
| Guerra en Europa |
La guerra que la OTAN ha desarrollado en Serbia puede considerarse como el acontecimiento más revelador del fin de siglo, que va a dar el tono de lo que nos espera en los próximos decenios:
• En primer lugar, porque ha transformado por completo los fundamentos del orden del mundo: los Estados Unidos han decidido suspender el viejo derecho internacional y por la fuerza de los hechos —más exactamente: por la fuerza de las armas— han sojuzgado a la ONU y se han autoproclamado policías del orden internacional, con el apoyo de sus aliados europeos de la OTAN.
• En segundo lugar, porque este ataque ha apuntado a suscitar en el interior de nuestros países una lógica de guerra civil en la que es imposible cualquier libertad de pensamiento: en efecto, la "hitlerización" del conflicto, a la que los medios de comunicación de masas han contribuido mediante la incesante evocación de la historia pasada, tiende a configurar una alternativa brutalmente binaria donde sólo hay dos opciones, a saber, o se está con la OTAN, o se está con "el crimen" (el hecho de que también Serbia haya "hitlerizado" a su vez a la OTAN muestra hasta qué extremo nos movemos en el terreno del mito, y no en el de la razón política).
• En tercer lugar, porque la guerra ha confirmado la absoluta sumisión de Europa a los Estados Unidos: lejos de proteger el suelo del continente, los gobiernos europeos han secundado una guerra en su propio suelo que prolonga la división impuesta en 1945 y que, por sus consecuencias políticas, hace imposible cualquier pretensión de autonomía europea en materia de defensa y política exterior, al menos a corto plazo. Los gobiernos europeos no han actuado como constructores de Europa, sino como gestores locales de un orden globalizado —incluso en el pensamiento— y colocado bajo la égida de los Estados Unidos. Los análisis expuestos por Hespérides en su número 8 se confirman. Lamentablemente.
Hespérides quiere manifestarse abiertamente contra todo cuanto esta guerra ha significado. Nuestra postura no traduce una opción pro-serbia, sino una opción pro-europea. Censuramos la actitud serbia en la gestión de un episodio traumático de su historia y defendemos el derecho de los albano-kosovares a vivir en paz en esa tierra, pero en modo alguno aceptamos que haya podido tomarse pie aquí para desencadenar una guerra exterior, y ello por tres motivos: porque ha sido una guerra ilegal, porque ha sido una guerra inútil y porque políticamente ha significado un severo golpe a la idea de Europa tal y como nosotros la entendemos.
Una guerra ILEGAL
La acción de la OTAN contra Serbia ha sido ilegal porque se ha saltado a la torera todo el Derecho Internacional. Se ha saltado el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas, que prohibe el uso de la fuerza contra un Estado soberano que no haya agredido a otros Estados. Se ha saltado la propia Carta Fundacional de la OTAN, que estipulaba que la Alianza posee un carácter defensivo y limitaba su intervención al caso de que uno de sus miembros haya sido atacado. Se ha saltado el Acta final de los acuerdos de Helsinki (1975), que garantizaba las fronteras territoriales de los Estados europeos. Añadamos otro hecho decisivo: el pretendido "acuerdo" de Rambouillet —en la práctica, un ultimátum contra Serbia— violaba la Convención de Viena sobre leyes y tratados (1980), que prohibe el uso de la fuerza para obligar a un Estado a firmar un acuerdo, un tratado o cualquier otro texto legal. Se mire por donde se mire, la OTAN, con su ataque a Serbia, ha violado el Derecho Internacional.
Durante estos meses, muchos han señalado que tal Derecho Internacional era ya insuficiente. Es posible que así fuera. Ahora bien, incluso en el caso de que haya que "superar" el Derecho Internacional, es claro que tal cosa no puede hacerse a bombazos, sino mediante el acuerdo expreso de los propios agentes del Derecho, y especialmente en el ámbito de la ONU. Eso no ha ocurrido. Y lo que ha ocurrido es esto otro: una parte de la comunidad internacional —los Estados Unidos y sus aliados militares— ha declarado unilateralmente su derecho a saltarse el Derecho... en nombre del Derecho. Es un absurdo que puede conducir mañana a que cualquier otro país o grupo de países, so pretextos morales o de otro género, haga una interpretación igualmente exclusivista del derecho. Será el camino filantrópico hacia la ley de la jungla.
