Revista Via Europaea. Julio 1999. nº 2  
Experiencias en el Camino de Santiago

Ibiltaria
Santiago

Intentaré haceros partícipes de algunas experiencias del Camino, experiencias personales en algún caso y también experiencias de las que he sido testigo en otros.
También os diré que el aspecto que realmente me interesa del camino es el espiritual, sin embargo es necesario decir que entendiendo la belleza como un estímulo para el espíritu en el Camino es difícil separar lo cultural, lo natural, lo deportivo así como el paisaje humano.

Sistematizar el ámbito de lo imprevisible tiene dificultades. Sin embargo, es precisamente en el mundo de lo inesperado y lo incontrolable donde la persona se encuentra más a si misma como tal.

Todas las experiencias sobre el Camino de Santiago son distintas, seguramente cada uno de los peregrinos, cada una de las peregrinas que vamos viendo pasar día tras día por nuestras ciudades y pueblos contarán algo distinto cuando vuelvan a sus hogares. Incluso después de días y días caminando juntos, compartiendo momentos y peripecias, nuestras vivencias y percepciones serán diferentes, individuales, personales. Cada Camino es un Camino propio, único diría yo. Como las relaciones humanas, como las relaciones de amor. De la misma manera que no hay pareja igual a otra, no hay amistad igual a otra no hay Camino igual a otro. Es importante tener esto en cuenta, porque algunas veces, cuando peregrinamos a Santiago esperamos vivir experiencias que han sido de otras personas, a veces hasta repetimos, repetimos esperando revivir una experiencia propia ya pasada. Esto no ocurrirá nunca.

Yo voy a hablaros de algunos aspectos de mi experiencia que como todas es personal, si bien parecida, sólo parecida a la de algunas otras personas a las que a lo largo de mi dedicación al Camino he ido encontrando en los últimos años.

Hace años un amigo de la juventud recurrió a mí para que acompañara a un grupo de adolescentes en su peregrinación hacia donde la tradición dice que se encuentra la tumba del Apóstol. Accedí gustoso si bien no tenía ni idea de dónde me estaba metiendo. En aquel tiempo yo iba a trabajar; mi misión era orientar a este grupo de gente joven en sus momentos de comunicación. Tenía que ayudarles a que hablaran de sus experiencias de Camino y de vida, a que compartieran sus vivencias y sus proyectos. Al margen de lo que se dijera, desde mi misión no era tan importante qué se decía sino la posibilidad de hacerlo, preparar el ambiente y provocar situaciones para que aquellos jóvenes participasen, expresando tanto sus ideas como sus sentimientos, inquietudes, proyectos. En aquella ocasión yo sólo descubrí parte de lo que podría haber en la Vía de las Estrellas. Sin embargo vi que la gente a la que yo acompañaba vivía experiencias bellas que sólo con dificultad conseguía expresar. Fue entonces cuando decidí realizar el camino en solitario en la primera ocasión en la que pudiera. Más bien, me di cuenta cuando terminé el camino, que había decidido volver a caminar. Tras dar el abrazo a la figura del santo tuve la certeza de que pronto volvería. De alguna manera fui consciente de que muchas de las experiencias vividas y verbalizadas por aquellos chavales me habían afectado más de lo cabría esperar.

Y volví, esta vez solo. Mis relaciones con otros peregrinos no fueron adolescentes, encontré gente de todas las edades. Recuerdo de aquella ocasión a Carlos y Elena, los desde entonces buenos amigos de Donostia. También recuerdo a Huber y a su padre, dos gallegos que enamorados de nuestros hayedos recogieron una recién nacida planta de haya y la iban  mimando en su bote de yogur, la plantica llegó hasta el Burgo Ranero, allí la dejaron morir dignamente, un haya del valle de Esteribar fue a morir a lomos de un peregrino en la planicie leonesa. También recuerdo de aquel viaje a la peregrina alemana que en la Cruz de Ferro entre lágrimas arrojó el trozo de pared que había separado en dos su país durante toda su vida. Recuerdo también, no sé si de aquel Camino o de otro a los dos jóvenes aragoneses, uno alto y flaco, el otro gordo y bajo, al pasar por el pueblo de San Nicolás del Real Camino el sol tiraba plomo líquido al suelo y una señora nos dijo por detrás:

- ¡Pobres del alma!
Mi amigo aragonés bajo y gordo le dijo con ese tono que sólo saben poner las gentes nobles
- ¡Señora! ¡Del alma no, si acaso del cuerpo, sobre todo del pie izquierdo!
Llegamos riendo a Sahagún.

Pero pasemos a mi relato del Camino; entremos en sus distintas etapas y en los posibles distintos significados que yo encuentro en cada una de ellas.

Quiero hacer una relación entre el paisaje y la vivencia. Voy a intentar, desde los signos que descifro en el paisaje llevaros a las distintas vivencias que yo he podido experimentar.
 

Julio 1999
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