Alberto y Javier Arregi. Subida al Teide en una jornada

TEIDE

Desde el nivel del mar (0 msnm),

hasta la cima (3.718 msnm),

en una sola jornada de marcha.

 

Mount TEIDE. Canary Islands. Tenerife. 

From the beach to the top (3.718 metres) in one walking journay.

There are many reports (a lot in the Internet) about climbing expeditions to this mountain; all of them have in common that they start from "La Caldera" which is almost 2000 metres high.

 

You will find here information about how to climb Mount Teide from the sea level in only one walking journay. Let's go!

 

Nota Preliminar: El primero de lo textos, Playa de San Telmo-Teide, se recoge en esta página tal y como lo redactamos y publicamos en una revista montañera tras la ascensión de 1992, y adolece de ciertas imprecisiones que con el tiempo y un mayor conocimiento de la isla producen, más que rubor, cierto regocijo; así, por ejemplo, y como nos hizo notar nuestro amigo Francisco Javier Sánchez, del Club de Montaña Añaza de Tenerife, nos separamos del Camino Chasna (con "s", como debe ser), en la Cruz del Dornajito (la Cruz de "Guana ...aito" en nuestro texto: ¡ay, si Humboldt y sus amigos naturalistas del XVIII y XIX levantasen la cabeza!), aunque habremos de decir en nuestra defensa que también se "equivocó" ahí nuestro predecesor Zudaire, el del artículo de Pyrenaica de 1956, cuyo caminar a la cumbre reconstruíamos fielmente. Llamamos "cráter" a Las Cañadas, ...; en fin, con el tiempo hemos sabido muchísimas más cosas de esta magnífica isla que tanto ofrece al senderismo y al montañismo en general , pero hemos preferido ofrecer el texto en su estado original, pues, además de frescura e ingenuidad, también encierra una valorable dosis de superación por parte de dos personas que asumieron este reto con los escasos medios de información que en ese momento disponían, lo que debe constituir un aliciente para cualquiera.

En cambio, la segunda expedición, realizada desde la Playa del Socorro en Los Realejos el día 4 de junio de 2003, ascendiendo por el macizo de Tigaiga hasta los Riscos de la Fortaleza y desde ahí a Montaña Blanca por el Llano de las Brujas, haciendo cumbre el mismo día, se efectúa después de un intenso trabajo de preparación y documentación que nos convenció que ésta era la vía más directa de ascenso al Teide, confirmándonoslo recientemente el Club de Montaña Añaza en su página WEB, que la denomina "Ruta 0-4", y que difiere en muy poco de la nuestra. Es una visita ya "veterana" a la cumbre 11 años después de la primera, y si bien comprobamos que el Echeide o Etcheide, como le llaman en algunos textos (¡qué resonancias fonéticas para nosotros los vascos!), no había envejecido (incluso ha mejorado de aspecto tras algunos liftings realizados por la Administración del Parque), para gente corriente como nosotros constituía un periodo de tiempo lo suficientemente largo como para hacernos dudar del éxito de la empresa.

Xabier y Alberto Arregi Sustaeta. Club Anaitasuna. Iruña-Pamplona. Verano de 2003.

 

a).- Primer relato:  

Desde la Playa de SanTelmo, en Puerto de la Cruz, hasta la cima.  

14 de abril de 1992.

Autores: Francisco Xabier y Alberto Arregi Sustaeta. Iruña-Pamplona (Navarra). Este texto se publicó como artículo en el número 149 de la Revista de la "Sociedad Excursionista Manuel Iradier" de Vitoria-Gasteiz, y recoge el relato de una ascensión realizada el 14 de abril de 1992 desde el mismo nivel del mar hasta la cima del coloso en un sólo día de marcha, siguiendo los pasos de otro montañero que realizó el recorrido desde La Orotava en 1956.

La Orotava, 24 de septiembre de 1956. "El domingo 23 estaba ya mediado el día en La Orotava, con la idea de realizar desde allí al otro día la subida al Teide. Habitualmente se utiliza un coche para salvar los 40 Km.. de distancia que hay de esta villa a Las Cañadas; incluso puede hacerse en coche también el trayecto de la pista que rodea a la Montaña Blanca. Y si la comodidad es mayor puede uno subir en mulo al refugio de Altavista y hasta casi la boca del cráter. Mi propósito era hacer todo el camino a pie en una jornada, elevándome por mis propios medios". Zudaire. Revista Pyrenaica, Invierno 1956.

 

"Fue durante nuestros años universitarios en Madrid, hace más de una década, cuando nos hicimos con un viejo número de "Pyrenaica" , de la Federación Vasco-Navarra de Montañismo, en la conocida Tienda Verde, cerca de Cuatro Caminos. Entre los artículos de aquella revista, correspondiente al invierno de 1956, había uno que llamó nuestra atención de forma especial. Estaba firmado lacónicamente por "Zudaire, Profesor de Educación Física", y correspondía a una ascensión efectuada al Teide, la mítica montaña de Tenerife, y ello tras haber completado nada menos que una vuelta a pie alrededor de la isla. El relato estaba lleno de pasajes evocadores y de nombres y lugares sugerentes, como el "Camino Chazna", la vieja ruta guanche por la que había subido Zudaire a la caldera volcánica en la que se levanta el coloso; pero, sobre todo, encerraba un reto: la posibilidad de ascender a pie a casi cuatro mil metros de altura en una sola jornada desde el nivel del mar. Tuvimos aún que esperar mucho tiempo para intentarlo, pero, finalmente, aprovechando unas vacaciones de semana santa, nos veíamos subidos a un avión, camuflados entre turistas en busca de sol. En nuestra maleta, en vez de bañadores o bronceadores, la vieja revista con el artículo de Zudaire.

Martes, 14 de abril de 1992. Puerto de la Cruz. Tenerife.

Y allí estábamos, preguntándonos si seríamos capaces de hacerlo, armados con el relato y un mapa, mientras mojábamos ritualmente la punta de nuestras zapatillas en la marea baja de la Playa de San Telmo. Eran las cinco y veinte de una mañana fresca y oscura. Habíamos atravesado el Barrio de la Ranilla a paso rápido, con ganas de empezar a subir cuanto antes. Con el mismo paso rápido, salimos de la pequeña playa y enfilamos hacia La Orotava, nuestra primera etapa, subiendo por la Calzada Martiánez hasta la llamada "Casa Grande", un hermoso edificio de estilo colonial al que se llega tras dejar la carretera junto al Botánico; allí mismo, a la izquierda de la ermita de San Bartolomé, sigue recto, y siempre subiendo, el antiguo camino a La Orotava, flanqueado de rato en rato por viejas fuentes de fundición de las que ya no mana agua. Los Hoteles y las calles comerciales han quedado ya lejos, junto al mar y, aunque no los veíamos en la negra noche, sabíamos que estábamos atravesando los platanales que ocupan toda esta zona del valle. Tras asustar con nuestra imprevista presencia a algún motorista que, como todos los días y atajando por este camino, baja a toda velocidad a trabajar a Puerto, eran algo más de las seis cuando pisábamos las pendientes calles adoquinadas de La Orotava, entre hermosos palacios de piedra.

