abc

 

 

(aquí se recogen, de los textos que publicó Fernando Márquez en el diario «ABC» -1984/88-,  los más imprevisibles e incomprendidos en su momento)

 

 

SAGA/FUGA DE NORMAN TRAVIS

 

Canción de Navidad

 

Norman Travis recorre con su taxi la ciudad nevada.

Piensa en Moira, la joven encargada del drugstore. Ella es la mujer de sus sueños. Hubo un conato de relación pero, nada más empezar, la cosa se cortó como la mayonesa. La chica pisó el freno cuando Norman le confesó sus sentimientos. Intuición femenina, seguramente. El quedó destrozado.

Pero Nueva York es un pañuelo irónico y cruel. Una o dos veces al mes, Moira coge el taxi de Norman. Ella no parece inmutarse, pero para el conductor estos trayectos resultan mortificantes.

Norman sonríe. Recuerda la mañana en que Ronald Kennedy, en plena campaña, subió a su vehículo y le preguntó cómo veia el panorama del país. El taxista, por única respuesta, le mostró su badge de Mishima con mueca moral de pantera. El candidato, lívido, saltó del coche dando traspiés.

Norman estrella sus tensiones contra la acolchada indiferencia de la sociedad. De madrugada recorre los barrios más bajos con el Apocalipsis de San Juan en la mano intentando redimir pecadoras. El principal objetivo de sus desvelos es China Iris, la mujer más pública de la zona. China, fisicamenie, se parece muchísimo a la desdeñosa Moira, salvo por el pelo rubio y las toneladas de make-up. Norman le advierte de los peligros que corre su alma y ella le escupe ráfagas de insultos demoníacos como «eunuco» e «impotente».

Norman no ceja en su labor pastoral. Regresa a su cuartucho del motel y medita nuevas estrategias para enfrentarse a la ciudad nevada. No pone árbol ni belén, aunque un par de arcángeles cowarditas velan a la cabecera de sus insomnios. Por unos momentos sueña despierto con aceptar la invitación de su amigo Augustus, el millonario tejano casado con una implicada en cierta masacre ritual de finales de los 60.

Al día siguiente vuelve a recorrer con su taxi el paisaje invernal. Junto a una ferretería, Santa Claus canta «Noche de paz»...

(tercer domingo diciembre '86)

 

Objetos que pueden hallarse en el cuarto de Norman Travis

 

Tras publicarse mi semblanza sobre Norman Travis «Canción de Navidad», se han constituido en distintos lugares de la península varios clubes de fans, dedicados a glosar la figura del taxista vigilante y pastoral. A petición de uno ellos escribo este apéndice.

En el cuarto de Norman, además de los arcángeles cowarditas que velan sus insomnios, hay mil cosas más. Nada de ello es posible de encontrar en España y seguro que hasta en Nueva York no es fácil de conseguir tanto objeto inquietante. Por ejemplo:

Un poster (3 por 2,5 metros) representando el cuadro de Magritte «Hommage a Mack Sennett». Sobre el espejo pintado del armario, Norman ha colgado un espejo real, con lo cual se riza el rizo del trompe I'oeil.

Un celacanto disecado, en cuya boca entreabierta anida una comuna de lepismas.

Un banderín de seda púrpura con la siguiente frase de Paul Schrader escrita en ideogramas dorados como el sol recién nacido: «Luchar por el respeto propio».

Una escultura hiperrealista representando un montón de discos apoyados contra un hada vestida con gabardina. El material empleado, un sucedáneo plástico del mármol de Carrara. Entre los discos puede encontrarse desde una banda sonora de John Carpenter (recogiendo los temas centrales de «La noche de Halloween» y «Asalto a la comisaría del Distrito 13» a lo primero de Patti Smith, pasando por alguna cosa de Kim Fowley y éxitos de las Shangri-Las. El hada en gabardina se parece a Moira (es decir, a China  Iris).

Un affiche del filme que Yukio Mishima y Robert Mitchum rodaron juntos. Una historia de gángsters a la japonesa». Mucha violencia, nada de sexo y cierta poesía.

Un recorte de revista con el texto: «Su padre, Robert de Niro Sr, era un pintor abstracto con un tema obsesivo durante muchos años...».

Junto al recorte, una diminuta foto de Greta Garbo perteneciente al filme «Anna Christie».

Ya está bien por hoy, fans de Norman. En otra ocasión seguiré contándoles quísicosas secretas de su ídolo.