Una guerra inútil
Bajo determinadas circunstancias, si el Derecho entra en colisión con la Justicia, podríamos aceptar que la última prevaleciera sobre el primero y, en consecuencia, que la ley sea desobedecida en nombre de un interés superior. A eso apuntan quienes, desde el bando de la OTAN, han puesto el acento en la necesidad de detener por cualquier medio la "limpieza étnica" del régimen serbio contra la población albanesa del Kosovo. Sobre esto es importante hacer dos precisiones: en primer lugar, que la realidad del conflicto kosovar entre serbios y albaneses está muy lejos de encajar en un dibujo en blanco y negro, en ese relato de buenos absolutos contra malos absolutos que han predicado y siguen predicando los mass-media occidentales; en segundo lugar, que si bien es indiscutible que el régimen serbio ha acosado hasta límites insostenibles a los albaneses del Kosovo, igualmente cierto es que la violencia no ha sido siempre unidireccional, y que la minoría albanesa —como, anteriormente, los nacionalismos croata y bosnio— también ha contribuido a crispar la situación. Pero aun aceptando la mayor culpabilidad serbia en esta crisis, antes de desencadenar una guerra habría que haber estado seguros de que la intervención militar bastaría por sí misma para solucionar el conflicto, esto es, para cubrir los siguientes objetivos: detener la represión serbia sobre la población albano-kosovar, obligar al régimen de Belgrado —con Milosevic o bajo otra dirección— a negociar una solución satisfactoria para la minoría albanesa sin que el pueblo serbio pague los platos rotos, y consolidar una situación de paz estable y duradera en el sureste de Europa. Pues bien: la guerra contra Serbia no ha conseguido ninguno de estos objetivos.
Para empezar, la guerra ha disparado hasta límites inesperados la violencia entre serbios y albaneses: el ataque de la OTAN ha convertido a los albano-kosovares en aliados objetivos de un agresor extranjero; la guerrilla albanesa ha encontrado en los aviones de la OTAN una cobertura aérea de la que antes carecía y no ha dudado en aprovecharla para intensificar sus ataques. Los serbios, por su parte, ya tienen el pretexto que les faltaba para considerar a los albaneses del Kosovo como enemigos del Estado yugoeslavo. Y el pueblo serbio, bajo las bombas, ha rodeado a Milosevic de un apoyo social creciente, exactamente igual que ha ocurrido siempre que una nación pequeña es agredida por un enemigo superior. Respecto a la situación concreta de los ciudadanos kosovares no ha mejorado, al contrario: la acción combinada de los bombardeos de la OTAN y la presión policial-militar serbia ha provocado un éxodo humano de dimensiones aún no suficientemente evaluadas.
Incluso en el caso de que algún día sea posible organizar el retorno de los refugiados del Kosovo a sus hogares, será prácticamente imposible llegar a un orden de convivencia pacífica. Mande quien mande en Belgrado, la vida en Kosovo tendrá que ser necesariamente vigilada, día tras día, por una fuerza militar ajena, estatuto que equivaldrá a una suerte de "guerra fría" a pequeña escala cuyo Telón de Acero pasará por Pristina. El mando de la OTAN ha calculado en treinta años el periodo durante el que será preciso mantener una "paz armada". En tales condiciones, nadie puede esperar que en el sureste de Europa vaya a instalarse una paz estable y duradera. Al contrario, esta guerra ha hecho más profundas las heridas abiertas en la región, con el consiguiente riesgo de que el conflicto se prolongue durante generaciones: ayer en Bosnia, hoy en Kosovo, mañana en Vojvodina o en Montenegro. De momento, y tras el alto el fuego, Kosovo recuerda al Berlín de 1945. ¿Es esto una paz? Por todas estas razones, la guerra contra Serbia ha sido inútil.
