¿Existe el Universo? La tesis de Jean-François Gautier
[Patrick Trousson]
Todo el mundo estará de acuerdo en aceptar que la inteligencia no puede medirse con una cinta métrica o con una balanza. Mutatis mutandis, esa es la tesis de Jean-François Gautier: el Universo no puede ni medirse ni experimentarse, y por tanto no puede ser objeto de las ciencias físicas. Gautier devuelve así al primer plano las precauciones epistemológicas de Henri Poincaré: "Si nuestro sistema es el entero universo, la experiencia es impotente para informarnos sobre su posición y su orientación absolutas en el espacio. Todo lo que nuestros instrumentos podrán darnos a conocer, por perfeccionados que estén, será el estado de las diversas partes del universo y sus distancias mutuas", precisaba el discreto pero perspicaz científico francés (1). Y es que el pensamiento científico se basa en dos instrumentos mayores: la razón y la experimentación objetiva (realizable y reproductible por todos en el marco de unas circunstancias precisas). Y si hay algo —un hecho, un objeto o un ser vivo— que no sea ni experimentable ni medible, entonces no puede ser objeto de la ciencia.
La tesis de Jean-François Gautier es exactamente ésta: demostrar que la ciencia va demasiado lejos cuando acomete la empresa de hablarnos del Universo (con "U" mayúscula, como corresponde al gran Todo). Esta totalidad, que comprende todo lo que es observable e imaginable, pero también todo cuanto no lo es, resulta de hecho no mensurable y no observable. Para que lo fuera, haría falta que el observador se situara fuera del Universo, en el exterior de éste. Pero si algo o alguien estuviera en el exterior del Universo, éste Universo ya no comprendería el "Todo"; si el Universo, por definición, ha de contener "Todo", nada puede estar fuera de él, de manera que cualquier observación es imposible. Así resulta claro que "el Universo no es un objeto cognoscible por los medios de la física", como concluye Gautier (2).
Heredero de Demócrito y de Epicuro, ya Lucrecio, en el primer siglo de la era cristiana, decía a propósito del nacimiento del mundo: "Fue una tempestad nueva, una masa inaudita de átomos de todas clases cuya discordia confundía las distancias, los trayectos, las uniones, los pesos, los choques, los movimientos y los encuentros en una refriega guerrera; por lo variado de sus formas y figuras, los átomos no podían mantenerse unidos en este caos ni comunicarse movimientos armoniosos; entonces sus partes comenzaron a separarse, lo semejante se unió a lo semejante, y el mundo empezó a desceñirse, se formaron sus miembros, se colocaron sus partes (...) Así en aquel tiempo, el éter fluido y ligero, convertido en cuerpo denso, se curvó como esfera y, estirándose lejos en cada una de sus partes, encerró todas las cosas en su ávido lazo". La curvatura del espacio estaba ya en los tablados del teatro de la cosmogonía de esa época. La descripción de Lucrecio prefigura bastante bien cuanto hoy se ha dicho en el contexto de la teoría del Big Bang. Pero "que tal Universo nacido del Big Bang se vea hoy orlado por una matemática compleja no lo hace más verdadero, sino simplemente —o al menos eso se cree— más familiar" (3).
Digámoslo de entrada: este libro de Gautier es un balón de oxígeno en el pret-à-penser científico —e incluso cultural— contemporáneo. Bajo un título que podría parecer simplemente provocador, se abre camino una cuestión que, de hecho, es importante. La interrogación de Jean-François Gautier atañe a la justeza de los conceptos y puede formularse de diferentes maneras: "¿Qué designa el concepto de Universo utilizado en la ciencia?", o también: "¿Puede existir un discurso cuyo objeto sea una Totalidad de espacio y de tiempo y que pueda seguir siendo una ciencia?". Esta puesta a punto no hará feliz a mucha gente en el mundo científico. Es cierto que, para el ciudadano común, este tipo de cuestionamiento podría parecer un acto gratuito. Para éste, en efecto, la ciencia, aunque todavía no tenga respuesta para todo, se ha convertido en el marco de pensamiento que explica las cosas, el discurso que posee la verdad, en definitiva, una referencia absoluta. No hay más que mirar una etiqueta comercial cualquiera para leer "científicamente comprobado" o "clínicamente probado", inscripción milagrosa que dispara ese mecanismo mental que abre todas las carteras.