Fue de entre estas mismas calles de donde salió Zudaire un 24 de septiembre de hace casi cuarenta años.

 

"La lluvia fina y la niebla que el domingo cerraban el horizonte habían desaparecido la mañana del lunes. El cielo estaba limpio y el día prometía ser espléndido. A las siete de la mañana estaba yo en marcha. Subiendo por la calle del Hospital, pasando éste se tuerce inmediatamente a la derecha; la calle pasa ante una Capilla, da una pequeña curva, sigue con un puentecillo y tras una casa nueva, al momento encontramos el origen del Camino Chazna, a la izquierda. Es empedrado, ancho, con fuerte pendiente, ganando rápidamente altura sobre el valle". Zudaire. Revista Pyrenaica, Invierno 1956.

Efectivamente, allí estaba el Hospital de la Stma. Trinidad, un poco más arriba que la famosa Casa de los Balcones, y, tras girar por la calle Salazar, cantando el gallo a nuestro paso, dimos con la "Capilla" o ermita de la Santa Cruz del Teide; allí estaba también el puentecillo que salvaba, y salva, el pequeño barranco. ¿Y nuestro "Camino Chazna"?. Lo encontramos de sopetón, tras atravesar un gran grupo de casas que seguramente no conoció Zudaire: al final de la calle El Greco, un gran cartelón de obras del Cabildo nos señalaba el comienzo del Camino, además de decirnos que ... lo acababan de asfaltar. Sentimos que algo hermoso se había perdido, aunque los habitantes de la parte alta del valle podrán bajar ahora más fácilmente a La Orotava. Bueno, fácil es un decir, y si no, que se lo pregunten al panadero, que con su furgoneta en primera, consiguió superarnos a duras penas en la fuerte cuesta que desemboca en la carretera, situada por encima del rosario de casitas cuyas luces veíamos arriba. La cota a la que llegan los platanales había quedado por debajo de la ciudad, y ahora nos rodeaban los viñedos. Habían dado ya las siete cuando estábamos descansando en la terraza de la "bodega" o colmado que mira al valle, limitado en su fondo por las luces de Puerto de la Cruz; habíamos topado con la carretera, que da aquí una curva de herradura. El altímetro marcaba 770 metros. El Camino Chazna, atajando la curva, continúa recto, pasando junto a otra "bodega" y subiendo muy duramente y sin contemplaciones entre casas que se apoyan en la pendiente las unas en las otras. Un hombre que baja a trabajar con su bocadillo en la mano bromea sobre nuestro madrugón, pero al decirle que subimos a la punta del Teide se pone serio y nos desea suerte. Las nubes que cubren el cielo comienzan a teñirse de reflejos dorados mientras cantan los gallos por todas partes, señal de que aquí funciona a tope la economía de autoabastecimiento familiar. Pasados los 900 metros, a las siete y media de la mañana y junto a una casa aislada, termina abruptamente el asfalto y caminamos por el empedrado original, coloreado y desgastado, del Camino Chazna. Ha amanecido.

Camino de Chazna. Amanecer en el Valle de la Orotava

A la búsqueda del mojón 19

"El camino se estrecha, desaparece su piso empedrado y penetra en un bosque de coníferas jóvenes que limita la visión. Sirve entonces de orientación un barranco hundido a la derecha y a lo largo del camino. Unos metros a la izquierda nos acompaña un tendido eléctrico. Por segunda vez la carretera se acerca desde la izquierda, nos cruza y se coloca de nuevo en el mismo sitio. Es el Km. 19." Zudaire. Revista Pyrenaica, Invierno 1956.

Enseguida dimos con una vaguada llena de vegetación en cuyo centro se levantaba una pequeña cruz blanca. Varias oquedades que podrían haber sido utilizadas como sepultura en las paredes de lava y unos mojones señalizadores parecían indicarnos un lugar con pasado guanche. Un hombre que, a paso rápido, se cruzó con nosotros en este lugar, nos dijo que era la Cruz de ¿"Guana...aíto"?. La senda, ya más estrecha, continuaba subiendo por el talud y se introducía entre la alta vegetación, a la izquierda de la vaguada. Empezamos a ver a nuestro alrededor plantas que no habíamos visto nunca, con flores grandes como puños. Más adelante, pasadas las 8,30, y tras atravesar por tres veces pistas de tierra roja que cruzaban nuestro sendero, entramos en la capa de nubes que, por lo que hemos visto, cubre casi permanentemente esta lado norte de la isla, rodeados de pequeños árboles, finos y retorcidos, en plena zona de laurisilva. Poco más adelante, siempre subiendo y en un paraje más húmedo donde abundan los helechos, la vegetación parece tropical. Esta subida haría sin duda las delicias de un botánico.

Atravesando la zona de LAURISILVA

Aunque el camino era claro, sin pérdidas ni bifurcaciones, estábamos algo preocupados por si nos hubiéramos desviado en algún punto del camino de nuestro guía Zudaire. Pasados los 1.100 metros de altura, comenzamos a oír motores de vehículos frente a nosotros, al tiempo que empezábamos a salir de la capa de nubes; la carretera estaba cerca. A las nueve menos diez, ya a pleno sol, salimos de entre el matorral al asfalto, y allí, a medio metro a la izquierda, estaba el mojón con el número 19. Increíble, pero cierto; tantos años más tarde, habíamos repetido el camino de Zudaire palmo a palmo.

Hacia la Caldera.

Al otro lado de la curva, también de herradura, que da aquí la carretera, comienza el pinar, que no nos abandonará hasta las mismas puertas de La Caldera. Desde aquí, Zudaire subía de nuevo al encuentro de la carretera, que cruza más arriba, en el Km. 23. Lo cierto es que no encontramos rastro alguno de la continuación del Camino Chazna y reconstruimos esta etapa como pudimos. Por un lado, el crecimiento mismo del pinar, que en la época de Zudaire no tenía muchos años, y la construcción de pistas forestales o turísticas, han desfigurado esta zona, borrando, suponemos, lo que han sido caminos tradicionales.

