(aquí se
recogen, de los textos que publicó Fernando Márquez en el diario «ABC»
-1984/88-, los más imprevisibles e
incomprendidos en su momento)
SAGA/FUGA DE
NORMAN TRAVIS
Canción de Navidad
Piensa
en Moira, la joven encargada del drugstore. Ella es la mujer de sus sueños.
Hubo un conato de relación pero, nada más empezar, la cosa se cortó como la
mayonesa. La chica pisó el freno cuando Norman le confesó sus sentimientos.
Intuición femenina, seguramente. El quedó destrozado.
Pero
Nueva York es un pañuelo irónico y cruel. Una o dos veces al mes, Moira coge el
taxi de Norman. Ella no parece inmutarse, pero para el conductor estos
trayectos resultan mortificantes.
Norman
sonríe. Recuerda la mañana en que Ronald Kennedy, en plena campaña, subió a su
vehículo y le preguntó cómo veia el panorama del país. El taxista, por única
respuesta, le mostró su badge de Mishima con mueca moral de pantera. El
candidato, lívido, saltó del coche dando traspiés.
Norman
estrella sus tensiones contra la acolchada indiferencia de la sociedad. De
madrugada recorre los barrios más bajos con el Apocalipsis de San Juan en la
mano intentando redimir pecadoras. El principal objetivo de sus desvelos es
China Iris, la mujer más pública de la zona. China, fisicamenie, se parece
muchísimo a la desdeñosa Moira, salvo por el pelo rubio y las toneladas de
make-up. Norman le advierte de los peligros que corre su alma y ella le escupe
ráfagas de insultos demoníacos como «eunuco»
e «impotente».
Norman
no ceja en su labor pastoral. Regresa a su cuartucho del motel y medita nuevas
estrategias para enfrentarse a la ciudad nevada. No pone árbol ni belén, aunque
un par de arcángeles cowarditas velan a la cabecera de sus insomnios. Por unos
momentos sueña despierto con aceptar la invitación de su amigo Augustus, el
millonario tejano casado con una implicada en cierta masacre ritual de finales
de los 60.
Al
día siguiente vuelve a recorrer con su taxi el paisaje invernal. Junto a una
ferretería, Santa Claus canta «Noche de paz»...
(tercer domingo diciembre '86)
Objetos que pueden hallarse en el cuarto de Norman Travis
Tras
publicarse mi semblanza sobre Norman Travis «Canción
de Navidad», se han constituido en distintos lugares de la península
varios clubes de fans, dedicados a glosar la figura del taxista vigilante y
pastoral. A petición de uno ellos escribo este apéndice.
En
el cuarto de Norman, además de los arcángeles cowarditas que velan sus
insomnios, hay mil cosas más. Nada de ello es posible de encontrar en España y
seguro que hasta en Nueva York no es fácil de conseguir tanto objeto
inquietante. Por ejemplo:
Un
poster (3 por 2,5 metros) representando el cuadro de Magritte «Hommage a Mack Sennett». Sobre el espejo
pintado
Un
celacanto disecado, en cuya boca entreabierta anida una comuna de lepismas.
Un
banderín de seda púrpura con la siguiente frase de Paul Schrader escrita en
ideogramas dorados como el sol recién nacido: «Luchar
por el respeto propio».
Una
escultura hiperrealista representando un montón de discos apoyados contra un
hada vestida con gabardina. El material empleado, un sucedáneo plástico del
mármol de Carrara. Entre los discos puede encontrarse desde una banda sonora de
John Carpenter (recogiendo los temas centrales de «La noche de Halloween» y «Asalto
a la comisaría del Distrito 13» a lo primero de Patti Smith, pasando
por alguna cosa de Kim Fowley y éxitos de las Shangri-Las. El hada en gabardina
se parece a Moira (es decir, a China Iris).
Un
affiche del filme que Yukio Mishima y Robert Mitchum rodaron juntos. Una
historia de gángsters a la japonesa».
Mucha violencia, nada de sexo y cierta poesía.
Un
recorte de revista con el texto: «Su padre,
Robert de Niro Sr, era un pintor abstracto con un tema obsesivo durante muchos
años...».
Junto
al recorte, una diminuta foto de Greta Garbo perteneciente al filme «Anna Christie».
Ya
está bien por hoy, fans de Norman. En otra ocasión seguiré contándoles
quísicosas secretas de su ídolo.