(primer domingo marzo '87)

 

Los arcángeles escondidos en la alcoba

 

Adamantis Peláez, el arcángel custodio de Tobías Higueruelo (al que salvó de ser devorado por un mero a la plancha en cierto restaurante de Benidorm), debido a un cruce de cables teosófico (o quizá a algo peor), se ha unido a la corte cowardita que vela los insomnios de nuestro taxista favorito Norman Travis. El señor Higueruelo, tras consultar con su director espiritual, ha presentado una demanda en toda regla exigiendo la inmediata devolución de su arcángel.

Adamantis, en tanto, se siente feliz al lado de Norman. Resulta mucho más divertido guardar las espaldas de un psicópata vigilante y pastoral como Travis que seguir los pasos de un opositor empedernido como Tobías, cuya única concesión a lo imprevisto consiste en ser atacado de cuando en cuando por los platos de pescado que gusta pedir.

El seguro (agencia Blavatsky) podría compensar económicamente al pobre Higueruelo la pérdida de Adamantis; pero, eso sí, tras una concienzuda investigación. Se encargaría de la misma el querube sabueso San Tejero (canonizado por El Palmar de Troya en su momento), única criatura angélica con bigote, ya intuida por Eduardo Haro íbars en una de sus obras de erudición.

Tobías, despechado, prefiere finalmente olvidar el asunto y pedir a la agencia otro custodio, a ser posible más a su medida. Adamantis siempre estaba en las nubes. No comprendía la importancia de su incontinencia opositora y se pasaba las horas suspirando por «la imaginación», «la aventura», «el heroismo» y otras estupideces por el estilo. Vivir entre fantasías es la manera más rápida de perder tu puesto en la sociedad. Así piensa Tobías Higueruelo, un hombre que sabe lo que se hace.

Norman, en su cuartucho de motel, mecido por la plumosa presencia de Adamantis (idéntico cuando sonríe a Grace Keiiy), hay ocasiones en que no puede reprimir un bostezo y hasta echar una cabezadita. Incluso llega a olvidarse de la ingrata China Iris y de la pecaminosa urbe que tiene ante sí.

¿Abandonará su tarea vigilante y pastoral y se largará a Frísco con su corte cowardita? ¿O antes se hundirá Frisco bajo las aguas (en justo pago a su iniquidad) y, recibido el aviso tectónico, nuestro taxista seguirá avizorando dale que te pego con el Apocalipsis? Permanezcan atentos a su observador.

(último domingo marzo '87)

 

El alma de...

 

«Huyes constantemente de ti mismo, quieres ser distinto de lo que eres», le dice Moebius a Weininger en la obra de Sobol.

«Se rurnorca que será la mayor concentracion nazi. Eu- dora Fletcher tiene la esperanza de que Zelig asista y de que al encontrarlo pueda despertar en él los sentimientos que él siempre manifestó hacia ella.» («Zelig», de Woody Allen).

Norman Travis (¿recuerdan?: el mítico taxista que escapó a Frisco con Adamantis, su arcángel custodio) ha vuelto por unos días a ésta su urbe. El hombre parece cambiado, así corno un algo más armónico. Debe seguir terapia de autoanálísis o cosa por el estilo (intuyo que Adamantis ha tenido que ver en ello). Le pregunté qué tal le iba en la ciudad condenada al seísmo o al SIDA (a elegir) y me dijo que está tan ocupado en absorber experiencias junto a su seráfico iniciador que no tiene ni tiempo para plantearse esa pregunta.

Se ha contratado de chófer al servicio de una excéntrica starlette de origen judeoalemán, empeñada en afimar que es la mismísima reencarnación de Otto Weininger. Tuvo un escandaloso debate en TV con Woody Alien (éste, en dúplex desde su amatísima New York): fue tremendo, vestida de hombre, con el pelo corto y vizquearido de ira ante las apreciaciones de Woody, parecia la Streissand en «Yentl». En un determinado momento pretendió zanjar la discusión con el libro «Metafísica del sexo», de Julius Evola («el único que me supera» -repetía-), a lo que Woody respondió con un resumen de un guión inédito, en el cual Weininger, tras su suicidio, es condenado a vagar como judío errante y empaparse de los acontecimientos que «harían milenario su nombre» hasta 1945, de la inesperada creación y mantenimiento del estado mutante llamado Israel, de la neurosis cotidianamente asumida por los judíos menos utópícos asentados desde generaciones en (por ejemplo) Nueva York, de la nueva ola  derechista que entre SIDAS y milenarismos desempolva las viejas nociones tan caras a OW, de... Woody preguntó a la starlette travestida de Weininger cómo podria acabar su guión, pues «ella tenía la última palabra». La chica, entonces, se derrumbó con una llorera espantosa y recomendó a los televidentes un libro «que odiaba»: el texto de la pieza teatral «El alma de un judío», de Yehoshúa Sobol.

