
(dado que el presente texto es de bastante mal rollo en su mayor parte, he optado por compensar su acritud con ilustraciones de criaturas que me producen buenas vibraciones)
Con frecuencia me hallo envuelto en discusiones al afirmar
cuánta ternura y arrobamiento me inspira tal o cual mujer de físico anómalo
(anómalo según las convenciones establecidas de belleza –cada día más estrechas
y faltas de imaginación-). Una y otra vez se me machaca con que si es «una freak, o una enana, o una marmota,
o un morconcillo, o un espárrago, o una ET, o un conejo abobao». Yo no
comprendo cómo se trata con semejante desprecio al objeto de mis suspiros
(quien, en efecto, se da un aire marsupial, o lagomorfo, o de peluche, o
alienígena, o de personaje de cartoon –lo cual me parece perfecto, en mi
calidad de zoófilo, de adicto al petting, de creyente en la vida ultragaláctica
y de enamorado de Marge Bouvier y de la pepinilla de Clowes-). ¿Cómo alguien
puede preterirlo frente a aburridas muñecas hinchables, a anodinos maniquíes de
SEPU? ¿Cómo alguien puede considerar más deseable la vana blondez de Anne
Igartiburu que la mirada intensa de Carol Kane o el perfil ortóptero de Sondra
Locke? ¿Cómo puede Sara Gilbert ser conceptuada como patito feo frente a la
pachona Drew Barrymore en «Poison Ivy»? ¿Cómo aguantar que me miren cual bicho
raro si afirmo rotundamente que, de las actrices de Hitchcock, mi preferida es
Anna Massey, o que, en los comienzos de la Movida, seguía con fruición «La
abeja Maya» por recordarme a la Alaska de entonces,
aún sin mancillar con tsunamis de silicona? Por fortuna,
algo parece estar cambiando en los últimos años cuando presencias de trazas
asaz peculiares (Calista Flockhart, Alison Hannigan, la arguiñanesca Sexy
Simple o la proteica –ora proteínica ora anoréxica- Christina Ricci) se han
convertido en las reinas de Internet en cuanto a culto iconográfico y en
símbolos sexuales de primera magnitud. Lo mismo hay más afines de lo que se
creía a mis apetencias (que alguien llamó «síndrome de Popeye» -por la
querencia del marinero tragaespinacas por la singularísima Oliva- y que también
podría llamarse «de Amiel» -si nos atenemos a lo dicho por Marañón sobre
las categorías de mujer preferidas por el profesor ginebrino-), o quizás el
canon de lo bello (tan ceñidamente encorsetado en los últimos lustros) empieza
a provocar bostezos.

No es
casualidad: muchas mujeres que, en los últimos doscientos años, han incidido en
la opinión promoviendo alternativas a un sistema putrefacto encajan con su presencia
física en esta categoría de las anómalas subyugantes. La ígnea vida interior
empapa, para quien sabe ver, rostros y figuras magnéticas en sus proporciones
rebeldes a la norma. En el mundo mutante a que estas heroínas aspiran los
raseros de la belleza son muy distintos. ¿El aroma intenso de su vocación
luciferina no es, sin duda, el más potente afrodisíaco?



Incluso me ha ocurrido, en ocasiones, que una mujer de belleza convencional me resulta más atractiva si la caracterizan de manera anómala (alguien sin imaginación diría que la desfiguran, cuando lo que hacen es hacer más sugerente y compleja una corrección de rasgos quizás demasiado esquemática). Así, una actriz que nunca me ha dicho nada, Helena Bonham Carter, con su rostro de muñeca pepona, me fascinó caracterizada de pariente simia de Michael Jackson en el film de Tim Burton. Y otra actriz, Nicole Kidman, que sí me encandila con su esplendor pelirrojo y su talle juncal, me resulta aún más atrayente con el perfil hipertrófico con que la han transformado para su encarnación de la creadora de Orlando.


Pero ese dulce ensueño que a algunos nos suscitan las
anómalas (medio inocencia animal, medio regreso a la infancia, medio misterio
alien, medio frenesí de tira cómica... en resumen, búsqueda de una carne que
huela a Arcadia primigenia y no a Metrópoli terminal) a veces se torna hiel
cuando la criatura de marras resulta ser una mujer araña. Es decir (y sé de lo
que hablo, porque a lo largo de los últimos seis años he tenido noticia –bien por
trato directo bien por conversaciones con terceras personas- de un
significativo número de ejemplares de esta especie), una sórdida intersección
(temperamentalmente hablando) entre la maestra solterona de «Picnic», las
hermanas de Marge y la paranoica del «Eye in the sky» dickiano. Sobrellevan sus
miserias tras el altar conjunto en honor de sus ídolas (lo que les gustaría
ser de mayor): la Faye Dunaway de «Network», la Liz Taylor de «¿Quién teme
a Virginia
Wolf?», la Bette Davis de «El aniversario» o la Glenn Close
de «Las amistades peligrosas» (aunque, si les preguntan, opten por sacar a
colación a Dorothy Parker, que suena más cool). Hechuras, trazas, facciones,
carne llena de vida interior y personalidad a compartir, pero carne rechazada
(en secuencia similar a la anorexia) por sus dueñas, rehenes del autoodio y de
la obsesión por olvidarse del cuerpo, o por cambiarlo en algún impersonal
estándar ajeno a su psique, o por exhibirlo pero en plan anticlimático (cierta
megavixen de la literatura española reciente funciona así -«¿A que doy mal
rollo, a que soy un saco de patatas?: pues tomad dos tazas... Para eso he
triunfado»-, en una actitud que siempre asocio con esa imagen apocalíptica
de Patty y Selma a caballo emulando a Lady Godiva).