De esta manera, entramos en el pinar, caminamos una cincuentena de metros a la derecha hasta toparnos con un pequeño barranco que cruzamos, y subimos resueltamente teniéndolo a nuestra izquierda. Sabíamos por el mapa que la carretera tenía por fuerza que cortar perpendicularmente nuestra marcha; unido esto a lo practicable del pinar, en ningún momento nos sentimos perdidos; así, después de atravesar dos anchas pistas de tierra roja, eran las nueve y media cuando empezamos a oír de nuevo ruido de motores delante nuestro.

Estábamos ya a 1.500 metros de altura, habiendo aparecido en la carretera pocos metros antes del Mirador de la Rosa de Piedra. Mientras los turistas se sacaban fotos junto a este curioso fenómeno geológico, nosotros mirábamos más allá: nuestro objetivo había aparecido justo enfrente, cerrando toda la línea del horizonte. Era la primera vez desde nuestra estancia en la isla que veíamos claramente al Teide; las brumas y las nubes lo habían impedido hasta ahora. Impresionaba su enorme mole gris, con el penacho blanco de nieve adornando la cima. Tras descansar un rato, reanudamos la marcha, pasando enseguida junto al mojón kilométrico 23.

"Continuando por el camino y el bosque, (...), al poco tiempo el Camino Chazna llega a la carretera y termina. Está aquí el Km. 23; son las 9,30 de la mañana. En adelante, sigo la carretera subiendo suavemente, en dirección Sur, con el Teide en frente". Zudaire. Revista Pyrenaica, Invierno 1956.

No nos habíamos desviado de la ruta de Zudaire más que unos pocos metros, y ya estábamos otra vez sobre sus pasos.

La carretera subía poco a poco, ciñéndose en suaves curvas a los paredones de lava clara que nos flanqueaban a la izquierda. (¡Atención! en el Km. 24, junto a un refugio, hay un grifo de agua). El día era soleado pero fresco; nos envolvía el aroma del pinar ¿qué más se podía pedir?. Sólo los autobuses y los coches de los turistas, más frecuentes a medida que avanzaba el día, interrumpían nuestra marcha a lo largo de este murallón que cierra el acceso a La Caldera. A mediodía alcanzábamos El Portillo, casi a 2000 metros; desde aquí, la carretera marcha por la izquierda al Observatorio de Izaña. El otro ramal, por el que continuamos, sube a Las Cañadas. Aquí hay un Restaurante en el que además de coger agua, se pueden tomar unas cervezas, cosa no muy aconsejable para nuestro proyecto, pero no pudimos resistirnos.

Cráter de Las Cañadas.

Es otro mundo. Eso sí, debe ser muy diferente atravesar este cráter en coche que hacerlo a pie, como lo hizo Zudaire o nosotros. Sólo así se puede escuchar el terrible silencio que late en las depresiones y bajo los paredones de lava, sorprender a algún lagarto despistado que se escurre entre las rocas o sentir el calor que desprende la arena dorada de lava en los rincones que, como pulcros decorados de una película del espacio, se abren a nuestro paso junto a la carretera.

Casi a la una, bajo los escasos pinos de Las Cañadas, los últimos árboles que veremos en esta ascensión, mirábamos el Teide, que se eleva imponente y con aspecto de inaccesible tras un desierto que anima a cruzarlo. Esto lo dejamos para otra vez; ahora seguiremos a Zudaire, que dando una larga curva, se presentó bajo el Teide en el Km. 40 de la carretera, tras una visita a la Benemérita.

"Por el Km. 31 se orienta hacia el S.E., pasa El Portillo y penetra en Las Cañadas, inmenso cráter de 12 Km.. de diámetro en cuyo centro se eleva el Teide. Quedó atrás ya el Km. 33. Al llegar al 40 se inicia a la derecha la pista que he de coger. Pero antes prosigo hasta el Km. 41 donde hay un puesto de la Guardia Civil". Zudaire. Revista Pyrenaica, Invierno 1956.

Atravesamos lugares insólitos, como los dorados e inmensos arenales de San José. Rodeamos algún cono volcánico, como Montaña Mostaza y nos asombramos ante paisajes intensamente atormentados; a las dos y media, a los 2.200 metros y tras pasar el mojón 40, llegamos a la bifurcación donde dejamos la carretera y empezamos a ascender las laderas de Montaña Blanca por una pista pedregosa que se abre a la derecha. Esta montaña, con sus dos gibas de piedra pómez y 2.600 metros de altura, parece la banqueta donde apoya sus pies el gigante Teide. La flanqueamos largamente, sin hacer caso de los atajos que partían a la izquierda al encuentro de la plataforma cimera y que suponemos acarrearán su correspondiente dosis de erosión. A pesar del intenso calor y de la falta total de viento, comenzamos a ver grandes trozos de hielo en las cunetas de la pista. Pasamos también junto a las grandes formaciones esféricas que parecen haber caído rodando de las oscuras lenguas de lava de las laderas del volcán y que han dado en llamar "Huevos del Teide".

Eran ya las cuatro cuando, fatigados, llegamos a la base misma del gigante. La larga subida se hacía ya notar. Aunque de lejos había sido difícil percibir una vía de acceso, encontramos enseguida el inicio del sendero, junto a una pequeña construcción en ruinas, subiendo serpenteante sobre piedra pómez y entre dos grandes coladas de lava oscura. Tras un descenso, comenzamos a subir muy lentamente, bajo la luz del atardecer, ganando altura sobre la caldera, que nos parábamos a admirar de tiempo en tiempo, cerrada al fondo con su murallón de lava; metro que avanzamos, metro que subimos. Comenzamos a cruzarnos con gente que habían subido en el teleférico y bajaba andando. Nos animaban en todos los idiomas. Inscripciones no muy ecológicas en los bloques de lava nos indicaban de tiempo en tiempo la altura a la que nos encontrábamos. Finalmente, vimos sobresalir el tejado del refugio de Altavista, a 3200 metros de altura, asomado a la caldera sobre un aterrazamiento lleno de hielo en su fondo y que sirve de cantera de agua al guarda. Eran casi las seis de la tarde, y aquello rebosaba de gente. Hay alguno con mal de altura; un catalán, miembro de un grupo excursionista que ha subido a ver amanecer, dice que nos ha visto por la mañana desde el autobús y nos felicita. El paciente y silencioso guarda del refugio nos da un par de indicaciones y, sin perder tiempo, dejamos toda la bulla detrás y nos dirigimos a hacer cima, sólo medio millar de metros más arriba.

La Cima

 

"Sin perder más tiempo, parto de Altavista hacia la boca del cráter, a hora u hora y media de marcha. Poco antes de ponerse el sol, consigo llegar a lo más alto. El objetivo previsto está ya cubierto. he hecho mi primer tres mil". Zudaire. Revista Pyrenaica. Invierno 1956.

