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Fundacion Proa, Buenos Aires, www.proa.org

Nueva York, un Iconos Metropolitano

Por Julian Zugazagoitia

Existen vagamente tres ciudades de Nueva York.
En primer lugar la Nueva York de sus hombres y mujeres nativos, quienes toman la ciudad tal como es y aceptan su monumentalidad y su turbulencia como hechos naturales e inevitables. En segundo lugar, la Nueva York de los viajeros –la ciudad que cada día es devorada por langostas y escupida cada noche. En tercer lugar, la Nueva York de aquellas personas nacidas en otros lugares, que llegan a esta ciudad en búsqueda de algo. Esta última es la más grandiosa de las tres ciudades, ciudad de metas, ciudad de destino final. Esta tercera ciudad es la que da cuenta de la atmósfera febril de Nueva York, su poesía, su dedicación a las artes y sus logros incomparables. Los viajeros dan a la ciudad su inagotable flujo y reflujo; los nativos aportan solidez y continuidad; pero los inmigrantes le dan su pasión.
E. B. White, Here is New York, 1949

Nueva York, muchas veces, es reducida a Manhattan, posiblemente porque en esta isla angosta están presentes los sueños y las pasiones, no solo de sus cinco distritos, sino del mundo entero. Nueva York es una ciudad que ha experimentado continuos y febriles cambios. Encarnación de la modernidad, esta ciudad esbelta y dinámica orientada hacia el futuro actualmente llora los trágicos eventos del 11 de setiembre de 2001. Los ataques que costaron tantas vidas humanas y destruyeron el World Trade Center han quedado para siempre grabados en las almas de quienes los experimentaron desde cerca o lejos.

Estos ataques traen a la luz de manera más aguda algo que ya sabíamos intuitivamente: lo que sucede en Nueva York tiene un impacto en el mundo. De hecho, cualquier persona que haya pasado un día en Nueva York, o al menos pensado en conocer la ciudad, ha sentido el luto por los violentos ataques televisados en vivo a todo el mundo, y la mutilación por la destrucción de las Torres Gemelas, tan inseparables del horizonte de Manhattan. Como una Babel del comercio mundial, las torres albergaban a personas de decenas de nacionalidades. Miles de personas recorrían estas ciudades verticales cada día, tejiendo tramas y redes entre las diferentes "ciudades" de Nueva York y el mundo. Ciudades dentro de la ciudad, las torres se erguían como banderas norteamericanas, portaestandartes de valores colectivos de una civilización que cree en la prosperidad, la grandeza y los símbolos.

Luego del 11 de setiembre, la relectura de Here is New York1 de E. B. White - uno de los pilares históricos de la célebre revista The New Yorker - impresiona por su exactitud y su repentina actualidad. Este texto breve, producido hace aproximadamente cincuenta años en un contexto optimista de post-guerra –cuando Nueva York construía las oficinas centrales de Naciones Unidas- capta en una descripción notable la esencia de lo que define a Nueva York como una ciudad que es al mismo tiempo única, excitante y vulnerable.
White subraya la rápida evolución y transformación de una ciudad que al mismo tiempo se mantiene fiel a los principios sobre los que fue construida: democracia, igualdad de oportunidades, libre comercio, libertad de pensamiento y credo, tolerancia…
Ciudad acogedora por excelencia, con la Estatua de la Libertad como emblema, Nueva York abraza con naturalidad la variada población que conforma su sociedad. El magnetismo de esta isla atrae más gente de la que puede contener, forzando a la ciudad a expandirse verticalmente, definiendo su perfil característico. Es sin dudas en Manhattan donde se ve realizado de manera única el imaginario que dio origen a Metropolis de Fritz Lang. La carrera desenfrenada por la construcción de los rascacielos más altos culmina con las Torres Gemelas del World Trade Center, que destronan al Empire State Building. Los nombres de estas construcciones refieren al espíritu que las animó y a las diferentes perspectivas de las décadas que las vieron nacer: del imperio dominante, a las naciones de comercio e intercambio.