(primer domingo marzo '87)
Los arcángeles escondidos en la alcoba
Adamantis,
en tanto, se siente feliz al lado de Norman. Resulta mucho más divertido
guardar las espaldas de un psicópata vigilante y pastoral como Travis que
seguir los pasos de un opositor empedernido como Tobías, cuya única concesión a
lo imprevisto consiste en ser atacado de cuando en cuando por los platos de
pescado que gusta pedir.
El
seguro (agencia Blavatsky) podría compensar económicamente al pobre Higueruelo
la pérdida de Adamantis; pero, eso sí, tras una concienzuda investigación. Se
encargaría de la misma el querube sabueso San Tejero (canonizado por El Palmar
de Troya en su momento), única criatura angélica con bigote, ya intuida por
Eduardo Haro íbars en una de sus obras de erudición.
Tobías,
despechado, prefiere finalmente olvidar el asunto y pedir a la agencia otro
custodio, a ser posible más a su medida. Adamantis siempre estaba en las nubes.
No comprendía la importancia de su incontinencia opositora y se pasaba las
horas suspirando por «la imaginación»,
«la aventura», «el heroismo» y otras estupideces por el
estilo. Vivir entre fantasías es la manera más rápida de perder tu puesto en la
sociedad. Así piensa Tobías Higueruelo, un hombre que sabe lo que se hace.
Norman,
en su cuartucho de motel, mecido por la plumosa presencia de Adamantis
(idéntico cuando sonríe a Grace Keiiy), hay ocasiones en que no puede reprimir
un bostezo y hasta echar una cabezadita. Incluso llega a olvidarse de la
ingrata China Iris y de la pecaminosa urbe que tiene ante sí.
¿Abandonará
su tarea vigilante y pastoral y se largará a Frísco con su corte cowardita? ¿O
antes se hundirá Frisco bajo las aguas (en justo pago a su iniquidad) y,
recibido el aviso tectónico, nuestro taxista seguirá avizorando dale que te
pego con el Apocalipsis? Permanezcan atentos a su observador.
(último domingo marzo '87)
El alma de...
«Huyes constantemente de ti mismo, quieres ser distinto de
lo que eres», le dice Moebius a
Weininger en la obra de Sobol.
«Se rurnorca que será la mayor concentracion nazi. Eu- dora
Fletcher tiene la esperanza de que Zelig asista y de que al encontrarlo pueda
despertar en él los sentimientos que él siempre manifestó hacia ella.» («Zelig»,
de Woody Allen).
Norman
Travis (¿recuerdan?: el mítico taxista que escapó a Frisco con Adamantis, su
arcángel custodio) ha vuelto por unos días a ésta su urbe. El hombre parece
cambiado, así corno un algo más armónico. Debe seguir terapia de autoanálísis o
cosa por el estilo (intuyo que Adamantis ha tenido que ver en ello). Le
pregunté qué tal le iba en la ciudad condenada al seísmo o al SIDA (a elegir) y
me dijo que está tan ocupado en absorber experiencias junto a su seráfico
iniciador que no tiene ni tiempo para plantearse esa pregunta.
-Querido Otto: Te pasa como a la Reina en «Blancanieves». Siempre te faltó sentido
del humor.
Con
esta frase de Woody Allen concluyó el debate. Norman y su arcángel, muy
impresionados, discutieron sobre ello durante horas. Obviamente, la starlette
tuvo que volver a casa en tranvía.
(último domingo octubre '87)
CEMENTERIO DE ELEFANTES
«-What’s your name?
-Eve.»
(Kim Fowley)
(segundo domingo octubre '87)
IDILIO
No era otro que Luis Coseno, diseñador de
zoótropos y reportero de sucesos en sus horas tontas, quien trastabilló el
corazón de la joven adivina, la cual, dispersa la concentración, pronosticó al
intrépido Carter un inminente embarazo, seguido por una petición de extremidad
del maharajá de Kapurtala.
Cuando Coseno abandonó el despacho, Venera se le
subió al sombrero y le ofreció sus servicios como sabuesa para lo de los
sucesos y como modelo para los zoótropos. El hombre, con ademanes de bon vivant
(esto es, alargando el mentón a lo George Sanders), la invitó a una recoleta
chocolatería: Venera, el descubrir la gemelez de sus hábitos, cayó (mejor
dicho, no cayó porque se agarró a la pluma del sombrero) en trance.
Han pasado los meses. Hoy Venera y Luis comparten
un suntuoso estudio en el bulevar de las Abubillas. Siguen con el soconusco
humeante, pero Venera ha abandonado el botijo por el método de su otra mitad:
la manga de riego, mucho más lúdico y espectacular.
