TRADICIONES DE LAS TIERRAS ALTAS DE GALICIA. La caza del lobo.

TRADICIONES DE LAS TIERRAS ALTAS

Una tradición desaparecida

 

 "La caza del lobo"

 

En las Tierras Altas la agricultura es una actividad difícil por las condiciones climáticas pero como compensación la ganadería es abundante y de merecida fama por su gran calidad, tanto en ganado vacuno como ovejas y cabras (el rebaño). El gran enemigo de la ganadería de alta montaña son los lobos.

Hubo un tiempo en Galicia en el que la caza del lobo era una más de las tareas colectivas de la comunidad y era obligatorio que cada familia contribuyera a eliminar las alimañas que tanto daño hacían a todos. A título de ejemplo véase a continuación las ordenes dadas por el Obispo de Santiago allá por el lejano año 1113, obligando a todos sus súbditos a participar en la caza de los lobos, "todos los sábados".

Todos los sábados, excepto en Pascua y Pentecostés, los presbíteros, caballeros y campesinos, libres de cualquier otro negocio, dedíquense a la persecución de los lobos, armándoles trampas que vulgarmente llaman "fogios". Además cada iglesia pagará siete chuzos de hierro. El que difiriere ir a esta faena, si es sacerdote (a no ser que esté ocupado en visitar enfermos) o caballero, pagará cinco sueldos y si es campesino una oveja o un sueldo.

Aunque muy mermados a mediados del siglo XX, los lobos seguían siendo un problema económico muy importante. Ya no se daban batidas ni se hacían partidas de caza sistemáticas como en la edad media pues con las armas de fuego, cualquier cazador solitario, pastor, o ganadero era capaz de enfrentarse con ventaja a este enemigo, pero se recompensaba a nivel popular muy generosamente a todo aquel que contribuía a eliminar el peligro. Cuando alguien cazaba un lobo en las Tierras Altas, había que celebrarlo.

Los que lo habían matado hacían una especie de romería con la piel del lobo colgada de un palo grande (normalmente una tamoncela de arado) para que todos pudieran apreciar su tamaño. Recorrían los pueblos de la montaña y la gente agradecida les daba comida principalmente huevos y chorizos. La presencia del poderoso enemigo abatido se convertía en un acontecimiento y era buena disculpa para ya sin miedo reunirse y examinarle los poderosos dientes. Alguno hacía cábalas sobre si sería el mismo que había atacado el rebaño la última vez, otros buscaban en vano huellas del disparo que aseguraban que habían hecho a un lobo igual de grande en la sierra y que aunque le habían acertado, se les había escapado. Cada uno contaba su última historia, su último encuentro con el lobo.

Pero no debemos olvidar que también era la forma de que los niños lo conocieran y así supieran distinguirlo de un simple perro cuando se lo encontrasen durante la dura vida que les esperaba en las montañas.

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O lobo da Xente