Memorias de un Actor Encadenado - Bitácora del Prisionero 626 en el Castillo de Zhor

De Cómo Un Actor Del S. XXI Llegó a Ser El Prisionero 626 en El Castillo De Zhor

Me llamo Alfred y soy actor de teatro, o al menos así me ganaba la vida. Me encuentro prisionero en la mazmorra del castillo de Zhor, el señor de este mundo. Es como una falsa edad media, un país lleno de seres mitológicos y magia. Cada día que paso en esta mazmorra, no dejo de observar con gran incredulidad el bosque que hay más allá del castillo. Realmente es un mundo lleno de maravillas inimaginables.

Sábado 16 de Octubre de 2021. Ese día cambio mi vida. Me encontraba en el Théatre des Champs - Hélices (El teatro de los campos elíseos) de París, representando Sire Halewyn de Michel de ghelderode. Una historia basada en un hombre que enloquece por el amor a una mujer y hace pactos con los espíritus para poder encontrarla y hacerla suya. En el escenario además de una decena de "cadáveres descuartizados" de mujeres, había un espejo enorme en el que se mostraba todo lo que mi personaje le pedía al espíritu del espejo. Imágenes del infierno, de campos destruidos por las llamas, de llanuras interminables cubiertas de nieve… Todas esas imágenes eras tratadas minuciosamente por los técnicos y el resultado era realmente impactante pero… en mitad de la representación, una espiral de fuego apareció en el espejo. En ninguna de las funciones anteriores nada igual había sido proyectado. Estaba tan concentrado en mi trabajo que no me llamó la atención, pero de pronto, el espejo estallo y la espiral empezó a succionarlo todo y a tragarse gran parte del escenario. Intenté salir corriendo pero mi cuerpo se acercaba irremediablemente a la espiral sin que yo pudiera reaccionar siquiera. Miré un instante al patio de butacas. El público observaba la escena como si formase parte de la obra. Estaban impresionados con el espectáculo, sus enormes ojos y sus bocas entreabiertas daban buena cuenta de ello. Mis pies se separaron del suelo y fui absorbido por el espejo viendo como todo se alejaba de mí.

Al abrir los ojos, me encontraba en la posada del Sapo Verde, (cosa que sabría después) empapado en sudor y con la cabeza apoyada en una maloliente mesa de madera. Estaba sentado en una silla aún más dura que la mesa. Lancé una rápida mirada al lugar mientras mi cuerpo comenzará a tomar vida. En ese momento un hombre entró en la posada gritando a pleno pulmón: ¡Que los dioses bendigan este maravilloso día en el reino de zhor!. Pero eso ya es otra historia...