-Querido Otto: Te pasa como a la Reina en «Blancanieves». Siempre te faltó sentido del humor.

Con esta frase de Woody Allen concluyó el debate. Norman y su arcángel, muy impresionados, discutieron sobre ello durante horas. Obviamente, la starlette tuvo que volver a casa en tranvía.

(último domingo octubre '87)

 

 

 

 


CEMENTERIO DE ELEFANTES

«-What’s your name?

-Eve.»
(Kim Fowley)

 

Rodaste por todas las rutas de todos los paseos marítimos. Las palmeras seguían a lo suyo, a su baile particular, movidas por la brisa de los escualos. Alguien arrestó a un hombre por no ir a bordo de descapotable, sedán o cabriolé. Los aspersores rociaban con ácido (¿nítrico?, ¿lisérgico?, ¿desoxirribonucleico?) el perfil de los voyeurs surgidos de alguna dimensión inferior. Los perros lanosos triscaban por el césped y las avispas tejían alambradas de espino con su vuelo borracho, insolente, amenazador. El viejo cómico, reteñidos sus cuatro pelos, vistiendo harapos chillones y mostrando al sol de mediodía la dignidad del rídículo, se descalza de sus zapatos de claqué para caminar sobre la arena. El bar That’s Incredible tiene un joven bicéfalo como blasón («nos enterrará a todos», dice la leyenda). Como un huevo de brontosaurio, la roulotte de Pebbles y su amante Heathcliff (hijo secreto de un hijo secreto del abuelo de los Jacksons) reposa sobre un parterre. Pebbles es la muchacha más pelirroja del cosmos y, enfundada en un albornoz turquesa de su partner, prepara un desayuno electrodoméstico, vitaminizado, mineralizado y un algo cereal. En el vertedero, al final de la gran playa, los parias de la costa Oeste, aferrados con una mano a esa bolsa de papel que huele a licor, hurgan con la otra y pueden encontrar sin demasiado problema restos de carrocerías de color grosella, un brazo incorrupto de Jim Morrison, asientos de motocicletas, páginas desgarradas de revistas porno, folletos de los que firma Moisés David, un tenderete de helados cubierto de moho mutante (se supone que el moho decente no ataca a los plásticos), discos rotos de Percy Faith, colecciones enteras del «Reader's Digest», pechos postizos, dentaduras postizas, ratas como terriers devorando una camada entera de siameses, badges electorales de Reagan, una Biblia de Gutenberg que alguien arrojó como gesto de protesta por sabe Dios qué, tresillos horrendos, juegos de cama, de luz, de agua, de azar, ordenadores, hornillos eléctricos, una bañera repleta de orquídeas medio descompuestas perfumando la sinrazón ambiente, osamentas de expositores de hipermercado, periódicos (muchos), letrinas de ámbar y ónice, maniquíes con manzanas de cera en las manos... Seguirás rodando por todas las rutas de todos los paseos marítimos hasta que Pandora resurja de las aguas y te libere (¿te libere? - se pregunta Julius Marx haciendo visajes-).

 

(segundo domingo octubre '87)

 

 

 


IDILIO

Venera Lomas, la oniromántica favorita del magazine «Patroclo’s News», sólo tenía un vicio, aunque inconfesable: tomar el soconusco humeante en botijo. Por lo demás, su comportamiento era pulquérrimo, intachable y correctísimo. Pero cuando le daba por el chocolatamen, con el mal pulso que siempre tuvo y lo enorme del botijo, se ponía hecha un as quito. Un día, cuando interpretaba los sueños de Randolph Carter, el popular globe/trotter que llegó a la Antártida sobre un solo pie (el otro se le glaceó en pleno estrecho de Magallanes), Venera quedó prendadísima del desconocido que entraba en el despacho del redactor jefe.