El camino es claro, pero en tramos lo cubre una espesa capa de hielo que retrasa la marcha, sobre todo a nosotros, y que nos perdonen los puristas, que por la emoción hemos olvidado ponernos las botas de trekking que llevábamos en la mochila, abandonada en el Refugio, y avanzamos con las mismas zapatillas deportivas que mojábamos por la mañana en la playa. Tras pasar un corredor de lava, llegamos a una planicie en la que brotan fumarolas del suelo y, enfrente, se eleva, oscuro, verdoso, con el sol declinando a su espalda, el cono final. Es un momento irrepetible, lleno de silencio, sin nadie a la vista: todo este lugar nos pertenece en este momento. Llegados al sendero de ascenso, sólo nos resta atacar la pendiente. De vez en cuando, al echar mano a tierra, comprobamos que esta montaña aún está viva, por el calor que desprende. Unos hermosos bloques de roca dorada, el sol y una olorosa fumarola de azufre nos dan la bienvenida a la cima. Son las siete y media de la tarde.

Cima y sombra del Teide

Casi en la hora del crepúsculo, con una ausencia total de viento y un ambiente cálido, fue un momento extraordinario. Estábamos totalmente solos, sentados en la corona del pequeño cráter, por encima de todo lo que nos rodeaba hasta allí donde se perdía la vista en un horizonte circular. Por el norte, un inmenso y blanco mar de nubes chocaba contra la isla, casi tres mil metros por debajo. El Teide proyectaba su gran sombra triangular oscureciendo el cráter de Las Cañadas. Más lejos, se elevaban del mar otras islas del archipiélago. Absortos en la contemplación de este impresionante cuadro, casi se nos hizo de noche en la cima. Gracias Zudaire, había merecido la pena."

Más bibliografía interesante y poco conocida: El artículo de Andrés Espìnosa, publicado en la misma revista Pyrenaica, de la Federación Vasco-Navarra de Montaña, Vol. III, nº 10, correspondiente a los meses de julio-agosto-septiembre de 1928, donde este precursor del montañismo subió al Teide desde La Orotava en una época en que no había carreteras a La Caldera. Un relato lleno de pasajes muy interesantes, e incluso, de buen humor.

 

Acceso a los documentos originales, a través de la página de la Unión Montañera Añaza:

1. Ascensión al Teide. Archivo PDF (283 Kb)

Artículo de la revista Pyrenaica nº4 - 1956, relatando la subida al Teide desde La Orotava realizada por Zudaire, en la que nos basamos

2. Tenerife. El Teide. Archivo PDF (666 Kb)

Artículo de la revista Pyrenaica vol. III, nº 10, relatando la subida al Teide desde La Orotava realizada por Andrés Espinosa en 1928.

 

b). Segundo relato:  

Desde la Playa del Socorro, en los Realejos, hasta la cima.

4 de junio de 2003. 

Por Xabier y Alberto Arregi Sustaeta.

Hay que empezar diciendo que nuestra primera intención era comenzar el ascenso en un punto de la costa algo más occidental que el que constituye la Playa del Socorro, pues conocíamos de la existencia del llamado "camino de las Escaleras", que superaba de forma más directa el escalón final del macizo de Tigaiga sobre el mar, continuando hasta El Lance. Tras explorar la víspera in situ el camino, comprobamos que ha quedado desfigurado por el no uso y las reformas de la carretera en su inicio en la parte baja, por lo que no nos pareció lógico el utilizarlo, pues aunque se podía reconstruir su andar, podemos decir, como nos lo decían en vísperas los propios del lugar, que este camino no existe ya como tal.

Por lo tanto, nos quedaba la segunda de nuestras opciones, la Playa del Socorro, de fácil acceso, y que impone subir primero al poblado de Tigaiga y desde allí al Lance por el viejo camino empedrado de las Vueltas de Icod. Como ya lo hemos referido, teníamos este camino en cartera desde hace tiempo, y la página WEB del Club de Montaña Añaza nos confirmó su viabilidad. Denominan este ascenso directo al Teide Ruta "0-4" y coincide en su mayor parte con el camino que habíamos planeado, sobre todo en el inicio, que muchas veces constituye la fase más peliaguda en una ascensión de estas características. Ni que decir tiene que para nosotros constituyó un gran alivio el ver confirmadas nuestras expectativas. Nuestro amigo tinerfeño Francisco Javier Sánchez Portero, con otras personas del mismo Club (www.clubuma.org), subió al Teide por esa "Ruta 0-4" los días 3 y 4 de mayo inmediatamente anteriores, dándonos aún mejores augurios sobre las posibilidades de superar el reto que nos imponíamos de nuevo: el ascenso en un sólo día.

Cinco de la mañana del 4 de junio de 2003. Playa del Socorro, en Los Realejos.

La mañana estaba fresca y el mar bastante movido. Dejamos la playa, que alumbran varias farolas, a paso rápido, ascendiendo la fuerte y oscura pendiente asfaltada que lleva a la carretera general de Icod de los Vinos. Tras pasar bajo esta última por un túnel y alcanzarla, continuamos unos pocos metros en dirección a Icod hasta dar con la ancha pista que sube recta, a la izquierda, hacia Tigaiga. No hay indicaciones y parece que la asfaltarán en breve. La noche es cerrada y no nos permite ver más que las luces del Lance, más arriba. A nuestra derecha se adivinan los platanales. Sin pérdida, tras una gran curva izquierda-derecha y ya en asfalto, damos con las casas de Tigaiga, cuya calle principal corre perpendicular a lo que era nuestra marcha. Iremos por ella a la izquierda, desde la capilla de la Cruz de Tigaiga hasta la de la Cruz del Serradero, atravesando el caserío de un lado a otro. Hay una fuente en la mitad de la calle; nos dice que se construyó en 1934. El pueblo está aún dormido. El antiguo camino empedrado que nos llevará a la carretera del Lance comienza a la derecha de la segunda de las citadas capillas, y una placa en el muro lo denomina "Camino de las Vueltas de Icod". Aún es de noche y sentimos en la cara, más que vemos, la tupida vegetación que cubre los lados del camino y bajo nuestros pies, los cantos del camino. Por economía absoluta de peso, no llevamos linterna. Tras pasar por la espalda de una casa situada a mitad de ladera, damos con la carretera. Tras subir por ella un corto trecho, han dado ya las seis cuando descansamos un poco junto a la imponente estatua del mencey Bentor, el guanche que no quiso vivir sometido al conquistador. En vertical bajo nosotros, Tigaiga duerme aún. Hemos subido ya más de 500 metros. Las luces se extienden por todo el valle de la Orotava. El tiempo sigue siendo fresco y facilita la subida. Nuestros miedos se van disipando, pues lo cierto es que nos sentimos estupendamente.