Aún podría utilizarse —de hecho, se ha utilizado— otro criterio de "utilidad", esta vez de carácter moral: era preciso intervenir para proteger los derechos humanos. Este argumento suscita inmediatamente la objeción siguiente: en otros muchos lugares del mundo —por ejemplo, el Tíbet o el Sáhara— se violan los derechos humanos, y con más vehemencia que en Kosovo, sin que eso suscite una intervención militar. Ante tal objeción, los defensores del "derecho de injerencia humanitaria" reponen que el hecho de que el mal esté muy extendido no significa que no hayamos de procurar combatirlo allá donde sea posible. Es un argumento aceptable. Ahora bien, desde otra perspectiva, ese mismo argumento suscita nuevas objeciones: si el mal está muy extendido y, sin embargo, sólo se actúa en determinados casos, ¿cuál es el criterio de selección empleado? ¿Por qué en unos casos se actúa y en otros no?
A estas preguntas caben dos respuestas: una, que el criterio de selección obedece a una jerarquización de los derechos humanos violados, es decir, que los derechos de los albaneses del Kosovo son más importantes que los de los ciudadanos de Sierra Leona o los de Afganistán, tesis que es sencillamente insostenible; la otra respuesta es que el criterio de selección viene guiado por otros factores no estrictamente humanitarios, sino más bien políticos, es decir, que la invocación de los derechos humanos resulta más conveniente en unos casos que en otros. Y a la vista de los acontecimientos posteriores, bien puede decirse que esta ha sido la verdadera razón de la guerra del Kosovo: apoyados en su exhibición de fuerza en los Balcanes, los países de la OTAN han decidido en su "cumbre" de finales de abril revocar completamente el orden mundial vigente, se han atribuido el derecho de intervenir allá donde les plazca, han privado a la ONU de cualquier potestad decisoria y se han arrogado unilateralmente el papel de protectores de su propio orden, y siempre, naturalmente, en nombre de los derechos humanos.
La Cumbre de Washington nos ha dado la clave de cómo interpreta la OTAN tales derechos. Y es claro que aquí el derecho no pinta nada: estamos ante una mera exhibición de poder, es decir, un asunto político. Las razones profundas de esta guerra habrían sido exclusivamente políticas. Así las cosas, la pregunta esencial habría de ser esta otra: ¿Ha sido para nosotros políticamente positiva y útil la guerra de Serbia?
Una guerra políticamente nociva para Europa
La guerra contra Serbia no sólo ha violado inútilmente la ley y creado más problemas de los que pretendía resolver, sino que también ha sido nociva desde el punto de vista político. Formulemos la pregunta clásica: Qui prodest? Es evidente que, en este caso, los únicos beneficiarios del ataque son los Estados Unidos de América, que han visto confirmado su propósito de convertirse en la única potencia mundial con capacidad para decidir sobre el orden del mundo. Esto se verá con más claridad si introducimos el episodio en el contexto del orden internacional durante el último medio siglo.
El objetivo esencial de los Estados Unidos ha sido siempre la división de Europa: no es otra cosa lo que se verificó en Yalta y Potsdam, donde se instauró un régimen de división que, a través de la guerra fría, terminó prolongándose hasta 1989. En esta última fecha, el hundimiento del sistema comunista reabrió todas las esperanzas y, en concreto, planteó por primera vez la posibilidad de que la próspera Europa occidental reabsorbiera a la Europa oriental. Ese hubiera debido ser el momento de que la Unión continental se abriera al Este, tanto a través del mercado como por la vía del embrión de ejército europeo. Pero el requisito esencial de tal objetivo era la redefinición del papel internacional y europeo de Rusia, y eso exigía una visión política que nuestros estadistas han demostrado no poseer. Tras la guerra contra Serbia, hoy hemos vuelto a una situación semejante a la de antes de 1989: otra vez Europa partida en dos. Y el hecho de que Polonia, Hungría y Chequia —como, en la práctica, Albania— hayan pasado a la órbita de la OTAN verifica esta tesis: lejos de disolver la "guerra fría", lo que hemos hecho es prolongarla con una dudosa victoria que consiste en desplazar hacia oriente la vieja frontera. Una frontera que, por otra parte, viene a coincidir con la división de Europa en dos "civilizaciones", según lo predicado por Huntington: una "occidental", vinculada a los Estados Unidos, y otra eslavo-ortodoxa, en torno a una Rusia transformada en potencia secundaria.