No era otro que Luis Coseno, diseñador de zoótropos y reportero de sucesos en sus horas tontas, quien trastabilló el corazón de la joven adivina, la cual, dispersa la concentración, pronosticó al intrépido Carter un inminente embarazo, seguido por una petición de extremidad del maharajá de Kapurtala.

Cuando Coseno abandonó el despacho, Venera se le subió al sombrero y le ofreció sus servicios como sabuesa para lo de los sucesos y como modelo para los zoótropos. El hombre, con ademanes de bon vivant (esto es, alargando el mentón a lo George Sanders), la invitó a una recoleta chocolatería: Venera, el descubrir la gemelez de sus hábitos, cayó (mejor dicho, no cayó porque se agarró a la pluma del sombrero) en trance.

Han pasado los meses. Hoy Venera y Luis comparten un suntuoso estudio en el bulevar de las Abubillas. Siguen con el soconusco humeante, pero Venera ha abandonado el botijo por el método de su otra mitad: la manga de riego, mucho más lúdico y espectacular.

Eso sí, no ganan para papel pintado.

 

(segundo domingo marzo '87)

 

 

 

 


MOMENTO ORIENTAL

Acechamos el amanecer. Aprendemos a rezar. Yo muerdo tus hombros frutales. La mermelada del desayuno chorrea por las colinas que tenemos enfrente.

Los amantes pasean por la Muralla china sin detenerse hasta que llega la noche: entonces, refugiados en una garita, discuten alegremente so bre los platos a cenar y uno da de beber al otro buches de licor antes de perder la noción de la realidad paralela en que viven y pasean sin detenerse hasta que llega la noche.

El cielo que cubre las maravillas del mundo parece ruborizado o congestionado con nuestra presencia. Debe ser algo grave, pues, al rato, como si sufriese un síncope, acaba por apagarse.

El Maestro escribe. Lo hace con tiras de carne humana -muy blanca- dispuestas en artístícos ideogramas. El Maestro añora, mientras escribe, a la muchacha escandinava que vivía en la habitación contigua.

He sobrevivido, aunque empapado, a más de cien tsunamis. La arena se pegaba a tus muslos cuando leíste la carta. No hay perdón posible para quienes no desean el perdón.

La mujer sentada junto a la ventana consigue escapar a la lámpara de neón. Cada hora que logra vencer tras la máquina resulta más hermosa. Y la ciudad, muy por debajo de sus pies (veinte o treinta pisos por debajo de sus pies), también es hermosa. Como una gigantesca mascota, monstruosa pero dócil, animal de confianza, hombre de claves, libro de compañía.

La nueva reina de las hadas tiene rostro de cervatillo. Su piel y su camafeo son blancos, así como su gabardina. Sus cabellos, sus ojos y sus botas brillan anticipando cualquier apagón general. Su paso rápido, en dirección a la boca del Metro, puede hacer vacilar a los presidentes, a los monjes y guerreros...

La mujer sentada junto a la ventana mira fijamente a la calle. Siente envidia de la diminuta reina de las hadas. Mira alternativamente al sol (que ya pasó la pubertad) y a la muchacha de la gabardina. Pero al final es la máquina quien decide.

El Maestro y su amante, juntos en la garita, en mitad de la Gran Muralla, se disponen a cenar. Alguien los observa desde un rascacielos, a años luz de distancia. Y sufre.

 

(segundo domingo febrero '85)

 

 

 


DEJA VU  

(Un día de estos se cumplirá un nuevo aniversario de mi primer encuentro -como lector- con Stephen King; el libro era la colección de cuentos «El umbral de la noche» y había un cuento en particular...)


Hay un muchacho en la esquina del pueblo abandonado. Hay un muchacho sosteniendo la esquina de ese pueblo abandonado. Las hileras hablan quedo, apenas susurrando. Hay polvo en la barra del bar. A la derecha, un cartel descolorido muestra precios anacrónicos. El cielo .presenta un color atronador, implacable, ajeno a toda elusión. Una osamenta de vaca se muere de risa junto al patio de la escuela. Un niñito y una niñita, pelirrojos, juegan con dardos y una piel de gato, tensa, por diana. Sus risas hieren el ambiente.

Nos despertamos. Hemos estado en ese pueblo antes. Con Stephen King. Encontramos aquel libro del modo más casual, en un cajón de volúmenes usados. Ya en la primera lectura, las palabras impresas se nos antojaban recuerdos.