Retrocedemos un poco sobre nuestros pasos por la carretera; la senda continúa trepando por la ladera hacia las cercanas casas que cuelgan de la loma. Girando entre ellas a la izquierda, subimos recto y fuerte por la asfaltada calle "El Lance" hasta que, poco antes de llegar a la última casa, al fondo, la carretera gira a la izquierda y luego a la derecha, rodeando un campo de labor. Seguimos por ella, desviándonos al poco por el ramal que se abre inmediatamente a la izquierda. Tras pasar junto a una casa numerada 93, el camino empieza a ser de tierra. Vemos más arriba las antenas del Mirador de la Corona, a donde llegamos a las siete menos diez de la mañana, tras pasar junto a un campo de despegue de parapente. En el templete que abriga la Cruz tintinea una luz. Prácticamente ha amanecido ya, y el espectáculo del valle es simplemente grandioso. Estamos a casi 800 metros de altura.

Salimos del Mirador siguiendo el muro de la izquierda. La pista de tierra sigue recta, dejando a la izquierda un índice geodésico, alcanza un complejo de antenas tras pasar bajo una línea de alta tensión y lo flanquea por la derecha, alejándose momentáneamente del borde del macizo, a donde volverá de nuevo. Nos llama la atención una curiosa hornacina en la puerta del recinto, donde junto a un Sagrado Corazón y una Virgen, hay una estatuilla de un señor anónimo vestido de negro con sombrero y bigote. Hasta aquí suben los campos de labor, pero no vemos casas habitadas. Mucha humedad y niebla. A las siete y veinte se nos une una pista por la derecha que gira 180º alejándose en la misma dirección. Otra llanea hacia la izquierda. Continuaremos por la del centro, subiendo, encontrando una señal que nos advierte que la "Fuente de Pedro" está a 200 metros. Nos quedaremos en ella hasta las ocho menos cuarto, y aprovecharemos para rellenar nuestro par de cantimploras. La fuente, la última que encontraremos, se encuentra en una vaguada, a la derecha del camino, a la que se desciende por un estrecho sendero. El agua mana en una pequeña pila de cemento empotrada en el suelo entre el arbolado. El lugar está lleno de vegetación y de símbolos religiosos. El tiempo, siempre fresco y con ligero aire, es espléndido para subir. Por supuesto, estamos atravesando la zona del mar de nubes casi permanente que cubre este lado de la isla y que la hace tan verde y exuberante en vegetación.

 

Fuente de Pedro

Sin pérdida, a las ocho menos diez hemos alcanzado, subiendo siempre por la pista que recorre la cornisa y en terreno arbolado, la gran antena del "Asomadero" (1075 metros). Continuamos en la misma dirección que traíamos por el camino de cemento que viene a la antena, bajando en un principio y subiendo luego de nuevo.

Nos felicitamos de llevar unas simples zapatillas de deporte, que para este terreno son mucho más ligeras y cómodas que cualquier bota. Con la experiencia que adquirimos en la subida de hace once años, hemos reducido también nuestro equipaje al mínimo, y se puede decir que únicamente cargamos con nuestro propio peso y el del agua que llevamos, cinco litros de reserva además de las cantimploras. Nos queda todavía mucho camino y hay que guardar todo el agua que se pueda.

Bajo el arbolado, a las ocho menos cinco y a las ocho, se nos unen por la derecha dos pistas, la primera de ellas señalada como "Pista General de Icod el Alto", que, girando de nuevo, se van en la misma dirección. En ambos casos continuaremos por la izquierda. Pasadas las ocho, la pista se separa del borde, con el observatorio de Izaña a nuestras espaldas, girando derecha-izquierda-derecha y pasando junto a un camino señalado como "Vereda de los Junquillos" . Al poco, damos con una gran pista que sube de la derecha, señalada como "Pista Lolita". Giramos por ella a la izquierda. Enseguida, otra pista, que no cogemos, baja a la izquierda con la señalización "Zona Recreativa Chanajiga Realejos". Subimos, encontrando de nuevo una bifurcación en la que iremos por la izquierda. Son cerca de las ocho y media cuando, caminando por la ancha pista, dejamos a la derecha la vaguada que forma un barranco cerrado con un muro de piedra. Toda esta zona está llena de pinos dañados y se observa que se está repoblando con jóvenes laureles. Nos encontramos con unos trabajadores del Cabildo empeñados en esta tarea que nos confirman que vamos bien. Girando de nuevo a la derecha cerca del borde, pasadas las ocho y media, damos con una gran bifurcación de caminos en pleno pinar. Hay carteles indicadores tirados en el suelo, y seguimos por la pista de más al fondo que se dirige a la izquierda, que sí está señalada como "Las Cañadas". Tras fuerte pero agradable subida, a las 9 llegamos a un lugar señalado como "Chanajiga", donde se levanta un cobertizo de madera con mesa corrida. A la izquierda, hacia el barranco, se va una pista con la indicación "Las Cañadas". Otras dos salen a la derecha, una de ellas denominada "Pista de Tomás el Guarda". La nuestra es la que sube recta tras la choza, de la que aprovecharemos sus comodidades para descansar veinte minutos y comer un bocadillo. Llevamos cuatro horas andando y se agradece. Estamos a más de 1.500 metros de altitud. Un frente de altas nubes se cierne lentamente sobre la isla desde el norte, superponiéndose sobre el mar de nubes habitual. La víspera lo habían anunciado en los partes meteorológicos, junto a la posible lluvia. Afortunadamente, su llegada se ha retrasado y pronto habremos alcanzado la altura suficiente como para escapar de una mojadura.

Al poco de retomar el camino, pasamos junto a una pequeña construcción religiosa pintada de blanco, fechada en 1982. El camino, que sube muy fuerte y recto en su primer tramo, siempre flanqueado por el pinar, alcanza en poco menos de una hora la amplia y despejada parte cimera del Cabezón. Hemos despreciado algunos ramales que salían hacia la derecha cuando estábamos aún en el pinar, que posiblemente se dirijan también en buena dirección al collado o "degollada" del Cedro como se llama aquí, que se abre sobre el Llano de las Brujas, prefiriendo salir a campo abierto y recorrer la amplia lomada de esta montaña de más de 2.100 m. Tras pasar a la altura de unas construcciones que se levantan a la derecha en el centro de una vaguada, y de un cartel que advierte de la presencia de colmenas, a las 10 y veinte dejamos el ancho camino, que continúa subiendo, y cogemos un ramal que, bajando suavemente a la derecha por terreno despejado, se dirige hacia la visible línea de pinos que enfila la degollada , entre el Cabezón y la roja masa de la Fortaleza. Así, llegamos a la pequeña capilla blanca que se levanta allí en veinte minutos. Hace tiempo que el Teide había aparecido en nuestro horizonte, pero desde este sitio su vista es impresionante, levantándose como un coloso tras el Llano de las Brujas. Incluso las pendientes laderas doradas de Montaña Blanca se aprecian desde aquí más dilatadas.