Eso sí, no ganan para papel pintado.
(segundo domingo marzo '87)
MOMENTO ORIENTAL
Acechamos el amanecer. Aprendemos a rezar. Yo
muerdo tus hombros frutales. La mermelada del desayuno chorrea por las colinas
que tenemos enfrente.
Los amantes pasean por la Muralla china sin
detenerse hasta que llega la noche: entonces, refugiados en una garita,
discuten alegremente so bre los platos a cenar y uno da de beber al otro buches
de licor antes de perder la noción de la realidad paralela en que viven y pasean
sin detenerse hasta que llega la noche.
El Maestro escribe. Lo hace con tiras de carne
humana -muy blanca- dispuestas en artístícos ideogramas. El Maestro añora,
mientras escribe, a la muchacha escandinava que vivía en la habitación
contigua.
He sobrevivido, aunque empapado, a más de cien tsunamis.
La arena se pegaba a tus muslos cuando leíste la carta. No hay perdón posible
para quienes no desean el perdón.
La mujer sentada junto a la ventana consigue
escapar a la lámpara de neón. Cada hora que logra vencer tras la máquina
resulta más hermosa. Y la ciudad, muy por debajo de sus pies (veinte o treinta
pisos por debajo de sus pies), también es hermosa. Como una gigantesca mascota,
monstruosa pero dócil, animal de confianza, hombre de claves, libro de
compañía.
La nueva reina de las hadas tiene rostro de
cervatillo. Su piel y su camafeo son blancos, así como su gabardina. Sus
cabellos, sus ojos y sus botas brillan anticipando cualquier apagón general. Su
paso rápido, en dirección a la boca del Metro, puede hacer vacilar a los
presidentes, a los monjes y guerreros...
La mujer sentada junto a la ventana mira
fijamente a la calle. Siente envidia de la diminuta reina de las hadas. Mira
alternativamente al sol (que ya pasó la pubertad) y a la muchacha de la
gabardina. Pero al final es la máquina quien decide.
El Maestro y su amante, juntos en la garita, en
mitad de la Gran Muralla, se disponen a cenar. Alguien los observa desde un
rascacielos, a años luz de distancia. Y sufre.
(segundo domingo febrero '85)
DEJA VU
(Un día de estos se cumplirá un nuevo aniversario
de mi primer encuentro -como lector- con Stephen King; el libro era la
colección de cuentos «El umbral de la noche»
y había un cuento en particular...)
Hay un muchacho en la esquina
del pueblo abandonado. Hay un muchacho sosteniendo la esquina de ese pueblo
abandonado. Las hileras hablan quedo, apenas susurrando. Hay polvo en la barra
del bar. A la derecha, un cartel descolorido muestra precios anacrónicos. El
cielo .presenta un color atronador, implacable, ajeno a toda elusión. Una osamenta
de vaca se muere de risa junto al patio de la escuela. Un niñito y una niñita,
pelirrojos, juegan con dardos y una piel de gato, tensa, por diana. Sus risas
hieren el ambiente.
La mirada de una adolescente atraviesa los
mundos. Extensiones sin límite de maíz cultivado (¿por quién?), cuya altura
dobla la de un muchacho. la ferretería parece desvalijada: no se ven podadoras,
ni hachas, ni cuchillos de carnicero, ni guadañas... Hay, sí, dos guadañas
cruzadas que alguien colgó sobre la puerta de la iglesia. No hay polvo en el
templo: es el único - lugar del pueblo donde parece existir alguna clase de
presente (¿pero qué presente?).
¿Qué artero azar nos llevó a toparnos con el
libro de King? ¿Por qué precisamente debía encontrarse en el libro ese pueblo,
abandonado salvo por la gente menuda? ¿Cómo podemos recordar sus calles desde
la primera lectura y desde antes? Bebemos agua. El agua única que se bebe en
las madrugadas para adormecer los sobresaltos de un sueño imprevisto. Se oye,
espantosamente cerca, el rugido del camión recogebasuras.
Volvemos a acostarnos. Resignados a la certeza de
reencontrarnos con el instante interrumpido en ese pueblo. Donde ya hemos
estado antes.
(sábado 18 julio '87)
BLUE-JEANS
(¿LA VIDA ES UN SPOT?)
El joven tejano pasea
por el desierto a medianoche. Sombras de plantas suculentas se dibujan por su
torso desnudo. La luna distrae su cuarto menguante con estas «chinoisseries».