Por el contrario, en el caso del científico, o del "universista", como dice el autor, la reacción será más indignada, porque se le está tocando el puchero. El discurso sobre el Universo, su descripción y su modelización, son para el científico perfectamente legítimas, demostrando así, como detecta Gautier, que el científico actual sigue fuertemente impregnado de un imaginario no-científico. Y aquí Gautier denuncia una de las paradojas de la cultura científica moderna, a saber, que las ciencias "pretenden ser rigurosas, teóricas y demostrativas. Pero, si se las mira de cerca, se verá que están muy cerca de las formas generales de las mitologías antiguas o de las metafísicas, así como de esas religiones que las propias ciencias tienden a absorber". Precisemos más su pensamiento: si el discurso sobre el Universo (en tanto que Totalidad de cuanto existe) es todavía una ciencia, ¿tan diferente resultaría entonces de las doctrinas y de las dogmáticas más clásicas? Y si no lo fuera, ¿qué nos queda de ese concepto de Universo que se creía tan bien sentado? Dicho de otro modo: por lo que respecta al Universo, ¿qué prueba la Física que no estuviera ya contenido en un concepto previo?
No nos equivoquemos: el objetivo de este ensayo no es una puesta en causa de las previsiones ni de la metodología de la física, sino de los conceptos generales que ella utiliza: "Los cálculos de la física pertenecen hoy a técnicas muy especializadas cuyo monopolio puede pretender conservar, pero los conceptos generales que la física utiliza siguen siendo analizables y criticables en el seno de la ciudad...". Y esa es la tarea que acomete Gautier.
Contradicciones de una Física metafísica
Navegando por una historia de las diversas concepciones del Universo, Gautier constata que hasta Laplace y Poincaré éste no era sino un concepto cómodo que abarcaba el conjunto del mundo observable, una apelación común a todos los fenómenos observados, a los que el científico trataba de encontrar una inteligibilidad. Fue al alba del siglo XX cuando las cosas empezaron a hacerse menos razonables. Hasta ese momento, la relatividad, teoría desarrollada en lo esencial por Poincaré varios años antes de que Einstein contribuyera a ella, se había mantenido muy prudente: las nociones de espacio y de tiempo son herramientas que permiten al científico hacer su trabajo: observar, medir y explicar. Las geometrías matemáticamente complejas que en ella se utilizan son simplemente instrumentos teóricos cómodos para dar cuenta de las medidas efectuadas. Que posean tres, cuatro o n dimensiones importa poco, porque se elige la más apta para traducir las observaciones.
Por el contrario, en 1917 Albert Einstein publicó una memoria titulada Consideraciones cosmológicas sobre la teoría de la relatividad general. En ella retorna sobre uno de los puntos fundamentales de la relatividad de Poincaré y restablece a escala cósmica una distinción entre el tiempo y la extensión. Estas nociones habían sido abolidas, como entidades independientes, a escala local: la de los acontecimientos observables. Ahora bien, Einstein otorga consistencia autónoma ("ontología", dirían los filósofos) al espacio y al tiempo cósmicos, y no una consistencia deducida únicamente de los datos de la observación y la experimentación. El tiempo y el espacio vuelven a convertirse en absolutos como en la época de Newton. Y un Universo que posee esas características sale ipso facto del orden de la física de lo mensurable. "Al volver la espalda a una física de lo observable y de lo mensurable mediante el recurso a un Universo que no lo es, Einstein, en efecto, reencuentra el camino de una comprehensión antropocéntrica del mundo donde los objetos son ya comprendidos antes de ser conocidos" (4), comenta Gautier, que concluye: "Así concebido, como pura generalidad, el Universo es todo aquello que no es otra cosa. Y por eso no puede seguir siendo objeto de una ciencia concreta, sino que es un pensamiento del pensamiento sólo accesible a través de un conocimiento del género terciario, es decir, a través de la mística" (5).
Einstein juega así más fuerte que Kant: hace que el espacio y el tiempo dejen de ser estructuras a priori de la conciencia, tal y como las estableció este último, para convertirlas en a priori del mundo. Es posible seguir a Kant y pensar que el espacio y el tiempo son modelizaciones de la realidad puestas a funcionar por el pensamiento para aprehender la propia realidad, pero resulta menos plausible considerar que el espacio y el tiempo son como las baldas de una estantería donde se colocara el Universo.
El ensayo de Gautier pasa, pues, por la criba todas las concepciones cosmológicas de la ciencia. Su perspectiva nos parece saludable. Nos pone en guardia contra el absolutismo de la cultura científica contemporánea y sus excesos, lo cual es imprescindible en esta era de las ilusiones y de las ideas hechas. Por otra parte, la conclusión de la obra llama la atención del lector sobre el peligro de esa perspectiva totalizante que rápidamente se convierte en totalitaria y por tanto representa un peligro por la opresión que porta en sí.
Notas
(1) Henri Poincaré: La Science et l’Hypothèse, Flammarion, París, 1968.
(2) Jean-François Gautier: L’Univers existe-t-il?, Actes Sud, Arles, 1994, p. 71.
(3) Op. cit., p. 168.
(4) Ibid., p. 74.
(5) Ibid., p. 75.
[Hespérides, 12, Invierno de 1997, pp. 1022, 1024, 1026, 1028 y 1030]
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