 

  Llegando a la Degollada del Cedro

Sobre el llano de las Brujas 

El frente nubloso que venía del Atlántico ha asaltado ya la isla, y ahora se ha permitido enviar una avanzadilla de nubes que se atreve a rodear el propio cono final del Teide. Esto nos causa cierta inquietud, pues sabemos que a veces el viento en la cima es muy fuerte. Afortunadamente, nuestros temores no se confirmarán y ciertamente nos alegraremos cuando más adelante, veamos que el teleférico funciona.

Descendemos al Llano de las Brujas por el camino que hay en el centro de la depresión, dejando irse a la derecha la Cañada de los Guancheros, que baja a media ladera de La Fortaleza. Este llano es un sitio muy especial. No es extraño que tenga este nombre, o que, ya que estamos en tiempos modernos, se hable de la presencia de fenómenos OVNI en sus alrededores. Es una vasta superficie llana, de suelo de grava clara salpicada de piedras colocadas quién sabe desde cuándo y al azar por las correspondientes erupciones, rodeada por un escenario grandioso; por un lado, el complejo Teide, que es tan grande que parece irreal. Por el otro, cierra el panorama la pared de la Fortaleza, de singular color sangre. El tajinaste ha florecido en esta época, y su grandes composiciones verticales de color rojo cubren zonas amplias de sus paredes. En nuestro caso, el panorama era más fantasmagórico por la presencia de jirones de nubes que irrumpían pausadamente en mitad de la escena y caracoleaban en las pendientes del coloso y en su cima. Aunque imaginamos que el calor debe de hacer aquí de las suyas, el tiempo hoy sigue siendo magnífico, con un airecillo que ayuda a nuestro propósito.

Según viejos folletos de los que disponemos, parece ser que el Parque Nacional tenía señalado un itinerario, con el nº 13, que partía del Llano de las Brujas al encuentro de Montaña Blanca. Dicha senda ha desaparecido oficialmente del catálogo de rutas, borrándose las señalizaciones (aunque de cuando en cuando, aquí y allá, veremos pequeñas manchas de pintura verde, el color de los senderos del Parque, en alguna roca). Este camino, para nosotros el más lógico si hablamos de subir al Teide por la vía más directa, se ha abandonado como ruta de acceso, utilizándose rodeos que pasan por coger el llamado "sendero de los Tomillos" , desviándose prácticamente hasta el Centro de Visitantes. Aparte de argumentos conservacionistas, que comprenderíamos y acataríamos perfectamente pero tampoco se nos explicitan, se utiliza como idea para desaconsejarlo su falta de claridad . Hemos de decir que este último punto es discutible, pues el sendero es relativamente fácil de seguir en su primera parte, la más confusa por atravesar zona de lava, y perfectamente marcado, sin posibilidad de pérdida alguna, cuando alcanza la zona de los arenales que trepan a Montaña Blanca. Además, tenemos permanentemente delante como referencia a esta última montaña. Si todo ello no fuera suficiente, existe la correspondiente dosis de turismo senderista alemán, que, además de estar dotado de manuales perfectamente documentados en los que está señalado este camino, se encarga de marcar con kairns su discurrir.

 

Llano de las Brujas.

A la derecha, los riscos de la Fortaleza

Por lo tanto, optamos desde un principio en seguir ésta como la vía más congruente con nuestro empeño.

Son casi las once, y antes de que el cansancio nos haga ver brujas u OVNIS, nos paramos un rato y refugiados a la sombra de una gran retama de flores blancas, mordisqueamos algo y bebemos bastante. Las fechas nos están siendo propicias para asistir a la floración de muchas especies vegetales del Parque. Los restos de antiguos cercos de piedra, ahora totalmente rodeados de alto matorral, y que hemos podido ver donde el Llano deja de serlo, nos inducen a pensar que la recuperación de la flora ha tenido que ser muy importante desde que dejó de practicarse el pastoreo en el Parque. Las abejas zumban por todos los lados pero nos respetamos mutuamente y es muy agradable oír su sonido, pues en otro caso podríamos decir que no se oye ni una mosca.

Tras media hora y el subsiguiente desentumecimiento de nuestros viejos músculos, algo atrofiados por la sentada, continuamos, con la vista fija en las arenas de Montaña Blanca. Tras pasar la zona de "garrapiña", como empezamos a llamar al tipo de terreno donde aflora desordenada la lava, vamos derivando hacia la pared o colada de lava que corría más o menos paralela a nuestra izquierda, y casi cuando damos con ella, el camino empieza a abrirse paso ya entre arena dorada, derivando algo a la derecha. El matorral empieza a hacerse más escaso, y la senda ondula suave, adquiriendo una pendiente cada vez mayor. Empezamos a distinguir claramente los "Huevos" del Teide, que se nos antojan lejanísimos, allá arriba, y nuestra marcha empieza a ser más lenta. Tras fuerte subida, a la una y media, sin más novedad que los ojos algo irritados por el reflejo luminoso en la arena y la piedra pómez, coincidimos con el camino "oficial" al que antes nos hemos referido y que viene de Montaña de los Tomillos, confluyendo a los pocos minutos en la ancha Pista de Montaña Blanca. Atrás hemos dejado algún "huevo" no tan famoso como los de arriba.

Subiendo las laderas bajas de Montaña Blanca

En la pista de Montaña Blanca hay una continua corriente de gente en ambos sentidos. Es por ello digno de reseñar el hecho de que nadie hubiera arrancado aún la violeta del Teide que nos encontramos en plena ladera de piedra pómez, al alcance de la mano y tras dar la primera curva a la Pista. La verdad, nunca hubiéramos pensado que íbamos a ver un ejemplar salvaje de esta especie, tan escurridiza a la vista, y mucho menos de forma tan sencilla. Más adelante, un cartelón del Parque situado al margen del camino nos informa de la vida del escarabajo, endémico del lugar como casi todo lo que hay aquí, que vive como huésped de esta flor y de su planta.