Se acerca el muchacho
hasta el surtidor y apoya su brazo junto a la manguera. Allí deja libre su mirada
gris, que se lanza a galopar acariciando el horizonte con las yemas de sus
pupilas. A su alrededor se mueven los animales noctívagos: una serpiente la
muerde y muerde sólo el polvo, efervescente de hongos que brillan; una rapaz
diminuta de ojos redondos la hace frente desde un cactus y por un ratito
dialogan; coleópteros comedores de carne muerta eligen penosamente el menú...
El joven tejano
abandona el surtidor y se acerca con zancadas insolentes al armatoste
repartidor de Coke. No introduce una sola moneda: se limita a patear con
precisión oriental en determinado punto. Al instante, una botella
característica baja hasta sus manos. El casco helado le golpea torpe más abajo
del cinturón y el joven prorrumpe en una carcajada interior de oscuras y
venales añoranzas.
La luna, en cuarto
menguante, sigue con sus juegos chinescos.
(primer
domingo octubre '87)
CRUZA, DOMA, HEE, COW!!!
(escrito en plena digestión de un film de Russ Meyer)
Hipermoira es mortal.
Lleva en su cuenta más de cien octogenarios forrados de millones acosados
sexualmente, derribados y heredados. Ciñe sus imposibles medidas en riguroso y
recochineante luto. Hoy llega a Femalibú, donde espera seducir al simpatiquísimo
Tutankamón Cucufate, prestigioso animador con su orquesta de las fiestas del
Pleistoceno.
Culombina
D'Agrigento, la sobrina secreta de la estanquera de «Amarcord». Descubierta en una trattoría napolitana por Sammy
Davis Jr. y hoy ahijada predilecta del clan Sinatra. Ha rodado algunos filmes
(a recordar «Ninfomanía frustrada en
Wisconsin» -junto a Dean Martin y Jack Nicholson- y «La perdida y el buscavidas: un encuentro» -junto al eterno Frankie-). También
juega en la Bolsa y siempre gana con creces. El boss comienza a considerarla
como una posible delfina.
MacroLinda. La reina
de las tallas especiales. Máxima estrella de la televixión en relieve. Un verdadero monstruo, en sentido
real y figurado, que causó gran escándalo en Miami al decir que, a su lado,
Rocío Jurado estaba lisa como una tabla de surf.
Estas cuatro
megatronas han sido reclutadas por la ACME para servir de nodrizas al senil y
eternicio presidente de las islas Tampax (antigua Guayana Luxemburguesa),
quien, por razones de salud, ha de volver a la dieta primigenia (como si de un
monarca luso se tratara). La radio clandestina No señó, é un luná ha criticado la medida y ha usado los más
duros epítetos contra el presidente: «Ahora
no podrán acusarnos de jugar con las palabras: el dictador es un mamón».
(abril
'86)
EL BURDEL DE LAS
PALABRAS
Decidieron echar una
cana al aire. Eran las fiestas que ponen y quitan años y las familias aún
estaban en la provincia alrededor de algún pariente gotoso o agonizante,
ayudándole a acelerar el último tránsito con su pesadez disfrazada de
solicitud.
Les llamó la atención
un establecimiento de curioso nombre: La Academia. Se hallaba en uno de los
barrios más señoriales. Mientras se dirigían a este profano edén no paraban de
hacer toda clase de bromas sobre lo mucho que les iba a enseñar La Academia.
Llegaron. Se toparon
con un palacete de aspecto respetabilísimo que más parecía sede de alguna
institución trascendente que de una casa de placer. Pero las mujeres apostadas
por las esquinas o acechantes en la fachada del edificio no dejaban lugar a
dudas en cuanto a su auténtica condición.
Eran criaturas
tremendamente seductoras, con un porte entre altivo y nielancólico que parecía
revelar un pasado esplendor, por completo distinto a la situación actual.
Tenían nombres extraños y sugerentes: Raza, Libertad, Tradición, Patria,
Fraternidad, Etica, Moral, Paz o Utopía; estas dos últimas, las más jóvenes y
recientes.
La noche pasó entre
risas, añoranzas, alcohol, conversaciones elevadas y algún que otro estallido
de pasión. Nada que ver con lo habitual en este tipo de establecimientos.
Aquellas mujeres agradecían a la pandilla de «Rodríguez»
su ingenuidad, su sorpresa, su respeto ante la «clase» que aún brillaba bajo la
degradación. No quisieron aceptar dinero. Se sentían conmovidas, liberadas por
una noche de su asco perpetuo.
