sedimentos, uno de los peores peligros. Con la ayuda de un telémetro tomamos medidas para una presa con una capacidad mínima de 17 millones de litros, equipado con un rebosadero natural. Según la permeabilidad del terreno excavado, una vez terminada tendría que proporcionar agua potable para miles de animales durante meses.

Satisfechos con nuestro trabajo, nos dirigimos de vuelta al “akiriket” (el semicírculo de ancianos reunidos para comer). Como aperitivo, habían sacrificado un cordero, cuyos trozos, cuidadosamente cortados, ya se estaban asando en una hoguera cercana. Nos ofrecieron las porciones más jugosas y sabrosas, que nos comimos con las manos cuando aún quemaban.

Entonces empezaron los discursos. Cada uno de los ancianos expuso su punto de vista sin embudos, acompañando su discurso de mucha gesticulación y de técnicas de comunicación muy meticulosas. Se esperaba que contribuyeran al proyecto de tres modos: abriendo un camino para que la excavadora pudiera llegar al lugar elegido, donando 30 cabras al proyecto y, finalmente, vallando el camino para que los animales sólo pudieran acceder al abrevadero a través de la rampa designada.

Se analizaron con detalle los pros y los contras. Incluso el consejero electo de la administración local tomó parte, elogiando la misión como gente que no sólo llega y se va, sino que se queda y entra a formar parte del proceso de desarrollo de los pueblos. Al final, Ikong se levantó y habló con aplomo sobre el futuro prometedor que se les abría con los recursos hídricos que se habían proyectado. A continuación, me miró y anunció que el trato estaba sellado.

Tuve muy poco que decir como respuesta. Solamente que podían contar con nuestra amistad; que estábamos allí porque nos importaban y nos gustaba vivir en aquellos parajes; que, paso a paso y con la ayuda de Dios, juntos crearíamos una variedad de recursos para gestionar el agua en la zona que conseguirían acabar con las incursiones para robar ganado entre tribus vecinas. Más tarde, algunos de los ancianos nos escoltaron hasta el coche donde recibieron una bolsa de “tumbaco” (tabaco de mascar y escupir, un manjar por el que cualquier anciano se desvive). Dejaron sus ametralladoras AK-47 apoyadas a un árbol. Un estallido de euforia repentino tras el gran “adakar” (asentamiento nómada) señaló de modo inequívoco que el toro había sido sacrificado y el matrimonio entre las dos familias consumado. Los novios al fin se habían conocido, llenos de expectativas acerca del aspecto del otro (lo que vendría a ser una cita a ciegas para nosotros), ¡en el mismo día de la boda! El futuro marido había entregado la dote: más de trescientas cabras y veinte vacas.

De modo prácticamente simultáneo habían tenido lugar dos pactos: marido y mujer, comunidad local y misioneros. Todos habíamos intercambiado públicamente compromisos duraderos. Desde aquel momento no había vuelta atrás, ante nosotros se abría un futuro que podíamos construir juntos. Ese día sentimos que Dios y sus criaturas se habían sentado en la misma mesa.

Albert Salvans