Entre unas cosas y otras, y habiéndonos olvidado de sacar una foto a la dichosa violeta, a las 2 y veinte llegamos al inicio del sendero, llamado de Lomo Tieso, que trepa por el corpachón del Teide. Hacia la izquierda, continúa la pista a la cercana cima de Montaña Blanca, 2700 metros de altura, con la que estamos casi a la par. En esta zona alta de Montaña Blanca vemos muchos ejemplares de tajinaste azul, menos espectacular que el rojo, pero al parecer más escaso. Junto a las pequeñas ruinas que hay allí, que han sido acondicionadas y limpiadas desde nuestra anterior visita, nos sentimos extrañamente bien y sin cansancio reseñable, lo que aleja de nuestra mente los temores, más que sensatos, que nos rondaban sobre previsibles pájaras o fenómenos como el que en nuestro argot de montañeros cuarentones hemos dado por denominar "rodillas de cristal". Los tres clavos que le metieron a Xabier hace dos años en su rodilla, rota en una caída, no le han molestado, y nuestras zapatillas de deporte aguantan perfectamente. El rosario de personas, sobre todo bajando, es continuado. Como nos pasó la otra vez, la gente, que ha subido en teleférico arriba y luego baja hasta aquí andando, nos pregunta sobre el camino a la estación de partida. Lamentablemente, no tienen más remedio que andar los 6 Km. de pista hasta la carretera y desde allí caminar hasta las instalaciones donde han dejado el coche. A más de uno se le ponen los pelos de punta. Seguramente habrá algún atajo, pero no lo conocemos y tampoco nos parece aconsejable animarles a buscarlo; todos vienen con lo puesto, con gafas fashion y sin agua, y a más de uno se le quemarán hoy sus hombros, que no alcanzan a tapar los tirantes de sus camisetas. Nuestras camisas de algodón nos cubren hasta los puños, y llevamos un amplio sombrero de alas de paja trenzada que nos protege la cabeza y el cuello del sol; todo ello algo anacrónico, pero muy efectivo en estas circunstancias. Dejamos aquí lo que nos queda de los cinco litros de agua por si le viene bien a alguien.

Estamos ya en terreno conocido e invariable, y sabemos que lo tenemos que coger con tranquilidad. Son las tres menos veinte de una tarde espléndida. Las abejas zumban sin parar entre las retamas que cubren la zona más baja de la pendiente; el intenso olor de sus flores nos acompaña durante un buen trecho. La senda, en continuos zigzag, tiene como hito intermedio el lugar conocido como la Estancia de los Ingleses, un aterrazamiento a mitad de ladera cuajada de grandes rocas y con su propia historia, que os animamos consultar. De ahí hasta que asoma un palo o mástil arriba, que anuncia la proximidad del refugio de Altavista, subir y más subir, admirando de trecho en trecho los accidentes de la Caldera y las matas de margaritas (¡como no!, endémicas como casi todo lo que crece por aquí), que asoman entre las rocas hasta muy arriba. Hemos ido dejando atrás dos parejas de jóvenes que subían con nosotros. La gente deja de bajar a medida que nos acercamos a Altavista.

A diferencia de la otra vez, el Refugio (3.200 y pico metros de altura) está desierto y nos acoge hospitalario con sus puertas abiertas. El guarda debe de estar en algún quehacer, y descansamos un ratazo en la fresca penumbra sentados en los enormes y cómodos sillones "decó" que, quizás por la altura a la que los colocaron en su día, se han salvado de una sustitución por otros muebles más "modernos" en alguna década anterior poco sensible a estas cosas. Nos sirve de distracción la lectura de las ocurrencias de las baldosas ilustradas que hay colgadas en las paredes. Un termómetro marca los 14º centígrados y son las cuatro y diez de la tarde. El refugio ha sido modernizado, pero manteniendo sus materiales y recubrimientos nobles. Han instalado placas solares en el tejado. Dejamos allí la mochila y lo superfluo, que es poco, y con los pies enfundados en nuestras sacrílegas zapatillas de deporte, atacamos el problema final.

En nuestro fuero interno, sabemos que lo hemos conseguido, pues sólo nos queda algo más de medio millar de metros de altitud, aunque para ello habremos aún de pasar la zona de "garrapiñada" negra (que nos perdonen los geólogos y vulcanólogos) que se extiende entre el refugio y la base del cono final. Es el resultado de las erupciones más recientes. Cuando, casi a las cuatro y media, empezamos a subir desde el refugio, nos enfrentamos a un paraje desconocido para nosotros, pues la vez anterior todo este caos estaba cubierto por una espesa capa de hielo, que, en lugar de entorpecer la marcha, como entonces creímos, lo que hizo fue facilitar, y en gran medida, el atravesarlo. El cansancio, y seguramente la altura, empiezan ya a pasar factura, mientras caracoleamos entre lava intensamente atormentada por un sendero en todo caso perfectamente visible, costándonos una hora atravesar este paisaje retorcido. En las rocas, la obsidiana reluce bajo el reflejo del sol de la tarde.

Así, a las cinco y veinticinco damos con la plataforma y la senda que se dirige, a la derecha, al mirador de la Fortaleza, y a la izquierda al teleférico. Enfrente, hace tiempo que se levanta el cono final, hoy también verdoso e irreal, como la otra vez. No se oye ni una mosca, y a las cinco el teleférico habrá dejado de funcionar. Aunque llevamos nuestro permiso en regla, al que amablemente el Director del Parque, en atención a lo peculiar de nuestra subida, ha añadido una cláusula flexibilizando el horario de llegada, nos tememos que no vamos a encontrar ya a nadie a quien enseñárselo. En la ladera del cono se dibujan como grandes cicatrices varios senderos tentadores que no hay que utilizar, para evitar el deterioro de este paisaje irrepetible. Aunque no hay nadie para exigírnoslo, aunque estamos cansados y realmente fastidia dar el rodeo hasta el sendero Telesforo Bravo, hemos de ser respetuosos con esta exigencia de las normas del Parque; ya es un milagro que se nos deje pisar aún la cima de esta maravilla.

Son veinte minutos a paso lento, disfrutando de este sendero "alicatado", que cuenta hasta con papeleras adaptadas al medio. En las oscuras oquedades de las grandes rocas entre las que pasamos aún se divisa el hielo, agazapado y escondido allí esperando el invierno. Lo que es realmente fastidioso después de tanto subir, es bajar, pues este sendero ¡desciende!.

En las desiertas instalaciones de la estación superior del teleférico, que quedan algo más abajo y por donde no hay que pasar, suena una musiquilla de salsa, y hay alguien dando mamporros a alguna chapa. Los vencejos chillan mientras vuelan alrededor de la torre metálica. El inicio del sendero Telesforo Bravo, perfectamente empedrado, está cerrado por un grueso cabo que franqueamos. Alguien nos ha comentado que este sitio, ahora en plena soledad, es punto de mucha tensión a lo largo del día, cuando los sufridos guardas del Parque se tienen que enfrentar a turistas teleféricos e indocumentados que a toda costa quieren subir, sin permiso, a la cima.