Pero unos macarras
las obligaron a cobrar y, acto seguido, les arrebataron el dinero. Ellos
controlaban todo allí. Ellos las habían conducido a la prostitución. Ellos
habían tirado la fe que les mostraron por alguna cloaca.
Al irse, nuestros Rodríguez no pudieron dejar de notar una
estremecedora coincidencia: todos aquellos chulos tenían cara de... famosos
personajes de la política.
(último
domingo diciembre '84)
ALASKA
El mundo la arropa,
¿sorprendido? ¿harto?
¿Alaska, de paso, o acaso es
espía?:
¿viene a hacer turismo o es de
la CIA?
Alaska,
soñando un amor imposible,
es Emily Bronte con un
imperdible,
clavado en el alma, que ella
disimula
ante un respetable que insulta y adula.
Alaska
desea sentirse española.
Prefiere el cilicio a la bata
de cola.
Alaska, princesa de ninguna
parte,
cultiva sus horas por amor al
arte.
Alaska
maquilla su filosofia,
sus uñas, sus pelos, su
físonomía.
Oculta un suspiro en la caja
encantada
y sale a la calle a por otra
jornada.
(tercer domingo marzo '86)
MINESTRONE
«Life is a minestrone served up with
parmesan cheese.» (10 CC)
Joyas funcionales aparcan a la
mismísima vera del cromático jolgorio, y de su fondo tapizado con pieles de
fieras salen más siluetas hiperactivas que añadir a la confusión. Los planetas
planos hace rato que comenzaron a ser mancillados por la juventud asteroide que
lanza a volar sus platillos favoritos, los cuales suelen aterrizar en las
atinadas fauces de las mascotas (daneses, dobermann, algún afgano desconocido
en su prisa por hacerse con un piscolabis). Desde la terraza en que me hallo
disfruto de las alucinaciones que me trae la poca visión y aprovecho una
oportuna entrada del camarero para bañarlas en zumo de algo indefinible pero
delicioso.
El sol, machote y deportista, practica
sus ejercicios de mediodía sobre la ciudad y uno le mira de reojo a ver si en
un par de mañanas inútiles nos retinta la palidez hasta agitanarnos como en los
veranos de infancia. La avioneta, anunciando esas bobadas que sólo pueden
anunciarse con avioneta, roza con su ala el borde de mi atención. Alguien
prueba a saludarme, pero, amparado en mi premeditada y momentánea cegatez, me
dejo llevar por el demonio de la grosería. El voraz tumulto de abajo continúa,
ya en los postres, y las mascotas bostezan ahítas de objetos volantes
perfectamente identificados. ¡Uy!, qué soñarra me está entrando...
(primer domingo agosto '85)
LA MAS GRANDE
ESTRELLA
«Ni que
decir tiene que no me disgustaría ser rica y famosa. Eso entra de lleno en mis
planes y algún día trataré de conseguirlo; pero, si eso sucede, quisiera llevar
conmigo a mi ego.» (Holly
Golightly)
De cuando en cuando,
indolente, soplaba el flequillo que se derramaba sobre sus ojos y, moviendo la
cabeza hacia atrás, agitaba la cola de caballo recogida con un lacito lila. La
luz de atardecer alteró su habítual palidez y le sacó los colores.
Su gato sin nombre seducía a
maullidos quedos a una minina forastera manchada de calicó. Los dos bichos
sabían perfectamente cómo sacarle el jugo al melancólico tarareo ambiental.
Benjie, el viejo negro de la casa de enfrente, se asomó al patio y saludó.
Después, regó su bonsai: un ciprés del bayou chapoteando en un orinal estampado
con orquídeas.
Ella dejó de tocar. Sacó del
pantalón un pitillo extralargo y un mechero de jade. El viejo Benjie reía a
gritos. Hablaba solo otra vez. 0, quizá, con su arbolito. El patio parecía
completamente teñido de rojo. Miré el reloj: Vera se retrasaba.
Ella lanzaba al cielo
escarlata finas bocanadas de humo. Yo reprimí un bostezo. los gatos habían
desaparecido. Nuestras miradas se cruzaron. Me saludó apuntándome con su
larguísimo índice. Le devolví el gesto esbozando una mueca.
Sonó el tiembre. Vera,
seguramente. Di la espalda a la ventana. Me topé con el espejo del armario, pero no me vi. Ella reanudó
su tarareo. Oí al viejo Benjie aplaudir. No cabía duda: era la más grande
estrella.
(primer sábado
agosto '87)