La mirada de una adolescente atraviesa los mundos. Extensiones sin límite de maíz cultivado (¿por quién?), cuya altura dobla la de un muchacho. la ferretería parece desvalijada: no se ven podadoras, ni hachas, ni cuchillos de carnicero, ni guadañas... Hay, sí, dos guadañas cruzadas que alguien colgó sobre la puerta de la iglesia. No hay polvo en el templo: es el único - lugar del pueblo donde parece existir alguna clase de presente (¿pero qué presente?).

¿Qué artero azar nos llevó a toparnos con el libro de King? ¿Por qué precisamente debía encontrarse en el libro ese pueblo, abandonado salvo por la gente menuda? ¿Cómo podemos recordar sus calles desde la primera lectura y desde antes? Bebemos agua. El agua única que se bebe en las madrugadas para adormecer los sobresaltos de un sueño imprevisto. Se oye, espantosamente cerca, el rugido del camión recogebasuras.

Volvemos a acostarnos. Resignados a la certeza de reencontrarnos con el instante interrumpido en ese pueblo. Donde ya hemos estado antes.

 

(sábado 18 julio '87)

 

 

 


BLUE-JEANS

(¿LA VIDA ES UN SPOT?)

 

El joven tejano pasea por el desierto a medianoche. Sombras de plantas suculentas se dibujan por su torso desnudo. La luna distrae su cuarto menguante con estas «chinoisseries».

Se acerca el muchacho hasta el surtidor y apoya su brazo junto a la manguera. Allí deja libre su mirada gris, que se lanza a galopar acariciando el horizonte con las yemas de sus pupilas. A su alrededor se mueven los animales noctívagos: una serpiente la muerde y muerde sólo el polvo, efervescente de hongos que brillan; una rapaz diminuta de ojos redondos la hace frente desde un cactus y por un ratito dialogan; coleópteros comedores de carne muerta eligen penosamente el menú...

El joven tejano recuerda cuando vendía su cuerpo menor de edad por los paseos marítimos de la Costa Oeste. Vivía tan disciplinado... Los aparatos del gimnasio, la luz fría de las duchas, el capricho estupefaciente de la sauna donde diseñaba su jornada laboral, el «rock» suave orientado a pederastas, las arañitas ahogadas en los bordes de las piscinas, los mil y un azulejos como un espejo enorrne descompuesto por Hockney, las nubes de aliento al recibir de improviso algunas mañanas frías, los zumos escarlata al mediodía, el dolor enquistado en la mirada de aquel ejecutivo de la GMC transmutado en productor de cine independiente y tremendamente asustado por tal transmutación, la risa oxidada de una cuarentona sin pechos y absolutamente carbonizada a base de píldoras bronceadoras, las grietas en las paredes de los retretes de San Cosme, el delfín en Atiantic City, la arena cubriendo impertinente las torres de sonido del estéreo, las manos que se perdieron por su figura sin hacerle el menor daño (según oyó, era atípicamente afortunado en la elección de sus clientes), las bermudas que vio volar con descuido delante de la cama, las cenas vespertinas en los porches más elegantes del bulevar, el skay color vino de cierto Hispano-Suiza, el bochinche atávico de los pinball, la soledad despistada durante horas...

El joven tejano abandona el surtidor y se acerca con zancadas insolentes al armatoste repartidor de Coke. No introduce una sola moneda: se limita a patear con precisión oriental en determinado punto. Al instante, una botella característica baja hasta sus manos. El casco helado le golpea torpe más abajo del cinturón y el joven prorrumpe en una carcajada interior de oscuras y venales añoranzas.

La luna, en cuarto menguante, sigue con sus juegos chinescos.

 

(primer domingo octubre '87)

 

 


                     CRUZA, DOMA, HEE, COW!!!
(escrito en plena digestión de un film de Russ Meyer)

Hipermoira es mortal. Lleva en su cuenta más de cien octogenarios forrados de millones acosados sexualmente, derribados y heredados. Ciñe sus imposibles medidas en riguroso y recochineante luto. Hoy llega a Femalibú, donde espera seducir al simpatiquísimo Tutankamón Cucufate, prestigioso animador con su orquesta de las fiestas del Pleistoceno.

PluscuamFoxy, la jarnaicana insaciable. Supera las dimensiones más optimistas y su piel de ébano enciende las pasiones de los habituales del Eden of Edens, el paraíso del strip-tease. Aunque ella, en el fondo, es muy pía y reza todas las madrugadas entre nubes de ganja al sacrosanto león de Judá Haile Selassie.