E. B. White se sorprende ante la capacidad de supervivencia de este gigantesco organismo: "Es un milagro que Nueva York simplemente funcione. Es un hecho que sobrepasa el entendimiento… (…) Por lógica, Nueva York debería haberse autodestruido hace mucho tiempo: pánico, incendio, motines, una falla en la alimentación de alguna línea de su sistema de circulación, un cortocircuito en algún profundo laberinto. (…) Pero la ciudad atenúa sus peligros y deficiencias dando a sus habitantes dosis masivas de una vitamina suplementaria – el sentido de pertenencia a una entidad única, cosmopolita, poderosa e incomparable."

Testigo de la Segunda Guerra Mundial, White es conciente de la fragilidad de Nueva York, y de la seducción que puede generar. Subraya de manera clarividente, "Un solo escuadrón aéreo, no mayor que una bandada de gansos, podría rápidamente terminar con esta isla de fantasías, incendiar las torres, demoler los puentes, transformar los pasajes subterráneos en cámaras letales, reducir a cenizas a miles de personas. Ahora, la inminencia de la muerte es parte de Nueva York: el sonido de los aviones sobre nuestras cabezas, los negros titulares de los últimos diarios. (…) esta amenaza está de alguna manera más concentrada debido a la concentración de la ciudad misma. Nueva York tiene una clara prioridad sobre otros objetivos de ataque. En la mente de cualquier pervertido soñador privado de iluminación, Nueva York debe aparecer acompañada de una irresistible fascinación."

Lamentablemente, estas palabras suenan ahora como una profecía nefasta. En los cincuenta años posteriores a este texto de White, Nueva York ha potenciado estas características transformándose en una ciudad aún más intensa y vibrante que entonces: un centro de intercambio en el encuentro de todas las posibilidades. White concluyó Here is New York con una nota humanística, confiando en que la nueva liga de naciones representada en la O.N.U. tendría fuerza suficiente para mantener a los "aviones de la muerte" en la tierra. Luego de los ataques, el sentimiento de seguridad de las personas fue sacudido. En contrapartida, el sentido de pertenencia a una entidad única e incomparable, y la solidaridad de todos los newyorkinos y de la comunidad internacional se intensificaron, fortaleciendo lazos que el individualismo de las últimas décadas había debilitado.

En este sentido la tragedia sirvió para expandir la iconicidad de Nueva York señalando el lugar incomparable ocupado por esta ciudad, tanto en términos reales como en el imaginario colectivo. Nueva York no es la capital del país ni del estado al que pertenece, pero es en cierto modo un centro de globalización. Aunque parezca paradójico, Manhattan es una ciudad autosuficiente, que se encuentra tan cerca o lejos del resto de los Estados Unidos como del resto del mundo. Un centro que separa y reúne a la vez, un lugar singular y único.

Los eventos del 11 de setiembre no influyeron nuestra selección artística, que estaba definida a la fecha en que sucedieron los eventos. De todas formas nuestra mirada a ciertas obras ha sido afectada. El tema en cuestión es la imposibilidad de abstraerse del complejo sistema interpretativo que se nos ha impuesto luego de los recientes ataques.
Considerando la ciudad como tema, los artistas articularon sus dicotomías y tensiones entre lo cercano y lo lejano, público y privado, el aquí y otros lugares, y lo intersticial. Las relaciones entre naturaleza y ciudad, centro y margen, participación y alienación aparecen e manera implícita.
En este sentido, Nueva York es mucho más que el territorio de una ciudad. La acumulación de personas que la habitan, la suma del comercio, industria y actividades comerciales que la hacen próspera, la combinación de todos los eventos deportivos y artísticos, y la suma total de credos, religiones, culturas y lenguas constituyen su alma. Como dice una canción, Nueva York es un estado del espíritu: inaccesible, mutable e indescriptible.

En una época en que colapsan las nociones de escuela o estilo, un intento de capturar un Zeitgest en la selección de cinco artistas sería imposible. Como contrapartida, la posición incomparable de Nueva York es definida por su status de isla, forzada a construir puentes con el mundo que la transforman no en una capital, sino en un nodo, el punto más central en una red. Este lugar que Nueva York ha inventado para si misma no esta tan relacionado con una voluntad de ocupar una posición central, sino con la fuerza de haberse convertido en un cruce de caminos, o un portal, en sentido de la WWW. Más que un lugar de nacimiento o residencia, es un lugar de pasaje, un lugar de reunión.

Por Julian Zugazagoitia

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