Los Estados Unidos, sin duda, ganan. Pero Europa, ¿qué ha ganado? Nada. Hemos de soportar que en nuestro suelo, a muy pocos kilómetros de nuestras tierras —pero muy lejos de las fronteras norteamericanas—, se instaure un clima de guerra civil permanente. Hemos de afrontar el distanciamiento de Rusia, condenada a gestionar por sí sola su marasmo político y económico, pero que mantiene buena parte de su potencial militar. Políticamente, hemos demostrado nuestra incapacidad para dibujar proyectos propios de integración y, en vez de eso, hemos secundado los proyectos específicos de los Estados Unidos. Militarmente, hemos renunciado a cualquier protagonismo en el arbitraje sobre el orden del mundo y nos hemos sometido al liderazgo norteamericano. Económicamente, hemos renunciado de hecho a la posibilidad de abrir nuestro mercado a una cooperación políticamente significativa con el Este. Culturalmente, hemos optado por "occidente" frente a Europa.
Reflexiones para después de una guerra
Sea cual fuere el verdadero final de esta guerra —si es que alguna vez conoce propiamente un final—, la gran pregunta que seguirá definiendo las posiciones será esta: qué orden del mundo queremos y qué papel queremos atribuir a Europa en el interior de ese orden. Nuestra posición al respecto puede resumirse en los siguientes puntos:
• Estamos de acuerdo en la necesidad de dotar al mundo de un nuevo orden, en consonancia con el estado actual de la civilización. Pero tal orden no puede imponerse por la fuerza de un grupo de países poderosos, sino que requiere un compromiso lo más amplio posible entre todos los agentes de la escena internacional.
• Ese nuevo orden del mundo no podrá ser duradero ni estable si no se basa sobre un verdadero diálogo, si no respeta las especificidades culturales de los pueblos y si no se asienta sobre mecanismos de cooperación económica que suturen las enormes brechas existentes entre el mundo desarrollado y el "tercer mundo". La idea de fabricar un mundo uniforme sobre la ideología de los derechos humanos está mostrando su verdadero rostro: consolidar la estructura de poder del capitalismo transnacional bajo bandera norteamericana (la "globalización"), proyecto en el que los derechos humanos no son sino argumentos retóricos esgrimidos de manera arbitraria allá donde a tal estructura de poder le conviene. Frente a eso, cabe apelar a un pluriverso que vertebre el orden internacional no sobre derechos abstractos, sino sobre una red concreta de mecanismos de cooperación, con derechos y deberes.
• En ese contexto, el papel de Europa no puede limitarse a ser una prolongación del aparato de poder norteamericano ni de la estructura económica transnacional. Por su historia y por su situación geopolítica, a Europa le corresponde un papel de arbitraje y de equilibrio en el orden de ese mundo pluriversal. Tal misión exige dos requisitos previos: en primer lugar, que Europa posea los medios materiales para ejercerlo, lo cual pasa por una política exterior y de defensa común y específica, y por una voluntad política autónoma, al margen de las herramientas impuestas por la Guerra Fría y revitalizadas en la última cumbre de la OTAN; en segundo lugar, que esta Europa-equilibrio huya de cualquier división y refleje a toda Europa, es decir, también a la potencia rusa y a las naciones del Este, pues ningún orden del mundo es concebible sin la aportación de la nación más extensa del planeta.
Este proyecto, a nuestros ojos, sigue siendo posible; aunque es cierto que la guerra de Serbia lo ha hecho más difícil, también lo ha hecho más necesario que nunca. A fin de cuentas, se trata de saber si queremos salir de la Historia y acomodarnos en un mundo globalizado en torno a los principios del mercado y la técnica, o si queremos seguir siendo nosotros mismos y actuar sobre un mundo que hoy navega a la deriva. Hespérides está inequívocamente a favor de la segunda opción.
[Editorial de la revista Hespérides, n. 19, verano de 1999]
|
|
|
|