Culombina D'Agrigento, la sobrina secreta de la estanquera de «Amarcord». Descubierta en una trattoría napolitana por Sammy Davis Jr. y hoy ahijada predilecta del clan Sinatra. Ha rodado algunos filmes (a recordar «Ninfomanía frustrada en Wisconsin» -junto a Dean Martin y Jack Nicholson- y «La perdida y el buscavidas: un encuentro» -junto al eterno Frankie-). También juega en la Bolsa y siempre gana con creces. El boss comienza a considerarla como una posible delfina.

MacroLinda. La reina de las tallas especiales. Máxima estrella de la televixión en relieve. Un verdadero monstruo, en sentido real y figurado, que causó gran escándalo en Miami al decir que, a su lado, Rocío Jurado estaba lisa como una tabla de surf.

Estas cuatro megatronas han sido reclutadas por la ACME para servir de nodrizas al senil y eternicio presidente de las islas Tampax (antigua Guayana Luxemburguesa), quien, por razones de salud, ha de volver a la dieta primigenia (como si de un monarca luso se tratara). La radio clandestina No señó, é un luná ha criticado la medida y ha usado los más duros epítetos contra el presidente: «Ahora no podrán acusarnos de jugar con las palabras: el dictador es un mamón».

(abril '86)

 

 


EL BURDEL DE LAS PALABRAS

Decidieron echar una cana al aire. Eran las fiestas que ponen y quitan años y las familias aún estaban en la provincia alrededor de algún pariente gotoso o agonizante, ayudándole a acelerar el último tránsito con su pesadez disfrazada de solicitud.

Ellos, muy cucos, prefirieron quedarse en la ciudad, estrenando desliz  y apelativo: «los Rodríguez navideños». En cualquier Guía del Jolgorio buscaron orientación. Las páginas prohibidas del centro se abrían llenas de eufemismos tan explícitos como incitantes.

Les llamó la atención un establecimiento de curioso nombre: La Academia. Se hallaba en uno de los barrios más señoriales. Mientras se dirigían a este profano edén no paraban de hacer toda clase de bromas sobre lo mucho que les iba a enseñar La Academia.

Llegaron. Se toparon con un palacete de aspecto respetabilísimo que más parecía sede de alguna institución trascendente que de una casa de placer. Pero las mujeres apostadas por las esquinas o acechantes en la fachada del edificio no dejaban lugar a dudas en cuanto a su auténtica condición.

Eran criaturas tremendamente seductoras, con un porte entre altivo y nielancólico que parecía revelar un pasado esplendor, por completo distinto a la situación actual. Tenían nombres extraños y sugerentes: Raza, Libertad, Tradición, Patria, Fraternidad, Etica, Moral, Paz o Utopía; estas dos últimas, las más jóvenes y recientes.

La noche pasó entre risas, añoranzas, alcohol, conversaciones elevadas y algún que otro estallido de pasión. Nada que ver con lo habitual en este tipo de establecimientos. Aquellas mujeres agradecían a la pandilla de «Rodríguez» su ingenuidad, su sorpresa, su respeto ante la «clase» que aún brillaba bajo la degradación. No quisieron aceptar dinero. Se sentían conmovidas, liberadas por una noche de su asco perpetuo.

Pero unos macarras las obligaron a cobrar y, acto seguido, les arrebataron el dinero. Ellos controlaban todo allí. Ellos las habían conducido a la prostitución. Ellos habían tirado la fe que les mostraron por alguna cloaca.

Al irse, nuestros Rodríguez no pudieron dejar de notar una estremecedora coincidencia: todos aquellos chulos tenían cara de... famosos personajes de la política.

(último domingo diciembre '84)

 

 

 

 

 


ALASKA

Alaska sonríe dormida en su cuarto.
El mundo la arropa, ¿sorprendido? ¿harto?
¿Alaska, de paso, o acaso es espía?:
¿viene a hacer turismo o es de la CIA?

Alaska, soñando un amor imposible,
es Emily Bronte con un imperdible,
clavado en el alma, que ella disimula
ante un respetable que insulta y adula.

Alaska desea sentirse española.
Prefiere el cilicio a la bata de cola.
Alaska, princesa de ninguna parte,
cultiva sus horas por amor al arte.

Alaska maquilla su filosofia,
sus uñas, sus pelos, su físonomía.
Oculta un suspiro en la caja encantada
y sale a la calle a por otra jornada.