Trepando a la cima por el lado derecho del cráter

 

Cima

A diferencia de la anterior ocasión, en que no nos afectó en absoluto lo enrarecido del aire, lo cierto es que esta vez sí que notamos cierto malestar. Las fumarolas de azufre, más abundantes hoy que en nuestro recuerdo, añaden su oloroso ingrediente a la situación, y la corta subida se nos hace muy larga. Tardamos media hora, a paso cansino, en llegar a la altura de la depresión baja del cráter. Las tonalidades de colores presentes en las rocas de este lugar nos vuelven a sorprender. Al llegar allí, un pequeño desprendimiento en una de las paredes interiores nos da las buenas tardes y un tonificador susto. Una corta trepada por el sendero que se ciñe a la dorada roca por la derecha nos coloca a las seis y diecisiete en el punto más alto. Alguien ha traído aquí una rosa blanca, ya marchita, y una araña, casi cuatrimilista, se pasea tan campante junto a ella. Mientras la miramos, un poco más allá se desliza un lagarto. Con su presencia, estos dos animalillos nos dan una cura de humildad (a no ser que sean unos vulgares polizones teleféricos)*. Los vencejos pasan como flechas sobre las rocas de la cima.

*(Por supuesto, no lo son. La araña, el vencejo y el lagarto tizón comparten un menú elaborado a partir de una asombrosa conjunción de elementos en las que interviene el propio Teide y sus fumarolas. Deshaced el acertijo).

Con estas y otras consideraciones salvamos la falta de argumentos paisajísticos, pues lo cierto es que en este momento los alrededores, hasta donde llega la vista, están repletos de nubes. Hoy no veremos las islas hermanas del archipiélago. No hay viento, y la temperatura es muy agradable. Sería la hora de meditar, por ejemplo, sobre las razones que nos han movido a hacer esto. Como no encontramos ningún argumento heroico ni psicológico, convenimos que hemos venido a ver a un viejo amigo. Y saboreamos intensamente el momento

Por lo demás, nada reseñable. Toca bajar. En el refugio, ya poblado por una media docena de personas que esperarán al amanecer para completar la subida, nos da la impresión de que el guarda, con el pitillo atravesado en la boca, no se cree que hayamos subido en un sólo día. Sólo un chaval, más crédulo, se hace cruces y nos pregunta si hay camino desde el mar. Nos dice que es un veterano de la marcha de la Candelaria. El resto, mayormente alemanes, simplemente no entiende el idioma y juegan a cartas. Les decimos adiós a todos y nos vamos. La sensación de felicidad aumenta interiormente a la misma velocidad que se incrementa la proporción de oxígeno respirable. En Montaña Blanca, casi en penumbras, recogemos el bidón de agua que habíamos dejado al subir, y tras los seis kilómetros de rigor por la pista, ya de noche y sin conseguir ver de nuevo la dichosa violeta de la subida, a las diez pasábamos la barrera que cierra el inicio de la pista dando con la carretera del Parque, donde nos esperaba con su Mercedes Benz nuestro -amigo para siempre- Israel, el taxista de Los Realejos con el que habíamos convenido a precio casi proletario este final para la pequeña epopeya. Ventajas del teléfono móvil (en la cima no hay cobertura) que complementaba nuestro rácano equipaje.

Un par de días después, picados por el gusanillo, subimos a Pico Viejo, o Chahorra (3.106 m.), y estudiamos la bajada que desde el Teide cae sobre esta montaña. Lo dejaremos para la siguiente vez.

Agradecimientos. Como ya hemos dicho, la tarea de documentación previa fue importante. En ella nos ayudó sobremanera nuestro joven amigo Víctor Fernández Luis, de la Oficina de Turismo de los Realejos, hijo de este municipio y buen conocedor de los senderos de la zona.

No nos olvidaremos tampoco de las manos que nos echó nuestro otro amigo en la isla Francisco Javier Sánchez Portero, del Club Montañero Añaza, de Santa Cruz, dispuesto incluso a llevarnos agua a Montaña Blanca, ofrecimiento que realmente emociona.

A Manuel Durbán Villalonga, Director del Parque Nacional del Teide, a quien no dolieron prendas para atendernos personalmente por teléfono, comprendiendo lo especial que había en nuestro empeño y dando solución a nuestras neuras burocráticas, así como al amable personal de su oficina.

Y a Israel Hernández Domínguez, taxista, que, sin ninguna excusa, no dudó en atender nuestra llamada y subir de noche la cincuentena de kilómetros que debe de haber desde Los Realejos hasta el solitario inicio de la pista de Montaña Blanca, esperarnos allí y luego devolver nuestros cuerpos llenos de polvo volcánico, tras un transilvánico rally entre las nieblas de la Orotava, a la Playa del Socorro. Sus teléfonos: 922363654-609272591, y lo recomendamos como persona competente y seria para organizar cualquier excursión por esta zona de la isla u otras.

Bibliografía. Como auténtico hallazgo que debemos al primero de los amigos relacionados arriba, es muy interesante y práctico un libro, editado con mapas detalladísimos a todo color, que trata, entre otros, de los senderos y pistas que cubren desde el mar toda esta zona del macizo de Tigaiga. Su autor es Miguel Pérez Carballo y se titula "Valle de La Orotava. Tenerife. Excursiones a pie. Volumen I". Este autor tiene otros dos libros que tratan de los senderos de los macizos de Anaga y Teno.

 

Hazme llegar tus comentarios: albertoarregi@mixmail.com

Algunos links de amigos y gente interesante:

Ascenso al Teide desde el nivel del mar  - Página de la Unión Montañera Añaza

Unión Montañera Añaza - Página inicial de la UMA

Sendas, una página que merece la pena visitar.

Andarines, una interesante página

WebCam del Teide. Actualizada cada cinco minutos.

La página de Santiago Arnalich: Ascensión al Teide.

Una curiosidad: Extracto en pdf del número 252 la Revista Algo, de fecha 09.junio.1934 (en plena II República) que hace mención a una excursión organizada por la Sociedad "Teide". (OJO: ocupa más de 2mb, y aconsejamos descargarlo, en lugar de visionarlo directamente)

Una curiosidad: "Reglas Fixas que conviene usar en el juego llamado MUS" un texto del año 1804 escaneado (1,3Mb, que aconsejamos descargar "guardar como" en lugar de abrir), y para quien lo quiera "transcrito" a Word este segundo archivo, más ligero, aunque sin el encanto de las viejas ediciones.

 

 

Fecha última modificación: 

30/09/2004 23:03:06

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