Intentan escapar de sus demonios bien relacionándose sólo
con hombres incapaces de desearlas (pues se repugnan tanto a sí mismas que
consideran insultante que alguien las encuentre atractivas), bien
autoinculcándose prácticas lésbicas de circunstancias (en plan carcelario –a
falta de pan...-) que, en el fondo, no sienten sino como sucedáneo (degradando
la propia esencia –mucho más profunda y hermosa- de la empatía sentimental
entre mujeres). El desgraciado o desgraciada a merced de estas elementas sólo
puede, como la araña macho, esperar un sin fin de humillaciones, desplantes,
venenosa condescendencia y torturas psicológicas, pues, con sus atenciones y
buen rollo, lo único que logra es exasperar aún más el feedback de mala hostia
de la hembra en cuestión, quien sólo alcanzará algo mínimamente parecido al
goce libando del sufrimiento de su partner, reducido a mero sparring emocional
(aquí la mención hecha antes a la Rosalind Russell de «Picnic» resulta
especialmente oportuna).


La mujer araña, como la anoréxica, no nace sino que se hace
por el entorno. En los últimos veinte años, con el culto al cuerpo, la
politización solipsista de las relaciones sexuales en toda una serie de lobbies
estancos, y la progresiva deriva cínica de los impulsos de liberación femenina al
grito de «la mujer tiene derecho a ser tan hija de puta como el varón»,
las conquistas realizadas en los últimos 60 y primeros 70 en nombre del amor
libre, la amplitud de criterio en torno a la belleza del cuerpo, inmensa y muy
vinculada a la vida interior que cada quisque albergaba, todo eso (expresado en
su momento a tres bandas por la fraternidad hippie, por el delirio orgónico y
por la camaradería activista del extremismo político de izquierda) muta
ominosamente en una lógica privatizadora, cocoonista, ferozmente competitiva,
del deseo y sus representaciones, acorde con el enfoque neoliberal que va
empapándolo todo. En el último par de décadas se nos ha ido mostrando cada vez
más gente arbitrariamente fea y más gente tediosamente guapa: de la quema de
sostenes y exhibición naturista de muy diversos volúmenes, se pasa a la tiranía
de la silicona, la liposucción, el gimnasio y los rayos UVA. Ya no hay comunas,
ni guerrillas, ni sexólogos visionarios: hay limosneras y mentirosas ONGs,
culto a lo privado y sexo seguro. Todo es públicamente más correcto que
en los turbulentos años de Ken Kesey, Wilhelm Reich y el SLA pero los armarios
de cada cual están llenos de bilis, de larvas de Mr Hyde dando pataditas, como
en la más tópica época victoriana.

Vivimos una situación entrópica mitad Sodoma mitad Bizancio:
hipócrita hasta la saciedad en toda esta puñetera dinámica de la bondad por
decreto y el culto idólátra a la noción de Derecho como péndulo hipnotizador
para mejor controlar a la base social; y pregonera de un falso hedonismo tan
condicionado y afeitado de cuerna como la felicidad aparente de los
lobotomizados, tras la cual sólo existe el vacío más abyectamente conformista.
Desde esa herencia ciberboba de los salones dieciochescos que son los chats
apenas se dice nada interesante y el personal (como señalaba Ortega respecto al
declive del Imperio Romano) cada día está más tonto, emulando para peor las
subrutinas de los ordenadores, esterilizando la sobrecarga de información que
(como la sobrecarga que supuso en su momento para los empelucados huéspedes de
los salones el enciclopedismo ilustrado) sólo tendrá sentido en la catástrofe,
cuando las pasiones salten y la sociedad arda, barbarizada,
sansculottada,
dispuesta de nuevo a amar al borde de un fin de ciclo. Ningún polvo mejor que
el celebrado a la vera de la guillotina
o aspirando los humeantes rescoldos de las babeles gemelas. Porque solamente un
cataclismo puede redimir a las mujeres araña, a esas falsas feas con aguijón,
de su tristeza íntima, irreductible (tan yermo su corazón como el desierto de
los tártaros cuando alguna vez estuvo en situación de albergar –por carisma,
por agudeza, por complejidad e intensidad de sentimientos- todo un vergel) y
reconciliarlas con el mundo de los Popeyes, de quienes nos negamos a
convertir el deseo en un campo de batalla o un jardín de los suplicios porque
sólo buscamos y ofrecemos respeto, confianza y compañía.