(tercer domingo marzo '86)

 

 

 

 

 


MINESTRONE

«Life is a minestrone served up with parmesan cheese.» (10 CC)

 

En los planetas planos de los veladores descansan cadáveres exquisitos de faunas y floras apenas concebibles para una corta imaginación. Alrededor orbitan cerradamente figuras oscilando entre la curiosidad y el apetito. Los trapos que cubren a los moscones rivalizan en detonante colorido con los manjares que tanto les atraen. Un gran miopc como yo, con sólo librarse de las prótesis que engañan dioptrías, puede ser testigo, desde su ocasional atalaya de ático. de genuinos y delirantes cortometrajes fauvistas en los que el color trasciende al sexo, la Naturaleza. el género, incluso al número, pues, como amebas del Paraíso, las elegantes manchas se funden y separan sin dar tiempo al buen sentido para poner orden en lo que ve.

Joyas funcionales aparcan a la mismísima vera del cromático jolgorio, y de su fondo tapizado con pieles de fieras salen más siluetas hiperactivas que añadir a la confusión. Los planetas planos hace rato que comenzaron a ser mancillados por la juventud asteroide que lanza a volar sus platillos favoritos, los cuales suelen aterrizar en las atinadas fauces de las mascotas (daneses, dobermann, algún afgano desconocido en su prisa por hacerse con un piscolabis). Desde la terraza en que me hallo disfruto de las alucinaciones que me trae la poca visión y aprovecho una oportuna entrada del camarero para bañarlas en zumo de algo indefinible pero delicioso.

El sol, machote y deportista, practica sus ejercicios de mediodía sobre la ciudad y uno le mira de reojo a ver si en un par de mañanas inútiles nos retinta la palidez hasta agitanarnos como en los veranos de infancia. La avioneta, anunciando esas bobadas que sólo pueden anunciarse con avioneta, roza con su ala el borde de mi atención. Alguien prueba a saludarme, pero, amparado en mi premeditada y momentánea cegatez, me dejo llevar por el demonio de la grosería. El voraz tumulto de abajo continúa, ya en los postres, y las mascotas bostezan ahítas de objetos volantes perfectamente identificados. ¡Uy!, qué soñarra me está entrando...

 

(primer domingo agosto '85)

 

 

 


LA MAS GRANDE ESTRELLA

«Ni que decir tiene que no me disgustaría ser rica y famosa. Eso entra de lleno en mis planes y algún día trataré de conseguirlo; pero, si eso sucede, quisiera llevar conmigo a mi ego.» (Holly Golightly)

 

Me la encontré en la escalera de incendios, acurrucada, tan bizca y desgarbada como siempre, con su camiseta índigo dada de sí, sus jeans descoloridos, sus zapatillas de deporte. Tarareaba, acompañándose con su guitarra, una vieja melodía de Mancini.

De cuando en cuando, indolente, soplaba el flequillo que se derramaba sobre sus ojos y, moviendo la cabeza hacia atrás, agitaba la cola de caballo recogida con un lacito lila. La luz de atardecer alteró su habítual palidez y le sacó los colores.

Su gato sin nombre seducía a maullidos quedos a una minina forastera manchada de calicó. Los dos bichos sabían perfectamente cómo sacarle el jugo al melancólico tarareo ambiental. Benjie, el viejo negro de la casa de enfrente, se asomó al patio y saludó. Después, regó su bonsai: un ciprés del bayou chapoteando en un orinal estampado con orquídeas.

Ella dejó de tocar. Sacó del pantalón un pitillo extralargo y un mechero de jade. El viejo Benjie reía a gritos. Hablaba solo otra vez. 0, quizá, con su arbolito. El patio parecía completamente teñido de rojo. Miré el reloj: Vera se retrasaba.

Ella lanzaba al cielo escarlata finas bocanadas de humo. Yo reprimí un bostezo. los gatos habían desaparecido. Nuestras miradas se cruzaron. Me saludó apuntándome con su larguísimo índice. Le devolví el gesto esbozando una mueca.

Sonó el tiembre. Vera, seguramente. Di la espalda a la ventana. Me topé con el espejo del armario, pero no me vi. Ella reanudó su tarareo. Oí al viejo Benjie aplaudir. No cabía duda: era la más grande estrella.

 

(primer sábado agosto '87)

 

 


 

 

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