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Diario
en el Reino de Zhor
Dia 8 del III
Mes del año 534 en el Reino de Zhor
La puerta de la posada se abrió
y entró un hombre vestido de bufón gritando.
- ¡Que los dioses bendigan este maravilloso día en el reino
de zhor! - dijo el bufón.
Durante un segundo, la posada quedó
en un absoluto silencio pese a que estaba a rebosar de pueblerinos. Al
instante el silencio se rompió y todos los que allí estaban
empezaron a gritar y a dar saltos.
- ¡Los comediantes de la compañía del Elfo Celeste,
acaba de llegar a este bello pueblo, para haceros reír y danzar
hasta que no podáis más!
Los pueblerinos no paraban de gritar y
de animar al bufón mientras este, saltaba por encima de las mesas
cantando y tocando un laúd.
- Y ahora, todos los que lo deseen
¡que salgan fuera y observen
que magnífico espectáculo!
Antes de poder siquiera volver a respirar,
la posada quedó completamente vacía. Solo el posadero quedaba
allí, colocando las mesas y taburetes en su sitio.
- ¡Vamos señor! Salga y disfrute del espectáculo caballero,
que otros ya viejos como yo, no podemos.
Me levanté casi sin darme cuenta
y me quedé en la misma puerta del Sapo Verde observando el puedo.
No muy lejos estaba la plaza mayor, y allí los artistas hacían
números de fuego y malabares sin parar, a un publico agradecido
y enloquecido que no dejaba de arrojar monedas que el bufón, recogía
hábilmente.
Durante un buen rato observe en la distancia
el espectáculo circense de unos artistas tan peculiares, con rasgos
raciales que solo había visto hacia ya muchos años, en aquellos
dibujos de los libros de fantasía que tanto me gustaban. Mis ropas
eran de lo más adecuadas pero no recordaba como la había
conseguido. De mi cinturón colgaba una pequeña bolsa de
tela y en ella había unas cincuenta monedas de plata. ¿Estaba
soñado?... ¡Imposible! Todo era demasiado real. Empecé
a recordar la función en París y como fui absorbido por
el espejo. ¡Es imposible! Seguro que estaba soñando - pensé-
pero en lo más profundo deseaba que nada de aquello que me estaba
pasando fuese un sueño, pero aun estaba demasiado aterrado como
para pensar con demasiada lucidez.
Continuará...
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